Salud Mental

M A N U A L E S Y G U I A S S O B R E D E S A S T R E S


Guía práctica de
salud mental


en situaciones
de desastres


525 Twenty-third Street, N.W.


Washington, D.C. 20037, EUA


disaster-publications@paho.org


Esta publicación puede ser consultada en Internet en la dirección:
www.paho.org/desastres


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En situaciones de desastres y emergencias complejas se produce un deterioro del tejido so-
cial, una pérdida de la estructura de la vida familiar y un incremento de los signos de sufrimiento
psicológico, como la aflicción y el miedo, que pueden aumentar la morbilidad psiquiátrica y otros
problemas sociales.


Según sea la magnitud del evento y demás factores, se estima que entre la tercera parte y la
mitad de la población expuesta sufre alguna manifestación psicológica; aunque no todas pue-
den calificarse como patológicas, la mayoría deben entenderse como reacciones normales ante
situaciones de gran significación o impacto. Después de una emergencia o desastre, los proble-
mas de salud mental en los sobrevivientes requieren atención durante un periodo prolongado
en el que tienen que enfrentar la tarea de reconstruir sus vidas.


En este contexto, el presente libro parte de la necesidad de un abordaje integral de los pro-
blemas psicológicos que trascienda la atención a la enfermedad y la reparación de los daños ma-
teriales. Es una guía práctica que facilita el quehacer de los trabajadores de la salud que laboran
en situaciones de emergencia o desastre. Se describen las principales reacciones psicológicas y
trastornos mentales que pueden aquejar a las víctimas de desastres, y las pautas para la atención
individual o la remisión de quienes requieren asistencia especializada; se incorporan, también,
las características más importantes de los problemas psicosociales de la infancia y las pautas para
su manejo individual y de grupo.


El libro incluye los elementos básicos para la evaluación de los daños y el análisis de las nece-
sidades en salud mental de las poblaciones afectadas por desastres o emergencias. Profundiza
en las herramientas para el trabajo de los grupos psicoeducativos, de apoyo emocional y de
ayuda mutua. Se proponen técnicas y procedimientos para la primera ayuda psicológica que
el personal de los equipos de respuesta puede brindar, a la vez que aborda la importancia de la
protección de la salud mental de los miembros de estos equipos.


Esta guía aborda la situación de los desplazados y los sobrevivientes de los conflictos arma-
dos y hace énfasis en los elementos de ayuda humanitaria como pilar fundamental de los planes
de ayuda psicosocial. Finalmente, dada la importancia del desarrollo de una buena estrategia
de comunicación social como elemento fundamental para disminuir la ansiedad y contribuir
a la estabilidad emocional de la población, se incluyen algunas pautas y recomendaciones al
respecto.


El libro está dirigido al personal que trabaja en los equipos que deben brindar respuestas en
situaciones de desastres y emergencia, en especial, para los trabajadores de atención primaria
en salud y los agentes de ayuda humanitaria. También, puede resultarle útil a las instituciones
del sector salud y a otras de la sociedad civil que prestan apoyo psicosocial a las comunidades
afectadas por sucesos traumáticos. Esperamos que esta obra se constituya en una herramienta
práctica para el desempeño y en material básico en los procesos de capacitación.




Guía práctica de
salud mental
en desastres


W a s h i n g t o n , D . C . • M a y o 2 0 0 6


S e r i e M a n u a l e s y G u í a s s o b r e D e s a s t r e s


Editores


Jorge Rodríguez
Mônica Zaccarelli Davoli


Ricardo Pérez
OPS/OMS





Biblioteca Sede OPS - Catalogación en la fuente


Organización Panamericana de la Salud
Guía práctica de salud mental en desastres


Washington, D.C.: OPS, © 2006. 189 p.
(Serie Manuales y Guías sobre Desastres)


ISBN


I. Título II. Serie


1.
2.
3.
4.


NLM


© Organización Panamericana de la Salud, 2006


Una publicación del Área de Preparativos para Situaciones de Emergencia y


Socorro en Casos de Desastre y la Unidad de Salud Mental y Programas


Especializados/Área de Tecnología y Prestación de Servicios de Salud de la


Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud.


Las opiniones expresadas, recomendaciones formuladas y denominaciones


empleadas en esta publicación no reflejan necesariamente los criterios ni la polí-


tica de la Organización Panamericana de la Salud.


La Organización Panamericana de la Salud dará consideración favorable a las


solicitudes de autorización para reproducir o traducir, total o parcialmente, esta


publicación, siempre que no sea con fines de lucro. Las solicitudes pueden diri-


girse al Área de Preparativos para Situaciones de Emergencia y Socorro en


Casos de Desastre de la Organización Panamericana de la Salud/Organización


Mundial de la Salud, 525 Twenty-third Street, N.W., Washington, D.C. 20037,


EUA.


La realización de esta publicación ha sido posible gracias al apoyo financiero de


la Division de Ayuda Humanitaria, Paz y Seguridad de la Agencia Canadiense


para el Desarrollo Internacional (CIDA), la Oficina de Asistencia al Exterior en


Casos de Desastre de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo


Internacional (OFDA/AID) y el Departamento para el Desarrollo Internacional del


Reino Unido (DFID).


Edición del texto: Carlos Arturo Hernández y Martha Rodríguez J.




Índice . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .iii


Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .v


I. Los problemas psicosociales en situaciones de desastres
y emergencias: un marco general de referencia . . . . . . . . . . .1


II. Evaluación de daños y análisis de necesidades en
salud mental en situaciones de desastres . . . . . . . . . . . . . . . .9


III. Principales problemas psicosociales y trastornos psíquicos . . .41


IV. El manejo de grupos en situaciones de desastres . . . . . . . . .71


V. Problemas psicosociales de la niñez y la adolescencia . . . . .95


VI. Primera ayuda psicológica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .125


VII. Protección de la salud mental en los equipos de respuesta . .135


VIII. La salud mental y el desplazamiento forzado . . . . . . . . . . .151


IX. La comunicación social en el manejo de los problemas
psicosociales en situaciones de emergencia . . . . . . . . . . . .167


X. Conclusiones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .183


iii


INDICE






Los desastres naturales tienen la posibilidad de presentarse en cualquier paísdel mundo. Sin embargo, por múltiples razones, los países pobres sufrenmucho más el impacto de los mismos: tienen menos recursos económicos ytecnológicos para su prevención y reconstrucción, y hay viviendas que seconstruyen en zonas de alto riesgo y son estructuralmente más frágiles.
Además, usualmente existen altos índices de desnutrición y malas condiciones sani-
tarias y ambientales que incrementan la vulnerabilidad ante estos eventos traumáti-
cos.


Los efectos de los desastres sobre la salud física suelen ser bastante cono-
cidos, con secuelas a corto, mediano y largo plazo. En cambio, no siempre se han
reconocido de igual manera los efectos sobre la salud mental, a pesar de haberse
demostrado que, en situaciones de desastres y emergencias complejas, se produ-
ce un incremento de los signos de sufrimiento psicológico, como la aflicción y el
miedo; se puede aumentar en cierta medida la morbilidad psiquiátrica y otros pro-
blemas sociales. Se estima que entre una tercera parte y la mitad de la población
expuesta (según la magnitud del evento y otros factores) sufre alguna manifestación
psicológica; aunque debe destacarse que no todas pueden calificarse como pato-
lógicas, la mayoría debe entenderse como reacciones normales ante situaciones


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INTRODUCCIÓN




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de gran significación o impacto. También, se ha demostrado que, después de la
emergencia propiamente dicha, los problemas de salud mental en los sobrevivien-
tes requieren de atención durante un periodo prolongado, cuando tienen que
enfrentar la tarea de reconstruir sus vidas.


Sin embargo, en este contexto, son muchos los países de América Latina y
el Caribe que presentan una baja cobertura y una pobre capacidad de respuesta
de los programas y servicios de salud mental.


La respuesta institucional en el campo de la salud mental es compleja, ya
que no solamente se trata de atender las consecuencias emocionales directas del
evento (miedo, ansiedad, tristeza, rabia, etc.), sino, también, otros efectos indirec-
tos en la dinámica interpersonal y social, así como en el entorno de las víctimas,
en la medida en que se produce un deterioro del tejido social y una desestructura-
ción de la vida familiar.


Todo este conjunto de efectos repercute extensamente en las condiciones y
los proyectos de vida individuales y colectivos, alimenta el sufrimiento emocional
de los sobrevivientes y, frecuentemente, establece círculos viciosos de violencia.


Por fortuna, en los últimos años ha aumentado el interés por el impacto de
los desastres en la salud mental de las poblaciones afectadas y actualmente se ha
hecho evidente la necesidad de un abordaje integral que trascienda la atención a
la enfermedad y la reparación de los daños materiales.


En el año 2002, la OPS/OMS publicó el manual Protección de la salud
mental en situaciones de desastres y emergencias, de especial utilidad como guía
de planificación para el qué hacer” en situaciones de emergencia. El presente libro
busca complementarlo y servir de compendio práctico de los procedimientos para
la identificación y el manejo de las diferentes manifestaciones psicosociales (pato-
lógicas o no) que pueden presentar las víctimas de los desastres.


Los diferentes capítulos tienen un enfoque amplio e integral, con pautas
prácticas de actuación, que facilitan el “cómo hacer” de los trabajadores de la
salud que laboran en situaciones de emergencia. Se tienen en cuenta los elemen-
tos individuales y colectivos que deben conocerse al planear e implementar accio-
nes concretas de intervención.


El segundo capítulo aborda los elementos básicos para la evaluación de
daños y el análisis de necesidades en salud mental de las poblaciones afectadas
por desastres o emergencias. Se describe una guía para la evaluación rápida en
las primeras 72 horas y un procedimiento más amplio que desarrolla el equipo
especializado en el primer mes después del suceso.




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En el tercer capítulo se describen las principales reacciones psicológicas y
trastornos mentales que pueden aquejar a las víctimas de desastres. Se definen cri-
terios para el reconocimiento de los trastornos psíquicos más comunes y se reco-
miendan las pautas para la atención individual, así como para la remisión de quie-
nes requieren asistencia especializada.


En el cuarto capítulo se profundiza en las herramientas para el trabajo gru-
pal. Se hace referencia a los diferentes tipos de grupos y se describen con más
detalle los grupos psicoeducativos y de apoyo emocional, muy necesarios en situa-
ciones de desastres y en cuya conducción deben estar entrenados los trabajadores
de salud y otros agentes de ayuda humanitaria. También resulta importante la for-
mación de grupos de ayuda mutua, sobre los cuales se hace una breve referencia.


El quinto capítulo profundiza en la descripción y las características más
importantes de los problemas psicosociales de la infancia, y las pautas para su
manejo individual y de grupo.


En el sexto capítulo se proponen técnicas y procedimientos para la prime-
ra ayuda psicológica que el personal de los equipos de respuesta debe brindar y
son la primera línea de contacto con las víctimas directas.


El séptimo capítulo aborda el importante y crucial problema de la protec-
ción de la salud mental de los miembros de los equipos de respuesta; describe los
problemas más comunes que los pueden afectar y recomienda pautas de actuación
para su prevención y control.


En el octavo capítulo se abordan los problemas especiales que viven los
desplazados y los sobrevivientes de los conflictos armados, y se hace énfasis en
los elementos de ayuda humanitaria como pilar fundamental en los planes de
ayuda psicosocial. También, se hacen algunas consideraciones breves sobre el
complejo tema del terrorismo.


El noveno capítulo contiene pautas y recomendaciones para el desarrollo
de una buena estrategia de comunicación social como elemento fundamental para
disminuir la ansiedad y contribuir a la estabilidad emocional de la población.
También aporta elementos prácticos de cómo organizar reuniones grupales de tipo
informativo.


Finalmente, se ha incluido un décimo capítulo, a manera de conclusiones,
que resume las líneas generales de acción en un plan de atención en salud mental
en emergencias, los principios generales de actuación y las peculiaridades que
tiene la atención de niños. Incluye algunas recomendaciones sobre el uso de las
pruebas de tamizaje y concluye con algunas consideraciones de crucial importancia.




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El libro está dirigido al personal que trabaja en los equipos que deben brin-
dar respuestas en situaciones de desastres y emergencia; en especial, nos parece
importante para los trabajadores de atención primaria en salud y los agentes de
ayuda humanitaria. Puede resultarle útil a las instituciones del sector salud y a otras
de la sociedad civil que prestan apoyo psicosocial a las comunidades afectadas
por eventos traumáticos. Esperamos que esta obra pueda constituirse en una herra-
mienta práctica para el desempeño y en material básico para los procesos de
capacitación.




En este capítulo nos referimos a algunos elementos conceptuales sobre elimpacto psicosocial que producen los desastres en las personas, comomarco general de referencia. Este breve resumen le puede servir al lec-tor no especializado como base para una mejor comprensión de loscapítulos posteriores.
Desde el punto de vista de la salud mental, las emergencias y los desastres


implican una perturbación psicosocial que sobrepasa la capacidad de manejo o
afrontamiento de la población afectada (1-5).


Por lo general, los desastres tienen consecuencias económicas, producen
devastación, empobrecimiento, destrucción ambiental y de la infraestructura, y
carencia de servicios básicos como agua potable y alimentos; pero, también, pro-
ducen un deterioro en la vida de las personas y una desintegración de las familias
y de la comunidad.


Cuando hablamos de impacto psicosocial, nos referimos a los efectos que
generan los desastres en el ámbito psicológico individual, familiar y social de las
víctimas. Estos efectos se relacionan con muchas variables, entre las que se encuen-
tran las condiciones de vida de la persona y el grado de deterioro de su ambien-
te físico y social (3).


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CAPÍTULO I
Los problemas psicosociales
en situaciones de desastres


y emergencias: marco general
de referencia




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Construcción de defensas ante el estrés


Para una mejor comprensión de las consecuencias psicológicas de los
eventos catastróficos resulta útil revisar brevemente la manera como las personas
adquieren y desarrollan la capacidad de enfrentarse a las situaciones difíciles de
la vida y cómo se preparan para sobrevivir exitosamente las experiencias doloro-
sas excepcionales.


En la vida diaria estamos permanentemente expuestos a situaciones conflic-
tivas (a veces, repetitivas) que producen modificaciones emocionales en forma de
ansiedad (“nervios”), miedo, tristeza, frustración o rabia, y que se acompañan de
cambios en el funcionamiento corporal, como palpitaciones, tensión de los múscu-
los, sensación de vacío en el estómago, etc. Son reacciones transitorias de dura-
ción variable que actúan como mecanismos de defensa y que, de alguna manera,
nos alertan y preparan para enfrentarnos a la situación traumática (1, 2, 6).


Normalmente, esas respuestas al estrés se relacionan estrechamente con el
aprendizaje y se convierten en un mecanismo de supervivencia y de alivio para la
tensión emocional. La vivencia repetitiva de los pequeños traumas cotidianos y la
comprobación de que pueden afrontarse permiten desarrollar una capacidad de
tolerancia a la frustración y la esperanza de que se pueden superar los escollos. El
proceso de aprendizaje permite desarrollar las defensas y el moldeamiento de una
personalidad más fuerte y preparada para enfrentar y superar exitosamente las
adversidades de la vida (6-8).


Este proceso ocurre en el ámbito de la familia y la comunidad que, en con-
diciones normales, se convierten en nichos que facilitan la maduración de los niños
para llegar a ser adultos independientes y seguros. En la medida en que las rela-
ciones interpersonales brindan seguridad y afecto, se facilita la construcción de sen-
timientos de confianza en sí mismo y en los demás, e ir armando un proyecto de
vida optimista. La familia, como medio protector y modelo, permite al niño copiar
y volver propios los comportamientos sanos de las personas mayores. De otra
parte, el grupo social de pertenencia también genera redes de apoyo para las
familias y los individuos.


La suma de toda esa experiencia durante la infancia y la adolescencia
construye las bases de la personalidad y contribuye al desarrollo de lo que se cono-
ce como “resiliencia”*, definida como la capacidad de resurgir de la adversidad,
adaptarse, recuperarse y volver a acceder a una vida significativa y productiva.
Esta capacidad no es estática sino permanentemente fluctuante en relación con las


* Nota del editor: aunque el término “resiliencia” (del inglés “resilience”) no existe en español, hemos decidido dejarlo por su uso
frecuente y aceptado en el ámbito de los desastres y porque su traducción literal “elasticidad” no refleja el concepto que se inten-
ta explicar.




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circunstancias que se van viviendo y trata de lograr un equilibrio entre los factores
de riesgo y los elementos protectores.


Estos mecanismos de defensa, maduración y crecimiento personal no fun-
cionan completamente cuando el individuo enfrenta situaciones que superan sus
capacidades de adaptación y, entonces, hablamos de eventos traumáticos que
generan crisis, en las cuales se rompe el equilibrio. Esto puede suceder en eventos
catastróficos que representan amenazas extremas que rompen las defensas de
manera brusca, o en circunstancias que se viven como agresiones repetitivas que
se van acumulando y paulatinamente van debilitando las defensas hasta que se
llega a un punto en el que se rompe el equilibrio. Cuando esto ocurre, aparecen
reacciones más o menos duraderas, con expresiones corporales y psicológicas que
ya no son protectoras, sino que conducen a alteraciones emocionales de gravedad
variable y, en algunos casos, a verdaderas enfermedades mentales.


El impacto psicosocial de los eventos


traumáticos


El impacto psicosocial de cualquier evento traumático depende de los
siguientes factores (4):


• la naturaleza misma del evento,


• las características de la personalidad de las víctimas y


• el entorno y las circunstancias.


La naturaleza misma del evento. Por lo general, producen un
mayor impacto los eventos inesperados, los ocasionados por el hombre, los que
implican una situación de estrés prolongada y los de afectación colectiva.


Los eventos inesperados, como los terremotos, no dan tiempo a estrategias
de prevención individuales o colectivas y, usualmente, generan sentimientos de
impotencia y reacciones emocionales que inhiben las funciones defensivas que
pudieran ser eficaces; por ello, son más frecuentes las reacciones de pánico para-
lizante o de huida, con graves modificaciones de la capacidad de reflexionar y
tomar decisiones acertadas.


El origen humano del trauma, como es el caso de los conflictos armados o
los actos terroristas (4, 9), potencializa el miedo y la ansiedad con sentimientos de
rabia y odio, así como deseos de venganza, puesto que hay a quienes culpar; esto
complica la reacción emocional y la elaboración del duelo. Además, cuando se




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trata de violencia política, la búsqueda y la prestación de atención implican una
situación de peligro, lo cual puede dar lugar a tardanzas e iniquidades que se con-
vierten en factores secundarios de estrés y cierran un círculo vicioso de violencia y
maltrato.


Cuando la situación traumática es prolongada, como en el caso de secues-
tros, desplazamientos forzados y en poblaciones que viven en cercanías de volca-
nes con posibilidades de erupción, generalmente, las personas se sienten sin posi-
bilidades de escape, pronto retorno o de reubicación segura y digna. La víctima
se siente atrapada e impotente y, fácilmente, llega a una fase de desesperanza y
agotamiento de las defensas. Si, además, se agrega la tortura, la pérdida de las
estructuras de las defensas es mucho más rápida. Es frecuente ver que, incluso la
amenaza o la posibilidad de padecer dolor o de morir (la persona o sus seres que-
ridos), debilita la fortaleza de cualquier persona razonablemente equilibrada.


Usualmente, en situaciones de crisis individuales, la víctima cuenta con el
apoyo de quienes la rodean y de la estructura social. Cuando la emergencia es
colectiva, el impacto es mucho mayor, pues no sólo se vive el drama personal sino
el de los allegados y, además, se afecta la red familiar y social de apoyo. En estos
casos, es frecuente la desorganización en el aprovechamiento de las fuentes de
apoyo externo.


Las características de la personalidad y la vulnerabilidad
individual de las víctimas (6, 8). Se valora, en primera instancia, la perso-
nalidad de los individuos y su capacidad de afrontamiento ante eventos catastrófi-
cos e inesperados. Podemos encontrar debilidades pero, también, muchas fortale-
zas que pueden ser estimuladas y aprovechadas. Además, las condiciones pree-
xistentes dan lugar a grupos más vulnerables, como son los niños y los adolescen-
tes, quienes aún no han construido las defensas suficientes para enfrentar la adver-
sidad y dependen de la ayuda y el apoyo externos que pueden fallar en la situa-
ción traumática; y los más pequeños no tienen aún la capacidad de comprender
plenamente lo que ocurre.


Los ancianos, por su parte, frecuentemente viven en situaciones de depriva-
ción y desesperanza, y es frecuente que padezcan de afecciones físicas o emocio-
nales que ocasionan dependencia y sentimientos de minusvalía, todo lo cual con-
tribuye a disminuir sus capacidades de adaptación y defensa.


Las mujeres son un grupo vulnerable pues suelen estar sometidas a condi-
ciones sociales más adversas (en relación con los hombres) y a mayores riesgos




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para su salud. Además, en situaciones de crisis, suelen soportar la mayor respon-
sabilidad en el cuidado y el mantenimiento de la estabilidad de la familia.


Otro grupo de alto riesgo son las personas con una enfermedad mental o
física previa que ocasiona una mayor fragilidad del individuo.


Igualmente, es necesario destacar que la confluencia de múltiples situacio-
nes traumáticas en individuos bien estructurados y emocionalmente fuertes puede
debilitar sus defensas y hacerlos más vulnerables ante un nuevo trauma que ocurra
antes de haber recuperado el equilibrio.


El entorno y las circunstancias (4, 7, 9). Aunque los desastres no
escogen las víctimas, es evidente que no afectan al azar; siempre inciden más
duramente en los más pobres, quienes tienen limitaciones de acceso a los servicios
sociales y, en particular, a los de salud. Las comunidades pobres usualmente care-
cen de planes y recursos para prevenir y enfrentar las tragedias pues, incluso, care-
cen de redes de atención de lo cotidiano y ello las convierte en grupos de mayor
riesgo que se encuentran en los límites de un equilibrio precario.


Los grupos sociales desestructurados o que han sufrido situaciones adversas
repetitivas son más vulnerables.


La provisión de ayuda, cuando es precaria, desorganizada, tardía o se
agota muy prontamente, puede constituirse en una circunstancia agravante de la
problemática y puede generar conflictos sociales.


Finalmente, es necesario recordar que las minorías (raciales o religiosas,
por ejemplo) a menudo están en condiciones previas de discriminación, con estruc-
turas de soporte social precarias, y tienen el riesgo de ser tratadas inequitativamen-
te en la atención de la emergencia.


La respuesta individual según fases


Para una mejor comprensión, dividimos la respuesta individual en fases
(antes, durante y después del evento) (1, 3, 4, 7). No obstante, es necesario resal-
tar que, en la vida real, la delimitación entre estas etapas no siempre es tan clara.


Antes. En la fase de amenaza se produce miedo y una tensión emocio-
nal colectiva que prepara el enfrentamiento a la amenaza. Las reacciones indivi-
duales dependen de varios factores, entre los cuales está la experiencia previa.
Pueden surgir actitudes de negación del peligro en las que la persona continúa con
sus actividades cotidianas y no toma precauciones; en otros casos, aparecen acti-




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tudes desafiantes, de gran desorganización, o comportamientos pasivos o agita-
dos que resultan poco adaptativos.


Durante. Si la situación pasa de ser una amenaza y se convierte en rea-
lidad, los individuos deben enfrentarse de manera abrupta a hechos que pueden
ser aterradores; se generan cambios neuroquímicos en el sistema nervioso central
y pueden afectarse las respuestas inmunológicas. Las reacciones emocionales son
intensas, el individuo siente interrumpida su vida y presenta reacciones muy varia-
das que van desde el miedo paralizante a la agitación desordenada y desde la
anestesia sensorial al dolor extremo. Puede haber un estado de hiperalerta pero,
más frecuentemente, hay moderados grados de confusión en la conciencia que se
manifiestan como aturdimiento, desorientación y dificultad para pensar y tomar
decisiones. Se pueden presentar diversos grados de disociación en los que el indi-
viduo se siente colocado en posición pasiva ante una realidad que es vivida como
película ajena.


Después. Una vez pasado el evento agudo que, en algunos casos,
puede prolongarse por horas, días y meses (volcanes, guerra), la víctima continúa
experimentando oleadas de temor y ansiedad al recordar el trauma o al comenzar
a elaborar las consecuencias del mismo. Al miedo y a la ansiedad se suma una
inestabilidad emocional sobre un trasfondo de tristeza e ira. La alteración emocio-
nal incide en el resto del funcionamiento psicosocial.


Pueden aparecer ideas o conductas inapropiadas, el sueño se hace irregu-
lar y poco reparador, disminuye el apetito, surgen la irritabilidad y los conflictos en
las relaciones interpersonales, y se dificulta el cumplimiento de tareas habituales.
Además, aparecen o se acentúan las quejas somáticas (dolores o molestias varia-
dos) y pueden surgir o agravarse las enfermedades preexistentes, puesto que se dis-
minuyen globalmente las defensas o se hacen insuficientes las medidas de control.


Si el impacto es grave y colectivo, en esta fase ya se nota el daño en la
cohesión familiar y social, lo cual dificulta obviamente la superación individual del
trauma. Si a ello le sumamos la persistencia de la amenaza o la necesidad del des-
plazamiento, resulta fácil entender que los procesos de readaptación se postergan
y las manifestaciones psíquicas corren el riesgo de agravarse y volverse secuelas
permanentes.


La necesidad de manejar simultáneamente las emociones personales y las
relaciones y compromisos interpersonales, y cumplir con las tareas de la vida dia-
ria resulta abrumadora para las víctimas, que se confrontan permanentemente con
la necesidad de adaptarse a la pérdida y a lo nuevo.




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Fase de readaptación. Las circunstancias ambientales y contextuales


favorables facilitan que el individuo recupere la capacidad de asumir su cotidiani-
dad y supere exitosamente las pérdidas. Sin embargo, no siempre sucede así y es
frecuente que las reacciones psicosomáticas persistan y se hagan crónicas.
También, aunque el temor y la ansiedad se vayan atenuando, persisten por mucho
más tiempo la tristeza y la rabia; así mismo, surgen sentimientos de culpa por haber
sobrevivido o no haber impedido la pérdida.


El ritmo de normalización emocional es muy variable; obviamente, los más
frágiles demoran más en alcanzar un equilibrio. A este respecto, merecen especial
mención los niños, porque la situación de pérdida de las estructuras entorpece un
desarrollo normal y la construcción de defensas protectoras; también, suelen ser
objeto de maltrato intrafamiliar, lo que, a la larga, los convierte en personas con
dificultades para establecer vínculos afectivos duraderos y, eventualmente, en adul-
tos a su vez generadores de violencia.


Consideraciones finales


Se ha demostrado que la intervención en salud mental en situaciones de
desastre no puede limitarse a ampliar la cobertura de los servicios especializados.
Junto a esto, es necesario elevar el nivel de resolución de los problemas psicoso-
ciales de los trabajadores de atención primaria en salud, socorristas, voluntarios y
otros agentes comunitarios.


Este manual puede servir como guía práctica para el trabajo de campo en
el “qué hacer” (individual y grupal) y, también, como base de referencia bibliográ-
fica para procesos de capacitación que respondan a las necesidades de elevar la
capacidad resolutiva en salud mental de los trabajadores de la salud y los equipos
de primera respuesta.




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Referencias


1. Cohen R. Reacciones individuales ante desastres naturales. Bol Of Sanit
Panam 1985;98.


2. Lima B. La atención comunitaria en salud mental en víctimas de desastres. En:
Levav I (edit.). Temas de salud mental. Washington, D.C.: Organización
Panamericana de la Salud; 1992. p.218-36.


3. Gerrity E, Flynn BW. Mental health consequences of disasters. En: Noji EK
(edit.) The public health consequences of disasters. New York: Oxford
University Press; 1997.


4. Organización Panamericana de la Salud. Protección de la salud mental en
situaciones de desastres y emergencias. Washington, D.C., OPS/OMS;
2002. Serie de manuales y guías sobre desastres.


5. World Health Organization. Psychosocial consequences of disasters.
Prevention and management. Geneve: Division of Mental Health, WHO;
1992.


6. Sandin B. El estrés. En: Belloch A, Sandin B, Ramos F (edit.) Manual de psi-
copatología. Madrid: Mc Graw-Hill; 1995.


7. Ehrenreich JH. Enfrentando el desastre. Una guía para la intervención psicoso-
cial. Disponible de: jeherenreich@hotmail.com, 1999.


8. Slaikeu KA. Intervención en crisis. Manual para práctica e investigación.
México, D.F.: El Manual Moderno; 1995.


9. Organización Mundial de la Salud. La salud mental de los refugiados.
Geneva: OMS, ACNUR; 1997


Lecturas recomendadas


Shalev AY. Estrés traumático y sus consecuencias: manual para el personal de asis-
tencia profesional. Washington, D.C.: Organización Panamericana de la Salud;
2000.




Grupo de trabajo de Centroamérica*


La evaluación de daños y análisis de necesidades (EDAN) por el sector saludes una medida de gran importancia para la toma adecuada de decisionesen situaciones de desastres, que implica no sólo la salud de la poblaciónsino también las condiciones sanitarias existentes como consecuencia delsuceso y la valoración del estado de los establecimientos de salud. No es
un proceso fijo o estático; por el contrario, es dinámico y cambia diariamente, por
lo cual debe realizarse con un carácter continuo y sistemático, mediante instrumen-
tos confiables que faciliten la tarea de recopilación y análisis de la información (1).


La evaluación rápida de la situación de salud mental después de un desas-
tre o emergencia es parte del EDAN de salud y se constituye en una herramienta
que facilita definir, con la mayor objetividad posible, las acciones prioritarias e
inmediatas que se requieran en este campo. Incluye el registro cuantitativo y cuali-
titativo de la localización, extensión y gravedad de los efectos psicosociales que
produce el acaecimiento; implica, también, determinar la situación de los servicios
de salud mental y su capacidad funcional de respuesta.


9


CAPÍTULO II
Evaluación de daños y análisis de
necesidades en salud mental en


situaciones de desastres
Guía de evaluación EDAN-SM


* El documento base fue elaborado por Nadyezhda van Tuylen y Aura Marina López del Programa Nacional de Salud Mental
de Guatemala. Participaron en la validación profesionales de los Ministerios de Salud y otras organizaciones de Guatemala,
Nicaragua, El Salvador y Panamá, con la asesoría y coordinación de Jorge Rodríguez y Alejandro Santander de la OPS/OMS




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Para facilitar este trabajo, es conveniente disponer de guías prácticas. La
Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS) publicó recientemente el
Manual para la evaluación de daños y análisis de necesidades en salud (1). El pre-
sente trabajo es una continuación de este esfuerzo.


La evaluación puede ser adelantada por personal de salud local o externo.
El personal local, por residir en el mismo sitio, responde inmediatamente despla-
zándose de manera rápida; generalmente conocen la situación previa al desastre
y disponen de mayores elementos de juicio sobre el verdadero impacto del suce-
so. Sin embargo, la vinculación emocional y la afectación personal pueden com-
prometer la objetividad de la evaluación. Por lo tanto, es importante que existan
instrumentos previamente establecidos y que el personal externo especializado
actúe en los procesos de evaluación, de manera conjunta y en forma coordinada
con el personal local.


El personal que presumiblemente trabaje en la realización de la evaluación
debe ser entrenado con antelación; uno de los requisitos es que esté preparado
para trabajar bajo presión.


Para la evaluación en salud mental se toman como período de referencia
los primeros 30 días, a partir de la presentación del suceso (periodos crítico y pos-
crítico inmediato). Este tiempo puede ser variable según la magnitud del desastre y
las circunstancias específicas. Se definen tres etapas del proceso (2):


• Inicial: se efectúa en las primeras 72 horas posteriores al evento.


• Intermedia: registra la evolución de la situación de salud mental en
forma continua durante las primeras cuatro semanas.


• Final: se lleva a cabo al finalizar la etapa intermedia.


La evaluación inicial es comunitaria. La comunidad participa de forma deci-
siva en la primera respuesta; por tanto, son las organizaciones comunitarias, los
grupos de socorro, salvamento y ayuda, y los trabajadores de la salud del nivel pri-
mario los que deben efectuar la primera evaluación, la cual debe servir de base
al proceso posterior de análisis especializado. Frecuentemente, las condiciones
específicas del desastre pueden hacer difícil el proceso de evaluación en estos pri-
meros momentos (acceso geográfico, magnitud del acaecimiento, aspectos cultura-
les, etc.).


La evaluación inicial es básicamente cualitativa y general; es difícil traba-
jar en aspectos cuantitativos o muy específicos. Pretende identificar, de manera
rápida, los problemas psicosociales. Es importante que se evidencien cuáles son




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los factores que pueden influir de manera positiva o negativa en la salud mental de
la población, el grado de atención a las necesidades básicas y los recursos
disponibles.


Las evaluaciones intermedia y final son especializadas. Implican la partici-
pación del personal de salud mental, que debe ampliar y complementar la evalua-
ción inicial comunitaria. Debe ser cualitativa y cuantitativa, definir con mayor pre-
cisión la situación existente y registrar las acciones tomadas.


El propósito es proporcionar un instrumento práctico para analizar los
daños y evaluar las necesidades psicológicas y sociales de la población afectada
por un desastre (natural o provocado por el hombre), en el periodo inmediato pos-
terior al mismo (30 días).


Objetivos


1. Describir el impacto humano del evento adverso, destacando los aspec-
tos culturales, las coyunturas políticas y las formas de organización
social existentes en la población afectada.


2. Identificar la problemática de salud mental, incluidas la morbilidad y la
mortalidad.


3. Evaluar las necesidades psicosociales prioritarias de la población afec-
tada.


4. Describir las formas de respuestas institucionales
(planes y servicios de salud mental existentes)
y de la población; así como la eficacia de
los mecanismos de afrontamiento.


5. Hacer recomendaciones para la acción.


Antes del suceso


En los preparativos para la respuesta
(antes del desastre), se recomienda disponer de
un diagnóstico o análisis actualizado de la situa-
ción de salud mental (3-5). Éste debe incluir un
mapa de riesgos psicosociales y recursos de
salud mental. Se sugiere que contenga lo
siguiente.




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1. Descripción de la población (aspectos cuantitativos y cualitati-


vos), con énfasis en lo sociocultural


• Datos demográficos de la población


• Composición étnica y estructura social (etnias, clanes, grupos, etc.)


• Antecedentes históricos de la comunidad; relaciones entre los diferen-
tes grupos; ¿cómo es la comunicación entre grupos y estratos sociales?


• Tradiciones, tabúes y rituales más comunes; aspectos de espiritualidad
y religión


• Organización comunitaria existente y estructuras de apoyo psicosocial


• ¿Cómo funcionan los mecanismos de cohesión y solidaridad?


• Estructuras comunitarias para emergencias; experiencias en desastres
previos


• Situación de los servicios educativos (escuelas)


• Liderazgos formales e informales


• Autoridades tradicionales


• Curanderos tradicionales


2. Aspectos generales de la economía local


3. Recursos, servicios y programas de salud mental


existentes


• Instituciones que prestan servicios de salud mental en el área.


• Personal disponible (institucional y comunitario) capacitado en salud
mental.


• Personal disponible, especializado en salud mental, con identificación
de aquéllos con formación previa en emergencias.


• Equipos móviles de salud mental con los que se podría contar y su lugar
de procedencia.


• Mecanismos de referencia y contrarreferencia


• Cobertura de la población por los servicios de salud mental




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• Equipos de primera respuesta y cuáles tienen entrenamiento en salud
mental.


4. Análisis breve de la situación psicosocial existente


previa al evento traumático


• Datos de morbilidad y mortalidad, relacionados con la salud mental


• Conocimientos, actitudes y prácticas de la población ante los proble-
mas de salud mental


• Vías de soluciones de conflictos y desacuerdos; formas de mediación


• Fortalezas y debilidades psicosociales de la población


El disponer de un análisis de la situación de salud mental previo al desas-
tre facilita la evaluación que se debe realizar después del evento, la cual se podría
hacer, entonces, con mayor precisión y calidad. En los planes de emergencias y
en las salas situacionales debe incorporarse el componente salud mental. De no
existir la información antes señalada, debe hacerse un esfuerzo por recopilar los
datos prioritarios (que sean factibles de obtener).


Contenidos de la evaluación según etapas


Inicial, primeras 72 horas (anexo 1). Permite un conocimiento preli-
minar del impacto del desastre y trata de identificar las necesidades más inmedia-
tas. La evaluación inicial se realiza mediante la observación directa y la recolec-
ción de información proveniente de los informantes clave de la comunidad (alcal-
des, maestros, trabajadores de salud, líderes comunitarios, etc.).


Dado que los equipos de salud mental, salvo excepciones, no están en el
lugar del suceso adverso, es el equipo de salud en el nivel primario el que debe
tomar esa información y traducirla en posibles impactos psicosociales. En ese pri-
mer momento, los servicios de salud mental deben preparar la movilización del per-
sonal especializado y alistar los mecanismos de recopilación de información más
detallada.


Se debe aplicar el formulario (anexo 1) que ofrece una apreciación global
de tipo cualitativa y que puede ser diligenciado rápidamente. Este formulario se ha
diseñado de tal manera que no ocupa más de dos páginas (una hoja); de esta
forma, se trata de simplificar y agilizar el mecanismo de recolección de informa-




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ción que debe ser llevado a cabo por personal no especializado, el cual está
sobrecargado por múltiples tareas. Otro principio es que los aspectos considera-
dos están descritos en un lenguaje sencillo y común (fácilmente comprensible); se
evitó la confección de un anexo con criterios operativos que complicaría la reco-
lección de los datos; por otro lado, se hace difícil establecer criterios muy cerrados
para problemas cuya evaluación depende mucho de las circunstancias y de la
apreciación subjetiva (más que de una medición de acuerdo con los estándares).


El formulario sugerido consiste de un listado de factores de riesgo a los que
está expuesta la comunidad afectada, los factores protectores de que dispone, un
inventario de recursos y el grado de resolución de las necesidades básicas, psico-
sociales e institucionales. Es una lista de verificación en términos de afirmaciones
que se califican de acuerdo con la percepción del personal de salud del nivel pri-
mario, marcando en la casilla correspondiente.


Del mismo modo, contiene la apreciación de la información que está mane-
jando la población y otros comentarios en forma de un análisis simple y preliminar.
Finalmente, se deben establecer de manera muy resumida las conclusiones y reco-
mendaciones pertinentes para la fase posterior. La evaluación preliminar se consti-
tuye en un informe que se remite o entrega a las autoridades o tomadores de deci-
siones correspondientes.


Se prevé que en las primeras 72 horas será difícil o casi imposible la reco-
pilación de información cuantitativa de la morbilidad relacionada con la salud
mental.


Contenidos de la evaluación (anexo1)


1. Descripción de la situación existente como consecuencia del evento
adverso, con énfasis en el impacto humano que ha tenido.


2. Listado de factores de riesgo psicosocial y su calificación


3. Listado de factores protectores y su calificación


4. Listado preliminar de recursos humanos disponibles en el territorio (per-
sonal) con conocimientos de salud mental: psicólogos, psiquiatras,
otros médicos entrenados, personal de enfermería, trabajadores socia-
les, terapeutas ocupacionales, estudiantes universitarios o de carreras
técnicas, equipos de respuesta y otros.


5. Listado preliminar de recursos institucionales y materiales con que se
cuenta: instalaciones o servicios de salud mental en el territorio, daños
a la infraestructura de los mismos, fondos o recursos financieros, medi-




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camentos (psicofármacos), juguetes o material de juego (para niños) y
otros.


6. Identificación de necesidades y calificación a priori: a) necesidades
básicas: vivienda, alimentación y seguridad; b) necesidades psicoso-
ciales: orientación, contacto con los miembros de la familia, apoyo
emocional, apoyo social e institucional, educación para los niños, lide-
razgo, culturales y religiosas; y c) institucionales: movilización o incre-
mento de personal especializado, capacitación y servicios de salud
mental.


7. Apreciación de la información que está recibiendo la población tanto
de los medios de comunicación como por informaciones grupales e
individuales.


8. Otros comentarios que pueden incluir zonas geográficas de riesgo y
localización de los grupos de población con mayor vulnerabilidad psi-
cosocial; formas de expresión de las emociones y mecanismos de
afrontamiento de los problemas por la población; cómo se enfrentan la
violencia, las muertes y pérdidas, formas de duelo; a quiénes y cómo
se solicita ayuda o apoyo psicológico.


9. Conclusiones y recomendaciones para los próximos 30 días


En los anexos aparecen los formularios sugeridos para facilitar la evalua-
ción preliminar y la intermedia. Los mismos son un marco de referencia que puede
adaptarse para cada país según sus condiciones específicas y el tipo de desastre.
También se deben tener en cuenta los sistemas de información vigentes en el sec-
tor salud.


Intermedia, después de las primeras 72 horas hasta los 30
días (anexo 2). La evaluación intermedia continúa el seguimiento de la situación,
descrito en la evaluación inicial, pero es un proceso sistemático y más detallado
de recolección de información, aproximadamente, durante el primer mes, que con-
tribuye a definir el plan de intervenciones en ese periodo. Hace un análisis de los
daños a la salud mental, las necesidades psicosociales y los factores de riesgo, y
de las acciones que se están realizando.


La evaluación intermedia es un proceso continuo durante el periodo poscrí-
tico; se recomienda hacer cortes semanales que permitan establecer oportunamen-
te las líneas de acción pertinentes. El periodo de treinta días que se está señalan-
do es un estimado promedio, de acuerdo con la experiencia en casos, fundamen-
talmente, de desastres naturales; en la práctica, los equipos de salud mental y las




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autoridades pueden acortar o prolongar esta etapa inmediata posterior al evento
traumático.


En esta fase interviene el personal especializado en salud mental, junto con
el equipo de salud del primer nivel de atención. Deben establecerse los mecanis-
mos de registro de los datos, de manera que se recopile la información de las
acciones en curso:


1. Casos de trastornos psíquicos atendidos (según sexo, edad y tipo de
consulta)


2. Desglosar de acuerdo con el lugar donde se ofrece la atención (aten-
ción primaria en salud, hospitales u otros espacios):


a. casos atendidos por personal especializado


b. casos atendidos por personal no especializado


3. Morbilidad: clasificación de los casos atendidos según categorías
diagnósticas. Se sugiere utilizar una agrupación amplia por síndromes
(4, 6) ya que puede ser muy difícil obtener diagnósticos precisos usan-
do la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE 10). Estas cate-
gorías se especifican en la siguiente tabla.


Categoría por
síndromes Manifestaciones fundamentales


Estrés agudo/cuadros
predominantemente
ansiosos.


Nerviosismo, temblor, angustia, miedo, aflicción, revivir el momento
traumático, intranquilidad, insomnio, trastornos del apetito, temor a la
recidiva o réplica


Cuadros depresivos. Tristeza, llanto frecuente, baja autoestima, pérdida del sentido de la vida,
trastornos del sueño, insomnio, falta de apetito; pueden existir ideas
suicidas.


Ideación o conducta
suicida.


Pocos deseos de vivir o ideas suicidas definidas, existencia de planes para
consumar el suicidio, actos suicidas fallidos; frecuentemente coexisten
manifestaciones de depresión.


Psicosis. Alucinaciones, ideas delirantes, conductas extrañas o evidentemente
anormales que evidencian desconexión con la realidad; puede existir
agitación y violencia.


Consumo indebido de
sustancias psicoactivas.


Inicio o aumento en el consumo de alcohol u otras drogas, como
consecuencia del evento.


Epilepsia y cuadros
orgánicos con
manifestaciones
confusionales o sin ellas.


Convulsiones o cuadros de confusión mental/desorientación (no saber en
dónde está momentáneamente, quién es, qué pasó, etc.) asociados a
infecciones, intoxicaciones, traumas craneales, etc.




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4. Número de referencias a psicólogos o psiquiatras u otros profesionales
de salud mental existentes


5. Mortalidad por causas relacionadas directa e indirectamente con la
salud mental:


a. muertes violentas (suicidios, homicidios, violencia intrafamiliar y
accidentes)


b. muertes relacionadas con alcohol o consumo de drogas


6. Actividades grupales:


a. psicoeducativas o de apoyo emocional: numero de sesiones y
participantes


b. terapéuticas ofrecidas por personal especializado: número de
sesiones y participantes


7. Atención a población infantil mediante actividades grupales (con
padres y con menores, o mediante los maestros): número de sesiones y
participantes.


8. Capacitación: público objetivo, número de sesiones, participantes,
lugares donde se desarrolló y temáticas desarrolladas.


9. Atención a miembros de los equipos de respuesta por personal espe-
cializado: casos atendidos individualmente y actividades grupales.


Categoría por
síndromes Manifestaciones fundamentales


Trastornos emocionales
y conductuales de la
niñez.


Enuresis, encopresis, aislamiento, miedo, hiperactividad, agresividad,
cambios de conducta evidentes, trastornos del sueño o la alimentación,
conductas regresivas y aparición de dificultades en el aprendizaje.


Manifestaciones
emocionales no
definidamente
patológicas.


Nerviosismo, tensión, tristeza, preocupación, aflicción, temores,
pensamientos desordenados, síntomas somáticos, sentimientos de culpa,
irritabilidad, recuerdos persistentes, frustración, problemas de sueño y
alimentación, cambios en las formas habituales de conducta, ruptura
conyugal, otros.


Conductas violentas. Agresiones, maltrato a miembros de la familia, ira, cólera, enojo, rabia;
la conducta violenta puede darse en el seno de grupos delictivos.


Cuadros somáticos en
que los factores
emocionales juegan un
papel etiopatogénico
importante.


Diabetes, hipertensión arterial, dermatitis, asma u otras enfermedades
psicosomáticas.




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10.Identificación de grupos de población en riesgo o que requieren mayor
atención de salud mental.


11.Identificación de problemas y necesidades institucionales y de recursos
humanos, así como el grado de solución que van teniendo.


12.Población desplazada y refugiada: problemática psicosocial y aten-
ción que están recibiendo.


13.Análisis de la información que está recibiendo la población, por dife-
rentes vías.


14.Análisis de la coordinación interinstitucional desarrollada, de acuerdo
con los actores que intervinieron en el evento; proyecciones para su
consolidación.


15.Análisis de la sostenibilidad de las acciones desplegadas hasta ese
momento


16.Consideraciones finales del periodo evaluado; incluye un análisis cua-
litativo de la situación de salud mental (actitudes y prácticas de la
población, mecanismos de afrontamiento, vivencia del duelo, solucio-
nes de conflictos, fortalezas y debilidades de la comunidad; factores
de riesgo y protectores, grado de satisfacción de las principales nece-
sidades de la gente que se va logrando).


Final del periodo poscrítico (aproximadamente a los 30 días).
Permite analizar la situación de salud mental después del período poscrítico, así
como una evolución de las apreciaciones realizadas. Debe ofrecer una visión glo-
bal con una profundización especializada que facilite plantear las líneas de acción
para la fase subsiguiente de recuperación. El informe final se divulga y discute con
los responsables y tomadores de decisiones del sector salud.


Se recomienda estructurar un informe cuantitativo y cualitativo que
contenga:


• Evaluación de los planes, servicios y recursos de salud mental existen-
tes y su funcionamiento en la emergencia:


n Políticas y planes de salud mental previos al evento traumático.
Responsabilidades en los planes y operatividad de los mismos.
¿Se han adaptado estos planes a la situación de desastre?, ¿han
funcionado los mecanismos previstos?


n Recursos humanos


n Presupuesto disponible para las acciones de salud mental




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n Proyectos adicionales


• Evaluación cualitativa de la situación de salud mental/evolución duran-
te el primer mes, tomando como base el análisis inicial; identificación
de daños y grado de satisfacción de las necesidades (básicas y psico-
sociales); balance de los factores de riesgo y protectores al final del
período.


• Datos disponibles de morbilidad y mortalidad.


• Resumen estadístico de las acciones de salud mental desarrolladas
durante el primer mes (según el esquema propuesto en la etapa
intermedia).


• Instituciones y servicios que se encuentran funcionando, así como los
recursos disponibles; daños a la infraestructura de los servicios de salud
mental que aún persisten.


• Situación de salud mental de la población desplazada o refugiada;
albergues o refugios a los 30 días.


• Coordinación interinstitucional desarrollada y proyecciones para su
consolidación.


• Analizar la sostenibilidad de las acciones en salud mental desplegadas
hasta ese momento.


• Las conclusiones deben contener la identificación de los principales
problemas detectados y las necesidades al terminar esta etapa, así
como recomendaciones y aspectos a priorizar en el siguiente período
de recuperación. El informe debe ofrecer una síntesis de la evolución
de la situación durante el primer mes.


Criterios sobre los tamizajes


Las encuestas o pruebas hechas para detectar casos después del suceso
traumático pueden ser de utilidad si se dan ciertas condiciones para su realización.
Una de las ventajas es que llaman la atención sobre los enfermos no identificados,
para atenderlos oportunamente y prevenir una morbilidad de larga evolución.
Muchos autores (7) insisten en que no deben existir objeciones intrínsecas para apli-
car pruebas de este tipo, de manera rutinaria, en grupos de población que han
sufrido grandes traumas o en los cuales se anticipan elevados índices de trastornos
psíquicos. Sin embargo, el tema no deja de ser discutible y aún existen interrogan-




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tes para poder responder definitivamente sobre la efectividad del
procedimiento.


Un obstáculo para el tamizaje puede ser el costo y la factibilidad del
mismo; sobre todo cuando se pretende aplicar de manera rutinaria a grandes gru-
pos de población. Esta dificultad sería menor si se aplicara sólo a grupos en ries-
go muy bien seleccionados (por ejemplo, miembros de los equipos de respuesta).


Ahora bien, la falta de pruebas de detección de casos nos pone frente a
la limitación de que siempre habrá una cantidad importante de personas que
requieren atención y no fueron identificadas de manera precoz.


Recomendaciones (4, 7)


• Este procedimiento puede ser útil para detectar problemas como: nive-
les altos y sostenidos de estrés que pueden ser indicativos de complica-
ciones futuras, depresión, abuso de alcohol o drogas y disfunción
importante en la vida cotidiana.


• No debe hacerse un tamizaje antes de las primeras cuatro semanas,
dado que las posibilidades de recuperación espontánea son muy altas
en esa fase y se puede sobre estimar la problemática existente.


• Se recomienda aplicar sólo en grupos en riesgo muy bien selecciona-
dos, que hayan sufrido grandes traumas o en los cuales se anticipan
elevados índices de trastornos psíquicos.


Seguimiento y vigilancia


El seguimiento depende en gran medida del uso de indicadores fiables y
de la construcción de una línea basal que permita evaluar los avances.


Una base importante sería la existencia de un sistema previo (en condicio-
nes de normalidad) de vigilancia y recolección de información. Lamentablemente,
en muchos casos, los sistemas de salud no disponen de buenos mecanismos de
información en el campo de la salud mental, lo que hace más difícil instaurarlos o
fortalecerlos en casos de emergencias.


La información básica procede de los equipos de salud del primer nivel de
atención como eje fundamental de la asistencia sanitaria. Los datos que se pueden
obtener en los hospitales miden, fundamentalmente, el incremento de los casos vis-




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tos en urgencias y la morbilidad por demanda satisfecha en ese nivel; pero no refle-
jan la verdadera problemática psicosocial que sufre la población afectada.


Mucha de la información disponible en situaciones de emergencia tiene un
carácter cualitativo y se obtiene mediante entrevistas rápidas con informantes clave
o en reuniones comunitarias. Esta información no sólo se refiere a la morbilidad
existente, sino también a toda la gama de problemas psicosociales que afligen a
la gente en esos momentos y que afectan su misma supervivencia.


Dada la situación en que se desarrolla la atención de emergencias, la
mayoría de los indicadores son, básicamente, de estructura y proceso. Los indica-
dores de impacto son evaluables en el mediano y el largo plazo y se obtienen, en
algunos casos, mediante investigaciones puntuales o específicamente diseñadas
para tales efectos.


Los indicadores de impacto requieren de información previa (línea basal),
a partir de la cual se miden las modificaciones que pueden atribuirse a las accio-
nes implementadas; por ejemplo:


• Modificaciones en los índices de incidencia y prevalencia de determi-
nadas patologías (depresión, suicidio, alcoholismo, etc.). Esto sólo se
puede medir como indicador de impacto si se dispone de una línea
basal previa confiable; de lo contrario, en muchos casos se observa un
incremento de la morbilidad debido a una mayor accesibilidad a los
servicios o al mejoramiento de los sistemas de registro.


• Evaluación de las modificaciones en los conocimientos, actitudes y
prácticas de las personas capacitadas (trabajadores de la salud y
otros)


• Evaluación de las modificaciones en los conocimientos, actitudes y
prácticas de la comunidad


• Modificaciones en la percepción de la población sobre la organiza-
ción de los servicios y su eficiencia


• Indicadores escolares (retención y promoción)


• Mejoría de la calidad de vida de la población y otros indicadores indi-
rectos (calidad de vida, socioeconómicos, etc.)


Algunos indicadores se pueden obtener mediante registros continuos. No
obstante, en la mayoría de los casos se hace mediante análisis cualitativo, investi-
gaciones puntuales o sitios centinelas. El esquema de recolección de información
recomendado (anexos 1 y 2) facilita la obtención de los indicadores fundamentales.




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Obstáculos y problemas más comunes (3, 4, 9)


Aunque el objetivo del EDAN es reducir al mínimo las dificultades y proble-
mas en la evaluación de la situación, deben conocerse cuáles son los obstáculos
más frecuentes:


• No se dispone de un diagnóstico o información previos de carácter
confiable.


• Existe el riesgo de que la información recolectada pueda ser irrelevan-
te o no confiable, o estar influenciada por opiniones políticas, de gru-
pos particulares o por informes de prensa.


• En ocasiones, la información puede ser inexacta, de manera delibera-
da o no.


• Los medios de comunicación pueden ser sensacionalistas o tender a
generalizar situaciones particulares de mucho impacto humano.


• A veces es difícil separar el rumor de los hechos objetivos.


• Existen factores personales que facilitan el sesgo: historia personal de
los miembros del equipo que realiza la evaluación, sus condiciones
emocionales y su capacidad intelectual en el momento de trabajo.


• No se han cruzado las diferentes fuentes de información.


• No hay disponibilidad de los informantes clave.


• La evaluación se efectúa tardíamente.


• Los recursos son insuficientes o hay problemas logísticos que dificultan
la recolección de información.


• Hay poca preparación de los equipos que realizan la evaluación,
mala distribución del trabajo o responsabilidades poco definidas.


Consideraciones finales


• La evaluación de daños y el análisis de las necesidades de salud men-
tal en situaciones de desastres son necesarias para determinar las inter-
venciones que se deben desarrollar en la población afectada; y deben
ser el producto de la cooperación entre diversas organizaciones y per-
sonas.


• La evaluación de salud mental es parte integral del EDAN en salud.




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• Las impresiones personales iniciales pueden ser útiles, pero deben man-
tenerse separadas del resto de la información colectada. También, es
necesario evitar las generalizaciones rápidas.


• Deben existir herramientas previas que faciliten el trabajo y se deben
utilizar categorías estandarizadas.


• El personal que realiza la evaluación debe permanecer neutral y com-
parar los diferentes puntos de vista para acercarse a la realidad de la
manera más objetiva posible.


• La situación en los primeros momentos puede ser caótica y requiere de
flexibilidad en el proceso de recolección; pueden existir áreas de difí-
cil acceso o sobre las cuales no se disponga de información, en con-
traste con otras. Es posible que no se puedan seguir todos los pasos
del proceso en un orden lógico.


• Deben seleccionarse cuidadosamente los informantes clave.


• Deben asegurarse diferentes fuentes de información que cubran todos
los niveles y grupos: autoridades centrales y locales, organizaciones
gubernamentales y no gubernamentales, grupos comunitarios organiza-
dos, fuerzas de seguridad, cuerpos de socorro y salvamento, institucio-
nes religiosas, etc.


• La información debe recolectarse cuidadosamente, pero de una mane-
ra rápida.


• En el orden de la salud mental, los más afectados o de riesgo no son
los más visibles, frecuentemente, en un primer momento.


• Las necesidades de los enfermos mentales de larga evolución o ya
conocidos (antes del desastre) deben ser separadas de los problemas
psicosociales derivados directamente del evento traumático.


• Las preguntas e investigaciones adelantadas deben ser muy cuidado-
sas para evitar la impertinencia o que resulten amenazantes para el
entrevistado.


• El análisis debe ser tan específico como sea posible y hay que definir
prioridades y cómo afrontarlas.


• Se deben evitar los informes voluminosos.


• Hay que separar las recomendaciones rápidas para la acción inmedia-
ta de un reporte más detallado que puede ser el informe evaluativo de




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los treinta primeros días. Este último es un trabajo más específico y de
mayor reflexión.


• Se deben definir las estrategias recomendadas, al menos, para los
próximos 3 a 6 meses.




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Anexo 1


Evaluación preliminar de los daños y análisis de las


necesidades en salud mental y comunitaria
Fecha del informe:


Fecha del suceso:


Tipo de suceso:


Población total
estimada previamente:


Responsable del
informe:


Institución:


Colonia, cantón, aldea: Municipio: Departamento o
provincia:


A. LISTADO DE FACTORES DE RIESGO
(evaluación culitativa)


Gravedad, marque el
color correspondiente


ROJO
(GRAVE)


AMARILLO
(MEDIO)


VERDE
(BAJO)


BLANCO
(No existe) G M B NE


1 Gran número de heridos o lesionados.


2 Gran número de cadáveres.


3 Desorden social (pleitos bochinches).


4 Enfrentamientos étnicos, políticos, religiosos o de otra índole.


5 Grupos violentos, delictivos o destructores.


6 Violencia en el seno de las familias.


7 Violaciones sexuales.


8 Secuestros


9 Víctimas de tortura.


10 Desaparecidos (como producto del acaecimiento o por grupos
irregulares.


11 Grupos de población desplazada.


12 Personas en albergues o refugios.


13 Separación de familias.


14 Personas con mucha aflicción, alarmados, con miedo u otras
reacciones emocionales como consecuencia del suceso.


15 Consumo o abuso de alcohol, drogas o ambos.


16 Personas con trastornos mentales evidentes.


17 Desintegración de las organizaciones comunitarias.


18 Inconformidad comunitaria por las acciones de ayuda o
humanitarias.


19 Rechazo de la población a cooperar.


20 Información insuficiente o poco confiable.


21 Exisencia de rumores o chismes.


22 Equipos de respuesta afectados.




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Anexo 1 (cont.)


B. LISTADO DE FACORES PROTECTORES
Marque en
la casilla


Existe o no existe SI NO


23 Organización comunitaria previa al desastre.


24 Grupos de ciudadanos que participan activamente en la solución de los
problemas derivados del desastre.


25 Acceso a información confiable y sistemática.


26 Miembros de la comunidad capacitados en salud mental.


27 Servicios sociales disponibles.


28 Servicios de salud mental disponibles.


29 Programas externos de ayuda humanitaria funcionando.


30 Ayuda gubernamental.


31 Otros


Comentarios sobre:


a) La información que está recibiendo la población (medios de comunicación masiva, medios
oficiales, informaciones locales, rumores, chismes, etc.).


b) Otras consideraciones.




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Anexo 1 (cont.)


C. LISTADO DE RECURSOS (Disponibles en el lugar)


HUMANOS
ESCRIBA LA
CANTIDAD


31 Psicólogos


32 Psiquiatras


33 Médicos con entrenamiento en salud mental.


34 Personal de enfermería con entrenamiento en salud mental.


35 Trabajadores sociales.


36 Terapistas ocupacionales.


37 Estudiantes de la salud mental (psicología, trabajo social, etc.).


38 Otros


MATERIALES SI NO


39 Medicamentos (para trastornos nerviosos).


40 Juegos o juguetes.


41 Instalaciones y servicios de salud mental.


42 Otros


ECONÓMICOS SI NO


43 Fondos disponibles para acciones de salud.




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Anexo 1 (cont.)


D. LISTADO DE NECESIDADES


ROJO (sin
resolver)


AZUL
(resuelto)


Gravedad del problema
(marque el color)


PSICOSOCIALES R A


44 Orientación e información.


45 Contacto y apoyo entre los miembros de la familia.


46 Apoyo emocional.


47 Apoyo social e institucional.


48 Continuidad de la educación para los niños y jovenes.


49 Liderazgo


50 Necesidades culturales (acorde con las costumbres y
tradiciones locales.


51 Necesidades religiosas o espirituales.


INSTITUCIONALES


52 Movilización o incremento de personal.


53 Capacitación y entrenamiento.


54 Apertura de servicios de atención mental.


BÁSICAS: (Comentarios sobre el grado de satisfacción
de vivienda, alimentación, agua y seguridad)


CONSIDERACIONES FINALES Y ACCIONES POR REALIZAR:




29


Anexo 2


Esquema propuesto para la recopilación de


información durante el primer mes
Entidad que informa: ________________________
Período: ________________


I. Apreciación evolutiva de la evaluación inicial


Debe resumirse la evolución de la situación desde el momento de la evaluación
inicial hasta el corte semanal, enfocando:


1. principales problemas psicosociales,
2. factores protectores y de riesgo, y
3. grado de satisfacción de las necesidades.


II. Resumen estadístico de las acciones desarrolladas


1. Casos con trastornos psíquicos atendidos, según tipo de consulta,
sexo y grupo de edad


* Los rangos de los grupos de edades se dan sólo a manera de un ejemplo. Cada
país debe adaptarlos a su sistema de información.


Grupos
de edad*


Casos nuevos Consultas nuevas Total


M F M F M F


0 a 9


10 a 19


20 a 59


60 y más


Total


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2. Casos vistos por lugares y según tipo de personal (especializado
o no especializado)


3. Morbilidad


Personal que
atiende


Hospitales APS Otros


M F M F M F


Psiquiatras


Psicólogos


Técnicos de salud
mental


Personal no
especializado


Total


Categorías por
síndromes


0 a 9 años 10 a 19años
20 a 59


años
60 o más


años Total


M F M F M F M F


Estrés agudo/ansiedad


Depresión


Conducta suicida


Psicosis


Consumo indebido de
sustancias psicoactivas


Epilepsia y cuadros
orgánicos o
confusionales


Trastornos emocionales y
conductuales de la niñez




31


4. Número de casos referidos a psicólogos o psiquiatras. Evaluación
del funcionamiento de los mecanismo de referencia y contrarre-
ferencia.


5. Mortalidad


Categorías por
síndromes


0 a 9 años 10 a 19años
20 a 59


años
60 o más


años Total


M F M F M F M F


Manifestaciones
emocionales no
definidamente
patológicas


Conductas violentas


Trastornos psicosomáticos


Total


Causa
0 a 9 años 10 a 19años


20 a 59
años


60 o más
años Total


M F M F M F M F


Suicidio


Homicidio


Accidentes


Violencia intrafamiliar


Muertes relacionadas
con el alcohol u otras
drogas


Otras (especificar)


Total


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6. Actividades grupales psicoeducativas/de apoyo emocional y tera-
péuticas


7. Atención a la población infantil


8. Capacitación desarrollada por el equipo especializado


Tipo de actividad No. de sesiones
No. de


participantes


Reuniones psicoeducativas o de apoyo emocional por
personal no especializado


Reuniones psicoeducativas o de apoyo emocional por
personal especializado


Grupos terapéuticos (por personal especializado)


Tipo de actividad No. de sesiones
No. de


participantes


Actividades con grupos de niños


Actividades con grupos de padres


Público objetivo No. de participantes


Porcentaje
capacitado en
relación con


el total


Trabajadores de la salud


Agentes comunitarios


Equipos de respuesta


Maestros


Otro personal


Total de capacitación




33


Observaciones sobre lugares en donde se desarrolló la capacitación y las temáticas:


9. Atención a miembros por equipos de respuesta


A. Casos atendidos individualmente: ____


B. Actividades grupales: ____ Participantes: ____


C. Trabajadores de los equipos de respuesta:


¿Qué tipo de manifestaciones tienen:


¿Qué acciones se han tomado?


Nota: Se recomienda que los cortes evaluativos semanales tomen hasta el
punto 9.


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Grupo Prioridad Comentarios


Lesionados o afectados directamente.


Familias que sufrieron los efectos directos del desastre o
que tuvieron pérdidas (humanas y materiales).


Personas que presenciaron muertes o situaciones de alto
impacto humano/grupos en los que hubo muertes masivas.


Niños.


Adolescentes.


Menores sin familias, huérfanos y niños de la calle.


Adolescentes sin familias o que han tenido que asumir la
jefatura de la misma.


Ancianos .


Mujeres, con especial énfasis en viudas, mujeres cabeza
de familia y mujeres abandonadas.


Sobrevivientes de la violencia, en sus diferentes
modalidades.


Personas con antecedentes de trastornos psíquicos.


Personas con discapacidades (diferenciadas).


Miembros de equipos de respuesta (especificar).


III. Identificación de grupos de población que requieren mayor aten-


ción en salud mental


Calificación de PRIORIDAD: / 1 Bajo / 2 Medio / 3 Alto




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IV. Instituciones, servicios y recursos


1. Instituciones y servicios en funcionamiento


Servicio de salud mental en
funcionamiento Observaciones


Ministerio de Salud


Seguro Social


Otras organizaciones gubernamentales


Organizaciones no gubernamentales


Universidades


Otros




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2. Daños a la infraestructura de los servicios de salud mental que
aún persisten:


3. Evaluación del funcionamiento de planes y servicios:


4. Recursos humanos/disponibles/necesidades


Personal/
institución


Ministerio
de Salud


Seguro
Social


Sector
Privado ONG OG


Total
disponible


Total
necesario


Psiquiatra


Psicólogo


Trabajador
social


Enfermería


Terapeuta
ocupacional


Estudiantes


Total




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V. Problemática psicosocial de la población desplazada, refugiada o


albergada (breve descripción cualitativa):


VI. Análisis de la coordinación interinstitucional


desarrollada, de acuerdo con los actores que


intervinieron en el evento. Proyecciones para su


consolidación


VII. Análisis de la sostenibilidad de las acciones


desplegadas hasta ese momento


VII. Consideraciones finales


Criterios operativos


Este formulario debe considerarse como un esquema sugerido. Los países deben
adaptarlo a sus requerimientos, normas, y a su sistema de registro y vigilancia en
salud. Los criterios y definiciones operativas se adaptarían en este sentido.




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Casos atendidos según tipo de consulta


• Caso nuevo. Es aquél que llega por primera vez a la institución o servi-
cio de salud mental con ocasión del evento (no ha tenido atención de salud
mental en el último año).


• Consultas nuevas. Es aquél paciente que es visto después de ser aten-
dido como caso nuevo o aquéllos que habían sido vistos durante el último
año.


Actividades grupales


• Reunión grupal psicoeducativa y de apoyo emocional: tres o más personas
que se reúnen con un facilitador capacitado para ofrecerles orientación,
compartir experiencias y recibir apoyo emocional.


• Grupo de terapia: tres o más personas portadores de trastornos psíquicos
que se reúnen con un profesional de salud mental con un objetivo terapéu-
tico.


Las reuniones grupales pueden ser de una sesión o de varias, en sucesión. Los grupos
pueden ser abiertos o cerrados.


Atención a población infantil


• Actividades con niños: son actividades grupales realizadas con niños en la
escuela o espacios comunitarios.


• Actividades con padres: son actividades grupales realizadas con padres,
en la escuela o en otro espacio comunitario.


Capacitación


Es una actividad colectiva de entrenamiento y difusión del conocimiento; es especial-
mente necesaria para el personal que actúa posteriormente ejecutando acciones de
salud mental o como multiplicadores. Generalmente son: trabajadores de salud,
agentes comunitarios, miembros de equipos de respuesta y maestros. Debe existir un
programa de capacitación con estándares mínimos de cumplimiento del mismo; esto
permite definir cuántas personas están realmente capacitadas y qué porcentaje repre-
sentan en relación con el universo total, por ejemplo, porcentaje de médicos de APS
entrenados en salud mental en situaciones de emergencia.




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Indicaciones para recopilar e informar las actividades grupales


En cada actividad participan un número de personas. Posteriormente, se suman los
asistentes. Indicaciones para recopilar e informar las actividades grupales:
En cada actividad participan un número de personas. Posteriormente se suman activi-
dades y participantes:


Ejemplo: Capacitación
Actividad No. 1 40 participantes
Actividad No. 2 20 participantes


Total 2 actividades 60 participantes


En este caso no importa que una misma persona participe varias veces, pues se supo-
ne que son acciones independientes que se suman.


Calificación de los grupos prioritarios


Implica determinar prioridades de grupos de población (alta, media o baja al mar-
carla con el color o número correspondiente) y que, por ende, necesitan acciones de
intervención. En la casilla de observaciones, se deben especificar las características
de los grupos marcados.




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Referencias


1. Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la
Salud. Manual de evaluación de daños y necesidades en salud para situa-
ciones de desastre. Quito, Ecuador: OPS: 2004. Serie de Manuales y Guías
sobre Desastres, No. 4


2. Oficina para la Asistencia de Desastres en América Latina y el Caribe.
Manual de campo para la evaluación de daños y análisis de necesidades.
Managua: USAID; 2001.


3. Caldas JM, Rodríguez J. The Latin American and Caribbean Experience. En:
World Psychiatric Association. Disaster and mental health. West Sussex,
England: John Wiley and Sons, Ltd.; 2005.


4. Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la
Salud. Protección de la salud mental en situaciones de desastres y emergen-
cias. Washington, D.C.: OPS; 2002. Serie de manuales y guías sobre
desastres.


5. Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la
Salud. Lineamientos básicos para la atención psicosocial a poblaciones des-
plazadas como consecuencia del conflicto armado en Colombia. Documento
de trabajo, Bogotá, Colombia, 2001.


6. Organización Mundial de la Salud. CIE-10. Trastornos mentales y del com-
portamiento. Pautas diagnósticas y de actuación en la atención primaria.
Madrid, España: MEDITOR; 1996.


7. Ursano RJ et al. Terrorism and disaster. Cambridge, United Kingdom:
Cambridge University Press; 2003.


8. World Health Organization. World Health Organization Assessment
Instrument for Mental Health Systems. Emergencies (WHO-AIMS-E 1.0) (draft).
Geneva: WHO; 2005.


9. World Health Organization. Rapid assesment of mental health needs of refu-
gees, displaced and other populations affected by conflict and post-conflict
situations. Geneva: WHO; 2001.




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Lecturas recomendadas


Cohen R. “Salud mental para víctimas de desastres”. En: Organización
Panamericana de la Salud. Manual para trabajadores. México, D.F.:
Editorial El Manual Moderno; 1999.


Cohen R. Salud mental para víctimas de desastres. Guía para Instructores.
México, D.F.: Editorial El Manual Moderno/OPS; 1999.


Kohn R, Levav I et al. El huracán Mitch y la salud mental de la población adulta:
un estudio en Tegucigalpa, Honduras. Comunicación personal. Tegucigalpa,
Honduras; 2002.


Organización Mundial de la Salud. La salud mental en las emergencias.
Ginebra: Departamento de Salud Mental y Toxicomanías/Organización
Mundial de la Salud; 2003.


Prewitt J, Saballos M. Salud psicosocial en un desastre complejo: el efecto del
huracán Mitch en Nicaragua. Ciudad de Guatemala: Cruz Roja Americana,
Delegación Regional de Centroamérica; 2000.


Rodríguez J, Bergonzoli G, Levav I. “Violencia política y salud mental en
Guatemala”. Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina. 2002;48:43-
9.


Programa de Cooperación Internacional en Salud Mental Simón Bolívar.
Consecuencias psicosociales de los desastres: la experiencia
latinoamericana. Chicago, Illinois: Centro de la Familia Hispánica; 1989;
Serie de Monografías Clínicas No. 2.






María Cristina de Taborda


Las víctimas de desastres, por lo general, han vivido experiencias y pérdidasmuy graves. A pesar de todo, inicialmente debe asumirse que sus respues-tas emocionales son normales ante una situación anormalmente abrumado-ra y que tienden a recuperarse espontáneamente en el curso de algunosdías o semanas.
La atención psicosocial busca aliviar o controlar los efectos del trauma y


restablecer el equilibrio, evitando la revictimización. El objetivo central es facilitar
y apoyar los procesos naturales de recuperación y prevenir que persistan o se agra-
ven los síntomas, o que surjan enfermedades. Debe tener un enfoque comunitario,y
estar basada en la identificación y el control de los riesgos específicos de las per-
sonas afectadas. Los niveles y las modalidades de intervención pueden ser varia-
dos: psicológicos o sociales, individuales, familiares o grupales.


El concepto de atención psicosocial a poblaciones afectadas por los desas-
tres trasciende el de la atención clínica psiquiátrica. Debe integrar componentes
indispensables de ayuda humanitaria e intervenciones sociales de diferente índole
(coherentes con las necesidades básicas de seguridad personal, alimentación,


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CAPÍTULO III
Principales problemas psicosociales


y principales pautas para
su atención




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educación, vivienda, trabajo, etc.) que hagan posible la reconstrucción de la coti-
dianidad y el desarrollo de nuevos proyectos de vida.


La atención psicosocial no es solamente responsabilidad del sector salud y
tampoco se restringe a las acciones de los equipos de salud mental. Compromete
a las autoridades, es intersectorial y requiere de la participación activa de la
comunidad.


Sin embargo, es importante conocer que la morbilidad psiquiátrica tiende
a aumentar en poblaciones víctimas de desastres de gran magnitud, especialmen-
te si la persona era vulnerable, si se presenta una grave pérdida de la estructura
familiar y social, o si las necesidades básicas cotidianas no son atendidas oportu-
namente y existen importantes barreras para el acceso a bienes y servicios indis-
pensables para la reconstrucción de sus vidas.


Los trabajadores de atención primaria y el personal de ayuda humanitaria
deben contemplar entre sus áreas de trabajo el componente psicosocial, como
parte del abordaje humano de la población afectada por el desastre. Deben ser
lo suficientemente sensibles y competentes para utilizar los recursos disponibles en
función de intervenciones de apoyo emocional y para detectar a quienes presen-
tan síntomas y signos que sobrepasan los límites de lo “esperado o normal”. Esto
permite realizar un diagnóstico precoz y una remisión oportuna al profesional espe-
cializado, si fuere necesario.


Las víctimas, usualmente, no tienen la necesidad sentida de apoyo psicoló-
gico, no aceptan sufrir de una enfermedad mental y no demandan los servicios de
salud mental, por el estigma sociocultural que esto significa. Por lo tanto, puede ser
útil divulgar, por todos los medios posibles y usando los recursos de la comunidad,
que existen alternativas de ofertas de “ayuda para superar las dificultades emocio-
nales y el sufrimiento que pueden estar experimentando muchas de las personas
que han vivido el desastre”. Para ello, resulta indispensable insertar la atención psi-
cosocial como parte de las acciones cotidianas que prestan los servicios de salud
(en especial, la atención primaria) y los organismos de ayuda humanitaria.
Además, previendo que pueden aparecer casos complicados que requieran su
remisión a una atención más individualizada y especializada, es indispensable
contar con posibilidades y mecanismos claros de remisión a otras instancias
especializadas.


Este capítulo está dirigido, fundamentalmente, al personal no especializa-
do, como trabajadores de ayuda humanitaria y equipos de atención primaria en
salud. En su primera parte, resume los principales problemas psicosociales y las




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III: Princ
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pautas básicas de actuación por parte del personal de respuesta. La segunda parte
trata de los principales trastornos psíquicos que pueden observarse en las víctimas
de desastres, los criterios básicos y las herramientas para identificarlos, así como
las pautas para la ayuda profesional individual (médico general) en los adultos;
igualmente, los criterios que indican la necesidad de intervención o de remisión al
especialista.


Principales reacciones psicológicas en poblaciones


afectadas por los desastres


En el caso de desastres, el impacto emocional esperable varía con el trans-
curso del tiempo, pero suele ser muy acentuado y sobrepasar la capacidad de con-
trol de los individuos en los primeros momentos después del evento.


El siguiente cuadro ayuda a recordar cuáles son los cambios psicológicos
esperables y cuáles son las intervenciones psicológicas y sociales destinadas a la
más pronta recuperación y, eventualmente, a la detección precoz y el manejo bási-
co de trastornos mentales.


Fase Respuestas psicológicas
Intervenciones
psicosociales


Primeras 72
horas


• Crisis emocionales


• Entumecimiento psíquico: se ven asustadas,
apáticas, confundidas


• Excitación aumentada o “parálisis” por el temor


• Ansiedad difusa


• Deseo-temor de conocer la realidad


• Dificultad para aceptar la dependencia y la
situación crítica en la que se encuentra


• Inestabilidad afectiva con variaciones extremas


• Ocasionalmente, estado de confusión aguda


• Evaluación de daños y
análisis de necesidades en
salud mental


• Socorro y protección


• Satisfacción de las
necesidades básicas y más
inmediatas


• Primera ayuda psicológica


Primer mes • Aflicción y miedo; nerviosismo


• Tristeza


• Duelo


• Equivalentes somáticos (síntomas orgánicos
variados)


• Continuación de la evalua-
ción de daños y análisis de
necesidades en salud mental


• Ayuda humanitaria


• Apoyo de la red social




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s A partir de los tres meses. En condiciones normales, se debe espe-


rar una reducción progresiva de las manifestaciones anteriormente descritas. Por
ejemplo, una tristeza que se va aliviando y que sólo reaparece temporalmente en
los aniversarios o fechas especiales.


Sin embargo, pueden existir señales de riesgo como:


• duelos que no se superen;


• riesgo de suicidio;


• síntomas tardíos: fatiga crónica, inhabilidad para trabajar, apatía, difi-
cultad para pensar claramente, síntomas gastrointestinales vagos, y


• síntomas de estrés postraumático.


Fase Respuestas psicológicas
Intervenciones
psicosociales


Primer mes
(cont.)


• Preocupación exagerada, irritabilidad, inquietud
motora, alteración en conductas cotidianas,
pérdida del sueño y apetito


• Problemas en las relaciones interpersonales y en
el desempeño laboral


• Acompañamiento personal a
casos en riesgo


• Detección de individuos y
grupos en riesgo, y de casos
con sicopatología


• Intervenciones psicosociales
individuales y grupales


• Atención de casos con
trastornos psíquicos


2 a 3 meses • Ansiedad que se va reduciendo


• Tristeza que persiste por más tiempo


• Tristeza o ansiedad no muy aparentes como
tales pero con manifestaciones encubiertas,
como agresividad creciente (intrafamiliar,
autogresividad) y conductas evasivas (consumo
de alcohol o de psicoactivos)


• Desmoralización ante las dificultades de
adaptación o si se demoran las ayudas
prometidas


• Ira creciente que se acentúa si hay
discriminación, revictimización o impunidad


• Síntomas somáticos que persisten


• Ocasionalmente, síntomas de estrés
postraumático


• Apoyo de la red social


• Acompañamiento y apoyo
emocional a los más
vulnerables y maltratados


• Intervención psicológica
individual


• Manejo de grupos (en
especial, grupos de ayuda
emocional)




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Eventualmente, se han observado algunas personas que aparentemente


han reaccionado con gran equilibrio y comienzan a presentar síntomas después del
año.


En esta etapa, la intervención de salud mental debe estar dirigida a la
detección de nuevos casos sintomáticos, la remisión de casos complejos para aten-
ción especializada y la inserción de aquéllos que lo requieran en los servicios
regulares.


La intervención psicológica individual en adultos


La intervención psicológica individual (en personas adultas) es uno de los
componentes de la atención psicosocial; pero, lo esencial es que no se puede
visualizar como un trabajo aislado. El éxito de la asistencia psicológica individual
depende, en gran medida, de que se ofrezca en el marco de la ayuda humanita-
ria, así como de un conjunto de intervenciones psicosociales, la mayoría de tipo
grupal.


Si bien en situaciones de desastres el eje de las intervenciones psicosocia-
les debe ser grupal, en un número importante de casos es necesario prestar, tam-
bién, atenciones individuales, para profundizar en la asistencia de quienes pare-
cen requerirlo así (detección de riesgos, mejor evaluación y ayuda de personas sin-
tomáticas en precario equilibrio o con acentuada vulnerabilidad, y detección de
enfermos).


Objetivos de las intervenciones psicológicas individuales


1. Ayudar a la víctima o persona afectada a
enfrentarse y entender su nueva reali-
dad, y a comprender la naturaleza y
el significado de sus reacciones (psi-
cológicas y somáticas).


2. Favorecer la expresión de emocio-
nes y la elaboración del duelo.


3. Brindar apoyo emocional, aliviando
la aflicción y el sufrimiento.


4. Reforzar la autoestima.


5. Detectar y tratar, o remitir los enfermos.




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Premisas fundamentales de la intervención psicológica


1. Debe estar acorde con las diferentes fases del desastre, recordando
que existen “tiempos individuales y culturales” en las comunidades.


2. Adecuarse al contexto social y cultural implica el reconocimiento, la
comprensión y el aprovechamiento de las tradiciones y las fortalezas
históricas de las comunidades.


3. Debe asumirse que los sobrevivientes muestran reacciones emocionales
que pueden ser exageradas pero que, en principio, son normales por
haber sido anormalmente vulnerados.


4. Apoyarse en las fortalezas de los sobrevivientes.


5. Tener propósitos lógicos y acordes con las necesidades reales de las
personas afectadas.


6. Focalizarse especialmente en los más vulnerables, no sólo en los que
en teoría lo son (menores, ancianos, discapacitados, etc.) sino, tam-
bién, en aquéllos que en la práctica se detectan como tales.


7. Las intervenciones psicológicas se desarrollan por diferentes instancias
y actores, e están integradas a lo cotidiano (no como “una receta o un
tratamiento”). Deben llevarse a efecto en el escenario comunitario, vin-
culadas a los programas de apoyo social que
se implementan.


8. La implementación de procesos grupales
de apoyo mutuo, la socialización y la
reconstrucción de proyectos de
vida familiares o colectivos com-
plementan la intervención psico-
lógica individual.


9. Debe trabajarse en la identifi-
cación de vulnerabilidades
y riesgos.


10.Unos de sus objetivos bási-
cos son la detección y la
asistencia a los sintomáticos
o enfermos, y su oportuna
referencia si fuere necesario.




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Estrategias para la intervención psicológica individual y cómo


establecer una relación de ayuda


Qué hacer Cómo hacerlo


Crear un clima
de confianza y
seguridad


• Estar disponible cuando lo necesiten.


• Adoptar una actitud amable y cortés, evitando los extremos de frialdad o
formalismo versus paternalismo.


Establecer una
buena
comunicación


• Aprender a escuchar sin interrumpir y demostrando interés; utilizar algunos
gestos de asentimiento o formular algunas preguntas sobre lo que está
expresando.


• Respetar el silencio o las explosiones emocionales; esperar en silencio a que
pueda controlarse.


• Identificar y adaptar el trato y el lenguaje a las características culturales y la
edad: “don Alvaro” o “señora Ramírez” y “usted”, “vos” o “tú”, según lo que
se use.


• Adaptar el ritmo de la conversación a las características de las personas
ancianas que se cansan más rápido y pueden tener dificultades sensoriales.


Fomentar el
respeto y la
tolerancia


• Entender, aceptar y respetar a la persona con sus características.


• Tratar de razonar con lógica y utilizar el sentido común sin imponer criterios.


• No ponerse de ejemplo, ni comparar situaciones.


• No predisponerse con las personas, aprender a manejar las situaciones y
mantener el dominio sobre las propias emociones.


• Nunca perder el control ni responder con agresividad.


Brindar apoyo
emocional


• Buscar la reunificación de las familias.


• Gestionar el apoyo, la solidaridad y la ayuda de la familia y de las
organizaciones comunitarias existentes.


• Asegurar el acompañamiento y el cuidado personal en el periodo inmediato
posterior al evento traumático, especialmente para quienes han quedado
solos y han tenido más pérdidas; asegurar su continuidad.


• Facilitar que las personas, cuando lo deseen, hablen del desastre, de sus
reacciones emocionales y de su condición actual. El hablar no sólo alivia
sino que, también, puede ayudar a una mejor comprensión de las
experiencias dolorosas y al descubrimiento de estrategias de solución.


• Asegurar la provisión de información clara, coherente, oportuna y veraz.


Entender y aliviar
los síntomas


• No restar importancia a los síntomas actuales, sino ayudar a la persona a
entenderlos y afrontarlos.


• Permitir (pero no forzar) la expresión de sentimientos.


• Explorar lo que las personas piensan acerca de la expresión abierta de
sentimientos, para contrarrestar la creencia de que ello implica debilidad.


• Señalar la relación que los síntomas y su reacción tienen con la situación
vivida y con las circunstancias actuales.




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Qué hacer Cómo hacerlo


Entender y aliviar
los síntomas
(cont.)


• Asegurar que se irán aliviando con el tiempo, aunque puedan aparecer
recrudecimientos temporales. Promover el reconocimiento de las evidencias
de progreso por parte del paciente.


• Facilitar y promover el reconocimiento de expresiones encubiertas de
sentimientos a manera de modificaciones de conducta (agresividad,
consumo de alcohol o drogas, por ejemplo) o de síntomas físicos y ayudar a
la persona a entender las relaciones y a adoptar mejores medios de
expresión.


• Hacer seguimiento para evaluar la naturaleza normal o patológica de su
evolución.


Reforzar la
autoestima


• Analizar, junto con la víctima, las ideas negativas e invitarla a hacer también
un inventario de elementos positivos, intentando un balance más equilibrado.
Recordar y enfatizar que, a pesar del desastre, son personas que tienen
fortalezas que han sido probadas en el pasado.


• Sugerir y orientar hacia posibilidades de solución, alentando a las personas
a asumir un compromiso activo en la toma de decisiones y en su
implementación. Es muy importante combatir la sensación de haber perdido
el control sobre su propia vida, de manera que pasen de víctimas pasivas y
dependientes a sobrevivientes capaces de enfrentarse a su destino.


• Promover que se mantenga o retome el estilo habitual de vida de la
persona.


• Promover el reinicio de las actividades sociales, tales como prácticas
religiosas, deportivas, recreativas, etc. Esto puede generar culpa; en tal
caso, insistir en que es indispensable que su vida se normalice lo más pronto
posible y, además, que distraerse es importante para contrarrestar los
síntomas.


• Enfatizar y reforzar el hecho de que cuenta con apoyo familiar y social para
la recuperación.


• Orientar sobre el acceso a los recursos de apoyo y ayuda, proveyendo
información clara.


Elaborar los
duelos


• Emplear todos los recursos enunciados a propósito del apoyo emocional,
aliviar los síntomas y fortalecer la autoestima.


• Intentar averiguar las reacciones previas ante situaciones de duelo, lo cual
dará una idea de cuál es la manera como la persona se ha “defendido”
antes.


• Con cuidado, en la medida en que la situación emocional del paciente lo
permita, ayudar a superar la negación, confrontando a la persona con la
realidad y ayudándola a analizar las perspectivas de una vida que debe
continuar, a pesar de la pérdida.


• En caso de muerte de familiares, reforzar los recuerdos positivos del
fallecido.




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El duelo. El manejo del duelo tiene una especial importancia en situacio-
nes de desastres y emergencias, en las cuales frecuentemente se experimentan
grandes pérdidas. Toda persona que sufre algún tipo de pérdida tiene un proceso
natural de cambios emocionales, llamado proceso de duelo, que usualmente termi-
na con la recuperación del equilibrio psíquico. Aparte de las pérdidas por sí mis-
mas (familiares, amigos, objetos, propiedades, costumbres, etc.), el duelo en los
desastres abarca también las consecuencias de las pérdidas como soledad,
desamparo, necesidad de adoptar nuevas formas de vida y de cambiar
responsabilidades.


Algunas manifestaciones del duelo son:


• Tristeza


• Ansiedad (“nervios”)


• En algunos casos, puede existir negación ante la magnitud de la pér-
dida; la víctima no acepta la situación, como si no hubiera ocurrido.


• Agresividad o ira al advertir las consecuencias de las pérdidas; gene-
ralmente, se traduce en culpar o maltratar a otros sin justificación.


• Sensación de desprotección, con miedo al futuro y a que la situación
se repita, lo cual igualmente se va aliviando.


Con el tiempo, que de una manera aproximada se ha fijado en 3 a 12
meses, la persona acepta la realidad y se dispone a continuar la vida, se van ate-
nuando los síntomas hasta lograr un equilibrio emocional y se establecen alternati-
vas adaptativas de solución a su condición.


Se puede pensar en un duelo patológico cuando:


• los síntomas perduran excesivamente (más de 12 semanas);


• tienen tendencia a empeorar o provocan exagerado sufrimiento de
manera permanente, o


• existe riesgo de complicaciones, como suicidio o consumo exagerado
de alcohol.


Qué hacer Cómo hacerlo


Elaborar los
duelos (cont.)


• Apoyar la identificación del cadáver y la sepultura individual.


• Apoyar y ayudar a elaborar rituales de aceptación. Por ejemplo, poner una
cruz en el lugar presumible de la muerte, hacer novenario, etc.


• Reiniciar las actividades sociales, como prácticas religiosas, deportivas,
recreación familiar, etc.




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El duelo patológico debe ser tratado como con un trastorno depresivo.


Evaluación de la salud mental por médicos de aten-


ción primaria en salud


Los pasos para la evaluación de una posible patología psíquica en los
sobrevivientes de los desastres son:


• realizar una entrevista abierta de tipo individual;


• analizar los antecedentes de la persona (en especial, los aspectos psi-
cosociales), comparando la situación antes y después del desastre;


• entrevistarse con familiares o amigos, y


• realizar un examen mental mínimo.


Pautas básicas para la entrevista individual (1)


• Garantizar un ambiente adecuado y tranquilo para la entrevista.


• Procurar que ambos se puedan sentar cómodamente y en una posición
en que el entrevistado lo pueda mirar a la cara directamente y usted
pueda responder mirándolo a los ojos.


• Si la persona está acostada por razones de salud, preguntar si puede
sentarse y ayudarla a hacerlo, asegurándose de que esté cómoda.


• Adaptar el tiempo de la entrevista a las condiciones de salud del entre-
vistado.


• Aunque es importante tener un cierto orden en la entrevista, se
puede ir modificando el plan de la misma de acuerdo con las
circunstancias.


• Evitar las interrupciones frecuentes.


• Siempre que sea posible, es preferible agotar un tema antes de pasar
a otro, e ir de lo más simple a lo más complejo. Anotar si hay un tema
específico que el entrevistado elude.


• Una vez que la persona haya hablado libremente, comenzar con las
preguntas pertinentes de acuerdo con el caso, tanto para aclarar mejor
lo relatado como para averiguar sobre aspectos que no hayan sido tra-
tados espontáneamente o hayan sido eludidos.




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• Tratar de no comenzar las preguntas en “¿Por qué?” puesto que ello


puede ser interpretado como una intención de crítica o cuestionamien-
to directo.


• Mantener un orden lógico y coherente en las preguntas.


• A veces las personas se muestran reticentes cuando se les pregunta por
antecedentes o aspectos más íntimos o que parecieran no tener rela-
ción con lo que actualmente les sucede. Entonces, resulta útil comentar
que el deseo es ayudarle y que será mas fácil hacerlo si se conocen
mejor los detalles de su vida, a través de lo que él pueda contarle.
Como regla general, se recomienda que los datos familiares y perso-
nales, así como la existencia de problemas emocionales anteriores al
desastre, se recolecten posteriormente.


• No forzar las respuestas, respetar los silencios.


• No pretender agotar todo el tema en una sola entrevista, pueden que-
dar aspectos o informaciones pendientes que pueden ser tratados en
otras citas, cuando haya una mayor confianza o menor alteración
emocional.


• En la entrevista, debe analizarse la presentación personal y la actitud
del sujeto, en referencia a sus antecedentes y a su situación actual, y
la manera como reacciona a la entrevista: ¿cómo está vestido?, ¿su
arreglo personal concuerda con sus antecedentes?, ¿hay alguna expli-
cación para que su apariencia sea inadecuada o extraña? Recuerde
que, en el caso de víctimas de desastres, puede estar en condiciones
muy precarias (pobreza, sin servicios básicos, etc.) que determinan una
apariencia que puede ser interpretada como de descuido deliberado.


• Sintetizar los elementos fundamentales de lo contado, ordenándolos y
después, en una pausa, explicar lo que se ha entendido. Ejemplo: “Si
le he entendido bien, usted ha tenido…” o “Me da la impresión de que
usted se siente…”. Permitir que la persona corrija y complemente, si la
apreciación ha sido errada o incompleta. Concluir la entrevista con un
comentario positivo y acordando una nueva entrevista.


Hacer una entrevista familiar siempre resulta útil para complementar y acla-
rar aspectos de la información aportada y para buscar cooperación de la familia
en el manejo. Es indispensable en el caso de los que ocultan información o de
quien está muy perturbado. Es prudente comentar al entrevistado que se desea tam-
bién conversar con otras personas que lo conozcan y buscar su aprobación.




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Se recomienda resumir en la primera entrevista lo que ya se conoce de la
persona luego del desastre, empezando por los problemas actuales, la experien-
cia del desastre, sus reacciones emocionales y lo relacionado con el apoyo social
y comunitario, los cuales serán, por supuesto, la mayor preocupación del
paciente.


Identificación de factores que implican mayores riesgos psi-
cosociales en personas afectadas. La identificación y calificación del ries-
go psicosocial de una persona afectada por una situación de desastre implica eva-
luar cuidadosamente:


• las circunstancias en que transcurrió el evento traumático;


• los antecedentes personales;


• la evolución de los síntomas y signos;


• la manera como el sobreviviente responde a las diversas modalidades
de ayuda humanitaria y atención psicosocial, y


• el comportamiento en la vida cotidiana.


Las personas que tienen mayor madurez emocional, variados intereses y
relaciones, y diversos objetivos afectivos, superan con mayor facilidad la crisis
aguda en un plazo de 4 a 6 semanas, hasta la superación total en unos 6 a 12
meses.


Se debe recordar que el funcionamiento psicológico se refleja en la mane-
ra como la persona se comporta en su vida cotidiana y que es factible que muchas
alteraciones sintomáticas y condiciones de riesgo no se puedan identificar en la
entrevista. De ahí la importancia de lo que hayan percibido en su conducta coti-
diana quienes viven con él o quienes le han brindado ayuda en la comunidad.


La existencia de una patología psiquiátrica implica una condición de ries-
go per se; también, implica una decisión clínica por parte del médico general (tra-
tarlo o remitirlo). Por ello es necesario:


• Detectar el síntoma o conducta anormal, así como definir que la reac-
ción, en un principio, fue coherente con su situación, pero después, se
ha convertido en exagerada por su intensidad o prolongación en el
tiempo, o que muestra características agregadas muy patológicas y por
ello amerita un manejo médico más específico.


• Decidir si tiene un carácter de urgencia y se debe remitir a un servicio
hospitalario que cuente con mayores recursos.




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• Decidir si puede manejarlo en la consulta de medicina general de la


atención primaria o se refiere a un servicio especializado de salud
mental.


Recopilación de antecedentes personales, en especial de
índole psicosocial (1-3). Los antecedentes personales pueden ser una condición
de riesgo en situaciones de desastres y emergencias. Muchos pueden ser útiles
para manejarlos como factores de riesgo o protección. Se recomienda poner espe-
cial atención a las personas que, antes del desastre:


• estaban viviendo una situación de duelo no superado,


• se encontraban mentalmente enfermas,


• tenían una enfermedad física crónica, dolorosa o con algún grado de
invalidez, o


• tenían historia de dificultades de adaptación (problemas en la escuela
o colegio, problemas en el trabajo, dificultades en las relaciones con
parientes o vecinos, con la autoridad, etc.).


Generalmente, los antecedentes se obtienen en la propia entrevista con la
persona afectada o mediante familiares y amigos. Comprenden los datos básicos
de la historia personal y de su entorno familiar y social antes del desastre.


Resulta importante destacar los siguientes elementos:


• Datos familiares;


n Antecedentes de enfermedades, incluso las psiquiátricas y
neurológicas;


n Funcionamiento familiar;


n Presencia de conductas violentas o abuso de alcohol en el medio
familiar.


• Datos personales:


n Rasgos importantes de desarrollo en la infancia, incluido el rendi-
miento escolar, para tener una idea global del nivel de inteligen-
cia de la persona


n Adaptación social y laboral en las diferentes etapas de la vida


n Información sobre rasgos de personalidad (sociabilidad, conflictos
interpersonales, patrones de reacción a conflictos y estabilidad en
relaciones y empleos)




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n Creencias y valores, por ejemplo, religiosos (que pueden ser un
factor protector)


n Hábitos de recreación y uso del tiempo libre


n Antecedentes patológicos (enfermedades físicas o mentales), con
especial mención de las enfermedades crónicas o de larga evolu-
ción, para evaluar el estado previo de salud y la existencia de
secuelas o de trastornos.


n Antecedentes de consumo de alcohol o drogas.


Trastornos psiquiátricos más frecuentes en las víctimas de los


desastres (1, 3-7)


Más que a diagnósticos específicos (según los sistemas habituales de cla-
sificación, como el DSM IV o CIE 10), en este capítulo nos referiremos a grandes
conjuntos de síntomas o síndromes que aparecen más frecuentemente en situacio-
nes de eventos traumáticos. Ésta es, generalmente, una forma más práctica de
que los médicos generales u otros técnicos de la atención primaria aborden la
nosología.


Trastorno de ansiedad. Se caracteriza por una sensación de temor
inmotivado, que habitualmente se describe como “nervios”. Se recomienda identi-
ficar, al menos, tres de los siguientes grupos de síntomas:


• Ansiedad: miedo injustificado permanente, por crisis o ambos, preocu-
paciones excesivas ante cosas sin importancia y pesimismo.


• Intranquilidad: “No puede quedarse quieto”.


• Irritabilidad e impaciencia (la familia relata que se ha vuelto de mal
genio).


• Síntomas físicos: sudor, palpitaciones, manos frías y húmedas, oleadas
de calor y frío, micción frecuente, crisis de diarrea, rubor, palidez, res-
piración agitada, tensión muscular, temblor, dolor muscular y fatiga por
la misma tensión y la dificultad para relajarse.


• Se vuelven muy “alertas”, se sobresaltan por cualquier estímulo, hay
pobre concentración, insomnio o sueño interrumpido o poco
reparador.


• Las manifestaciones de ansiedad descritas anteriormente las experimen-
ta diariamente, al menos, durante un mes. Debe descartarse que el




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paciente esté tomando café en exceso o algún medicamento que cause
ansiedad.


Pautas generales de atención


• Brindar apoyo afectivo: hablar con voz tranquila y asegurarle que se
va a mejorar.


• Reflexionar con el paciente sobre las causas posibles de su ansiedad,
analizarlas y tratar de ordenarlas según la gravedad y, luego, evaluar
posibilidades de solución, paso por paso.


• Ayudarlo a diferenciar aquellos problemas que el paciente cree que se
le van a presentar en el futuro, pero que es posible que no ocurran,
para que aprenda a no dejarse abrumar por temores
injustificados.


• Buscar la comprensión y la solidaridad familiares: explicar la naturale-
za del trastorno, orientar sobre su manejo (que no lo regañen ni lo cul-
pen, por el contrario, que lo acompañen, lo oigan, etc.).


• Enseñar técnicas de canalización de la ansiedad que debe ensayar
hasta descubrir las que resulten útiles específicamente: respirar pausa-
damente, desarrollar algún ejercicio o actividad que le ayude a relajar-
se y a “quemar” la ansiedad.


• Enseñar y practicar una técnica sencilla de relajación.


• Recomendar que no beba estimulantes como el café y el té.


• Aconsejar el consumo de substancias naturales de uso común que ayu-
dan a controlar la ansiedad, como infusiones de tilo o manzanilla, etc.


Pautas para el tratamiento médico


• Descartar que el paciente tenga otra patología de base que ocasione
ansiedad. Si éste es el caso, tratarla.


• Si con las recomendaciones anteriormente enunciadas no se logra un
control de los síntomas, valorar la necesidad de suministrarle ansiolíti-
cos por corto tiempo y valorando el riesgo de dependencia. Se sugie-
re usar preferentemente productos naturales más inocuos como la vale-
riana o la pasiflora. Generalmente, no se recomienda que en la aten-
ción primaria se dispensen benzodiacepinas en situaciones de desas-
tres.


• Analizar si la ansiedad está encubriendo un síndrome depresivo aso-
ciado, en cuyo caso se debe tratar el paciente fundamentalmente como




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afecto de una depresión ansiosa, y sería posible administrarle un anti-
depresivo también con efectos sedativos (amitriptilina, por ejemplo).


Crisis de pánico. Las crisis de pánico no son frecuentes en situaciones
de desastres, contrario a lo que muchos piensan. La aparición de estos cuadros se
observa en situaciones específicas, como ataques terroristas de gran magnitud y de
tipo súbito.


En las crisis de pánico, la angustia se manifiesta en forma aguda como un
temor aplastante o desesperante y se acompaña de una sensación de enloqueci-
miento o muerte inminentes. La angustia se retroalimenta en la medida en que el
paciente es conciente y malinterpreta los síntomas físicos, por lo cual usualmente
consulta a servicios de urgencia.


Se debe pensar en crisis de pánico cuando la persona tenga crisis de
temor muy grave e inmotivado, de aparición repentina y corta duración (pocos
minutos), acompañadas, al menos, de cuatro de los siguientes síntomas:


• palpitaciones, taquicardia o “sacudidas del corazón”,


• sudoración, escalofrío u oleada de calor,


• temblor,


• sensación de ahogo o falta de aire,


• sensación de atoramiento,


• mareo, vértigo o sensación de inestabilidad (como si se le moviera el
piso),


• náuseas o malestar como sensación de vacío en el abdomen,


• miedo a perder el control o a enloquecer,


• miedo a morir repentinamente,


• sensaciones de hormigueo o adormecimiento,


• sentirse raro, diferente, “como otro”, o que todo se vuelve diferente a
su alrededor, o


• una vez presentada una crisis, el miedo suele volver a aparecer (miedo
al miedo); por eso, la ansiedad se convierte casi en permanente con
una gravedad variable.


Pautas generales de atención médica


La crisis de pánico es un trastorno que requiere de manejo médico, puede
persistir en el tiempo e invalidar, en gran medida, a la persona. Puede complicar-
se con otros miedos anormales a cosas o circunstancias específicas (fobias).




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• En caso de asistir a una persona en pánico, acompañarlo y, si está muy


inquieto, permitir su movilización en un espacio determinado acorda-
do.


• Practicar un examen clínico para descartar una patología orgánica.


• Apoyarlo en el control de los síntomas: instruirlo y ensayar con él acti-
vidades que ayuden a contrarrestar la hiperventilación (aconsejar que
respire despacio y lentamente, idealmente, dentro de una bolsa de
papel) y a controlar la ansiedad aguda y crónica (relajación, ejercicio,
etc.).


• Explicarle la necesidad de tomar la medicación indicada e iniciar tra-
tamiento (fundamentalmente, antidepresivos y, en caso indispensable y
solamente de manera muy temporal, ansiolíticos).


• Valorar su remisión, una vez controlados los síntomas más agudos, a
una consulta de psiquiatría.


Depresión. La reacción de tristeza ante cualquier tipo de pérdida es nor-
mal, pero debe ser proporcional a la misma e irse aliviando con el paso del tiem-
po. Esa tristeza se convierte en una enfermedad cuando se prolonga en el tiempo,
se acompaña de ideas de culpa intensa e inmotivada, se acentúa en lugar de ali-
viarse o interfiere mucho en la vida cotidiana de las personas.


Se debe pensar en depresión cuando se presentan las siguientes
situaciones:


• La persona muestra un estado de ánimo muy triste que persiste, al
menos, dos semanas, tiende a ponerse peor y se refleja en un aspec-
to melancólico y tendencia al llanto.


• Por la tristeza, generalmente no desea moverse y por ello disminuye su
actividad, a veces, hasta el punto de no querer levantarse.


• Además de tristeza, frecuentemente existe ansiedad y, en ese caso, se
muestra inquieto y, a veces, irritable e impaciente, incluso
agresivo.


• La tristeza causa desinterés en las cosas, incluso las que lo podrían ale-
grar.


• Además, presenta, por lo menos, cuatro de los siguientes síntomas o
signos:


n pérdida o aumento de apetito (cambios de peso),




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n disminución o, más raramente, aumento de sueño (sin embargo,
poco reparador),


n interrupciones en el sueño, especialmente en horas de la
madrugada,


n pérdida de energía o cansancio desproporcionado,


n sentimientos de culpa, desamor y minusvalía,


n pérdida global de la autoestima,


n dificultad de concentración que se traduce en fallas en la
atención, en la capacidad de memorizar y en dificultad para
hacer su trabajo diario,


n ideas de muerte, de que no lo quieren, de culpa, de suicidio,


n desinterés por las actividades rutinarias y la sexualidad,


n si tiene tendencia a beber, no es raro que, estando deprimido o
ansioso, aumente el consumo, o


n deseos de morir, conductas peligrosas, ideas o intento de
suicidio.


Pautas de atención


• Brindarle apoyo, confianza y seguridad; explicarle la causa del trastor-
no que ahora presenta y para el cual hay tratamiento; asegurarle su
voluntad de ayuda y anunciarle que probablemente puede necesitar
medicamentos.


• Permitir que la persona hable libremente y exprese sus sentimientos,
“que se desahogue”, no impedir que llore y respetar los silencios o si
no desea hablar de algo específicamente.


• No profundizar, inicialmente, en temas que le puedan resultar doloro-
sos, pero no impedir que hable de ellos, si así lo desea. Explorar si
tiene ideas de muerte o de suicidio. No es cierto que hablar de ello
aumente el riesgo de que el paciente empiece a pensar en matarse, en
cambio, sí es muy grave que usted no se entere. Además, el paciente
suele aliviarse si puede hablar de ello con alguien que trate de enten-
derlo.


• Si el paciente no habla de muerte pero usted lo nota muy triste, debe
pensar en el riesgo de suicidio, también. Hay que indagar con los fami-
liares si ha tenido intentos antes o si hay algo en su conducta que




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pueda calificarse como intento de hacerse daño: beber exagerada-
mente, asumir grandes riesgos (al conducir, mostrándose desafiante,
etc.).


• No culpabilizar al paciente, ni siquiera si se ha mostrado agresivo con
usted, con otros o consigo mismo. En respuesta, analizar sus actitudes
para que entienda su naturaleza agresiva y la relación con la tristeza,
y para explorar maneras de canalizar la ansiedad y la tristeza de una
manera menos dañina: hablando, haciendo ejercicio y con tratamien-
to formulado por el médico.


• Si expresa sentimientos de culpa, ayudarlo a revisar minuciosamente lo
ocurrido de tal manera que entienda que la responsabilidad no es
suya.


• Alentarlo a que haga su vida lo más normalmente posible: comer aun-
que no tenga hambre, seguir con sus normas de aseo y cuidado per-
sonal, esforzarse en cumplir con sus obligaciones.


• Estimular la actividad física de cualquier tipo. El ejercicio tiene efectos
beneficiosos para la ansiedad y la depresión.


• Buscar la comprensión y el apoyo de la familia, explicando la natura-
leza de la enfermedad y del tratamiento.


Juzgue si es alto el riesgo de suicidio:


• si la depresión es grave;


• si hay antecedentes familiares de suicidio;


• si ha tenido intentos previos de suicidio, en especial, si han sido
graves;


• si, además de la tristeza, tiene mucha ansiedad;


• si ha sido siempre una persona impulsiva, que no piensa mucho para
actuar;


• si tiene antecedentes de consumir alcohol u cualquier otra droga;


• si es adolescente o anciano;


• si vive solo o no tiene parientes que lo apoyen;


• si padece de alguna enfermedad crónica, en especial, si le causa dis-
capacidad;


• si ha tenido grandes pérdidas como consecuencia del desastre, en
especial, seres queridos.




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Pautas de manejo de una persona con alto riesgo de suicidio


En principio, siga todas las recomendaciones generales anteriormente
enunciadas a propósito del duelo y la depresión.


Además, siga las siguientes pautas:


• Si el paciente no habla de matarse pero usted lo nota muy triste, pre-
gúntele directamente si ha pensado en morirse y, luego, si ha pensado
en matarse y cómo.


• Permítale al paciente que hable de sus ideas e intenciones; nunca las
minusvalore.


• No regañe, critique ni censure; tampoco se burle ni desafíe.


• Haga la observación de que usted entiende que se sienta triste, pero
que siempre hay esperanza de que la situación se mejore y, sobre
todo, que se alivie su tristeza.


• De acuerdo con la realidad del paciente, analice con él las razones
que tiene para seguir viviendo y el impacto que su muerte podría cau-
sar en su familia.


• Ofrezca apoyo, intente llegar a un acuerdo de que no tomará ninguna
decisión fundamental por el momento e inicie tratamiento médico.
Asegure una vigilancia permanente e inicie el tratamiento.


• Hable con la familia y adviértale que en toda depresión grave, como
el caso del paciente, existe el riesgo de suicidio y que, por lo tanto,
deben ponerlo en tratamiento, acompañarlo y disminuir los riesgos que
pueda tener (armas, venenos, etc.).


La depresión clínica debe tratarse con medicamentos antidepresivos que
pueden ser prescritos por el médico general. Si después de cuatro a seis semanas
de tratamiento con una adecuada medicación (amitriptilina, por ejemplo) persisten
los síntomas, se impone la remisión a un médico psiquiatra.


Trastornos orgánicos de causa predominantente psíquica.
Tal como se ha mencionado anteriormente, la ansiedad se acompaña de cambios
transitorios en el funcionamiento corporal, como aumento de la frecuencia cardia-
ca y respiratoria, sudoración, aumento de la tensión arterial, cambios en la diges-
tión, etc.


Si la situación de estrés y la ansiedad que la acompaña son muy agudas
y si, además, se prolongan en el tiempo, esos cambios se vuelven permanentes y




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ocasionan daños en diferentes partes del cuerpo, apareciendo lo que se llama
enfermedades psicosomáticas.


A menudo ocurre que cuando la ansiedad comienza a “descargarse” o
canalizarse a través de síntomas somáticos, ya el paciente no la siente tanto y con-
sulta por la sintomatología somática. Además, usualmente reconoce que, cuando
los problemas se acentúan, aumentan los síntomas orgánicos y las alteraciones en
los patrones cotidianos de vida como el sueño, el apetito, la vida sexual, etc.


El tipo de daño depende de cierta susceptibilidad personal y por ello
encontramos que las diferentes personas desarrollan enfermedades específicamen-
te en alguno de los sistemas: la piel, el sistema digestivo, el respiratorio, el cardio-
vascular, etc.


Cuando un paciente que ha sido víctima de un desastre presenta repetida-
mente síntomas y signos somáticos resistentes a las medidas terapéuticas, hay que
pensar que pueden ser de origen emocional. Entre los más frecuentes se citan:


• dolores variados y refractarios al tratamiento médico;


• mareo, vértigo o náuseas;


• síntomas que afectan la piel, como erupciones, picazón, ardor, etc.;


• hipertensión arterial, síntomas del aparato cardiovascular, etc.;


• problemas funcionales de diversa índole: diarrea o estreñimiento, impo-
tencia, frigidez, falta de aire, etc.


Pautas de atención


• Averiguar si los síntomas aparecieron o se acentuaron a raíz de la situa-
ción traumática. La gran mayoría de las veces, son alteraciones transi-
torias que ceden al mejorar la situación real del afectado y en la medi-
da en que su estado emocional se equilibra.


• Es indispensable realizar un examen físico completo y, si fuere necesa-
rio, exámenes de laboratorio.


• Empezar un tratamiento médico integral que, obviamente, además de
los procedimientos y medicamentos específicos para el trastorno, inclu-
ya el manejo del componente emocional de base.


• Todas las recomendaciones hechas a propósito del manejo del duelo,
la ansiedad y la depresión son útiles para el control de los trastornos
orgánicos de base emocional.


Trastorno de estrés postraumático. Actualmente se reconoce que
el llamado trastorno de estrés postraumático (post-traumatic stress disorder, PTSD) no




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aparece tan frecuentemente como usualmente se presumía. No se justifica la bús-
queda incesante de esta patología en situaciones de desastres y emergencias, y
no debe diagnosticarse si no se cumplen todas las condiciones que los sistemas de
clasificación y diagnóstico recomiendan. Hay autores que han puesto en duda la
verdadera existencia de esta patología o la consideran propia de determinados
contextos culturales y políticos en países desarrollados.


Lo más usual, en nuestro medio, es que algunas personas que han sido víc-
timas de violencia o situaciones especialmente catastróficas experimenten algunos
síntomas aislados de los que tradicionalmente se han incluido en el PTSD, como los
siguientes:


• Revive repetidamente el trauma, a manera de recuerdos o pesadillas.


• Muestra grave disminución del interés por lo que está pasando, senti-
miento de estar aislado de los demás, afecto empobrecido (como “con-
gelado”).


• Excesiva respuesta a estímulos.


• Trastornos del sueño.


• Dificultad para concentrarse.


• Sentimientos de culpa: por haber sobrevivido, por no haber evitado
algo.


• Evitación de actividades, lugares o personas que recuerdan el evento
traumático.


• Aumento de los síntomas cuando está en circunstancias que simbolizan
el evento traumático o se parecen al mismo.


Pautas de atención a los síntomas de estrés postraumático


• Usar las sugeridas para ansiedad y depresión.


• Remitir a tratamiento especializado si el cuadro no mejora o afecta
notoriamente su vida cotidiana.


Consumo excesivo de alcohol u otras sustancias psicoacti-
vas (7). Las situaciones de desastres pueden conducir al inicio o el aumento en la
ingestión de alcohol, lo cual trae muchas consecuencias dañinas, no sólo en la
salud de la persona afectada, sino también en su economía, en sus relaciones inter-
personales y en el ámbito familiar. Es un problema que afecta a ambos sexos, pero
es más frecuente en hombres. A menudo, condiciona situaciones de violencia y
está vinculado o enmascara trastornos como la depresión.




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Es frecuente que quienes tienen problemas por consumo de alcohol los nie-


guen o minimicen, especialmente en culturas permisivas con gran aceptación social
de su consumo.


Es necesario pensar en problemas relacionados con el consumo excesivo
de alcohol, después de un evento traumático, cuando se observan:


• alteraciones en el funcionamiento social, como peleas o conductas vio-
lentas con familiares y amigos, ausentismo laboral, problemas delicti-
vos, o


• consumo excesivo en grupos, de acuerdo con las apreciaciones de la
comunidad.


En este capítulo, más que abordar el problema desde un punto de vista clí-
nico (para lo cual existen numerosas obras que se pueden consultar), nos referire-
mos a su manejo mediante intervenciones sociales y grupales.


Pautas generales de manejo del problema del alcoholismo
en situaciones de desastres


Identificar problemas o daños asociados con el consumo excesivo de
alcohol:


• violencia;


• depresión o conducta suicida o ambas; en ocasiones, se observa que
personas muy afligidas, tensas o deprimidas por la situación traumáti-
ca y las pérdidas sufridas, buscan el alcohol como mecanismo de esca-
pe;


• conductas sexuales desordenadas y de riesgo;


• daños a la salud física;


• afectaciones a la economía familiar y comunitaria, o


• desorden social.


Se debe analizar si el problema es anterior al desastre o si es de aparición
reciente, en cuyo caso debe usted asegurarse de que la persona no tenga otro tras-
torno o problema que lo esté impulsando a beber.


Una de las líneas de acción que se debe priorizar en situaciones de desas-
tres es la prevención primaria. Las intervenciones de promoción de la salud y pre-
vención específica pueden ser muy valiosas y evitar la aparición o reducir el impac-
to del problema del alcoholismo. Entre ellas, se consideran las siguientes.


• Satisfacción de necesidades básicas de la población afectada, en
especial, alimentación, agua, seguridad y alojamiento.




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• No separar las familias ni las comunidades.


• Facilitar las prácticas religiosas y culturales.


• Protección de los derechos humanos.


• Primera ayuda psicológica a quienes la requieren.


• Crear conciencia en la población sobre el problema del alcoholismo y
sus efectos dañinos.


• Restablecer las actividades educativas y recreativas (propias de la
comunidad).


• Entrenar el personal de ayuda humanitaria y de salud en la identifica-
ción precoz de los factores de riesgo.


• Medidas para el control de la oferta (expendios de alcohol), de común
acuerdo con la comunidad. Debe observarse si alguna medida de este
tipo no deriva en la fabricación y distribución clandestina de alcohol.


Entre las intervenciones dirigidas a la atención del daño, se consideran las
siguientes:


• Entrenar al personal de salud para la identificación temprana y el
manejo inicial de “casos”.


• Vincular las intervenciones dirigidas hacia las conductas violentas con
las acciones sobre el alcoholismo.


• Favorecer los grupos de ayuda mutua.


• Poner a disposición de las poblaciones afectadas por el desastre los
servicios dedicados a la atención de pacientes con alcoholismo.
Restablecer los programas (gubernamentales o no gubernamentales)
que existían antes de la emergencia.


• En caso de que no existan programas o servicios especializados en el
tema de las adicciones, los servicios de salud mental desarrollados en
la emergencia deben responder a las necesidades existentes.


• Establecer mecanismos de referencia y contrarreferencia.


• En la medida que la situación se estabiliza, fortalecer y ampliar la
capacidad resolutiva de los servicios de salud en el tema del alcoholis-
mo y otras adicciones.


Conductas violentas (7). La violencia es una forma de respuesta huma-
na frecuente ante situaciones de frustración (como las que generan los desastres),
que puede volverse habitual e invadir el ámbito familiar, convirtiéndose en un pro-




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blema social que influye negativamente en la familia y, muy especialmente, en los
más vulnerables, como los niños, las mujeres, los ancianos y los discapacitados.


La violencia causa sufrimiento o daño en lo físico, lo psicológico y lo social.
El impacto de la violencia incluye repercusiones inmediatas, a corto, a mediano y
a largo plazo, como las que se mencionan a continuación.


Las personas maltratadas experimentan sufrimiento, aflicción, tristeza, ansie-
dad, rabia y fatiga crónica. Las condiciones repetidas de violencia inesperada e
injustificada, generan frustración, temor y ansiedad permanentes y, a la larga, sen-
timientos de desamparo y desesperanza, y pueden organizarse como trastornos
psiquiátricos. Además, el sufrimiento puede expresarse con síntomas o enfermeda-
des psicosomáticas; también puede estar relacionado con el alcoholismo.


Las consecuencias psicológicas de la violencia afectan tanto a los directa-
mente maltratados como a quienes presencian los actos violentos. Cuando los
niños se ven sometidos a presenciar repetidamente actos de violencia, tienen
mayor probabilidad de aceptar la violencia como “parte normal de la
convivencia”.


Es común que la violencia se oculte; por ello, es importante estar atentos
a los indicios que hacen sospechar maltrato intrafamiliar. Entre ellos, se consideran
los siguientes:


• La víctima ha consultado en varias ocasiones alegando accidentes,
pero presenta daños físicos que no concuerdan con la supuesta causa
accidental relatada.


• La víctima se niega a hablar o muestra reservas o vergüenza al contar
lo que ha ocurrido o existe una demora inexplicable en buscar la
ayuda médica.


• La víctima es acompañada de algún miembro de la familia u amigo
que insiste en estar cerca de ella, de tal manera que impide hablar en
privado con ella.


• La víctima manifiesta deseos de no regresar a la casa o temor por la
seguridad de otros miembros de la familia.


En situaciones de desastres, las formas más frecuentes de violencia son:
violencia basada en género, maltrato a menores, desorden social por grupos más
o menos organizados y alteración del orden en los albergues (incluyendo riñas y
violencia intrafamiliar).


Pautas generales de actuación




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• Actividades de promoción de la salud y prevención específica (como
las detalladas en el consumo excesivo de alcohol).


• Entrenamiento de los trabajadores humanitarios y de la salud para que
sean capaces de identificar precozmente y manejar las víctimas de la
violencia.


• Promover socialmente (por la propia comunidad) la identificación de las
familias o individuos con conductas agresivas o violentas para planifi-
car la forma de ayudarlos oportunamente.


• Proteger especialmente a los más vulnerables (por ejemplo, niños, muje-
res y ancianos).


• Apoyar la existencia de dispositivos legales y de seguridad, así como
orientar a la comunidad sobre su utilización.


• Trabajar en conjunto con los maestros para la identificación y el mane-
jo de las situaciones de violencia que afectan a los niños.


• Prestar especial atención a los albergues y refugios.


• Favorecer los mecanismos de negociación e intermediación para la
resolución de conflictos, en especial, los derivados de la situación de
la emergencia (como demandas por la no solución de necesidades
básicas).


• Evaluar y planear con la propia comunidad y sus líderes la problemá-
tica, los recursos disponibles y las posibles maneras de enfrentarlo.


• Las instituciones del sector salud deben establecer relaciones de traba-
jo con instituciones como comisarías de familia, institutos de protección
familiar, etc.


• Los servicios de salud mental deben prepararse para dar respuesta a
la problemática de la violencia en situaciones de emergencia.


Remision de casos a servicios especializados


• Ante graves traumas emocionales puede haber alteraciones transitorias
en la conciencia (capacidad de darse cuenta y entender quién es uno
mismo y quiénes lo rodean, y de saber dónde y cuándo está). El caso
puede remitirse si el trastorno persiste o aparece días después del even-
to traumático; si el cuadro es muy agudo y variable en el curso de




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horas, y se alternan períodos de lucidez con períodos en los que se
nota “muy perdido”, es probable que tenga un trasfondo orgánico. Si
existe sospecha de una lesión orgánica cerebral, debe enviarse a un
servicio de urgencia hospitalario.


• Personas que presentan complicaciones graves de intoxicación aguda
o crónica por alcohol o drogas o quienes muestran síndrome de
abstinencia. Necesitan manejo especializado quienes ponen en grave
riesgo su propia salud y la de quienes los rodean.


• Casos en los que se sospecha una posible psicosis (“locura”).


• Personas que presentan graves alteraciones en el afecto: tienen riesgo
de suicidio, expresan deseos de matar a otras personas, se muestran
muy aislados, se muestran con reacciones excesivas y anormales, o
agitación y agresividad graves.


• Cualquier trastorno psíquico que persiste a lo largo del tiempo (a pesar
de la ayuda psicosocial recibida), sufrimiento intenso y dificultades per-
sistentes para la readaptación familiar y social; así como riesgo de
complicaciones (como el suicidio).


Recomendaciones finales


• Los gobiernos y la sociedad civil deben colocar en un lugar prioritario
el tema de las consecuencias psicosociales de los desastres y desarro-
llar recursos para una intervención psicosocial pertinente.


• Atención psicosocial significa, en primer término, garantizar la atención
humanitaria y la satisfacción de las necesidades básicas de los afecta-
dos.


• Evitar que la ayuda para el sufrimiento sea brindada por psicólogos o
por médicos exclusivamente.


• Lograr que lo psicosocial se convierta en un eje transversal que impreg-
ne todas las actuaciones en la situación de emergencia.


• Garantizar el acompañamiento de las víctimas, especialmente de los
más vulnerables y de los más afectados.


• La atención psicológica individual es necesaria para la asistencia de
determinados casos, pero siempre debe estar enmarcada y vinculada
a la ayuda humanitaria y al trabajo de grupos como herramienta fun-
damental en éstos.




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• Fortalecer los procesos de coordinación multisectorial e interinstitucional.


• Impulsar la formación y capacitación del personal de salud y ayuda
humanitaria en el campo de la salud mental.


• Encarar los desafíos éticos que implica una atención sin discriminacio-
nes y evitar la revictimización.


• Promover la difusión de información y el intercambio de las experien-
cias y lecciones aprendidas.




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Referencias


1. Gómez C et al. Fundamentos de psiquiatría clínica: Niños, adolescentes y
adultos. Bogotá: Centro Editorial Javeriano; 2002.


2. Lima B, Lozano J, Luna J, Pai S, Santacruz H. Manual para la atención prima-
ria en salud mental para víctimas de desastres. Bogotá, Colombia:1986.


3. Organización Mundial de la Salud, Organización Panamericana de la
Salud. Protección de la salud mental en situaciones de desastres y emergen-
cias. Washington, D.C.: OPS; 2001. Serie de manuales sobre desastres.


4. Cohen R. Salud mental para víctimas de desastres. Manual para trabajadores
humanitarios. Bogotá: El Manual Moderno; 2000.


5. Organización Mundial de la Salud, La salud mental de los refugiados.
Ginebra: OMS; 1997.


6. Organización Panamericana de la Salud. Capacitación en salud mental: los
trastornos psiquiátricos, su identificación y manejo. Módulo de profundización
para médicos y enfermeras. Bogotá: OPS; 2003.


7. Organización Panamericana de la Salud. Lineamientos básicos para la aten-
ción psicosocial a poblaciones desplazadas como consecuencia del conflicto
en Colombia. Documento de trabajo, Bogotá: OPS; 2001.


Lecturas recomendadas


CIE 10. Trastornos mentales y del comportamiento: descripciones clínicas y pau-
tas para el diagnóstico. Madrid: Meditor; 1992.


Ehrenreich J. Enfrentando el desastre, una guía para la intervención psicosocial.
Disponible en: jehrenreich@hotmail.com, 1999.


Ministerio de Salud Pública de Guatemala. Manual de referencia para la aplica-
ción de las normas de atención: trastornos psíquicos, alcoholismo, violencia
intrafamiliar. Ciudad de Guatemala: Ministerio de Salud Pública de
Guatemala.


Organización Mundial de la Salud. Programa SUPRE: prevención del suicidio.
Módulos: un instrumento para médicos generales y un instrumento para traba-
jadores de atención primaria. Ginebra: OMS; 2001.


Organización Panamericana de la Salud. Manejo de cadáveres en situaciones
de desastre. Washington, D.C.: OPS; 2004. Serie manuales y guías sobre
desastres.




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Rodríguez J, Hernández A. Psicoterapia: una relación de ayuda. Ciudad de
Guatemala: Empretec; 1999.


Shalev AY. Estrés traumatico y sus consecuencias. Manual para el personal de
asistencia profesional. Washington, D.C.: OPS; 2000.




Jorge Rodríguez, Guillermo Barrientos y Paula Lomba


En los últimos años se ha desarrollado un número creciente de modalida-des de intervención en salud para atender las consecuencias de losdesastres, entre las que se distinguen los procedimientos grupales orien-tados a la recuperación psicológica y social de la población (1).
Hay tres razones fundamentales para trabajar con grupos en situaciones de


desastre:


1. La cantidad de personas afectadas y necesitadas de ayuda psicoso-
cial, como consecuencia de los desastres, hace imposible la atención
individual.


2. La mayoría de ellas no necesita una atención individual y profesional.


3. Las técnicas de intervención grupal han demostrado ser útiles para la
mitigación de los efectos psicológicos de los desastres y para la prepa-
ración de las personas en su recuperación.


En razón de lo anterior, resulta evidente que los trabajadores de la salud,
los miembros de los equipos de respuesta y muchos de los que intervienen en la


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CAPÍTULO IV
El manejo de grupos en
situaciones de desastre




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mitigación de los efectos de los desastres deben tener conocimientos mínimos de
trabajo con grupos, como herramienta necesaria para ejercer adecuadamente su
labor y liderazgo.


También, es necesario enfatizar que debe existir un equilibrio adecuado
entre las intervenciones de tipo individual y las de carácter grupal.


Al igual que en otros tipos de intervenciones, en lo grupal se debe tomar
en cuenta (1, 2):


• el tipo de desastre y sus características,


• el escenario comunitario y el contexto cultural,


• el modo de expresión de las emociones y los conflictos,


• la prioridad de los problemas, y


• el modo tradicional de afrontar los eventos traumáticos.


Desde el punto de vista de la salud mental, los objetivos del trabajo con
grupos son amplios y diversos, pero es posible resumirlos en:


• informar y orientar verazmente;


• mejorar y estabilizar las condiciones psíquicas de los integrantes del
grupo;


• aumentar las capacidades de las personas para afrontar y resolver las
más variadas situaciones en la etapa posterior al desastre, y


• favorecer el retorno a la normalidad.


De acuerdo con sus propósitos, los grupos se pueden clasificar en: informa-
tivos y de orientación, psicoeducativos y de apoyo emocional, autoayuda y ayuda
mutua, y terapéuticos.


La representación en una pirámide de los diferentes tipos de grupo puede
quedar conformada así:


1. Una base ancha: grandes grupos de personas, con quienes se estable-
ce un primer contacto y a quienes se les brinda información y orienta-
ción.


2. Un segundo nivel, más estrecho, los grupos psicoeducativos y de
apoyo emocional, dirigidos a colectivos más específicos y homogéne-
os, que requieren algún soporte psicológico.


3. Los grupos de ayuda mutua, integrados en algunos casos por personas
que han estado formando parte inicialmente de los grupos anteriores y




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que tienen condiciones mínimas de motivación para agruparse con sen-
tido de autonomía.


4. Por último, en la cúspide de la pirámide, los grupos terapéuticos dirigi-
dos a personas portadoras de trastornos psíquicos. Se ofrecen por ser-
vicios de atención especializada.


En muchos casos puede existir una continuidad entre los grupos de informa-
ción, los psicoeducativos, los de ayuda mutua y los terapéuticos, los cuales difie-
ren en sus objetivos específicos y más inmediatos, pero coinciden en sus propósi-
tos más generales. No siempre es posible establecer límites estrictos entre los dife-
rentes tipos de intervención grupal ya que una modalidad siempre está conectada,
en alguna medida, con otra (3, 4).


En este capítulo se trabaja sobre los grupos psicoeducativos y de apoyo
emocional y los de ayuda mutua. Los grupos de información se abordan en el capí-
tulo de comunicación y los terapéuticos se corresponden con procedimientos técni-
cos más complejos y deben ser manejados por especialistas de salud mental, lo
cual no es el propósito de este libro.


Grupos de información y orientación


Grupos psicoeducativos y de apoyo emocional


Actividades grupales con niños y adolescentes


Grupos de ayuda mutua


Servicios especializados en la atención
primaria/grupo terapéuticos




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Características diferenciales entre los grupos informa-


tivos, los de apoyo emocional y los


terapéuticos


Grupos informativos
Grupos psicoeducativos
y de apoyo emocional


Grupos terapéuticos


Público objetivo/composición


Casi siempre heterogéneos:
población afectada.


Se recomienda cierto criterio de
homogeneidad.


Se integran por selección pre-
via: personas con patología psí-
quica diagnosticada.


Facilitador


Es un informador, casi siempre
una autoridad, líder o un
comunicador social.


Debe ser un personal con entre-
namiento mínimo: generalmente
un trabajador de salud o de
ayuda humanitaria.


Es un profesional de salud men-
tal que actúa como terapeuta.


Intercambio


Es limitado y, esencialmente,
uni-direccional: informador-
población; menos participativo
y más directivo.


Es más profundo y bidireccio-
nal: facilitador-grupo-facilitador;
más participativo y menos
directivo.


Se rige por procedimientos
técnicos especializados, bajo el
principio general de la no
dirección.


Objetivo clave


Es informar y orientar. Se ofrece
la información disponible en ese
momento, la cual tiene un carác-
ter de orientación básica para
la comunidad.


Ofrecer apoyo emocional para
controlar los efectos psicológi-
cos del suceso. La información
es un objetivo complementario;
es más específica y dirigida a
los intereses del grupo.


Lograr una mejoría clínica sus-
tancial. La información no es un
elemento central de la terapia
de grupo.


Efectos esperados


Desvirtuar la información distor-
sionada o confusa.


Mejorar la orientación de la
población.


Ofrecer información veraz y
confiable, que tiene como
efecto el alivio de la aflicción, la
ansiedad y el estrés.


Superar los problemas psicológi-
cos de los individuos y facilitar
su reintegración a las activida-
des cotidianas.


Desarrollar modalidades de
afrontamiento para la situación
particular en que viven.


Curar, mejorar o estabilizar las
manifestaciones psicopatológi-
cas.


Tiempos


Sesión única; su continuidad
está determinada por las necesi-
dades de información; el esce-
nario y el informador pueden
cambiar.


Tienen continuidad; es recomen-
dable realizar varias sesiones
para alcanzar los objetivos,
pero limitadas dentro del perío-
do poscrítico inmediato.


La terapia es un proceso de
mediano o largo plazo, cuyos
tiempos se rigen por criterios
técnicos.




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Los grupos psicoeducativos y de apoyo emocional


Apoyo emocional significa ayuda para disminuir o controlar la aflicción, el
miedo, la tristeza y otras manifestaciones que conforman la respuesta emocional
normal ante las situaciones de gran impacto. Educación es la transmisión de cono-
cimientos básicos sobre el desastre y sus efectos psicosociales; es lograr que el tra-
bajo de grupo se convierta, en alguna medida, en un proceso de aprendizaje para
los afectados.


Los grupos psicoeducativos y de apoyo emocional se integran con perso-
nas que necesitan ayuda psicosocial, comparten problemas o intereses similares
derivados de la situación creada por el evento traumático y, eventualmente,
pueden coincidir en cuanto a atributos comunes (por ejemplo, grupos de
adolescentes).


El trabajo con este tipo de grupo se desarrolla, fundamentalmente, en el
período poscrítico inmediato (hasta tres meses). Los grupos psicoeducativos y de
apoyo emocional juegan un importante papel en los primeros días y semanas des-
pués del desastre, cuando existen altos niveles de afectación psicológica; en la
medida en que las personas se reintegran a la rutina diaria y la vida retorna a la
normalidad, los mismos van perdiendo protagonismo y son sustituidos por los gru-
pos de ayuda mutua y grupos terapéuticos.


Un elemento fundamental es que se trata de grupos que pueden y deben
ser facilitados por personal no especializado, por ejemplo, trabajadores de aten-
ción primaria y personal de ayuda humanitaria. Un entrenamiento corto y bien dise-
ñado puede ser suficiente para preparar facilitadores que conduzcan estos grupos;
lo idóneo es preparar este personal antes del desastre, de manera que puedan reci-
bir actualizaciones periódicas y prácticas en servicios que les permitan mejorar sus
habilidades.


Los grupos de apoyo emocional no deben ser de sesión única, sino que es
recomendable que se trabaje durante varias sesiones, relacionadas entre sí, con un
papel central y de conducción por parte del facilitador. En algunos casos, el faci-
litador, progresivamente, puede ser sustituido por participantes del grupo con
características de liderazgo, entre los que pueden encontrarse, clérigos, líderes no
formales, voluntarios y otros que forman parte de la comunidad afectada o estén
ligados a ella por factores culturales; en este proceso el grupo puede evolucionar
hacía un grupo de autoayuda y ayuda mutua.




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Los objetivos son los siguientes:


1. Evaluar las necesidades psicosociales del grupo.


2. Ofrecer información sobre el desastre y los efectos psicosociales más
comúnmente observados.


3. Contribuir a reducir o controlar la aflicción, el sufrimiento, la tristeza y
la ansiedad que aparecen como consecuencia del suceso traumático,
fortaleciendo las capacidades y destrezas para el afrontamiento de los
problemas.


4. Impulsar la integración a las actividades cotidianas en el seno de la
familia y su comunidad.


5. Identificar a aquéllos que necesitan intervención especializada y remi-
tirlos a los servicios correspondientes.


Estos objetivos pueden ser modificados en el transcurso del trabajo de
grupo, según se alcancen algunos y surjan otros nuevos. Como se señaló anterior-
mente, los objetivos pueden acercarse frecuentemente a propósitos terapéuticos;
existe una línea divisoria que no siempre está completamente definida, por cuanto
el apoyo emocional es indudablemente una acción, en alguna medida, de tipo
terapéutica.


Integración del grupo, escenarios y factores socioculturales.
Se recomienda que los grupos educativos y de apoyo emocional se integren, pre-
ferentemente, con los miembros más vulnerables de la comunidad, pero que, tam-
bién, sean más moldeables y receptivos a la intervención en crisis; pueden ser
niños, adolescentes, ancianos, discapacitados y otros. En ellos es más factible la
aceptación del apoyo emocional, la atemperación de las respuestas y el desarro-
llo de nuevos patrones de conducta y manejo de las emociones. No obstante, este
tipo de procedimiento también puede ser útil en otros grupos de personas afecta-
das por el desastre.


Los escenarios pueden ser diversos: escuelas, locales comunitarios, alber-
gues y sedes institucionales. En definitiva, son espacios disponibles, accesibles y
con condiciones mínimas de privacidad y confort para efectuar las actividades de
grupo. Hay que tener en cuenta que otras reuniones comunitarias pueden usar los
mismos locales, por lo que es necesario coordinar para evitar interferencias.


Las técnicas empleadas han de ser lo suficientemente flexibles para incor-
porar los patrones culturales prevalecientes en la comunidad o en el grupo en par-
ticular. En cada contexto comunitario existen patrones históricos de afrontamiento a
los eventos traumáticos y muchos de ellos han resultado exitosos en situaciones de




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desastres. El empleo de personajes propios de la cultura, animales simbólicos y
antecedentes de solución de problemas similares son ejemplos de cómo los facto-
res culturales pueden facilitar la recuperación. En otras ocasiones, los elementos
mágicos religiosos y las creencias sobre las causas y consecuencias del desastre
pueden actuar como factores negativos e interferir con la recuperación del grupo;
en estos casos, es necesario manejar la situación creada con prudencia, negocian-
do y buscando aliados entre los miembros de la comunidad y sus líderes para
demostrar la certeza de las apreciaciones del facilitador.


Estructura. Dos tipos de estructura pueden considerarse como opciones
(4, 5):


1. Estructura abierta y continua: significa que los miembros del grupo asis-
ten o dejan de asistir según sus necesidades. El grupo se reúne cada
cierto tiempo a lo largo del periodo previsto. Se convierte en un recur-
so con el que cuentan las personas en la comunidad.


• Ventajas. La naturaleza del grupo lo hace accesible y disponible
para los miembros de la comunidad, en caso de necesidad. Los
participantes no necesitan tener un compromiso continuo, lo que
puede ser abrumador en las etapas tempranas del desastre.


• Desventajas. Puede ser complicado mantener la motivación de
grupos abiertos. El número de miembros fluctúa mucho.
“Comercializar” o pasar la voz acerca del grupo es una función
continua y que se puede convertir en difícil.


2. Estructura cerrada: significa que el grupo se constituye entre la primera
y la segunda reunión con las personas que hayan asistido; después, no
se aceptan nuevos integrantes. Generalmente, se establece un tiempo
específico, por ejemplo 8 a 10 sesiones; también, se establecen un
programa específico y reglas claras de trabajo. La misma gente asisti-
rá cada sesión.


• Ventajas. El límite de tiempo acordado define claramente el inicio
y el final del proceso. Los participantes llegan a conocerse y a
confiar entre sí; esto ayuda a establecer fuertes relaciones inter-
personales que pueden sobrepasar los límites del grupo. Se pue-
den trabajar más a profundidad la problemática personal y la de
la comunidad.


• Desventajas. La estructura limita la remisión y el ingreso de nuevas
personas al grupo. En comunidades pequeñas y en las difíciles




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condiciones de un desastre, puede ser difícil reclutar miembros
que estén comprometidos a completar un programa. Se requiere
de un facilitador más experimentado y con fuerte reconocimiento
de la población.


Uno de los riesgos en ambos tipos de grupos es que algunas personas pue-
den quedar atascadas dentro del grupo, en vez de tratar de remediar sus propios
problemas y progresar en su recuperación.


Aspectos metodológicos. Los grupos de apoyo emocional pueden
beneficiarse de diversas técnicas que dependen de los conocimientos y las destre-
zas del facilitador, por ejemplo, relajación, uso de la música, etc. El criterio de
inclusión es amplio; se pueden sumar procedimientos y recursos didácticos o tera-
péuticos en un marco ordenado y sistemático en el que se conserven los objetivos
primarios del grupo y las líneas generales de trabajo. Sin embargo, un principio es
que no se puede permitir que alguien monopolice el trabajo del grupo, centrándo-
lo en una sola técnica o procedimiento específico.


Desde el punto de vista metodológico, los elementos esenciales son los
siguientes:


• Definir la estructura y las reglas de las reuniones del grupo.


• Asegurar la continuidad del trabajo por un tiempo limitado (que se esta-
blece con antelación).


• Propiciar un clima de seguridad y confianza.


• Fomentar la participación de los miembros del grupo.


• El conductor del grupo actúa como un facilitador que cataliza el proce-
so en un marco general de no dirección.


Número de integrantes del grupo. Se recomienda que no sea menor de 8
personas para facilitar un intercambio mínimo, ni mayor de 30, pues se hace difí-
cil de manejar y se limita la participación.


Tiempo de las sesiones. Es alrededor de una hora, aunque en la etapa ini-
cial se puede ser flexible. Nunca es recomendable que se extienda más de dos
horas.


Frecuencia de las sesiones. Lo más común es semanal, pero puede acortar-
se el tiempo si así lo deciden los participantes; un plazo mayor puede contribuir a
que no se consolide el grupo.


Duración del proceso. Debe enmarcarse en el periodo inmediato al even-
to traumático y básicamente durante las primeras cuatros semanas. En caso de




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facilitadores experimentados y grupos en los que se evidencia la necesidad de con-
tinuidad, puede extenderse hasta tres meses.


Líneas de trabajo. Es muy importante que el coordinador-facilitador del
colectivo tenga conocimientos básicos sobre salud mental y de manejo de grupos
para poder conducir correctamente el proceso. Las líneas de trabajo se agrupan
en dos categorías:


1. Educación e información


• Proporciona información veraz y confiable sobre el desastre, en
especial, aborda las situaciones que más interesan al grupo.


• Desmitifica informaciones erróneas, alarmistas y de contenido
mágico, teniendo en cuenta el contexto sociocultural.


• Informa sobre las posibilidades de repeticiones o réplicas.


• Transmite recomendaciones y sugerencias para el enfrentamiento
de la situación actual.


• Considera las perspectivas del traslado a los albergues y la vida
en ellos.


• Trata de lograr una mejor comprensión de las acciones tomadas
por las autoridades desde la fase de impacto hasta el momento
actual, siendo realista y sin convertirse en un vocero oficial. Se
puede transmitir a las autoridades las críticas o señalamientos rea-
lizados.


• Discute o analiza el papel que puede jugar cada uno de los
miembros del grupo en las etapas de recuperación. Estimula la
participación y la solidaridad.


• Transmite información sobre los principales problemas psicosocia-
les que se producen en casos de desastres, con especial énfasis
en las reacciones psicológicas normales ante la catástrofe, las
manifestaciones de duelo y las señales de complicaciones o de
posibles enfermedades psíquicas. Debe abordarse con especifici-
dad la problemática de los grupos vulnerables, en especial, los
menores y adultos mayores. Hay que explicar que, también, es
frecuente el aumento de síntomas físicos, de la más variada
gama, que son expresión de las tensiones.


2. Apoyo emocional (1, 6, 7)


• Estimula la comunicación directa y abierta entre el facilitador y el
grupo.




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• Favorece la integración y cohesión del grupo.


• Posibilita el intercambio de experiencias entre los integrantes del
grupo, estimulando la reflexión colectiva sobre las preocupacio-
nes existentes.


• Facilita la expresión de emociones y sentimientos de los partici-
pantes: miedos, culpabilidad, soledad, sensación de abandono,
duelos por pérdidas, etc.


• Identifica y aborda las “pérdidas” como causales directas del
duelo o la aflicción. En los desastres ocurren numerosas pérdidas,
que no sólo son humanas sino también materiales. También apa-
recen problemas sociales como disfunción familiar, ruptura de
redes de apoyo, imposibilidad de realizar actividades habituales,
interrupción de las clases y otras. La importancia o la prioridad
con las que se traten estos temas dependen de las necesidades
que exprese el grupo en las sesiones iniciales.


• Aborda las preocupaciones por el retorno a la rutina diaria de la
vida: la escuela, el trabajo y la vida en el albergue. Fomenta el
reordenamiento de la dinámica de la vida cotidiana, con el con-
secuente reacomodo necesario ante las nuevas circunstancias.


El propósito es que se genere una dinámica en la cual los miembros del
grupo intercambien apoyo, orientación, experiencias en los modos de afrontamien-
to a situaciones extremas y sobre la recuperación de su comunidad, favoreciendo
aspectos tales como:


• la autorresponsabilidad de sus integrantes;


• la recuperación de la autoestima;


• los sentimientos de solidaridad;


• un clima de confianza, cordialidad y seguridad;


• el apoyo y la participación en las redes sociales existentes, y


• el establecimiento de relaciones con otros grupos y organizacio-
nes, gubernamentales o no gubernamentales.


Formato para reuniones. Existen dos formatos básicos:


Estructurado o formal. Existe un programa mínimo y un procedimiento esta-
blecido que se respetan en cada reunión. Un formato estructurado no necesita ser
totalmente restrictivo, sino que puede incluir algunos elementos de flexibilidad.




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Tiene como ventaja que ofrece a los miembros más seguridad, ya que saben qué
esperar a lo largo de la sesión.


Un esquema sugerido podría ser el siguiente.


• Bienvenida.


• Presentación de los participantes: debe utilizarse al inicio de la jorna-
da para conocerse mutuamente y facilitar la integración. Si son grupos
abiertos, se suelen presentar los nuevos asistentes de cada sesión.


• Exposición sobre los objetivos y reglas de funcionamiento del grupo (en
la primera y la segunda sesiones).


• Dinámica de animación: se puede desarrollar al inicio de las sesiones
para crear un ambiente interactivo, fraterno y de confianza; también,
después de momentos intensos y de cansancio para la integración y el
descanso. Sin embargo, no debe abusarse de las dinámicas de anima-
ción que pueden afectar la seriedad del trabajo.


• Un resumen sobre lo acontecido en el grupo hasta el momento (en las
sesiones previas).


• Información sobre el desastre o educativa sobre un tema solicitado por
el grupo, que puede ser impartida por un invitado.


• Intercambio de experiencias y reflexión sobre los problemas (individua-
les o colectivos): implica la organización y la planificación de tareas
en el colectivo, así como la definición de metas por cumplir por el
grupo o algunos de sus miembros, previo acuerdo consensuado. La
evaluación del cumplimiento debe ser flexible, evitando la exigencia
extrema (que puede producir tensión) o la superficialidad (que denota
lo inútil de los acuerdos). Este recurso puede convertirse en un instrumen-
to importante de aprendizaje y progreso del grupo, y debe vincularse
con la situación concreta que están viviendo como consecuencia del
desastre. El ejercicio debe ser democrático y permitir una amplia
participación.


• Análisis o síntesis: implica recopilar las ideas fundamentales, ordenar-
las y sintetizarlas. Se promueve la discusión y se busca establecer rela-
ciones causa-efecto.Siempre debe hacerse un ejercicio de síntesis (resu-
men o recapitulación) al final de la sesión.


• Planeación de la próxima reunión.




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• Después de finalizar la sesión, es recomendable que haya un espacio
de conversación informal y socialización.


No estructurado o informal. No tiene una agenda establecida; el grupo dis-
cute cualquier tema que surja de las necesidades de los participantes. Es más
común usar este formato en grupos abiertos. Aun en este tipo de formato, el facili-
tador debe llevar control de algunos aspectos mínimos de orden y sistematización
de la reunión para evitar que se convierta en un proceso caótico.


Roles y responsabilidades. Se necesita realizar tareas antes, duran-
te y después de las reuniones. Es necesario que los miembros del grupo compar-
tan obligaciones y responsabilidades de forma organizada y espontánea; esto for-
talece el sentido de identidad y pertenencia al grupo.


El facilitador, por supuesto, tiene una responsabilidad central en la conduc-
ción del grupo. Es el responsable de iniciar y facilitar la reunión, de acuerdo con
el programa establecido. Como parte de sus funciones, organiza la discusión del
tema, concede la palabra, señala si exceden el tiempo en sus intervenciones, evita
el desorden o las interrupciones frecuentes; trata, finalmente, de ordenar y clarificar
las discusiones.


Sin embargo, existen otras tareas que pueden distribuirse entre los miem-
bros, por ejemplo:


• recoger la llave y abrir la puerta para la reunión;


• alistar el salón para la reunión o dejarlo en el mismo estado que esta-
ba antes;


• involucrarse en proporcionar información al grupo;


• organizar encuentros sociales, culturales o deportivos, y


• controlar el cumplimiento de los acuerdos.


Etapas en el desarrollo del trabajo de grupo (4)


Primera etapa. La etapa inicial puede durar una o más sesiones. En
esta etapa, con una buena motivación e información previa, se comienzan a expre-
sar los principales problemas psicológicos, como ansiedad, temor, tristeza, culpas.
También, se plantean los problemas más urgentes por resolver, como alojamiento,
alimentación, seguridad, ayuda de las autoridades, preocupaciones en los alber-
gues, retorno a clases, el trabajo y los relacionados con las posibilidades de repe-
tición del desastre en el corto plazo.




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Frente a un planteamiento individual, se debe explorar si el mismo también


preocupa a otros miembros del grupo, si el modo de sentirlo es igual o semejante,
así como cuáles son las posibles soluciones. Se trata de un ejercicio de ventilación
por el colectivo, evitando que la reunión se convierta en un reclamo de situaciones
que debe resolver el facilitador. No olvidar que lo fundamental es que los integran-
tes sean capaces de apoyarse mutuamente y fortalecer sus capacidades de afron-
tamiento de los problemas que los aquejan.


En esta etapa es importante consolidar la comunicación entre los miembros
del colectivo; todos se enriquecen con las experiencias de los demás. Esto crea
una dinámica ágil en las reuniones y se logran la motivación y la cohesión del
grupo.


Segunda etapa. Después de las sesiones iniciales, se consolida la diná-
mica del grupo que se hace capaz de escuchar, reflexionar y atender los más varia-
dos problemas que se presentan, con una significativa participación de todos sus
integrantes. El facilitador debe propiciar progresivamente que el grupo gane una
mayor autonomía y favorecer que sus miembros vayan asumiendo un papel más
protagónico.


Es posible que el facilitador vaya teniendo un papel menos activo y estimu-
lando la participación de otros. Las cuestiones por tratar se refieren cada vez
menos a las situaciones críticas o de urgente solución de la etapa anterior y
se incorporan nuevos temas surgidos de la cambiante situación de la fase de
recuperación.


Por ejemplo, el traslado de los damnificados a un albergue (aunque sea
provisional) plantea nuevos problemas, como el tiempo real de permanencia, el
espacio vital disponible (necesidad de compartir lugares como la cocina y el
baño), el mantenimiento de la unidad familiar, la ocupación de los albergados, el
aumento del consumo de alcohol, etc.


Los problemas psicológicos iniciales y las señales de sufrimiento pueden
diminuir en la medida que transcurren las primeras semanas y las personas tienen
un proceso de recuperación natural; también, el grupo y otras acciones desplega-
das pueden haber contribuido a mejorar la estabilidad emocional de las personas.
Sin embargo, en este segundo momento, pueden surgir otras quejas derivadas de
las nuevas condiciones de vida. Por otro lado, las reacciones que en un primer
momento se interpretaron como comprensibles o normales, pueden pasar a ser con-
sideradas como patológicas en la medida que se prolongan en el tiempo o por su
agravamiento. Es posible que el facilitador requiera remitir algunos casos a otras
instancias o servicios especializados.




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En esta etapa, cuando el grupo es abierto, puede haber crecido tanto que
se haga inoperante; en ese caso, se puede multiplicar el grupo, o sea, originar dos
o más grupos a partir del inicial. Lo contrario es que el grupo se haya disuelto por
una baja participación, lo que ocurre, generalmente, cuando el trabajo del facili-
tador no ha sido bueno o no ha logrado una adecuada motivación.


Tercera etapa. El grupo ha alcanzado un buen nivel de cohesión y
maduración; se evidencia más autonomía en el funcionamiento; se formalizan
acuerdos y se toman decisiones sobre las cuestiones discutidas. También, se inician
otras actividades fuera de las sesiones periódicas y es posible que se establezcan
relaciones con otras instancias de la red de apoyo social. El grupo está en capa-
cidad de brindar apoyo personalizado a los integrantes que lo necesiten.


En esta etapa final se pueden tener varias alternativas:


• Aquellas personas con problemas psíquicos más complejos podrán
pasar a grupos terapéuticos.


• Partiendo de la decisión del grupo, éste se puede transformar en un
grupo de autoayuda y ayuda mutua con plena autonomía y otros alcan-
ces. En este caso, la permanencia del facilitador como dirigente del
grupo puede crear una situación de dependencia de sus integrantes a
sus directrices y, por tanto, se convierte en un freno en el propósito de
lograr mayor y mejores modalidades de afrontamiento a las situaciones
que demanda la cotidianidad y las condiciones creadas en el periodo
de recuperación.


Reglas básicas para el funcionamiento del grupo. El grupo
necesita establecer un conjunto de reglas para el buen funcionamiento de las reu-
niones. El establecimiento de límites permite a los miembros saber qué esperar del
grupo y ayuda a proporcionar un lugar seguro para que la gente se reúna. Dentro
del grupo, se le solicita a la persona que se exprese abiertamente, con frecuencia
frente a personas extrañas, sentimientos y emociones que rara vez otros conocen,
inclusive los miembros de la familia. Es necesario leer estas reglas al inicio del tra-
bajo y luego recordarlas periódicamente si fuere necesario.


A continuación, se enumeran las más importantes:


• Los miembros del grupo respetan el principio de la confidencialidad.
Los ideas, sentimientos y experiencias compartidas por el grupo perma-
necerán dentro de él, lo cual significa que los miembros cuentan con
la garantía de la privacidad de lo que se discuta.




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• Los miembros del grupo no asumen que los pensamientos o sentimien-


tos expresados sean correctos o incorrectos. No se hacen juicios de
valor al respecto.


• Los miembros del grupo no juzgan ni critican a otros miembros; mostra-
rán comprensión y tolerancia.


• Los integrantes del grupo asisten como personas que comparten una
situación similar de sufrimiento como consecuencia del evento traumáti-
co, por lo que están en la capacidad de comprende mejor a los
demás. El grupo no se reúne por simple simpatía entre sus miembros,
sino que comparte, además, la necesidad de ayuda psicosocial.


• Los miembros del grupo tienen derecho a compartir ideas y sentimien-
tos, o pueden permanecer callados. Deben intervenir en la reunión
cuando lo deseen y, así mismo, pueden retirarse cuando lo decidan.


• Se respeta y acepta lo que los miembros tienen en común y lo que es
particular para cada uno.


• Se respeta el derecho de todos los miembros a tener el mismo tiempo
para expresarse sin interrupciones.


Selección y capacitación de los facilitadores. Es recomendable
que en los planes de preparación se prevea la capacitación de trabajadores que
puedan actuar como facilitadores de grupos de apoyo emocional en situaciones
de desastres. Su selección debe ser cuidadosa y hecha con tiempo suficiente, lo
que asegura que el perfil del personal sea compatible con este tipo de actividad.
Generalmente, los seleccionados son profesionales y técnicos de la atención pri-
maria o trabajadores de ayuda humanitaria, con un grado importante de recono-
cimiento en el seno de su comunidad.


Estos son procedimientos sencillos no especializados, pero que requieren
de un entrenamiento mínimo en los principios técnicos correspondientes (4, 8, 9).
Según la experiencia, un programa de capacitación con estos objetivos requiere
un mínimo de 40 horas, el cual debe constar de información teórica, empleo de
técnicas participativas, dramatizaciones, simulación de situaciones similares y algu-
nas actividades de práctica de servicios con grupos formados y bajo supervisión
de los entrenadores.


Las características de trabajo de estos grupos, en los que se abordan pro-
blemas emocionales y de alto contenido humano, hacen imprescindible comenzar
el entrenamiento por el conocimiento de sí mismo que tenga el futuro facilitador, sus




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fortalezas y debilidades. ¿Cuál es su real disponibilidad para ofrecer ayuda soli-
daria a otros en las difíciles condiciones de la emergencia? ¿Está dispuesto a sacri-
ficar su tranquilidad por lograr la de los demás? ¿Sabe cuáles son sus característi-
cas de personalidad? De los conocimientos y habilidades del facilitador depende,
en gran parte, el éxito del trabajo.


Un esquema mínimo de entrenamiento puede comprender los siguientes
temas:


• El facilitador del grupo: características de su personalidad, cómo supe-
rar las limitantes y alcanzar los mínimos deseables.


• Papel de la comunidad y los agentes comunitarios; los liderazgos.


• Los desastres y sus efectos psicológicos y sociales; respuestas normales
ante el desastre; factores protectores y de riesgo.


• Identificación e intervención en los principales problemas psicosociales.


• Identificación de las necesidades de los grupos más vulnerables.


• La dinámica de grupo; técnicas de participación y motivación.


• Solución de conflictos: principios de negociación para mejores
resultados.


• La participación del grupo en la solución de los problemas
presentados.


El debriefing. El debriefing es un procedimiento que facilita la descarga
emocional de tipo catártica, y favorece la ventilación, el recuerdo y el análisis del
suceso, inmediatamente después de que ocurre. El debriefing de sesión única fue
de las intervenciones de grupo que gozó de más popularidad y aceptación en las
situaciones de desastres. Actualmente, numerosos expertos no recomiendan su
empleo; la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial
de la Salud también han fijado una posición crítica en este tema (10).


No hay evidencia disponible para recomendar el debriefing psicológico en
una sesión, como intervención básica en la población después de una situación de
desastre. Parece ser que esta técnica y sus diferentes variables no son efectivas y
pueden ser contraproducentes al disminuir la tendencia a la recuperación natural.
En los estudios de seguimiento no se ha demostrado que evite o disminuya la mor-
bilidad por trastornos mentales en los individuos tratados de esta manera.


No existen pruebas de que este procedimiento, que fue aparentemente útil
en el contexto militar en donde se originó, lo sea en su traslado al medio civil en




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situaciones de desastres o gran estrés. No obstante, aún es posible encontrar pro-
fesionales y organizaciones que la emplean.


Los grupos de autoayuda y ayuda mutua


Los colectivos de ayuda mutua forman parte de la trilogía de intervenciones
grupales. Existen antecedentes de la formación de estos grupos en situaciones en
las que se necesita la participación activa de los afectados, lo cual facilita que la
atención profesional o institucional cuente con un complemento necesario.


Las experiencias exitosas corresponden a grupos de ayuda mutua dedica-
dos a enfrentar problemas frecuentes que afectan a los miembros de una comuni-
dad. Son más conocidos los dirigidos al enfrentamiento de las adicciones, particu-
larmente el alcohol, como es el caso de alcohólicos anónimos; aunque también los
hay dedicados a las enfermedades mentales de larga evolución como la esquizo-
frenia (11), en los que participan enfermos y familiares, y para sobrevivientes de
un suicidio (5).


El concepto de autoayuda y ayuda mutua se vincula a las acciones que
emprenden los individuos o familias con el fin de fomentar y restaurar su propia
salud, y para evitar o limitar las secuelas de una enfermedad. En ellas se aplica un
conjunto de conocimientos, experiencias y destrezas acumulados tanto por los pro-
fesionales de la salud como por la población.


Los grupos de ayuda mutua están conformados
por individuos que están personalmente afectados por
un problema o condición específica. Son dirigidos
por sus propios miembros, lo cual significa que son
quienes directamente sufren el problema los que
controlan las actividades y prioridades de su grupo
(4, 5, 12).


Identificación de la necesidad. En
los desastres y las emergencias se conforman por un
colectivo de personas afectadas por el suceso trau-
mático y que afrontan situaciones comunes, como
pérdidas humanas y materiales, desempleo, falta de
vivienda y otros. La problemática compartida, así
como el deseo de resolverla, es la principal motiva-
ción para la formación del grupo.




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Formación del grupo


• Puede partir de la iniciativa de las propias personas.


• Puede derivarse de los grupos de apoyo emocional.


• Puede ser convocada por el personal de salud u otros con funciones de
ayuda humanitaria.


• Puede ser sugerida por organizaciones comunitarias o de las instancias
responsables de la disminución de los efectos del impacto.


La convocatoria puede ser inmediata después del desastre o en la etapa
de recuperación. Los primeros integrantes de un grupo de este tipo deben ser per-
sonas que tengan sensibilidad para la problemática humana y gocen de prestigio
en su comunidad, siempre rigiéndose por el principio de voluntariedad. Éste será
el núcleo de enganche y sus integrantes están llamados a jugar un importante papel
en el desarrollo del grupo y su extensión.


Se consideran estructuras grupales voluntarias, con un número variable de
miembros que tienen como premisa superar la situación derivada del desastre y
participar en la recuperación de la comunidad a la que pertenecen. Tienen auto-
nomía en su funcionamiento, aunque en sus momentos iniciales pueden contar con
la asesoría y la facilitación de algún personal o profesional con conocimientos
sobre el tema.


Los grupos de ayuda mutua pueden:


• proporcionar preparación de la comunidad para el afrontamiento de
futuros desastres;


• participar en las acciones para la superación de las consecuencias del
desastre, tanto individuales como colectivas;


• establecer relaciones de colaboración y ayuda entre sus miembros;


• realizar abogamiento y defensa de sus derechos;


• realizar gestiones y establecer relaciones de trabajo con entidades
gubernamentales y no gubernamentales;


• contribuir a proteger la salud mental;


• apoyar la restitución de la vida cotidiana y normal de la comunidad;


Su funcionamiento puede extenderse en el tiempo y llegar a constituir uno
de los elementos básicos de las nuevas redes de apoyo social que surgen después
de los desastres, en conjunto con las organizaciones no gubernamentales y los
entes de la sociedad civil.




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En ocasiones, en la misma comunidad afectada, existen ya grupos forma-


dos que se activan inmediatamente después del desastre y pueden actuar como
catalizadores para ayudar a otros colectivos. Los grupos tradicionales de la comu-
nidad tienen la ventaja de su integración previa y mayor cohesión interna, pero
muchas veces éstos colapsan por el desastre (13).


Esquema operativo (4, 5)


Metas. El grupo necesita establecer sus metas usando un planteamiento que
describa el propósito general o la visión del grupo.


Objetivos. Son un conjunto de enunciados claros que definen las áreas
sobre las cuales el grupo desea centrarse.


• Lograr que la solución de los problemas derivados del desastre y la
rehabilitación de la comunidad se alcancen en parte por la participa-
ción de los miembros del grupo, en contacto con las autoridades y por
acciones entre iguales.


• Incrementar la autoestima y la responsabilidad de sus miembros en la
solución de los problemas planteados por el grupo.


Como objetivos colaterales deseables, desde el punto de vista de la salud
mental, están los siguientes:


• Lograr la más pronta recuperación psicológica de las personas afecta-
das y evitar que las respuestas emocionales normales ante el desastre
se conviertan en patológicas.


• Identificar a los individuos que necesitan una ayuda especializada o
individual.


Estructura. En los primeros momentos, el grupo de ayuda mutua puede ser
facilitado o dirigido por un líder formal o un facilitador entrenado para ello, pero
también puede ser iniciado por un maestro, líder no formal de la comunidad u otra
persona motivada e interesada. Los integrantes del grupo inicial, una vez estructu-
rado en sus primeras etapas, deben motivar a otras personas para que se integren
al mismo. Cuando sus actividades se hacen sostenibles, se pasa a elegir, libremen-
te, una directiva del grupo, que se encarga de su conducción, citación para las
reuniones, periodicidad, propuesta de formas de organización, posibles finanzas,
acciones concretas por seguir dentro del grupo y su extensión al medio social, y
otras cuestiones que garantizan la sostenibilidad en el tiempo del trabajo (meses o
años).




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Preguntas frecuentes que formulan quienes desean formar
un grupo de ayuda mutua


¿Dónde y cómo comienzo? Averigüe si hay alguna organización trabajando
en su comunidad como consecuencia del
desastre, que lo pueda ayudar o asesorar. Puede
recurrir a los servicios de salud, organizaciones
no gubernamentales u organizaciones comunita-
rias. Empiece por identificar a las personas que
usted cree puedan formar parte del grupo,
convóquelas y tenga un primer contacto con ellas.


¿Qué pasa si no hay interés en la comunidad? Debe aliarse con un pequeño grupo de personas
con interés y cierta capacidad de movilización;
ellos lo pueden ayudar mucho.


¿Cómo consigo que vengan a la primera
reunión?


Haga publicidad a su primera reunión, divúlgue-
la. Además, cite personalmente o por diferentes
vías, a un grupo mínimo de personas que usted
esté casi seguro que asistirán.


¿Cómo empiezo esa primera reunión? Reciba cordialmente a los asistentes y asegúrese
de que se inscriban en una hoja de papel,
poniendo sus datos. Procure que alguien lo
ayude.


¿De qué hablamos en esa primera actividad? Que las personas se presenten.


Explique por qué quiere formar este grupo y qué
objetivos persigue.


Facilite que todos hablen, sin forzarlos, y
estimule que todos aporten opiniones.


Vaya haciendo acuerdos que le faciliten el
enganche con las próximas reuniones.


¿Qué temas se tratarán en el grupo a lo largo del
proceso?


Pueden ser variados:


• Debate sobre problemas planteados en el
grupo.


• Planes de acción, concretos, para resolver
problemas del grupo o la comunidad.


• Charlas informativas o educativas que se
consideren necesarias. Se invita a
conferencistas.


¿Quién debe dirigir el grupo? En la fase inicial puede pedir la ayuda de algu-
na organización o profesional con experiencia
en el tema. Posteriormente, el grupo elige su
directiva.




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A continuación se anotan algunos asuntos específicos que debe resolver el


grupo:


• Elegir un nombre y su posible personería jurídica o representatividad
pública.


• Definir bien su propósito y metas.


• Afiliar a sus miembros y proponer criterios de admisión.


• Evaluar finanzas y gastos.


• Promover la participación externa, en especial, de profesionales.


• Establecer comunicaciones.


• Formular aspectos prácticos de funcionamiento.


• El papel de los servicios y los profesionales de salud mental en los dife-
rentes tipos de grupos


Informativos. Deben desarrollar, junto con los comunicadores sociales,
actividades de capacitación o asesoría dirigidas a las instituciones que trabajarán
en la respuesta en situaciones de desastres. Apoyan y asesoran a las autoridades
y líderes en el desarrollo de estrategias y planes de comunicación social, así como
en el desarrollo de las propias reuniones informativas.


De apoyo emocional. Capacitan a trabajadores de la salud o perso-
nal de ayuda humanitaria para que puedan organizar y facilitar estos grupos en
situaciones de desastre. Asesoran en el terreno el desarrollo de los mismos.


De ayuda mutua. Fomentan la formación de este tipo de grupos y coo-
peran en su desarrollo inicial. Participan, a solicitud del grupo, con actividades
sobre temas de salud mental que les puedan resultar útiles.


Terapéuticos. Actúan como conductores/terapeutas de estos grupos.
Entrenan al personal de atención primaria en salud y facilitadores de grupos psico-
educativos para que identifiquen casos con patología psíquica y que requieran ser
referidos a atención especializada.


Consideraciones finales


• Se ha demostrado que, en situaciones de desastre y emergencia, se
produce un incremento de la morbilidad psiquiátrica y otros problemas
psicológicos y sociales. Los procedimientos grupales son una modali-
dad de intervención que se ha desarrollado con el objetivo de atender
estas consecuencias psicosociales.




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• Existen razones que justifican y hacen recomendable trabajar con gru-
pos; entre otras, que la mayoría de las personas no necesita una aten-
ción individual profesional y se beneficia más mediante la participación
en grupos.


• Mediante el trabajo de grupo se alivian los efectos psicológicos nega-
tivos del desastre, se aumentan las capacidades de las personas para
afrontar o resolver las más variadas situaciones en la etapa posterior al
desastre y se preparan para su reintegración a la vida cotidiana.


• Los grupos se clasifican según sus objetivos: informativos y de orienta-
ción, psicoeducativos y de apoyo emocional, autoayuda y ayuda
mutua, y terapéuticos.


• Dar apoyo emocional significa ayudar para disminuir o controlar la
aflicción, los miedos, la tristeza y otras manifestaciones psicológicas
derivadas de situaciones de gran impacto. Educación es transmitir
conocimientos básicos sobre el desastre y sus efectos psicosociales.


• Los grupos psicoeducativos y de apoyo emocional se integran con per-
sonas que necesitan ayuda psicosocial, comparten problemas o intere-
ses similares derivados de la situación creada por el evento traumático
y, eventualmente, pueden coincidir en cuanto a atributos comunes.


• Los grupos psicoeducativos y de apoyo emocional pueden y deben ser
facilitados por personal no especializado como, por ejemplo, trabaja-
dores de atención primaria y personal de ayuda humanitaria. Un entre-
namiento corto y bien diseñado puede ser suficiente para preparar faci-
litadores que conduzcan estos grupos.


• Los grupos de apoyo emocional pueden beneficiarse de diversas técni-
cas que dependen de los conocimientos y destrezas del facilitador. Sin
embargo, un principio es que no se puede permitir que nadie monopo-
lice el trabajo del grupo centrándolo en una sola técnica o procedi-
miento específico.


• No hay evidencia disponible para recomendar el debriefing psicológi-
co en una sesión, como intervención básica en la población después
de un evento traumatico.


• El concepto de autoayuda y ayuda mutua se vincula a las acciones que
pueden emprender los individuos y comunidades con el fin de recupe-
rarse después de un desastre.


• Los servicios de salud mental tienen un importante papel que jugar en
la organización y el desarrollo de grupos en el periodo posterior a un
desastre.




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Referencias


1. OPS/OMS. Protección a la salud mental en situaciones de desastres y emer-
gencias. Washington: OPS/OMS; 2002. Serie de manuales y guías sobre
desastres, No. 1.


2. Rodríguez J. Aspectos psicológicos. En: Organización Panamericana de la
Salud/Organización Mundial de la Salud (edit.). Manejo de cadáveres en
situaciones de desastre. Washington: OPS/OMS; 2004. p.119-39. Serie
manuales y guías sobre desastres, No. 5.


3. Prewitt JO. Apoyo psicológico en desastres, un modelo para Guatemala.
Guatemala: Imprenta Otto Master; 2002.


4. Rodríguez J et al. El componente psicosocial de la salud humana.
Guatemala. (Guatemala): OPS/OMS y el Ministerio de Salud; 2000.


5. OMS. Prevención del suicidio. ¿Cómo iniciar un grupo de sobrevivientes?
Ginebra: Departamento de Salud Mental y Toxicomanías, OMS; 2000.


6. Rodríguez J, Ruiz P. Recuperando la esperanza. Guatemala (Guatemala):
OPS/OMS; 2001.


7. Valero S. Psicología en emergencia y desastre. Perú: Editorial San Marcos;
2002.


8. Bustillo G, Vargas L. Técnicas participativas para la educación popular, Tomo
1. México: Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario; 1990.


9. Moreno Ceballos N. Asistencia psicológica a niños víctimas de desastres.
Santo Domingo (República Dominicana): Editorial Buho; 2000.


10.OMS. Single session psychological debriefing not recommended. Department
of Mental Health and Substance Abuse. Geneve: OMS; 2004.


11.Magliano L et al. Efectividad de una forma de intervención psicoeducativa
sobre familias de pacientes esquizofrénicos. World Psychiatry (edición en
español) 2005; 3(1):45-9.


12.Rodríguez J, Bergonzoli G, Levav I. Violencia política y salud mental en
Guatemala. Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina. 2002;48(1-
4):43-9.


13.Cohen R. Salud mental para víctimas de desastres. México, D.F.: Editorial
Manual Moderno; 1999.




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Lecturas recomendadas


Caldas de Almeida JM. “Mental health services for victims of disasters in
developing countries: a challenge and an opportunity”. World Psychiatry
2002;1(3):155-7.


Caldas JM, Rodríguez J. The Latin American and Caribbean Experience.
England: John Willey & Sons Ltd.; 2005.


Prewitt JO. Primeros auxílios psicológicos. Guatemala: Imprenta Otto
Master; 2001.


Shye D. Autocuidados en salud mental. Washington: División de Promoción
y Prevención de la Salud, OPS; 1996.


Ursano RJ, Fullerton CS, Norwood AE. Terrorism and disaster. Individual
and community mental health interventions. Cambridge, United Kingdom:
Cambridge University Press; 2003.


Weiss MG, Sarraceno B et al. “Mental health in the aftermath of disasters”.
J Nerv Mental Dis. 2003;19:611-5.




Germán Casas Nieto


Mucho se conoce acerca de la capacidad de adaptación de losniños. Por tener personalidades en formación, los niños tienen unapotencialidad innata de aprendizaje, están en continuo desarrolloy deben enfrentar diariamente, en el proceso de superación decada etapa de su vida, nuevos retos, exigencias y necesidades
que los impulsan hacia el crecimiento y las adquisiciones cognoscitivas y afectivas.
Esto supone una cierta ventaja sobre los adultos en cuanto a su posibilidad de
adaptación y afrontamiento de situaciones nuevas. En efecto, esta capacidad de
los niños, fruto de su condición de seres en desarrollo, es una competencia que se
puede aprovechar en situaciones de crisis. Los niños entienden que las situaciones
son difíciles, ven el peligro y reaccionan, pero así mismo, aprenden de lo que viven
y de lo que ven.


Sin embargo, esta misma condición puede generar un aumento de la vul-
nerabilidad. Se ha pensado erróneamente que los niños y los adolescentes no
sufren con la misma intensidad las consecuencias psicológicas de situaciones espe-
cialmente traumáticas. De hecho, se presumía que, dadas sus reacciones tan dife-


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CAPÍTULO V
Atención psicosocial a la infancia


y la adolescencia




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rentes a las de los adultos, tenían una cierta protección. Actualmente, esta creen-
cia se ha desvirtuado claramente y los menores son considerados un grupo de alto
riesgo en casos de desastres y emergencias.


En investigaciones realizadas en poblaciones afectadas por eventos catas-
tróficos, se ha documentado que, en niños y adolescentes, las secuelas psicológi-
cas suelen ser frecuentes y afectar de manera directa el desarrollo físico, mental y
social (1).


Comparativamente con los adultos, reaccionan de una forma diferente, ven
el mundo y enfrentan las situaciones de peligro de manera distinta. La forma como
afrontan los eventos traumáticos y como se adaptan a las situaciones extremas
depende de la edad de cada niño, de su posibilidad de comprensión, de los even-
tos vitales a los cuales han estado sometidos y de la medida en que fallan la pro-
tección y la seguridad que el entorno familiar les suele dar. Los más pequeños
(menores de 5 años) tienen mayor riesgo de sufrir secuelas psicológicas, gastan
más tiempo en resolver las consecuencias emocionales y tienen toda una vida por
delante para convivir con ellas. Por ello, no podemos partir del principio de que
toda intervención eficaz para los adultos lo será también para los niños y adoles-
centes (2-4). Sin embargo, sí es importante considerar variables culturales de la
comunidad, que los niños también comparten.


Las reacciones, en su gran mayoría, son respuestas esperadas; es decir,
aun cuando son manifestaciones intensas de sufrimiento psicológico y requieren de
atención psicosocial, usualmente no son patológicas y la gran mayoría se resuelve
en periodos cortos (2). En ocasiones, la falta de información de los padres y las
familias, la ausencia de comprensión por parte de los maestros y la confusión a la
que se enfrentan los mismos niños pueden generar que algunas de estas reaccio-
nes se compliquen tempranamente y generen secuelas y sufrimiento.


Por otra parte, por considerarlos población vulnerable, no se puede come-
ter el error de limitar la ayuda psicológica solamente a los menores de edad.
Cualquier plan de intervención debe considerar acciones para los demás miembros
de la familia y la comunidad afectada.


Al atender a los menores de edad luego de un desastre, los objetivos fun-
damentales son los siguientes (5, 6):


• Disminuir el sufrimiento psicológico originado por el evento
traumático.


• Prevenir secuelas a corto y mediano plazo, en especial, las que afec-
ten su capacidad de aprender, su forma de relacionarse con los demás




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y la manera como enfrenten situaciones difíciles en el futuro.


• Reincorporar los niños y adolescentes a sus actividades cotidianas, en
especial, en el seno de la familia y la escuela.


En cuanto a las construcciones culturales y el devenir histórico, los niños tie-
nen un papel fundamental en la memoria y el porvenir de una comunidad. La infan-
cia representa la posibilidad de traspasar principios sociales y culturales entre
generaciones.


En este capítulo, resumimos las principales reacciones psicológicas espera-
das en los niños y adolescentes, y hacemos las recomendaciones básicas para su
atención psicosocial.


Resumen de las principales reacciones psicológicas de


los niños y adolescentes ante situaciones de desas-


tres y emergencias (1, 2, 5-7)


Grupo
de edad


Reacciones en las
primeras 72 horas


Reacciones en el
primer mes


Reacciones en el
segundo y tercer mes


0 a 2 años • Excitación


• Gritos y llanto frecuentes


• Apego exagerado a los
padres (no toleran
separarse).


• No se duermen o se
despiertan
frecuentemente.


• Reaccionan
exageradamente ante
todo tipo de estímulo y
es dificil tranquilizarlos.


• Trastornos del sueño.


• Pérdida de apetito


• Apego excesivo a los
padres


• Apatía.


• Conductas regresivas.


• Alteraciones del sueño.


• Aunque aumenta la
tolerancia a la
separación física.


• Llanto injustificado.


3 a 5 años • Cambios en el
comportamiento,
pasividad, irritabilidad,
inquietud.


• Temor exagerado por
cualquier estímulo,
especialmente los que
recuerdan el suceso.


• Conducta regresiva: se
orinan en la cama,
hablan a media lengua,
se chupan el dedo.


• No toleran estar solos.


• Juegan repetidamente al
suceso traumático.


• Rechazan la escuela o
la guardería.


• Dolores de cabeza y del
cuerpo.


• Se niegan a comer o
comen en exceso.




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Grupo
de edad


Reacciones en las
primeras 72 horas


Reacciones en el
primer mes


Reacciones en el
segundo y tercer


mes


3 a 5 años
(cont.)


• Desorientación espacial
(no reconocen dónde
están).


• Alteraciones del sueño:
insomnio, se despiertan
angustiados, etc.


• Pérdida o aumento del
apetito.


• Trastornos del sueño


• Pérdida del habla o
tartamudeo.


• Miedos específicos: a
seres o situaciones rea-
les (animales u
oscuridad), o fantásticas
(brujas, etc.).


• Juegan repetidamente al
suceso traumático.


6 a 11
años


• Cambios en el compor-
tamiento: pasividad.


• Agresividad, irritabilidad.


• Confusión (se ven perple-
jos) y con desorientación
(no reconocen fecha,
lugar, etc.).


• Llanto frecuente.


• Conductas regresivas.


• Problemas del lenguaje.


• Miedo injustificado.


• Dificultad para
permanecer quietos.


• Dificultad para centrar la
atención.


• Dolores de cabeza y
otras quejas somáticas.


• Juegan repetidamente al
suceso traumático.


• Dificultad de concentra-
ción en la escuela.


• Rechazan ir a la
escuela.


• Sienten culpa o suponen
que el desastre sucedió
por un comportamiento
o pensamiento previo.


• Parecen retraídos o
tímidos.


• Juegan repetidamente al
suceso traumático.


12 a 18
años


• Confusión y
desorientación.


• Rechazo a hablar y
aislamiento.


• Parecen ausentes o
distraídos.


• Pérdida de apetito.


• Pérdida de sueño.


• Dolores de cabeza y del
cuerpo.


• Pérdida de interés por
las actividades comunes.


• Rebelión contra la
familia o la autoridad en
general.


• Problemas de
comportamiento.


• Huida de la casa


• Rechazo a la escuela.


Dado que los menores permanecen una gran cantidad de su tiempo en los
ambientes escolares, es importante conocer cuáles reacciones esperables pueden
presentarse en los alumnos que han sufrido el impacto de un desastre y retornan a
las actividades académicas. A continuación ofrecemos una información resumida,
pero útil y necesaria, para maestros, autoridades escolares, psicólogos y orienta-
dores pedagógicos, llamados todos a jugar un papel de importancia crucial en la
atención psicosocial de los menores.




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Reacciones en el aula (escuela) (6)


Si los síntomas persisten luego de tres meses o si se acentúan a pesar de
la atención, debe pensarse en la necesidad de una evaluación más profunda para
definir la remisión a tratamiento especializado. Igualmente, se impone la remisión
a un especialista cuando se detectan signos y síntomas de alarma.


Recomendaciones generales para la atención


psicosocial a la infancia y adolescencia en


situaciones de desastres y emergencias


Las siguientes diez premisas básicas deben
tenerse en cuenta al programar las intervenciones
psicosociales dirigidas a los menores (2, 3, 5, 6, 8,
9):


Grupo escolar Reacción esperada en el aula


Preescolares (menores de
cinco años)


• Rechazo a ir o quedarse en la guardería o escuela.


• Rechazo a seguir las instrucciones o las actividades del aula


• Cambio importante del comportamiento comparado con el anterior
al suceso: pasividad, aislamiento o pataletas, agresividad o pre-
sencia de conductas ya superadas (regresivas), como chuparse el
dedo, falta de control de esfínteres, hablar a media lengua, etc.


Escolares de primaria (5 a
11 años)


• Fallas en la atención y la concentración.


• Hiperactividad


• Parecen ausentes (responden poco y lentamente).


• Inquietud


• Rechazo a la escuela.


• Dificultades de memoria que interfieren con el aprendizaje.


Escolares de secundaria
(12 a 18 años)


• Rechazo a retomar las actividades escolares.


• Ausentismo escolar


• Hiperactividad


• Irritabilidad


• Fallas en atención y concentración.


• Cambios acentuados en la personalidad: aislamiento, gran timidez.


• Cambio en el comportamiento.




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1. Iniciar tan pronto como sea posible las actividades de apoyo y


recuperación emocional


• Iniciar las actividades de recuperación, en la fase inmediata después
del evento, puede reducir la posibilidad de complicaciones
psicológicas.


• En las primeras 72 horas, se deben brindar primeros auxilios emocio-
nales fundamentados en un acompañamiento permanente. El acompa-
ñamiento debe extenderse todo el tiempo que sea necesario para los
que hayan quedado solos y sufrido las mayores pérdidas.


• La atención psicosocial se debe insertar en las actividades cotidianas
de asistencia humanitaria y social, idealmente en el ambiente escolar.


• Es necesario explicar a los padres lo que se planea hacer con los
menores, buscando su aprobación y cooperación. Bajo ninguna cir-
cunstancia se deben ejecutar actividades en contra de la voluntad de
los padres.


2. Disponer de información sobre los niños y adolescentes de la


comunidad


• Determinar la cantidad de niños en la comunidad, cuántos jóvenes,
cuántos van a la escuela, cuántos están vacunados, cuántos tienen
acceso a los servicios básicos, si existe o no desnutrición, etc.


• Identificar y contactar a las autoridades locales, servicios de salud, así
como a los responsables de las instituciones de tipo social o relaciona-
das con la atención a menores, para obtener una información lo más
completa posible, en especial, los factores de riesgo y protección; así
como evaluar los recursos existentes para la atención y el cuidado de
la niñez.


3. Proteger a los niños


• Es necesario conocer los riesgos a los cuales se enfrentan; pensar en
la posibilidad de que haya habido pérdida de sus referentes de ubica-
ción, lo cual dificulta la orientación y la forma de contactarse con sus
seres queridos.




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• La evaluación de riesgos debe ser continuada, en la medida en que


algunos persisten o se acentúan con el transcurrir del tiempo o porque
otros riesgos nuevos surgen luego del desastre (discriminación, preca-
rias condiciones sanitarias, etc.).


• Específicamente, en situaciones de desastres y emergencias los niños
suelen ser víctimas de maltratos con mayor frecuencia. Por ello, es nece-
sario implementar acciones de prevención, detección y protección del
abuso infantil.


• Es indispensable disponer de un dispositivo para la ubicación y la pro-
tección de los niños perdidos. Las personas que se encargan de la
atención psicosocial deben tener conocimiento de los sistemas de infor-
mación y de atención en estos casos.


4. Hablar sobre lo ocurrido


• La confusión y la desorientación que se observan en los adultos en las
primeras fases del desastre son propias también de los niños. A los
menores es necesario hablarles de acuerdo con su capacidad de com-
prensión; los mensajes deben ser claros y adaptados a su edad y con-
texto cultural.


• Los niños pueden entender cualquier situación por desastrosa que ésta
sea. Es necesario explicar la naturaleza de lo ocurrido, las causas y la
realidad de la situación existente; no hay que exagerar ni engañar,
pues la mentira genera desconfianza y, eventualmente, mayor
confusión.


5. Disponer de tiempo y paciencia


• El proceso de recuperación emocional de
los niños que han sido víctimas de un
desastre requiere de una gran dosis de
sensibilidad y paciencia por parte de
los padres (a pesar de su afectación per-
sonal), los maestros, el personal de aten-
ción primaria en salud y los trabajadores
de ayuda humanitaria.




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• Debe esperarse que la inseguridad, los temores y la aflicción se atenú-
en lentamente con el tiempo.


6. Proveer seguridad y confianza


• Se debe asegurar un acompañamiento permanente de los niños y,
especialmente, de los más pequeños y los más afectados, idealmente
por los padres o cuidadores habituales. Si ellos faltan, hay que buscar
personas competentes y sensibles que asuman este papel.


• Los niños obtienen seguridad de los espacios físicos, en especial, si son
conocidos. Si la tragedia destruyó sus propios espacios, es necesario
encontrar otro cómodo y seguro donde el niño pueda sentirse tranqui-
lo; esto fomenta la confianza y facilita la comunicación.


• Hay que explicarles repetidamente las medidas de seguridad; una vez
se encuentren en un lugar apropiado, hablarles de la seguridad que les
proveen sus padres, el sitio de acogida y los organismos de socorro.
Todo esto ayuda a restablecer la confianza del menor en sí mismo.


• La seguridad depende, en gran medida, de la información y el cono-
cimiento acerca de lo que pasó, cómo pasó y dónde están los suyos.


7. Restablecer la cotidianidad a la mayor brevedad


posible


• El desastre afecta de manera importante las rutinas cotidianas. Esto
genera una situación temporal de inestabilidad que afecta la recupera-
ción y el restablecimiento de los mecanismos de adaptación y aprendi-
zaje, y las interacciones con el entorno. Por esta razón, es recomenda-
ble restablecer las rutinas y las actividades, en especial, las hogareñas
y escolares.


• Una vez se determine que el espacio escolar es adecuado para el
ingreso de los niños, las actividades escolares son las que ofrecen
mejores resultados para la recuperación. Para ello, es fundamental ase-
gurar el concurso de maestros suficientemente sensibilizados y capaci-
tados.


• Si las instituciones escolares no pueden reiniciar actividades en un tiem-
po breve (lo cual depende en ocasiones de las estructuras físicas), debe




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tenerse en cuenta un dispositivo de escolarización transitorio en los
lugares de albergue o acogida.


• Es importante la ocupación productiva del tiempo libre y agrupar los
niños en conjuntos para desarrollar actividades acordes con la edad,
la comunidad de intereses, etc. Esto es importante para recuperar la
autoestima y facilitar la socialización; pueden ser actividades muy efec-
tivas en la recuperación.


8. Respetar las diferencias


• Debemos respetar las diferencias culturales. Las creencias y tradiciones
de la comunidad, inclusive la religión, también son compartidas por los
menores y deben atenderse en los procesos de reconstrucción de la
vida familiar y comunitaria.


• No se deben criticar ni desvirtuar las creencias, de manera directa. El
desastre no puede ser aprovechado para cambiar o debatir las prácti-
cas tradicionales de la comunidad afectada.


• No aplicar estrategias prediseñadas sin adaptarlas a las condiciones
culturales propias de la comunidad, pues puede generarse no solamen-
te rechazo, en especial de los padres, sino también mayor confusión e
incertidumbre en los niños.


9. No separar a los niños de sus padres


• Es necesario recordar que los padres y la familia, en general, son el
nicho de protección y seguridad natural para los niños.


• Separar a los niños para ingresarlos en actividades no suele ser bien
aceptado, ni por los padres ni por los propios menores; esto implica
necesariamente involucrar a los padres en las actividades con los
menores, al menos con los más pequeños.


• La ansiedad por la separación suele ser una de las reacciones psicoló-
gicas más frecuentes en situaciones de emergencia, en especial, en
niños pequeños.


• Los niños son, por lo general, una vía para involucrar o enganchar a
los padres en acciones de atención y recuperación psicosocial después
de un desastre.




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• Es recomendable planificar actividades conjuntas o simultáneas (meno-
res y padres) en los ambientes escolares, servicios de salud u otros
escenarios comunitarios.


10. Permitir la expresión de los sentimientos,


pensamientos y recuerdos


• Se recomienda ser tolerantes y comprensivos con el relato y la expre-
sión de los sentimientos por parte de los niños. No debe incentivarse
el olvido o impedir el llanto y la expresión de emociones.


• Debemos escuchar con atención cada vez que el niño desee hablar de
lo sucedido, de cómo se siente y de qué piensa al respecto.


• Sin embargo, es necesario destacar que no es recomendable obligar
o estimular a los menores a hablar o recordar (si no lo desean o no lo
hacen espontáneamente).


Las siguientes recomendaciones, acordes con las alteraciones específicas
que se evidencien, son útiles para los padres y maestros (6, 9, 10).


Alteración
obervada


Consejo a los padres Consejo a los maestros


Trastornos de
sueño


• Tranquilícelos.


• Firmeza sobre la hora de dormir


• Acompáñelo un rato.


• Luz tenue prendida


• Acuda si se despierta por completo y
asustado (pesadilla), tranquilícelo; si lo
recuerda al día siguiente, hablen de la
causa del temor. Si no se despierta por
completo (terror), no lo despierte, pues
no lo recordará al día siguiente.


Detecte el problema (por ejemplo, se
observa que el niño está excesiva-
mente cansado).


Apego excesivo • Tranquilícelo.


• Permitale la cercanía física y consiénta-
lo.


• Prepare al niño cuando haya separa-
ción: a dónde va, cuándo regresa.
Asegúrele compañía.


Permita la presencia de los padres en
el aula, por un tiempo, disminuyendo
este tiempo poco a poco.




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Alteración
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Consejo a los padres Consejo a los maestros


Incontinencia • Evite el castigo o la burla.


• Cambie las ropas y tranquilícelo.


• Limitación de líquidos en la noche


• Llévelo al baño antes de dormir y en el
curso de la noche.


• Resalte satisfacción cuando no se orine
(dígaselo, anote en un calendario los
días en que no se orina, etc.)


• Luz tenue prendida


• No permita la burla o el rechazo
de compañeros.


• Reinicie la actividad escolar lo
más pronto posible.


Otras conductas
regresivas


• No lo castigue (ignórelas).


• Distráigalo.


• Distráigalo.


• Ignórelas.


Problemas
escolares


• Busque la rápida reinserción escolar.


• No lo castigue por las deficiencias,
pero sí prémielo por cualquier
adelanto.


• Busque normalizar la vida en el hogar.


• Manténgase firme sobre un horario
racional para estudiar.


• Rápida reinserción escolar


• Presencia parcial de padres (con
los más pequeños)


• Apoyo especial cuando baja el
rendimiento; ponga al niño en pri-
mera fila, atención individual al
final del día, etc.


• Fomente la participación.


• Recompense los logros.


• Impida la discriminación.


Ansiedad • Tranquilícelos.


• No les trasmita la ansiedad de los
adultos.


• Explicaciones claras y sinceras sobre
la situación pasada y la presente (evite
hacer presunciones sobre el futuro
incierto).


• Explore con el niño estrategias de
manejo (respiración, ejercicios, etc.).


• Paulatino enfrentamiento a situaciones
de temor, acompañamiento


• Recuerde que la ansiedad interfie-
re con la atención y concentra-
ción y ocasiona inquietud.


• Recompense las conductas positi-
vas: permanecer en su pupitre,
obedecer instrucciones, etc.


• Periódicamente, haga con el niño
un balance de los logros (recono-
cimiento y refuerzo de lo positivo)
e ignore las conductas negativas.


Agresividad • Dé ejemplo de control.


• No castigue físicamente ni con gritos;
el mejor castigo es la indiferencia o la
actitud neutra (sin disminución del
afecto).


• Aclare firmemente que no se permitirá
la agresión a otros.


• No permita conductas agresivas.


• Declare la tregua.


• Explique qué conducta se desea y
espera.


• Recompense los logros.


• Castigue con la indiferencia.




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Consejo a los padres Consejo a los maestros


Agresividad
(cont.)


• Declare la tregua: haga caso omiso
de la agresión, pero exija aislamiento
en sitio supervisado por corto tiempo,
“hasta que te puedas controlar”.


• Hágale saber qué tipo de conducta se
desea y espera de su parte.


• Fomente la canalización del exceso de
energía, ansiedad e ira con estrate-
gias no dañinas.


• Recompense los logros alcanzados en
el autocontrol (abrazos, estampitas,
calcomanías, etc.).


Rebeldía


Hostilidad


Temeridad


• Paciencia


• Firmeza y oposición a conductas
inaceptables.


• Ambiente familiar con normas claras


• Fomente la comunicación.


• Modelo de conducta


• Posibilidad de ayuda externa a la
familia


Dolores y quejas
somáticas


• Descarte una afección orgánica; si es
necesario, consulta a un servicio de
salud.


• Establezca la relación entre lo que
ocurre y los síntomas.


• No permita la manipulación a través
de los síntomas.


• Avísele a los padres y facilite la
ayuda médica.


Duelo • Permita que el niño perciba su propia
tristeza.


• Permita la expresión libre de sentimien-
tos y recuerdos (tristeza, ira, culpa) y
hable de ello en el grupo familiar.


• Provea acompañamiento y manifesta-
ciones afectivas.


• No oculte la realidad.


• No fomente la negación, hable de las
pérdidas señalando su carácter definiti-
vo, a pesar de lo cual es necesario
“seguir adelante” y tratar de normali-
zar la vida lo más pronto posible, lo
cual incluye las actividades sociales
conjuntas e individuales.


• Informe a los compañeros cuando
el alumno se incorpore a las
clases. Explíqueles brevemente las
reacciones normales que
presentará.


• Dé apoyo emocional


• Facilite espacios para hablar de
manera individual), pero no per-
mita que se centre la atención en
el niño.


• Promueva su participación en acti-
vidades regulares educativas y
recreativas.


• Vigile la evolución y detecte sig-
nos de alarma (tristeza que se
acentúa, ideas de muerte, de sui-
cidio, etc.).




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Es fundamental la estrecha comunicación entre los padres y maestros. Las
expectativas y métodos de ayuda en el hogar y en la escuela deben ser coheren-
tes entre sí.


Es necesario, como regla general, evitar el castigo físico, los gritos y las
amenazas. Si es necesario establecer algún castigo, lo más conveniente es adop-
tar por un tiempo corto una actitud de indiferencia, explicando que se está moles-
to o triste. Debe tenerse especial cuidado de no manifestar disminución de afecto
(“así no te quiero”), amenazas de abandono o actitudes que culpan (“por tu culpa
estoy enfermo”, “me vas a matar de una rabia”, etc.).


El trabajo grupal con los niños y adolescentes


Generalmente, los recursos especializados de salud mental, en muchos paí-
ses, son escasos o limitados. Además, se ha demostrado que la gran mayoría de
los menores afectados por un evento traumático (como un desastre) no necesaria-
mente requieren de una atención individual especializada o médica. Por otro lado,
resulta muy importante el papel que puede jugar la familia, los maestros, el perso-
nal de ayuda humanitaria y los trabajadores de atención primaria en salud.


Es posible entrenar personal, como promotores de salud, enfermeras, traba-
jadores sociales, maestros, agentes de ayuda humanitaria y voluntarios, para que
desarrolle acciones de atención y recuperación psicosocial con los menores. Éste
es, precisamente, el objetivo fundamental de este libro: ofrecer herramientas bási-
cas para asegurar la protección de la salud mental fuera de los escenarios institu-
cionales y desde la propia comunidad.


Alteración
obervada


Consejo a los padres Consejo a los maestros


Duelo (cont.) • Permita la participación en los ritos de
duelo (entierro, eventos religiosos en
caso de muerte, etc.).


• Contrarreste la ira y culpa posibles,
explicando las circunstancias reales de
la pérdida (o la muerte).


• Permita a los adolescentes elaborar el
duelo antes de asumir nuevas
responsabilidades.


• Establezca contacto con los
padres y coordine acciones.




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En situaciones de emergencia, se recomienda priorizar las actividades de
grupos que garantizan una mayor cobertura, generan un alto impacto y permiten
un mejor uso de los recursos calificados disponibles. Además, la población infantil
y juvenil responde muy bien a las técnicas de intervención grupal. Las actividades
sugeridas, obviamente, se deben adaptar a las situaciones específicas de cada
territorio, así como a los contextos comunitarios y culturales.


Recomendaciones generales para el trabajo de grupos (8)


• La organización del tiempo de los niños es una medida de primer
orden para su recuperación psicosocial. En este marco se deben plani-
ficar las actividades de grupo.


• El trabajo en grupos es una manera de favorecer la socialización y la
interacción de los menores entre sí.


• El trabajo de grupos apoya la superación del duelo y el retorno a la
normalidad.


• La metodología de trabajo con los niños no debe ser excesivamente
profesional. Se requiere aplicar modelos flexibles que utilicen los cono-
cimientos y las prácticas tradicionales de las comunidades, así como
las propias formas naturales de expresión del niño.


• Los agentes de trabajo con los niños y facilitadores de grupos no son,
solamente, los profesionales o técnicos.


n Se ha demostrado la utilidad de motivar encuentros de mujeres
para hablar de las dificultades que sufren los niños; el tema las
convoca con gran interés. Las mujeres pueden ser muy importan-
tes, para apoyar el trabajo de grupo con los menores.


n Los jóvenes se estiman como excelentes agentes para la recupera-
ción psicosocial de otros niños, a causa de la natural relación
existente entre ellos; es evidente lo cercano que está aún el ado-
lescente de la niñez; la comunicación entre ellos es más fluida y
la brecha generacional aún no es muy amplia. La técnica “niño a
niño” ha sido implementada en muchos experiencias exitosas,
especialmente en situaciones de emergencias.


n Los jóvenes que aprenden a relacionarse con los niños, cuando
sean padres se comunicarán mejor con ellos, dejando a un lado
el maltrato.




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n Los jóvenes que han participado en procesos de atención psico-


social han logrado ellos mismos una paz interior, que parte del
ejercicio de escuchar testimonios, comparar con sus propias expe-
riencias y ayudar a otros.


n El maestro es un agente de trabajo con niños que debe ser debi-
damente capacitado para el manejo de grupos.


n Los trabajadores de atención primaria deben actuar en el ámbito
de lo psicosocial, al igual que en los aspectos físicos de la salud.
Muchos de ellos pueden apoyar el trabajo de grupos, en espe-
cial, en los albergues y refugios.


• Los ambientes de trabajo con grupos de niños deben ser amplios y no
restringidos a los muros institucionales. Los espacios comunitarios alter-
nativos y las escuelas deben ser aprovechados; los consultorios deben
dar paso a escenarios no convencionales donde grupos de niños inter-
actúen y jueguen.


• La alegría de los niños llena los barrios y contagia a los adultos.


• Es necesario desarrollar y aplicar instrumentos concretos para el traba-
jo grupal con los niños. Algunas modalidades que han demostrado su
eficacia son las siguientes:


n La narrativa de cuentos es un recurso muy utilizado, combinada
con canciones y escenificaciones.


n El teatro de títeres ayuda a los niños y jóvenes a proyectarse y
expresarse de una manera más libre.


n Los juegos y las técnicas dinámicas-expresivas son instrumentos de
primer orden para el trabajo con niños. Los menores se proyectan
a través del juego, los dibujos, la escritura, la plástica, etc. Se
reestructuran los acontecimientos impactantes para que se les
encuentre una lógica temporal.


• Existen diversos programas de trabajo grupal con niños, muchos de los
cuales han sido validados en la práctica de situaciones de desastres y
emergencias complejas (conflictos armados). Las metodologías, aunque
varían en la forma, y algunos contenidos se sustentan en los mismos
principios enunciados en este capítulo.


Las actividades grupales las clasificamos en:


• grupos psicoinformativos y


• grupos de atención y recuperación psicosocial.




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Similitudes y diferencias entre los grupos psicoinformativos y los


de atención y recuperación psicosocial


Grupos psicoinformativos
Grupos de atención y recuperación


psicosocial


Objetivo básico


Informar y orientar.


Secundariamente, esto genera tranquilidad y
reducción de la aflicción.


La recuperación emocional de los menores y su
reincorporación a la vida cotidiana.


Facilitador


Requiere un entrenamiento simple. Requiere un entrenamiento previo más amplio,
con cierta práctica de servicios.


Escenarios


Espacios cotidianos de desempeño, idealmente
alrededor de actividades escolares o recreativas.


Idem.


Apoyo externo


Usualmente no se requiere. Se recomienda que personal especializado o
con conocimientos de salud mental apoye y
supervise los grupos.


Dinámica


Se centra en la información, preferentemente con
auxilio de medios audiovisuales, combinada con
juegos o actividades deportivas.


Se centra en el desarrollo de actividades expresi-
vas, así como de acompañamiento a los meno-
res. Se pueden trabajar problemas específicos
como el duelo. Los juegos, deportes y otras for-
mas de diversión son un complemento.


Identificación de signos de alarma


Puede ser un resultado de la actividad, pero no
es un elemento central.


Es uno de los propósitos básicos del grupo.


Trabajo con los padres


Es recomendable que se les suministre informa-
ción a los padres, paralelamente.


El trabajo con padres y maestros es un comple-
mento imprescindible en el trabajo de estos
grupos.


Tiempo


Los grupos informativos son de corta duración.
Desaparecen antes de los 30 días o se convier-
ten en grupos de apoyo psicosocial.


Deben tener una continuidad en el tiempo (entre
uno y tres meses). Posteriormente, pueden quedar
insertadas algunas actividades, conducidas por
los maestros, en el marco de la escuela. La mayo-
ría de las metodologías existentes manejan un
ciclo previamente programado.




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Grupos psicoinformativos


Objetivos


• Orientar y ofrecer información sobre el desastre.


• Explicar los riesgos psicosociales existentes y las reacciones emociona-
les esperadas en los menores.


• Reducir la aflicción y confusión en los menores y sus padres.


Escenarios. Deben programarse en los espacios cotidianos de desempeño,
idealmente, alrededor de actividades escolares o recreativas.


Facilitadores. Es un personal entrenado. Cuando se trata de niños, es posi-
ble capacitar jóvenes adolescentes para que sean capaces de desarrollar activida-
des grupales. Es recomendable contar, al menos, con dos facilitadores: uno para
dirigir la actividad y otro para observarla y registrar lo ocurrido.


Público objetivo. Las actividades grupales de tipo informativo tienen gran
importancia en la primera fase posterior al desastre. Pueden estar dirigidas a:


• los niños y adolescentes,


• los padres y


• los maestros.


Dirigida a los niños. Un error frecuente es pensar que los niños no requie-
ren o no entienden la información, por lo que frecuentemente se les excluye de ésta.
La realidad es todo lo contrario. Es necesario organizar reuniones informativas en
los propios escenarios naturales del niño (como la escuela). Es necesario explicar
de manera breve, veraz y que resulte útil al menor; éste necesita saber qué ha suce-
dido y cuál es la posible evolución de la situación. También hay que contrarrestar
el rumor, la confusión y el pánico entre los niños (6).


Igualmente, se les hace una anticipación de los que les puede ocurrir a
ellos mismos; se les habla de manera convincente y sosegada de la manera como
posiblemente se están sintiendo y como pueden sentirse y reaccionar en el futuro
cercano. Se busca disminuir la ansiedad a través de una familiarización con sus
propias reacciones emocionales, de acuerdo con la edad. Se debe insistir en que
son reacciones normales en estos momentos, aunque no todos los niños las presen-
tan. Esta información se debe acompañar de recomendaciones útiles sobre cómo
afrontarlas.


Es necesario informar a los niños mayores sobre los lugares donde se
puede buscar apoyo, qué sitios son seguros y qué sitios no, de quién recibir ayuda,
de quién no, etc.




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El contenido y los métodos de trabajo deben estar en relación con la edad
de los menores; es recomendable que se usen medios audiovisuales (como dibu-
jos, películas, etc.) que hacen más atractivo y fluido el trabajo del colectivo.
Generalmente, este tipo de reunión grupal se combina con actividades deportivas,
culturales o simplemente recreativas. Los niños mayores de cinco años son los que
más se benefician de los grupos informativos.


Dirigidas a los padres. La información a los niños debe ser complementa-
da con reuniones paralelas dirigidas a los padres. Son, también, actividades de
orientación, información y anticipación. Las explicaciones deben ser precisas, con-
cretas, breves, gráficas y sin vocabulario técnico o muy elaborado. Es necesario
abordar los cambios que ellos pueden esperar en la conducta de sus hijos como
reacción normal ante el desastre.


Se recomienda que se fomente la participación activa de los padres y se
invite a compartir información acerca de cómo creen que reaccionan los niños y
lo que han notado en sus propios hijos.


Se debe hacer énfasis en la necesidad de comprensión, tolerancia y
apoyo. Las siguientes recomendaciones para los padres pueden ser compartidas
en el seno de estas reuniones (5, 8, 10):


• Disponga de tiempo y paciencia para su hijo. Recuerde que él lo nece-
sita en estos momentos, más que a ninguna otra persona. Esté siempre
dispuesto a oírle con atención.


• Trátelo con cariño, consiéntalo, dígale cuánto lo quiere y lo importante
que él es para usted. Las manifestaciones de afecto fortalecen la segu-
ridad.


• Hable con su hijo, sin mentirle pero sin exagerar. Trate de explicarle lo
que pasó en términos que él pueda entender.


• Permítale expresar sus sentimientos, en especial, el miedo y el llanto.
Acójalo y abrácelo.


• No se moleste si su hijo o hija quiere estar más tiempo con usted o si
protesta cuando intentan separarlo. Permita que esté con usted demos-
trándole cariño, esto le dará seguridad. Cuando tenga que separarse,
prepárelo siempre con antelación, explicándole a dónde va y cuándo
va a regresar. Asegúrese de dejarlo con alguien conocido.


• En principio, no se alarme por los cambios de conducta, usualmente
son normales ante una situación excesivamente impactante. Sólo si esas




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conductas no van desapareciendo con el paso del tiempo, si muestra
muchos problemas en la escuela o si sigue muy triste o callado, busque
ayuda psicológica. Si tiene dudas al respecto o si desea orientación
de cómo manejar la situación, busque asesoría en los servicios socia-
les de la comunidad (servicio de salud, escuelas, etc.).


• Es muy importante tratar de normalizar lo más pronto posible la vida
familiar, lo más parecida posible a como era antes del desastre.


• Tan pronto como sea posible, permita y favorezca que su hijo vuelva a
la escuela. Establezca contacto personal con los maestros.


• Procure no trasmitir sus propios temores y ansiedad a sus hijos. Analice
si usted mismo necesita ayuda y búsquela.


El contacto con los padres no solamente es importante para orientarlos en
su trato con los hijos, sino para coordinar acciones y, además, para explorar la
posibilidad de riesgos para los niños en el ámbito familiar, que hayan podido sur-
gir o agravarse (como, por ejemplo, abandono afectivo, maltrato, etc.).


Resulta útil entregar información escrita con recomendaciones y la informa-
ción acerca de los síntomas de alarma.


Dirigidas a los maestros y autoridades escolares (6, 10). Los maestros son,
por definición, agentes psicopedagógicos familiarizados con el desarrollo de los
niños y los patrones de normalidad. Usualmente, su vocación, formación y expe-
riencia los han dotado de una gran capacidad de comprensión y habilidades no
solamente pedagógicas, sino también, aquéllas que facilitan la relación y la comu-
nicación con los menores. Sus competencias son fundamentales para brindar
apoyo emocional a los alumnos y para detectar posibles signos de falta de recu-
peración o de complicaciones.


Los maestros pueden tener dificultades para enfrentar nuevamente el traba-
jo con sus alumnos luego de una situación catastrófica. A veces, se sienten abru-
mados por la responsabilidad que tienen con los niños gravemente impactados y
pueden tener dudas acerca de cómo enfrentarlos. Las actividades con ellos preten-
den fomentar su participación y responder a interrogantes sobre las estrategias de
atención a los menores. Lo más común es que las actividades informativas a los
maestros deriven o se conviertan, en el corto plazo, en procesos de capacitación,
los cuales deben ser apoyados por los equipos de salud mental.


Otras actividades educativas e informativas. Existen otras formas de llegar
con información necesaria para los menores, padres, maestros y para el personal




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que se compromete en la atención psicosocial a los menores afectados por los
desastres. La utilización de los medios de comunicación local y nacional (radio,
prensa, televisión) es un excelente ejemplo. Recomendamos consultar el capítulo de
comunicación social en este mismo volumen, para encontrar más información al
respecto.


Grupos de atención y recuperación psicosocial


Al igual que para los grupos psicoinformativos, son actividades que deben
desarrollarse en el marco de las actividades cotidianas de los menores, idealmen-
te, alrededor de la escuela y los albergues. Deben adaptarse a las necesidades
específicas y el contexto.


Objetivos


• Ofrecer acompañamiento y apoyo emocional a los menores y favore-
cer su recuperación en el corto plazo.


• Evaluar el progreso de los niños en su readaptación a la vida
cotidiana.


• Identificar la existencia de signos de alarma, para realizar una evalua-
ción más individualizada.


• Determinar los casos que requieran la remisión a evaluación
especializada.


Escenarios. Se deben aprovechar los espacios naturales de agrupación de
los menores, como escuelas y locales comunitarios.


Periodicidad. Se realiza, al menos, una sesión semanal (pueden ser más).


Duración. No debe ser menor de 30 días ni mayor de 90 días. En ese
tiempo se supone que se hayan alcanzado los objetivos básicos y los posibles
“casos” hayan sido remitidos para evaluación especializada. Posteriormente, pue-
den quedar organizadas actividades de seguimiento insertadas en el marco de la
comunidad y la escuela.


Facilitadores. Se necesitan, al menos, dos facilitadores: uno dirige la acti-
vidad y el otro observa y anota las reacciones y el comportamiento de los niños.
Al menos uno de los facilitadores debe tener un entrenamiento formal y cierta expe-
riencia de trabajo con grupos de niños. Este tipo de grupo debe ser apoyado y
supervisado por profesionales de la salud mental.




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Reglas básicas para las actividades grupales de atención y recupe-


ración psicosocial (2, 5, 11)


• Aspectos organizativos


n Estructurar una agenda de la reunión del grupo. Todas las activi-
dades deben tener inicio (introducción), desarrollo y conclusión.


n El facilitador debe llevar un registro de los participantes (identidad
y residencia), así como el referente a los padres o responsables
para poder establecer contacto con ellos.


n Registrar el desarrollo de la actividad.


• No son simples actividades para la utilización del tiempo libre (recrea-
tivas), aunque deben ser atractivas y combinarse con el juego.


• No reemplazan el tratamiento especializado de los niños que lo
requieren.


• Deben adecuarse al contexto cultural y a la edad (más específicamen-
te, al grado de desarrollo de los niños).


• Facilitar la expresión espontánea de sentimientos y pensamientos de los
niños. Aunque no debe forzarse la expresión de sentimientos ni la viven-
cia repetida de lo ocurrido.


• Favorecer la participación activa de los padres en este proceso de
recuperación psicosocial.


• Se debe guardar y exigir confidencialidad y prudencia con lo manifes-
tado en las actividades.


• No hay que llegar a conclusiones clínicas ni emitir juicios diagnósticos
con los materiales de trabajo de los niños, en especial, los dibujos o
los juegos, los cuales siempre deben considerarse más como instrumen-
tos expresivos que como herramientas de diagnóstico (6, 11).


Actividades para niños preescolares (3 a 5 años). Como a los
niños muy pequeños les resulta difícil separarse de los padres, debemos integrar al
menos a uno de los padres en la actividad.


Lo ideal es programar actividades de pequeños grupos, que incluyan entre
cinco y doce niños por sesión. En estas sesiones, se debe facilitar la expresión
mediante actividades lúdicas (de juego) y expresivas (como moldeado con plastili-
na). Los dibujos, ampliamente utilizados en el trabajo con los menores, deben reser-
varse para niños más grandes que tengan un desarrollo grafo-motriz más




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elaborado.


En algunos casos, se hace necesario realizar actividades de grandes gru-
pos, en especial, cuando no se cuenta con personal suficiente o cuando la convo-
catoria genera una presencia importante de niños y padres que se debe aprove-
char. En este caso, la opción es realizar una actividad informativa con los padres
y, simultáneamente, realizar una actividad de recuperación psicosocial con los
niños.


Actividades para niños escolares (6 a 11 años). En este grupo de
edad, se recomiendan actividades de pequeños grupos, como en los preescolares;
sin embargo, las actividades de grandes grupos también se pueden realizar con
los escolares, aprovechando su agrupación y organización habitual en la escuela.


En este rango de edad, se puede utilizar el dibujo, la pasta para moldear
(plastilina) y otras formas de expresión gráfica. También, es amplio el rango de jue-
gos y actividades recreativas y deportivas que pueden combinarse.


Actividades para adolescentes. Las actividades de recuperación
psicosocial para adolescentes deben aprovechar la tendencia grupal propia de
esa edad. Idealmente, se debe trabajar en el aula de clase o en los grupos natu-
rales ya establecidos (grupos de amigos y del barrio, grupos deportivos, etc.),
designando un tiempo específico y periódico.


La motivación es fundamental; se pueden identificar líderes del mismo
grupo para motivarlos y darles responsabilidades dentro de las dinámicas.


En ocasiones, algunos adolescentes se muestran esquivos y evitan la parti-
cipación en grupos. En estos casos, se recurre a actividades informativas y se sugie-
re el trabajo con ellos de manera individual, sobre todo si se observan signos de
alarma.


Atención individual de apoyo. Como complemento de las activida-
des grupales, los maestros y otro personal de atención psicosocial pueden y deben
establecer una relación individual sistemática con los niños y jóvenes víctimas de
los desastres, en especial, con aquéllos en condiciones de riesgo o con síntomas
de alarma.


La relación individual de apoyo psicosocial está basada en los siguientes
principios.


• Estar disponible cuando el niño lo necesite y acompañarlo
personalmente.


• Buscar espacios de interacción.




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• Escuchar al menor con respeto, atención y tolerancia.


• Ampliarle la información acerca del desastre y sus riesgos, así como
sobre las reacciones emocionales esperables.


• Facilitar la expresión de recuerdos, creencias y expectativas, que apa-
rece espontáneamente.


• Facilitar la elaboración del duelo.


• Fortalecer la autoestima y la confianza en los demás.


• Apoyar las actividades rutinarias que ayudan a reconstruir la confian-
za, el optimismo y los lazos afectivos.


Signos de alarma según la edad en los diferentes con-


textos


Los signos de alarma son situaciones que indican que el niño requiere una
evaluación individual y permiten determinar si se debe remitir para ser atendido por
un profesional de la salud mental (6, 12).


Grupo
de edad


Signos psicológicos
de alarma


Signos fisiológicos
de alarma


Signos de alarma en
el contexto escolar


0 a 2 años • Pérdida del apetito o
rechazo persistente de la
comida.


• Permanece mudo; exce-
siva pasividad o
silencio.


• Excesiva inquietud


• Desconocimiento, recha-
zo o evitación de la
madre.


• Evitación del contacto
visual.


• Autoestimulación, balan-
ceo o giro permanente
de la cabeza.


• Pérdida significativa de
peso.


• Vómitos, náuseas y
rechazo al alimento de
manera persistente.




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Grupo
de edad


Signos psicológicos
de alarma


Signos fisiológicos
de alarma


Signos de alarma en
el contexto escolar


3 a 5 años • Rechazo al contacto.


• Autoagresión


• Aislamiento


• Permanente silencio.


• Manifiestación de
deseos de morirse.


• Autolesiones


• Pérdida significativa de
peso o sin ganancia de
peso para la edad.


• Rechazo total a la
escuela.


• Autoestimulación o
balanceo permanentes.


• Pérdida de la comunica-
ción (no habla ni intenta
comunicarse de otra
forma).


6 a 11
años


• Deseos de huir de la
casa o morirse.


• Aislamiento y tristeza
persistentes.


• Pérdida de peso
significativa.


• Quejas somáticas fre-
cuentes, se enferma todo
el tiempo.


• Presencia de lesiones
autoinflingidas, como
morderse, golpearse,
arrancarse el pelo, etc.


• Rechazo total a la
escuela.


• Crisis grave de ansie-
dad (pánico) al estar en
la escuela.


• Desorientación (no
sabe dónde está, no
reconoce a las
personas).


• Pérdida de contacto con
la realidad.


12 a 18
años


• Deseos de huir de la
casa o morirse.


• Consumo de alcohol u
otras sustancias
psicoactivas.


• Presencia de conductas
antisociales como robo,
hurto, riñas graves, etc.


• Comportamiento sexual
promiscuo o perverso.


• Pérdida de peso
significativa.


• Evidencia de intoxica-
ción con substancias psi-
coactivas o alcohol.


• Intento de suicidio.


• Sintomatología somática
persistente: diarrea,
constipación, dolor epi-
gástrico, etc.


• Manifestación de deseos
de morir o matarse.


• Agresividad grave con-
tra otros o contra sí
mismo (autolesionarse o
intentos de suicidio).


• Consumo de alcohol u
otras substancias psico-
activas.


Al detectar cualquiera de los signos de alarma, el personal que participa
en la atención psicosocial debe hacer lo siguiente:


• Hacer un contacto individual e identificar mejor los síntomas y signos.


• Compartir opiniones con los padres y buscar su colaboración.


• Definir si existe una posible causa orgánica que pueda explicar la alte-
ración en el niño y, si existen dudas al respecto, asegurar su evaluación
médica.




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• Analizar si los signos se presentan en los diferentes contextos de las


actividades cotidianas del menor (familia, escuela y comunidad).


• En caso de consumo de alcohol u otras substancias psicoactivas, tratar
de determinar si se sabe de distribución ilegal de las mismas.


• Determinar el riesgo y el grado de urgencia.


• Analizar y decidir si los signos son lo suficientemente persistentes y con-
sistentes como para realizar una remisión a evaluación especializada.


• Estar atento a los resultados de la evaluación especializada y atender
a las instrucciones del especialista para el seguimiento cotidiano del
paciente en su medio (por ejemplo, los maestros en el aula escolar).


No debemos pensar en la referencia únicamente como una necesidad de
medicación del niño. No existe evidencia clara de que la utilización de psicofár-
macos sea efectiva en los niños para mitigar o aliviar los síntomas más frecuentes
en una reacción a un evento catastrófico. En caso de que esta posibilidad se con-
temple, se debe referir el niño a personal médico con experiencia en el manejo de
dichos medicamentos.


Recomendaciones para realizar una remisión a consul-


ta especializada


• Asegurarse de que el menor requiere realmente del servicio especiali-
zado.


• Es necesario conocer los dispositivos de salud mental que existen en la
comunidad (servicios para niños, ubicación, condiciones, mecanismos
y requisitos de acceso).


• Explicar al niño y a la familia por qué, a dónde y cómo va a ser refe-
rido. Referir al niño no significa abandonarlo: es necesario ser cuida-
doso para no dar la impresión de abandono del niño.


• Si existen protocolos o procedimientos estandarizados para realizar las
referencias, deben usarse.


• Escribir claramente los datos de identificación del menor y de los
padres o cuidadores, y la dirección donde se encuentra el niño.
Describir su estado actual y las razones por las que requiere la remi-
sión.




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• Informar al profesional de la entidad a la cual va a hacer la remisión,
sobre la llegada del niño, su estado y la necesidad del servicio.


• De ser posible, acompañar al niño o asegurarse que va a ir en com-
pañía de un adulto responsable.


• Exigir al profesional especializado un documento formal de contrarrefe-
rencia con los resultados y las recomendaciones para el seguimiento.


• Mantener un registro de las remisiones y los resultados.


• Asegurar el seguimiento de los casos remitidos.


Recomendaciones básicas para la atención


terapéutica especializada de niños en situaciones de


emergencia


El objetivo del presente manual no es abordar la atención terapéutica espe-
cializada, por lo que sólo hacemos una muy breve referencia al tema.


Toda terapia debe reunir las siguientes condiciones: 1) voluntaria; b) confi-
dencial; c) breve y d) autorizada por los padres.


Cada profesional determina las técnicas más adecuadas. Sin embargo,
como principio general, estos procedimientos deben ser breves en el tiempo, estar
limitados más bien al aquí y el ahora (la problemática del evento traumático), aten-
der a los signos de alarma y corresponder al contexto de la comunidad y la
cultura.


Los grupos terapéuticos tienen en cuenta la edad y el desarrollo psicosocial
de los niños. En general, se recomienda lo siguiente.


• Hasta los 2 años: psicoterapia con la madre o el padre


• 3 a 5 años: psicoterapia a través del juego, molde-
ado o simbólico


• 5 a 8 años: psicoterapia a través del
dibujo, juegos, marionetas, etc.


• 9 a 12 años: diálogo y verbaliza-
ción, juego de roles.


• 12 años o más: diálogo.




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Consideraciones finales


• Los niños son especialmente vulnerables a los efectos de los desastres.
Su patrón de reacción es diferente al de los adultos y depende de
muchos factores, especialmente de la edad y de la presencia de un
núcleo familiar protector.


• El impacto emocional a menudo se expresa por alteraciones de la con-
ducta.


• Resulta indispensable que los padres y todos los que se ocupan de la
atención de los niños afectados por una situación de desastre, conoz-
can bien cuáles son las reacciones típicas esperables y, además,
aprendan a reconocer los signos de alarma que indican que la recupe-
ración de los menores no es normal y probablemente requieren de una
atención individualizada o la intervención de especialistas. Los maes-
tros tiene un papel protagónico de especial importancia.


• Es fundamental la evaluación permanente de los riesgos y el diseño de
estrategias para su control.


• En la atención psicosocial a los menores es esencial asegurar: la satis-
facción de necesidades básicas, la protección y el acompañamiento,
así como la normalización de la vida (incluida la reinserción escolar)
en el más corto plazo posible. También, es importante la reunificación
del grupo familiar.


• Las intervenciones de salud mental dirigidas a menores son, usualmen-
te, sencillas, grupales y deben ser implementadas en el marco de las
actividades cotidianas de los niños. En ese sentido, el escenario esco-
lar es privilegiado.


• Las actividades grupales pueden ser complementadas, en casos de ries-
go o con signos de alarma, con la atención individual por parte de
maestros, agentes comunitarios y trabajadores de atención
primaria.


• Las intervenciones grupales (no especializadas) las clasificamos en dos
categorías: psicoinformativas, y de atención y recuperación
psicosocial.


√Las acciones de intervención psicosocial deben adaptarse al momento
que los niños están viviendo (de acuerdo con el tiempo transcurrido
luego del desastre) y, obviamente, según la edad. Deben ser atractivas




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y motivantes para los menores, por lo que es usual que se combinen
con juegos, competencias deportivas y otras.


• Es fundamental que las actividades se adapten a las realidades cultu-
rales de las poblaciones afectadas y a los recursos comunitarios dispo-
nibles, así como que cuenten con la aprobación y el apoyo de los
padres.


• Es necesario desarrollar programas de entrenamiento y capacitación
de manera que se desarrollen las competencias necesarias para la
atención psicosocial de menores a los maestros, trabajadores de salud
y personal de ayuda humanitaria.




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Referencias


1. Santacruz H, Ardila S. Estudio longitudinal de secuelas psicológicas en dam-
nificados del terremoto del eje cafetero. Rev Col Psiq. 2003.


2. Moro M, Bobet T. Comprendre et soigner le troumatissme en situation humani-
taire. Paris: Medecins Sans Frontieres; 2001.


3. Medecins Sans Frontieres. Soigner malgé tout. Enfants, Adolescents. Paris:
Editions La Presse Sauvage; 2002.


4. Casas G. “__” En: Soigner malgé tout. Adolescens dans la rue : soigner
comme meme. Paris : Editions La Presse Sauvage; 2002.


5. American Academy of Child and Adolescents Psychiatry. Helping children
after disasters. Information for the family. American Academy of Child and
Adolescents Psychiatry, 2003. Disponible en: aacap.org: family information


6. Macksoud M. Para ayudar a los niños a hacer frente a las tensiones de la
guerra. Nueva York: UNICEF; 1993.


7. Green BL. Evaluating the effects of disasters. Psychological assessment. A
Journal Consulting and Clinical Psychology 1991;3:538-46.


8. Organización Mundial de la Salud/Organización Panamericana de la
Salud. Protección de la salud mental en situaciones de desastres y emergen-
cias. Serie de manuales sobre desastres. Washington, D.C.: Organización
Panamericana de la Salud; 2001.


9. Ospina MB, Casas G. Qualitative analysis of the drawing of children victimi-
zed by a disaster as a discourse about the traumatic experience: the case of
the Colombian earthquake (1999). The Promised Children, 2000 IACAPP
World Congress. Disponible en: www.kenes.com/childhood/sci, 130.


10. Unicef. Retorno a la alegría. UNICEF; 2002.


11. La Greca AM. Through the eyes of a child: obtaining self-reports from children
and adolescents. Washington, D.C.: American Psychological Association;
1990.


12. Frederick CJ, Pynoos R, Nader K. Reaction index to psychic trauma, Form C
(child). Los Ángeles, CA: UCLA; 1992.


Lecturas recomendadas


Palacio M. Promoción de la salud y prevención de la enfermedad en los niños en
emergencias complejas o situaciones de desastre. Bogotá: OPS, OMS;
2003.




OPS/OMS, J. Jenkins




Santiago Valero


Los sentimientos que experimentan las personas frente a los eventos adversosson reacciones ordinarias a situaciones extraordinarias; responden con unavariedad de patrones individuales y no se conoce, con absoluta certeza, siestas reacciones son universales o si varían de una cultura a otra (1). Lo cier-to es que necesitan ayuda psicológica y social para recuperar cuanto antes
el control de sus propias vidas y participar activamente en su recuperación. La pri-
mera ayuda psicológica es la intervención que se lleva a cabo en una persona en
crisis, por un miembro de un equipo de respuesta o por una persona de la comu-
nidad para aliviar las tensiones creadas por un suceso que amenaza la vida o la
seguridad del individuo o su entorno; se brinda en la misma escena de los acon-
tecimientos.


La técnica de primera ayuda psicológica es sencilla y práctica; no es un
procedimiento especializado, pero se requiere un entrenamiento básico para su
aplicación. Por esta razón, se debe capacitar el personal que potencialmente
podría intervenir en la primera respuesta en situaciones de desastres.


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CAPÍTULO VI
Primera ayuda psicológica




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Con respecto a este capítulo, es especialmente importante trabajar en la
preparación de los trabajadores de atención primaria en salud y de los equipos
institucionales de respuesta y ayuda humanitaria.


Objetivos de la primera ayuda psicológica


Objetivo general de la primera ayuda psicológica. Ayudar en
forma inmediata a las personas afectadas a mitigar el impacto emocional de un
evento adverso.


Objetivos específicos


1. Contribuir a satisfacer las necesidades básicas y de supervivencia.


2. Reducir la tensión y la aflicción.


3. Ayudar a los sobrevivientes a tomar los pasos prácticos para resolver
los problemas urgentes causados por el desastre.


4. Favorecer el desarrollo de actividades solidarias y de ayuda mutua.


5. Preservar una zona de seguridad interpersonal para las víctimas.


6. Facilitar el descanso de los supervivientes.


7. Proveer contacto social con familiares y amigos.


8. Asistir a las víctimas para localizar y verificar el estado de sus seres que-
ridos.


Actitudes de quien va ayudar


Los que prestan la primera ayuda psicológica requieren desarrollar ciertas
actitudes que les permitan establecer lazos psicológicos con las personas en crisis,
ganar su confianza y demostrar su disposición para ayudarlas.


A continuación, se hace un resumen de las más importantes:


• Actitud serena, respetuosa, cordial y afectiva, pero firme; la persona
asistida no espera que el personal de ayuda se sume a su crisis sino
que la ayude a superarla.


• Evite ser crítico. No enjuicie ni sermonee.


• Actitud de escucha responsable, que permita que la persona afectada
se exprese hablando o llorando; éste es el mejor recurso (catártico) en
la asistencia psicológica de urgencia.




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• Una actitud que facilite la empatía significa que la víctima percibe que
el auxiliador la comprende y entiende; es esencial para lograr la acep-
tación del afectado.


• No trate de resolver, responder o aclarar todas las preguntas o afirma-
ciones que la persona haga en ese momento sobre aspectos como las
causas del desastre y “la mala suerte que le ha tocado”.


• No intente calmar a la persona afectada convenciéndola de que está
equivocada en sus juicios o apreciaciones.


• No intente modificar las conductas defensivas, como el no aceptar los
acontecimientos o las pérdidas sufridas; constituyen una especie de
defensa psicológica inicial, la cual conserva el funcionamiento de la
personalidad durante la fase aguda.


• Autocontrol: el que ayuda debe controlar su propio comportamiento.


• Disposición para trabajar en equipo.


Una comunicación efectiva se basa en la escucha


responsable (2)


La comunicación efectiva no es una competición de quién gana o pierde.
La clave es la actitud de escucha responsable.


• Escuchar significa dejar hablar libremente a la otra persona.


• Escuchar significa percibir tanto el contenido como los sentimientos.


• Escuchar requiere sensibilidad.


• Escuchar ayuda a establecer la confianza entre las partes.


• Escuchar permite relajarse al que habla.


• Escuchar manteniendo el contacto visual directo.


Principios básicos generales o pautas para la


actuación (2-4)


• La primera ayuda emocional a los sobrevivientes de un desastre está
directamente relacionada con la solución de sus necesidades básicas
y de supervivencia (alimentación, agua potable, abrigo, alojamiento,
atención médica, etc.). Los trabajadores de la salud y de ayuda huma-




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nitaria deben tener en cuenta este elemento cuando se interviene en los
primeros momentos posteriores al evento traumático.


• Valore cuidadosamente las reacciones de las personas afectadas por
el desastre e identifique con criterios claros a las que requieren una
atención psicológica más urgente y ofrecerles un apoyo personalizado.


• Asegúrese de que la primera ayuda psicológica no interfiera ni compli-
que los primeros auxilios médicos.


• Elimine o reduzca la hiperactividad. La persona, generalmente, realiza
numerosas actividades sin terminar ninguna; puede ser muy crítico o
conflictivo y poco paciente. Se le deben asignar algunas actividades
de poca complejidad.


• Evite la inmovilidad. La persona que no puede moverse debe ser ayu-
dada cuando existe la seguridad de que no hay ninguna razón física
que lo justifique. Se debe hablarle, sentarla en un lugar seguro y ase-
gurarse de que esté abrigada.


• Elimine la posibilidad de pánico. El pánico no es la conducta espera-
da o típica de la población. Sin embargo, la persona en estado de
pánico debe ser tratada con firmeza, pero siempre con respeto, sin gri-
tarle. Si hay más personas presentes, deben ser apartadas. Hay que
evitar que el sujeto en pánico corra, abrazándolo fuertemente, no
dejarlo solo y traer sus pensamientos a asuntos cotidianos.


• Aparte a la persona apática. La persona apática no molesta pero debe
ser situada en un lugar seguro, resguardándola del frío.


• La persona que está en estado de choque o conmoción debe ser ale-
jada del ambiente traumático. Hay que hacerle sentir que está acom-
pañada, sostenerle la mano, abrazarla, acariciarla, hablarle con tono
afectuoso y sereno, llamándola por su nombre.


• Si la persona expresa sus sentimientos de dolor o frustración con un
comportamiento agresivo, por ejemplo, golpeando objetos, acompá-
ñela calmadamente, sin tratar de detenerla inmediatamente, a menos
que la seguridad de ella misma o de otros corra peligro.


• Si la persona afectada está confusa o no tiene una impresión clara de
lo que le está sucediendo, el personal de primera respuesta debe con-
testar las preguntas comunicando claramente que está actuando solida-
riamente para resolver sus problemas.




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• Evite los relatos con detalles horripilantes, pero tampoco tratar de mini-
mizar lo sucedido como “si aquí no hubiera pasado nada”.


• Estimule y favorezca que las personas afectadas se incorporen a las
tareas de ayuda mutua entre sí, tan pronto como sea posible.


• El contacto físico facilita las cosas y crea una sensación inmediata de
seguridad, por ejemplo, si se le coloca la mano en su hombro mientras
se le escucha. No obstante, se debe proceder con cautela en la proxi-
midad a una persona afectada, ya que hay personas o culturas a las
que puede resultarles incómodo un contacto excesivo.


• Actuar con calma tiene un efecto tranquilizador sobre las personas afec-
tadas. La calma es casi tan contagiosa como el nerviosismo; es nece-
sario hablar sosegadamente y en tono normal.


• La soledad crea sentimientos opresivos. Siempre que sea posible, se
debe permanecer junto a la persona afectada y decirle que dispone
del tiempo suficiente para ayudarla; no deje a la víctima sola o, al
menos, asegúrese de que alguien esté con ella. Evite correr de un lugar
a otro.


• Evite comentarios inadecuados, por ejemplo, decir que la ambulancia
tarda demasiado o que hay que apresurarse en llegar al hospital.


• Facilite que la persona afectada se desahogue; el llanto puede ser un
buen ejemplo, es un poderoso alivio para los sentimientos y evita sen-
tirse extremadamente opresivo. Se debe proteger la intimidad de la per-
sona que desee llorar.


• Evite los curiosos. Las personas afectadas, por lo general, están inco-
modas por la posibilidad de que otros lo contemplen en la expresión
de sus sentimientos; la ayuda debe consistir en apartar a la persona
afectada y llevarla a un lugar con cierta privacidad.


• Si la víctima demanda información sobre su situación personal es nece-
sario:


n Explicar lo que se le está haciendo de forma que lo entienda, evi-
tando palabras técnicas y de alto contenido emocional.


n Se pueden usar los siguientes mensajes: “Esto duele un poco, o
esto no duele”, “Te vamos a poner un vendaje”, “Vamos a subirte
a la ambulancia”, “Luego te llevaremos al hospital” “Si te pongo
esto, estarás más cómodo”.




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• Si la víctima solicita información sobre otras personas afectadas por el
desastre y existe la certeza de que la situación no es muy grave, se
debe adoptar una actitud tranquilizadora. Se puede decir: “Están sien-
do atendidos”, “Mis compañeros están con ellos”, “Cuando sepa algo,
ya se lo diré”.


• Si existen signos claros de fallecimiento (personas cubiertas con man-
tas) y la víctima tiene acceso visual a la situación, ante la demanda de
información, ofrezca una información objetiva.


• Evite comentarios como “Puedo imaginarme por lo que has pasado”.
Es mejor “Debe haber sido terrible” o “Debe ser muy duro para usted
superarlo”.


Diez reglas de lo que no se debe hacer (2, 5)


1. No aconsejar.


2. No ponerse de ejemplo (el auxiliador).


3. No enfatizar excesivamente los aspectos positivos. Frases como
“Podría haber sido peor” pueden ser contraproducentes.


4. No minimizar el hecho; la frase “No pasa nada” suele ser negativa.


5. No bromear, la ironía puede ser ofensiva o contraproducente.


6. No dramatizar; si la persona llora, el auxiliador no tiene por qué
hacerlo.


7. No engañar a la víctima, ni fingir.


8. No favorecer la actitud de culparse.


9. No actuar defensivamente.


10. No favorecer dependencias directas del afectado con el auxiliador.


La seguridad en la primera ayuda psicológica (4)


Las situaciones de emergencias pueden, eventualmente, generar conductas
violentas que involucren diferentes actores. En ocasiones, se ha observado que ciu-
dadanos tranquilos y cooperativos pueden adoptar conductas inapropiadas o vio-
lentas. Por consiguiente, la intervención en estas circunstancias demanda que los
miembros de los equipos de respuesta adopten algunas medidas básicas de
seguridad.




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• No permitir que la atención de una crisis sea una sorpresa para el afec-
tado. El que presta la ayuda debe identificarse, señalar el motivo de su
presencia y verbalizar sus intenciones de ayuda.


• Prever posibles actos hostiles o agresiones. Se recomienda evaluar cui-
dadosamente el entorno. Frecuentemente, algunos familiares o amigos
pueden estar muy alterados emocionalmente o estar bajo los efectos de
bebidas alcohólicas.


• Prever vías de salida rápidas del lugar de trabajo, si fuere necesario.


• Tomar medidas de protección ante la presencia de animales o masco-
tas potencialmente agresivas ante extraños.


• No permitir ser abrumado por las llamadas de auxilio. Es frecuente que
muchas personas al mismo tiempo quieran solicitar ayuda, así como
dar sugerencias u órdenes.


• Intervenir en pareja, siempre que sea posible, es una regla básica de
seguridad.


Intervención de primeros auxilios emocionales con


grupos especiales


Con niños (6). Los niños no reaccionan como lo hacen las personas adul-
tas y sus respuestas emocionales van a estar en relación directa con las reacciones
de los adultos que son significativos para ellos; son muy perceptivos a los cambios
emocionales en ellos. Así mismo, no tienen el mismo nivel de abstracción como
para poder comprender racionalmente los acontecimientos o verbalizar sus reque-
rimientos emocionales, los cuales varían según la edad.


A continuación presentamos algunos criterios generales que pueden servir
para ayudar a los niños en situaciones de crisis:


• El contacto físico es importante con los menores, por ejemplo,
abrazarlos.


• Recomendar que los padres acompañen a los niños.


• Reafirmarles frecuentemente que están seguros y a salvo.


• Hablar con ellos sobre lo acontecido de forma simple.


• Facilitar que hablen sobre lo ocurrido, si desean hacerlo.


• No minimizar ni exagerar la situación.




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• No hablar a los niños sobre los miedos de los adultos hacia el futuro.


• No hacer promesas que no se puedan cumplir.


• No decir que los muertos están felices en el cielo, ya que pueden dese-
ar morir para ir con esa persona.


• El tema de la muerte debe de ser tratado concretamente, decirles que
ésta es permanente y que causa una gran tristeza. Si no es necesario,
no debe hablarse de las muertes ocurridas.


• Dar a los niños tareas apropiadas para su edad.


• Mantener las rutinas familiares y sociales propias de su edad y
contexto.


Con ancianos (7). Brindar la primera ayuda a los ancianos demanda un
conocimiento de sus principales limitaciones y necesidades, así como una predis-
posición a actuar con respeto y comprensión.


A continuación, se exponen algunos aspectos importantes.


• Tener paciencia.


• No mostrar una excesiva confianza.


• No intentar suplir o ayudar en cosas que ellos pueden hacer.


• No aceptar ningún obsequio.


• Muchos se sienten solos y ansiosos de poder comunicarse; favorecer la
escucha responsable.


• No dejarlos solos, procurar que se queden con personas de su confian-
za o familiares.


Situaciones especiales (3). La intervención con grupos especiales
requiere una buena comunicación y demostrarles que se está dispuesto a ayudar-
les. Las personas con discapacidades requieren intervenciones que se adapten a
cada tipo de limitación.


• Deficiencias motrices. Preguntar en qué y cómo se le puede ayudar.
Adaptarnos a su ritmo de movimiento y adoptar una postura que resul-
te cómoda para ambos. No le hable como a un niño. Facilitarle que
pueda llevar consigo cualquier dispositivo que use para el desplaza-
miento. Siempre explique a dónde se le lleva y por qué.


• Deficiencia sensorial. Situarse de forma que se le vea la cara al que
brinda la ayuda. Hablar despacio vocalizando, usar lenguaje no ver-




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bal, repetir las veces que haga falta; si tiene hipoacusia, eleve el volu-
men de su voz, pero, si es sordo, por más que grite no va a oír.


• Ceguera. No gritar al hablar: no es sordo. Preguntar en qué y cómo
se le puede ayudar. Ofrecer el brazo y caminar a paso lento, anticipar-
le obstáculos; si se va a sentar, tomar su mano y ponerla encima del
asiento; no usar conceptos espaciales que no comprenda (aquí, allí):
use derecha, izquierda.


Conclusiones


• La primera ayuda psicológica la pueden brindar personas debidamen-
te entrenadas, aunque este material está especialmente dirigido a tra-
bajadores de atención primaria en salud y miembros de los equipos de
respuesta.


• El objetivo principal es lograr, en el menor tiempo posible, que la per-
sona afectada retome el control de sus emociones y participe en su pro-
pia recuperación.


• La primera ayuda psicológica se basa principalmente en saber escu-
char, establecer un contacto físico afectivo y respetuoso, y permitir el
desahogo emocional de la persona afectada.


• Las víctimas necesitan información sobre lo ocurrido, sobre lo que está
pasando, sobre lo que se les está haciendo y sobre el estado de sus
familiares.


• Actuar con calma y no mentir en la información son principios
básicos.


• Los niños requieren una intervención orientada básicamente a brindar-
les una sensación de seguridad, afecto y protección.


• Con los ancianos, la intervención se orienta a la comprensión y la
paciencia para poder escucharlos y comprender sus necesidades.


• Los grupos especialmente vulnerables, como las personas con discapa-
cidades, requieren intervenciones que se adapten a cada tipo de
limitación.




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Referencias


1. Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna
Roja. Informe mundial sobre desastres. Federación Internacional de
Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja; 1998.


2. Prewitt Díaz J. Primeros auxilios psicológicos. 2001.


3. Cruz Roja Cubana. Primeros auxilios psicológicos y apoyo humano. Manual
del Instructor. La Habana (Cuba): Cruz Roja Cubana; 2003.


4. Federal Emergency Management. Agency EMS Safety, Techniques and appli-
cations. United States Fire Administration; 1991.


5. Rodríguez J, Hernández A. La relación terapéutica de ayuda. Bogotá
(Colombia): OPS/CIDA; 2003.


6. Asociación Mexicana para Ayuda Mental en Crisis. Primeros auxilios emocio-
nales. Disponible en: www.amamecrisis.com.mx.


7. Cruz Roja Colombiana, Servicio Nacional de Aprendizaje, SENA. Sistema
Nacional de Atención y Prevención de Desastres. Santafé de Bogotá: Cruz
Roja Colombiana y SENA; 1991.


Lecturas recomendadas


Valero S. Psicología en emergencias y desastres. Lima (Perú): Editorial San
Marcos; 2001.




Santiago Valero


No existe ningún tipo de entrenamiento que pueda eliminar completa-mente la posibilidad de que una persona que trabaja con víctimas ycantidades importantes de lesionados y cadáveres en el marco deuna situación de desastre, sea afectada en el orden psíquico. Los tra-bajadores de emergencias enfrentan situaciones específicas, como
pueden ser la falla en la misión, la vivencia de excesivo sufrimiento humano, las
muertes traumáticas, los cuerpos mutilados o quemados, las situaciones amenazan-
tes para su propia integridad física, la pérdida de compañeros de equipo o pre-
senciar accidentes masivos (1, 2).


Entendemos como equipos de primera respuesta al conjunto de personas
que integran una determinada organización y prestan sus servicios en los momen-
tos iniciales en situaciones de emergencias o desastres en diferentes funciones de
primera línea, como ayuda humanitaria y servicios de salud, y otras labores ope-
rativas de campo, como el combate de incendios, el rescate de personas, la aten-
ción de heridos, etc. Todas las personas que realizan este tipo de trabajo, ya sea
por largo tiempo o durante una sola experiencia, son vulnerables al estrés (3).


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CAPÍTULO VII
Protección de la salud mental
en los equipos de respuesta




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El estrés agudo es uno de los riesgos ocupacionales más graves en el ser-
vicio de emergencias, porque afecta la salud y el desempeño en el trabajo, así
como la vida familiar y espiritual.


El evento traumático puede producir una serie de reacciones emo-
cionales, conductuales y fisiológicas, y tiene el potencial de interferir en las habili-
dades para actuar en el lugar de las operaciones en forma inmediata o, posterior-
mente, en el retorno a la rutina laboral y familiar (2). Los problemas emocionales
también pueden promover el mayor consumo de alcohol o drogas.


Es responsabilidad de los líderes proteger no solamente la salud física sino
también la salud mental de los integrantes de los equipos de respuesta como única
garantía para cumplir con éxito las tareas y proteger al personal contra los efectos
destructivos del estrés.


El trabajo en desastres y emergencias incluye el enfrentamiento a situacio-
nes estresantes, como las siguientes (4):


• Largas horas de esfuerzo continuo.


• Lucha contra el tiempo por salvar vidas.


• Trabajo en ambientes adversos (estructuras colapsadas, derrames quí-
micos, etc.).


• Trabajo en condiciones climáticas adversas (lluvias persistentes, réplicas
de sismos y otras).


• Labores pesadas (como remoción de escombros).


• Presión por tener que trabajar ante la presencia de periodistas.


• Equipo inadecuado o insuficiente.


• Alteración en el ritmo diario de vida (como dor-
mir y comer).


• Labor de triage (procedimiento utilizado para
clasificar a los heridos, lesionados y afectados,
en el lugar del incidente, según su gravedad y
prioridad para la atención y evacuación).


• Servicios públicos esenciales destruidos.


• Presión por parte del público por encontrar a sus
familiares desaparecidos.


• Información confusa o contradictoria, rumor o desinfor-
mación.




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Factores de riesgo


Existen condiciones que influyen en la eficiencia de los equipos de respues-
ta y que favorecen la aparición de problemas psicosociales. A continuación abor-
damos algunos de ellos (4).


Factores individuales


• Enfermedades crónicas como asma, cardiopatías, hipertensión arterial,
úlceras y diabetes, entre otras.


• Problemas o situaciones previas que provocaron estrés, por ejemplo, la
pérdida del empleo, conflictos familiares, divorcio, enfermedades de
algún miembro de la familia, etc. Las experiencias traumáticas anterio-
res vulneran la capacidad de resistencia y pueden dar lugar a reaccio-
nes violentas o incapacitantes.


• La edad: los más jóvenes están más propensos a sufrir problemas emo-
cionales que los mayores (2). Se recomienda que los adolescentes y
jóvenes sean destinados a labores administrativas u organizativas y se
evite exponerlos a situaciones de gran sufrimiento humano.


• Pérdidas personales o lesiones: en ocasiones, los integrantes de los
equipos de ayuda han perdido familiares cercanos o bienes persona-
les en el desastre; esta situación los puede incapacitar para tomar deci-
siones objetivas o hacer perder la concentración necesaria para reali-
zar sus labores.


• El personal de respuesta puede resultar lesionado por las labores enco-
mendadas y tener que ser retirado del lugar; los sentimientos de frustra-
ción y de culpa pueden ser muy grandes al sentir que no pueden seguir
realizando las acciones para las cuales han sido preparados.


• Las primeras personas que llegan a la emergencia, o los que tienen
mayor contacto con las víctimas, tienen más problemas psicológicos
que los que van llegando posteriormente debido, fundamentalmente, al
impacto visual que puede ejercer la magnitud de la devastación sufri-
da y el estado en que se encuentren las personas o los
cadáveres.




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Factores interpersonales


• Las responsabilidades laborales pueden generar situaciones de conflic-
to con la familia, por ejemplo, por un lado, querer participar en las
labores de la emergencia, y, por otro, la presión familiar para que se
cumpla con las responsabilidades, en especial, si se tienen hijos peque-
ños o familiares enfermos.


• El tiempo prolongado de separación de los integrantes de los equipos
de respuesta de sus estructuras de soporte social (familia, comunidad,
amigos, etc.) puede generar sentimientos de nostalgia y de haber sido
olvidados.


• Muchas peculiaridades propias de cada personalidad (humor negro,
conducta desconfiada, tardanza, mal humor, etc.) son normalmente
aceptadas; sin embargo, en situaciones de emergencias y cuando los
colectivos están bajo presión prolongada, pueden causar conflictos
interpersonales.


Factores comunitarios


• Los medios de comunicación social y los curiosos en la escena de la
emergencia pueden contribuir a aumentar la presión emocional sobre
los equipos de respuesta.


• La presencia de grupos armados o de violencia política hace que el
desempeñar labores humanitarias incremente el riesgo y la tensión, en
especial, si hay antecedentes de violaciones de los derechos humanos,
secuestros y muertes que involucran también a los integrantes de los
equipos de respuesta.


Factores propios del desastre


• El tipo de desastre afecta de diferentes formas a la comunidad. Un
desastre de tipo tecnológico produce más estrés para las víctimas y los
equipos de respuesta que los desastres naturales; causan gran senti-
miento de cólera porque, tal vez, podría haberse evitarse. También,
produce mayor temor e incertidumbre porque el agente causante del
desastre (fuga radioactiva, contaminación química, etc.) no puede
verse, es de difícil control y sus efectos duran mucho tiempo.




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• Los desastres que suceden de noche producen más víctimas y proble-
mas emocionales que los que ocurren durante el día, porque la gente
está dormida; su respuesta inicial es más lenta y más confusa, lo que
dificulta la orientación y la evacuación.


• La duración del desastre también es un factor que afecta, no solamen-
te a la población, sino también a los equipos de respuesta.


• El grado de incertidumbre y la presencia de réplicas en el caso de los
grandes sismos, la inestabilidad de estructuras colapsadas, la presen-
cia de materiales peligrosos que no son registrados por los sentidos, los
rumores de grupos armados en la zona o la amenaza de ataques son,
entre otras, condiciones que influyen sobre los equipos de respuesta.


• El cambio repentino del aspecto físico de la comunidad (cuando el
evento adverso ha sido muy devastador) tiende a dificultar la compren-
sión de lo acontecido y tiene un fuerte impacto psicológico sobre los
sobrevivientes y los equipos de respuesta.


• Las situaciones que generan las emergencias complejas representan
una amenaza permanente a la integridad física de la población y de
los equipos de respuesta.


Estímulos traumáticos. A través de sus experiencias, los integrantes
de los equipos de respuesta han aprendido una serie de estrategias para evitar
quedar inmovilizados por las escenas de un desastre. Sin embargo, hay algunos
estímulos traumáticos que afectan seriamente a este personal como, por ejemplo,
los siguientes:


• Entrar en contacto directo con víctimas durante un tiempo prolongado,
mientras luchan por lograr su rescate o atención; en ocasiones, algu-
nas de ellas mueren.


• Encontrar cadáveres de niños o con graves heridas; el personal tiende
a identificarse con ellos, en especial, si tienen hijos con edades simila-
res.


• La presencia de gran número de cadáveres, en especial, si están seria-
mente mutilados o tienen varios días, o si descubren conocidos entre
ellos.


Problemas de organización. Son aquéllos provenientes de la misma
organización de la estructura en la cual interactúa el trabajador y son característi-
cos de las situaciones de desastres (4).




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• Ausencia de un lugar dónde descansar, déficit en el suministro oportu-
no de agua potable y comida, ausencia de servicios higiénicos y de
privacidad.


• Falla en la misión (rescatar personas con vida, apagar un incendio, lle-
gar en forma oportuna con la ayuda humanitaria, etc.), especialmente,
si se presentó por descuido, impericia, agotamiento o confusión en las
órdenes.


• Presión ocupacional: la necesidad de cumplir con muchas tareas en
forma rápida y oportuna.


• Demandas del trabajo que requiere de un gran esfuerzo físico y men-
tal por tiempo prolongado y en condiciones adversas. Además, exige
de precisión de criterios, juicio, habilidad para elaborar cálculos y
decidir muchas veces entre la vida y la muerte.


• Interferencia en sus funciones: se presenta cuando equipos de respues-
ta de diferentes instituciones trabajan juntos por primera vez o cuando
existe rivalidad entre ellos. Puede ocurrir que intenten imponer sus pro-
pios estilos y procedimientos o traten de captar la atención de los
medios de comunicación social.


• Bajas recompensas: los integrantes de los equipos de respuesta son
extremadamente sensibles al reconocimiento de tipo social (no necesa-
riamente material); tienden a reaccionar con elevados niveles de frus-
tración cuando no son reconocidos en forma oportuna.


• Conflicto en las funciones: cuando el trabajador se enfrenta ante situa-
ciones de difícil decisión, como es el caso del personal que tiene que
decidir entre su trabajo y su participación en una emergencia de larga
duración, entre su responsabilidad familiar y su ausencia prolongada
por las demandas de un desastre, o cuando se tiene que actuar como
jefe o como amigo.


• Ambigüedad en la función: cuando los trabajadores de los equipos de
desastre se encuentran en una atmósfera de confusión e incertidumbre,
en relación con el tipo de trabajo que tienen que realizar, el alcance
de sus responsabilidades o los objetivos por cumplir, debido a la inexis-
tencia de planes o que estos no son aplicables.


• Incomodidad en la función: cuando el personal tiene que realizar tare-
as para las cuales no han sido preparados.




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Señales de afectación psicológica en el personal de los


equipos de respuesta (5)


Que requieren una acción
correctiva inmediata


Que no requieren una acción
correctiva inmediata


Aspecto físico


• dolor en el pecho


• dificultad respiratoria


• presión arterial alta


• arritmia cardiaca


• señales de choque


• deshidratación excesiva


• vértigo


• vómito excesivo


Aspecto físico


• náuseas


• malestar estomacal


• temblor


• sudoración profusa


• diarrea


• aceleración del pulso


• dolores musculares


• boca seca


• alteraciones del sueño


• sobresaltos


• problemas en la visión


• fatiga


Aspecto cognitivo


• dificultad para tomar decisiones


• estado hiperalerta


• confusión mental generalizada


• desorientación en persona, tiempo o lugar


• dificultad para nombrar artículos familiares


• dificultad para reconocer a personas
familiares


Aspecto cognitivo


• turbación


• dificultad para el cálculo


• concentración deficiente


• tendencia a culpar a terceras personas


• dificultad para mantener la atención


Aspecto emocional


• reacciones fóbicas


• pérdida del control emocional


• reacciones de pánico


• emociones impropias


Aspecto emocional


• pesar


• tristeza


• extrañamiento


Aspecto conductual


• violencia


• actos antisociales


• labilidad emocional, como llorar por
cualquier cosa


• explosiones de enojo


Aspecto conductual


• cambio en la forma habitual de actuar


• alejamiento


• suspicacia


• cambios en su comunicación interpersonal


• cambios en las relaciones interpersonales




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Actividades preventivas


El personal profesional especializado en salud mental que realice interven-
ciones psicosociales con los integrantes de los equipos de primera respuesta debe,
en la medida de lo posible, pertenecer a sus filas y conocer internamente las carac-
terísticas de su trabajo (3).


A continuación, se propone una serie de actividades para prevenir los efec-
tos negativos del trabajo de los equipos de respuesta.


• Debe existir una cuidadosa selección de los postulantes a integrarse a
los equipos de respuesta, con especial énfasis en el descarte de perso-
nas con trastornos de personalidad.


• Definir perfiles para cada tipo de especialidad o labor en el trabajo de
respuesta, como son las labores de rescate, atención de salud, comba-
te de incendios, manejo de materiales peligrosos y trabajo humanitario
en emergencias complejas, entre otros, con la finalidad de poder
designar al personal más idóneo para cada tipo de tarea.


• Pautar, como rutina anual, un proceso de evaluación en salud mental
con la finalidad de identificar de manera oportuna el agotamiento emo-
cional, los síntomas de estrés postraumático y otros trastornos
psíquicos.


• Establecer anualmente actividades de prevención del estrés ocupacio-
nal y autocuidado de la salud mental orientado, diseñando y difundien-
do materiales educativos de fácil lectura y comprensión.


Que requieren una acción
correctiva inmediata


Que no requieren una acción
correctiva inmediata


Aspecto conductual (cont.)


• extrema hiperactividad


Aspecto conductual (cont.)


• aumento o disminución del apetito


• aumento en el consumo de tabaco o alcohol


• estado hiperalerta


• excesivo silencio


• comportamiento inusitado


Estrategia de intervención


Cualquiera de estos síntomas demandan, por lo
general, el relevo del trabajador o su evacuación
a un centro asistencial.


Estrategia de intervención


Se recomienda un repliegue a una zona de des-
canso acompañado de un proceso de apoyo psi-
cológico o la inserción a un programa de activi-
dades preventivas de manejo del estrés posterior
al incidente traumático.




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• Incluir en las acciones de protección de la salud mental una amplia
gama de trabajadores; un ejemplo puede ser el personal que se des-
empeña en las centrales telefónicas de emergencias.


• Extender los cuidados de la salud mental a las familias de los integran-
tes de los equipos de respuesta, con la finalidad de prevenir la violen-
cia y otros conflictos familiares, así como para involucrarlas en el cono-
cimiento del trabajo que realizan estos equipos y el estrés al cual están
sujetos.


• Los programas de capacitación y entrenamiento deben evaluar la
capacidad de los participantes para trabajar bajo presión, realizar
labores en equipo, tolerar la frustración y manejar el miedo.


• Incluir temas relacionados con el autocuidado de la salud mental, en
los contenidos temáticos.


• Enseñar a reconocer las reacciones psicológicas que requieren una
acción correctiva inmediata, con la finalidad de dar el apoyo necesa-
rio en forma oportuna.


• Preparar un grupo de intervención en crisis conformado por personal
con experiencia, que se encargará de dar la información a la familia,
cuando un integrante de los equipos de respuesta resulte lesionado o
fallezca en cumplimiento del servicio.


Alimentación


La alimentación para el personal involucrado en una misión prolongada
debe ser de gran interés para los directivos de los equipos de respuesta, si dese-
an tener al personal activo y funcionando.


Sugerencias


• Durante los períodos de estrés agudo o crónico, las fuentes de vitami-
nas y sales minerales en los alimentos pueden resultar insuficientes, por
lo que se hace recomendable la ingestión de cantidades adicionales
de vitaminas B y C.


• Se recomienda la ingestión periódica de líquidos, en especial, los que
contengan electrolitos o jugos naturales, que pueden llevarse en cantim-
ploras o termos.


• El personal de emergencias no necesita alimentos ricos en azúcares.
Existe una tendencia a dar caramelos, dulces, gaseosas y chocolates a




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los trabajadores de emergencia, con la falsa creencia de que esto
ayuda a reponer energías. Se recomienda su sustitución por frutas.


• La cafeína puede aumentar el ritmo cardiaco, elevar la presión sanguí-
nea y provocar una mayor demanda de oxígeno; su consumo excesi-
vo puede causar dolores de cabeza, diarrea, inquietud, arritmia car-
diaca, nerviosismo, irritabilidad e insomnio. Cualquier cantidad de
cafeína mayor de 250 mg por día se considera excesiva y casi siem-
pre ocasiona efectos negativos; algunas personas reaccionan negativa-
mente a la cafeína a dosis menores. Se debe tener presente que cada
taza contiene aproximadamente 110 mg de cafeína; a esta cantidad
se agregan otras cantidades obtenidas de otras fuentes, como el cho-
colate, el té y las bebidas de cola. Se recomienda reducir o evitar el
consumo de café, té, bebidas de cola o chocolate; es mejor sustituirlos
por agua mineral, jugo de frutas o leche, sales hidratantes y electrolitos
por vía oral.


• Las grasas no son una buena fuente de energía en situaciones de emer-
gencia en la cuales el personal de respuesta está sometido, frecuente-
mente, a una elevada actividad física, ya que las grasas necesitan
tomar oxígeno del cuerpo para poder desdoblarse.


• Es recomendable una alimentación alta en calorías con productos no
perecederos, como frutas secas, avellanas, granos, nueces, etc.


• Recordar que, en una situación de estrés, la digestión se hace lenta por
la redistribución de la sangre hacia los músculos y el cerebro; por con-
siguiente, una comida difícil de digerir o muy abundante puede traer
problemas.


• Evitar el consumo de alcohol.


Actividad física


• Practicado como medida preventiva contra el estrés, el ejercicio físico
exige cierta regularidad; 30 minutos, tres veces por semana, aportan
efectos beneficiosos.


• Después de un periodo de servicio, no es recomendable dormir de
inmediato; debería hacerse un poco de ejercicio físico antes.


• La actividad física metaboliza los subproductos de la reacción de
estrés, los cuales, de otro modo, podrían ser nocivos (1).




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• Sustancias como la noradrenalina hacen más vulnerable a la persona
con respecto a las emociones negativas, como el miedo y la cólera; la
actividad física ayuda a su metabolismo.


Pautas para el cuidado de la salud mental en


operaciones de desastres


• Durante la fase de alarma, proporcionar al trabajador de respuesta
toda la información posible sobre lo acontecido.


• Informar de manera regular a los miembros de los equipos de respues-
ta sobre el estado de sus familiares y su localización.


• Cada miembro de los equipos de respuesta debe desarrollar un siste-
ma de acompañamiento con otro trabajador. Los dos deben estar vigi-
lantes y atentos entre sí, preguntándose cómo se sienten, recordarse la
hora de tomar sus alimentos y darse aliento mutuamente (6).


• En las operaciones de larga duración, los trabajadores deben tomar un
tiempo de descanso, con la finalidad de evitar la fatiga emocional y
los errores (7).


• Establecer una reunión en cada cambio de turno o de equipo para
intercambiar información y comunicar qué es lo que está ocurriendo;
esto también sirve como oportunidad para desfogar frustraciones y
malas interpretaciones. Debe permitirse que se hable sobre los senti-
mientos y no censurarlos. Tener a quién recurrir y con quién hablar,
alguien que pueda ofrecer consuelo, ayuda y sugerencias, protege del
impacto negativo de los rigores y las vivencias de las operaciones de
emergencias.


• Se sugiere que se realicen caminatas conjuntas lejos del área de traba-
jo, hablándose de temas comunes y no solamente lo referido al desas-
tre.


• Organizar actividades sociales y practicar algún deporte, de preferen-
cia no competitivo.


• Mantener el contacto con los amigos y la familia. Cuando se empacan
las cosas para salir al lugar del desastre, es bueno incluir en el equipo
artículos que le permitan mantener un contacto psicológico con la fami-
lia (fotos, tarjetas humorísticas, etc.).




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• El contacto telefónico frecuente (cuando es posible) con la familia y las
amistades es vital; permite intercambiar experiencias y saber cómo
están sus seres queridos e impide que cuando se retorne al hogar se
sienta como un extraño.


• Fomentar la integración del equipo de trabajo; si el individuo siente que
cuenta con el apoyo del grupo, se verá protegido contra los efectos
negativos del estrés.


Los equipos o profesionales de salud mental pueden y deben jugar un
importante papel en la atención de los miembros de equipos de respuesta. Pueden
observar el funcionamiento de los trabajadores, darles soporte, ofrecer atención
especializada si se requiere y avisar a los líderes o tomadores de decisiones sobre
el nivel de fatiga, así como de las reacciones de frustración o de fracaso.


Pautas para el cuidado de la salud mental al retornar


a las acciones rutinarias


• Las técnicas de relajación, el manejo de la respiración profunda y la
meditación ayudan en el proceso de recuperación y de retorno a la
actividad rutinaria o la vida habitual (5); sin embargo, no se recomien-
dan cuando el personal tiene que continuar en las labores humanitarias
o de rescate en poco tiempo.


• Involucrar a la familia contribuye a prevenir los conflictos en su interior;
muchas personas guardan, por años, profundos resentimientos porque
sus padres, hijos o parejas no les dedicaron tiempo, no les escucharon
sus problemas o, simplemente, viven con el temor de que algo malo les
pueda pasar en sus misiones humanitarias. La familia debe saber cuá-
les son las exigencias y las consecuencias sobre la salud física y men-
tal del trabajo que realizan; así mismo, debe motivarse a las familias
para que se conozcan entre sí y sean capaces de darse apoyo mutuo.


• Evitar el consumo de alcohol; si bien sus efectos iniciales son estimulan-
tes, el efecto final es depresor y puede provocar la evocación masiva
de recuerdos desagradables con el consiguiente malestar psicológico.


• Escribir relatos de los acontecimientos les ayuda a algunas personas a
revalorar lo sucedido y darle un sentido a las labores que realizaron, y
se convierte en una oportunidad para que expresen sus sentimientos al
respecto.




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Recomendaciones para los líderes de los equipos de


respuesta


Los líderes o personas con responsabilidades en los equipos de respuesta
deben tener presente las siguientes recomendaciones, con la finalidad de facilitar
el trabajo, mantener la motivación y la moral, así como para cuidar la salud men-
tal de sus subordinados y compañeros de tareas.


• El reconocimiento público y oportuno por el esfuerzo desplegado es
muy importante para mantener la autoestima y la confianza del perso-
nal.


• Asegurar un mínimo de condiciones en el trabajo, como facilidades de
servicios higiénicos, alimentación apropiada y oportuna, agua pota-
ble, un lugar de descanso lejos de la escena del desastre y establecer
horarios de trabajo.


• No permitir que el personal retorne a su rutina diaria sin antes haber
pasado por un proceso de apoyo psicológico, que consiste básicamen-
te en dar la oportunidad para que puedan expresar libremente sus sen-
timientos, lo que piensan sobre lo ocurrido, las acciones que se han
realizado y qué es lo que más les ha afectado en la labor realizada;
así mismo, se les debe instruir sobre los posibles síntomas que pueden
experimentar en los días subsiguientes y otras recomendaciones (por
ejemplo, alimentación, ejercicios, etc.). Esta atención puede realizarla
el personal de salud mental asignado al equipo de respuesta.


• En caso de que algún integrante de los equipos de respuesta sufra una
lesión importante, debe ser atendido y evacuado inmediatamente. Su
permanencia prolongada en el terreno de trabajo tiende a desmorali-
zar al resto de los integrantes.


• En caso de un incidente que involucre a un integrante de los equipos
de respuesta, evite que la familia se entere por la prensa u otras vías
alternas; debe movilizarse un grupo de intervención en crisis para infor-
mar y atender a la familia.


• Cuando no es posible rotar al personal porque la situación no lo per-
mite, una estrategia alterna es la de reasignarlo a tareas diferentes. Esto
facilita que se rompa la visión en túnel que frecuentemente acompaña
a un estrés prolongado, que se presenta por el trabajo agotador.




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• Se debe tener presente que los líderes también pueden afectarse
emocionalmente. Un líder agotado puede fracasar en su labor de direc-
ción.


Conclusiones


• Por las condiciones propias del trabajo que se realiza en situaciones
de desastres y emergencia, todos los trabajadores de los equipos de
respuesta se afectan psicológicamente en mayor o menor medida.


• La habilidad del personal disminuye por la fatiga y se comienza a
cometer errores que pueden ser fatales.


• Los integrantes de los equipos de respuesta deben ayudarse entre sí a
reconocer sentimientos de tristeza, duelo, agotamiento, etc.


• Los trabajadores deben ser rotados en sus tareas para evitar la exposi-
ción prolongada al estrés.


• El regreso al trabajo y a la vida familiar puede resultar difícil después
de un desastre.


• Los equipos y profesionales de salud mental deben priorizar entre sus
tareas la asistencia a los miembros de los equipos de respuesta.


• El ejercicio físico, practicado de manera regular, es una eficaz medida
preventiva contra el estrés y aporta efectos beneficiosos.


• La alimentación para el personal involucrado en una misión prolonga-
da debe ser de gran interés para los directivos de los equipos de res-
puesta, si desean tener al personal activo y funcionando.




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Referencias


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Prentice Hall; 2004.


2 Programa de Cooperación Internacional en Salud Mental "Simón Bolívar".
Desastres, consecuencias psicosociales de los desastres: la experiencia latino-
americana. Serie de Monografías Clínicas 1989.


3. Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la
Salud. Protección de la salud mental en situaciones de desastres y emergen-
cias. Manuales y guías sobre desastres. Washington, D.C.: OPS; 2002.


4. National Institute of Mental Health, Center for Mental Health Studies of
Emergencies. Disaster work and mental health: prevention and control of stress
among workers. Washington, D.C.: Center for Mental Health, Studies of
Emergencies; 1985.


5. Mitchell J, Bray G. Emergency services stress, guidelines for preserving the
health and careers of emergency services personnel. New Jersey: Ed. Brady;
1990.


6. Valero S. Manual para el cuidado de la salud mental de los equipos de pri-
mera respuesta. Taller latinoamericano sobre atención en salud mental en
casos de desastres. Guatemala, julio de 2001.


7. Emergency Management Agency, Stress management, model program for
maintaining firefighter well-being. United States Fire Administration. Federal,
FA-100; 1991.


Lecturas recomendadas


Federal Emergency Management Agency. EMS Safety, techniques and applica-
tions, United States Fire Administration; 1991.


Valero S. Psicología en emergencias y desastres. Perú: Ed. San Marcos; 2003.






Geert V. K. A. Haghebaert, Mônica Zaccarelli Davoli


Entendemos como poblaciones afectadas por el desplazamiento forzadoa “las personas o grupos de personas que se han visto obligadas a esca-par o huir de su hogar o de su lugar de residencia habitual, en particu-lar, como resultado de un conflicto armado o para evitar sus efectos, deuna situación de violencia generalizada o de violaciones de los dere-
chos humanos” (1). Se incluyen aquí los refugiados (personas que cruzaron una
frontera estatal internacionalmente reconocida) y los desplazados internos en rela-
ción con violencia o conflictos.


En términos cuantitativos, el número de personas afectadas por la violencia
masiva, con su posible impacto en términos de salud pública, es abrumador. El
Proyecto 1 billón se refiere a más de un billón de personas en 47 países (2). El
Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR, refiere que
existen 19,2 millones de personas de interés para esta organización en el mundo,
de las cuales, 15 millones, aproximadamente (en el 2004), son desplazados o
refugiados en relación con la violencia (3). En los años ochenta se refugiaron más
de dos millones de personas en Centroamérica (4); en Colombia, país donde se


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CAPÍTULO VIII
La salud mental y


el deplazamiento forzado




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encuentra actualmente la mayoría de desplazados del continente americano, las
cifras varían alrededor de 1,75 millones de personas en situación de desplaza-
miento, registrados (desde 1995 hasta finales del 2005) por el gobierno (5), y las
estimaciones son de más de tres millones y medio (acumulativo desde 1985) (6)
de personas desplazadas por el conflicto interno.


Según el proyecto global para los desplazados (7), los 25 millones de per-
sonas afectadas por desplazamiento interno en el mundo se caracterizan por una
desproporcionada vulnerabilidad. Se estima que tres cuartas partes de ellos no
cuentan con una asistencia adecuada de sus gobiernos.


En este capítulo se abordan los efectos en la salud mental del desplaza-
miento forzado. Por la relación que tiene la asistencia humanitaria con la protec-
ción de la salud mental, se hace una breve descripción de la misma en el contex-
to de emergencias complejas. Se describe la experiencia internacional con diferen-
tes tipos de intervenciones. Finalmente, se aborda brevemente el problema del
terrorismo y sus efectos en la salud mental.


Asistencia humanitaria y emergencias complejas


La asistencia humanitaria intenta “aliviar el sufrimiento humano como apoyo
a los esfuerzos de los gobiernos o autoridades de facto” (8). El Proyecto Esfera
constituye “un marco operativo para la rendición de cuentas respecto a las activi-
dades de asistencia humanitaria” e incluye normas mínimas para la respuesta a los
desastres en cinco sectores: abastecimiento de agua y saneamiento, nutrición,
ayuda alimentaria, refugios y servicios de salud (este último incluye servicios socia-
les y de salud mental). En el primer capítulo del manual del proyecto Esfera, la
Carta Humanitaria evoca los principios en que se basa la asistencia humanitaria:
el derecho a vivir con dignidad, la distinción entre combatientes y no combatien-
tes, y el principio de no devolución (9).


La ayuda humanitaria para las víctimas de desplazamiento forzado a menu-
do se lleva a cabo en una situación de emergencia compleja que se puede defi-
nir como: “una crisis crónica o aguda con violencia, desplazamiento de población,
inseguridad alimentaria y aumento en la tasa de malnutrición y mortalidad, asisten-
cia humanitaria a gran escala y riesgos para la seguridad del personal humanita-
rio” (10). Las emergencias complejas se diferencian de los desastres naturales por
un grupo de características; entre éstas se distingue que hay serias dificultades para
la labor humanitaria: existe un colapso de las funciones del Estado, dificultad para




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diferenciar entre combatientes y civiles, y violencia contra infraestructuras civiles.
Las emergencias complejas suelen ser de una mayor duración que los desastres
naturales; además, faltan mecanismos de rendición de cuentas y existe el posible
desarrollo de una economía de guerra, el riesgo potencial de que la ayuda huma-
nitaria prolongue el conflicto y que éste se complique por una multiplicidad de acto-
res (11).


Tabla comparativa (según Hallam, adaptada por los autores)


Dentro de este contexto, las afectaciones psicosociales de poblaciones en
situación de desplazamiento forzado están ampliamente reconocidas -en términos
de salud pública y en la práctica humanitaria- como un tema prioritario o de inte-
rés particular. No obstante, es necesario destacar que las diferentes intervenciones
son tema de discusión a la luz de ciertos vacíos de conocimiento (12-14). En la
literatura internacional se ha cuestionado la efectividad de las intervenciones psico-
sociales habituales en situaciones de violencia política prolongada.


Principales efectos del desplazamiento forzado en la


salud mental de la población


Tradicionalmente, en los efectos psicosociales de la violencia y el despla-
zamiento forzado se describen “desde consecuencias traumáticas pasajeras a otras
de prolongada duración” (14). Se basan en los mismos criterios de estrés posterior
al desastre que se han manejado en este libro; en sentido general, se pueden cate-
gorizar como sigue (13).


Emergencias no complejas Emergencias complejas


El éxito está en función del nivel de desarrollo e
infraestructura.


El éxito está en función de una solución política.


Las deficiencias más importantes en salud pública
(si existen) se hacen evidentes.


Las deficiencias en salud pública son catastrófi-
cas (inclusive la seguridad alimentaria).


La autoridad del gobierno se mantiene intacta. La autoridad del gobierno está erosionada.


La primera respuesta es local, nacional o ambas.
El gobierno pide asistencia internacional.


La respuesta local/nacional es difícil o inexisten-
te. Se requiere una intervención humanitaria inter-
nacional.


Desplazamientos temporales posibles. Desplazamientos masivos frecuentes.


La coordinación de la respuesta es nacional. La coordinación de la respuesta requiere de una
interacción civil-militar.




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• Psicofisiológicos: fatiga, náuseas, temblores finos, tics, sudoración pro-
fusa, escalofríos, mareos y trastornos gastrointestinales.


• De comportamiento: cambios del sueño y del apetito, abuso de sustan-
cias, estado hiperalerta, cambios de comportamiento y llanto fácil.


• Emocionales: ansiedad, aflicción, depresión e irritabilidad.


• Cognitivos: dificultades para la toma de decisiones, confusión, falta de
concentración y reducción del tiempo de atención.


A largo plazo, varios autores han señalado la posibilidad de pesadillas,
disminución del deseo sexual, ansiedad, depresión, violencia doméstica y disminu-
ción de la capacidad de trabajo.


Es importante destacar que los síntomas como el insomnio, la ansiedad, la
tristeza, el estado de alerta exagerado o las expresiones de desespero y los pro-
blemas del comportamiento deben interpretarse, no tanto como elementos patoló-
gicos, sino como reacciones normales ante situaciones extremas (15). Como se ha
señalado anteriormente, la frecuencia del síndrome de estrés postraumático (Post-
Traumatic Stress Disorder, PTSD), es mucho menor de lo que habitualmente se había
considerado, incluso en situaciones de conflictos armados y desplazamientos for-
zados (16). Tampoco hay evidencia de que aumente la incidencia de enfermeda-
des psicóticas. El estrés y sus manifestaciones causados por eventos extremos se
observan también en los trabajadores humanitarios y se consideran “perfectamen-
te comprensibles o esperados” (17).


El enfoque exclusivamente médico-clínico y occidental, centrado en esque-
mas diagnósticos-terapéuticos, ha sido criticado como no basado en la evidencia,
inapropiado y hasta nocivo (15, 16). En contraste con la información disponible
sobre mortalidad, malnutrición y morbilidad por enfermedades infecciosas, encon-
tramos la falta de datos epidemiológicos consistentes sobre problemas psicosocia-
les y trastornos mentales; esto complica la toma de decisiones adecuadas para la
intervención (18).


Para entender mejor los efectos del desplazamiento, Ager identifica cuatro
fases en el proceso de desplazamiento forzado: una fase pre-desplazamiento, el
desplazamiento mismo, una fase de alojamiento temporal o búsqueda de asilo y,
finalmente, la reubicación o retorno (19). Cada una de esas fases lleva consigo
retos específicos que pueden también afectar la salud mental, entendida en sus
dimensiones psicológicas y sociales.


• Pueden existir, desde antes del desplazamiento, factores de riesgo per-
sonal (20, 21) o pretrauma, como problemas en la salud mental o de




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violencia intrafamiliar; éstos, por lo general, no desaparecen con el
desplazamiento y tienen que tomarse en cuenta durante la intervención.
Aquí se incluyen también las historias de eventos traumáticos previos
(por ejemplo, un desplazamiento anterior).


• El período antes del desplazamiento puede estar repleto de experien-
cias negativas de tipo social, económico, político e individual, con
momentos de sufrimiento extremo (pérdida de familiares, miedo, insegu-
ridad, pérdida de bienes), que muchas veces constituyen los mismos
factores que llevan finalmente al desplazamiento.


• El dejar atrás su región o país significa confrontarse con un viaje peli-
groso, extenuante y una descapitalización o empobrecimiento a la luz
de un futuro incierto. No obstante, el desplazamiento mismo significa
también una búsqueda de protección; hasta puede ser preventivo, en
forma similar a los sistemas de alerta temprana que funcionan en desas-
tres naturales. En estas situaciones, las personas logran protegerse de
lo peor.


• La fase de transición temporal lleva consigo nuevas rutinas, cambio del
contexto cultural y, sobre todo, una larga espera buscando asistencia
humanitaria o soluciones legales y económicas definitivas o transitorias,
aunque muchas veces se vive una seguridad relativa en relación con la
violencia que motivó el desplazamiento.


• Finalmente, el retorno o la reubicación confrontan al desplazado con
un proceso de reajuste en un contexto cambiado y con condiciones que
contrastan con el pasado personal y familiar en lo social y económico
o, en el caso del retorno, hasta con las amenazas vividas anteriormen-
te. A veces, esta fase no se lleva a cabo de forma satisfactoria por la
espera de soluciones duraderas y se complica en temas como derechos
de propiedad de bienes, así como tierras o derechos indígenas, como,
por ejemplo, en México, Guatemala y Perú (22).


Lo anterior ilustra que el desplazamiento forzado lleva consigo muchos pro-
blemas que se convierten en factores de estrés y que pueden afectar la salud men-
tal. La experiencia y la observación del trato de desplazados forzados en el mundo
constituyeron la base y obligaron a las Naciones Unidas a pronunciarse sobre
la necesidad de proteger a los desplazados, en los siguientes aspectos: garantía
de seguridad y trato humano, privacidad y libertad de circulación, de comunica-
ción, de pensamiento y de religión, empleo y educación, personería jurídica y




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conocimiento del paradero de sus familiares, el derecho a alimentos esenciales y
agua potable, alojamiento y vivienda básicos, vestido adecuado, así como servi-
cios médicos y de saneamiento esenciales (1).


En el análisis de las necesidades psicosociales prioritarias de las personas
en condiciones de desplazamiento forzado, se deben considerar todos estos ele-
mentos anteriormente señalados que son la base en el camino hacia una adecua-
da intervención y la recuperación de la normalidad.


Posibles intervenciones


Básicamente, se distingue entre los programas que favorecen un abordaje
individual con base en un modelo de morbilidad psíquica (por ejemplo, utilizando
el modelo de la inadecuada reacción individual a un trauma que resulta en un sín-
drome de estrés postraumático) y los que miran, sobre todo, a la experiencia colec-
tiva y social y, por ende, a las respuestas basadas en la comunidad (23).


Del análisis de los efectos del desplazamiento forzado se puede concluir
que los proyectos de asistencia humanitaria en salud mental con un enfoque única-
mente individual y médico-clínico no constituyen la respuesta apropiada ni relevan-
te para asistir a las poblaciones afectadas por el desplazamiento debido a conflic-
to o violencia.


Al contrario, este enfoque psicopatológico es más la excepción que la
regla si miramos la población en general. Varios autores (14) sugieren que los pro-


Soacha/Colombia


Colombia vive la situación más significativa de desplazamiento forzado por la violencia en
nuestro continente. Entre 1,6 millones (datos oficiales) y 3 millones (datos de la sociedad civil) de
personas están en condición de desplazamiento (hasta mediados del 2005).


Soacha, una ciudad periférica del área metropolitana de Bogotá, ha servido como recepto-
ra de muchos colombianos en esta condición. Soacha ha sido, tradicionalmente, un municipio de
pocos recursos comparados con las necesidades de su población históricamente pobre y vulnera-
ble. Aquéllos en situación de desplazamiento, entonces, se vienen a sumar a esta situación gene-
ralizada de necesidades básicas insatisfechas y a competir con los residentes históricos por los
pocos y precarios servicios públicos disponibles.


La ciudad vive una epidemia de violencia. Cuatro de las cinco primeras causas de mortali-
dad en la población de 15 a 44 años están relacionadas con la violencia.


Los trabajadores humanitarios refieren la falta de confianza de muchos desplazados para
abrirse a la nueva comunidad en que viven. Ni siquiera quieren registrarse como desplazados por
miedo a ser identificados por actores armados.




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gramas que privilegian estrategias médicas enfocadas en un tratamiento “profesio-
nal” de tipo individual pueden causar más daño que efectos benéficos, porque pue-
den inhibir mecanismos de recuperación comunitaria. El empleo de un modelo tera-
péutico individual implica el riesgo de considerar a la víctima como enferma y con-
vertirla en objeto de discriminación. Esto impide la comprensión de los eventos trau-
máticos originados por la violencia y el desplazamiento (26).


En concordancia con el Proyecto Esfera y la respuesta a desastres, plante-
amos que “se debe poner el énfasis en las intervenciones sociales”, incluso hasta
en la fase aguda (27): poner simbólicamente fin a la experiencia con acciones tan
diversas como el acceso a vivienda, agua potable, alimentos y saneamiento y
garantías de seguridad, pero, también, el juicio de un perpetrador (por ejemplo,
genocida o victimario), la reunificación de familias y la rehabilitación económica
son cruciales (28).


En el análisis de la “resiliencia” o “cómo la gente continúa con su vida”,
que hace Médicos sin Fronteras, se aprecian los factores de protección que influ-
yen en las condiciones de la vida cotidiana, disminuyen los condicionantes de
estrés y permiten autogestionar la solución de los problemas psicosociales. Los fac-
tores son físicos (asegurar alimentos, agua y protección física), mentales (seguridad,
un entorno predecible), sociales (el acceso a mecanismos de apoyo diversos, así
como la capacidad de movilizarlos y sostenerlos), espirituales (la capacidad de lle-
var a cabo rituales y de reconocer cambios de creencias) y morales (valores trans-
cendentales). Estos elementos también se enfatizan en el manual de la Federación
Internacional de la Cruz Roja, junto con “el retorno a la normalidad” con activida-
des escolares y culturales y oportunidades para jugar, charlar y trabajar (29).


En lo referente a la salud mental de las poblaciones desplazadas por el
conflicto o la violencia, recomendamos un abordaje psicosocial definido como “la
conexión entre los aspectos psicológicos de la vivencia personal (pensamientos,
emociones y comportamiento) y las experiencias sociales en el sentido más amplio
(relaciones, tradiciones y cultura)” (30). “La mayoría de las personas que experi-
mentan aflicción, dolor y malestar primero buscan a otros alrededor para obtener
consejos y sugerencias… La situación es la misma para todos” (31). El principio
clave es “¡las personas y las comunidades tienen recursos!”. Así es que el
Movimiento de la Cruz Roja preconiza acciones que promueven la autoayuda
comunitaria, aunque concientes de que el tejido social mismo está afectado y, a
veces, se necesita un agente exterior para restaurar la confianza y poder comuni-
carse con seguridad (32).




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Los temas clave en los cuales podría contribuir una intervención son:


• la salud física y mental de una persona, así como sus conocimientos y
habilidades;


• ecología social (conexiones sociales y sistemas de apoyo mutuo), y


• cultura y valores (el contexto específico y la cultura de las comunidades
que influyen en la forma como las personas experimentan, entienden y
responden a los eventos traumáticos).


Toole sugiere una incorporación gradual de intervenciones de salud mental
en un marco amplio, utilizando herramientas culturalmente apropiadas de evalua-
ción de morbilidad psíquica, estudios de “resiliencia”, apoyo a los mecanismos
comunitarios y atención domiciliaria.


Se sugiere, como elemento fundamental del trabajo, la realización de una
evaluación de daños y un análisis de necesidades psicosociales con métodos cuan-
titativos y cualitativos, de los cuales se debe hacer partícipes a los representantes
de la comunidad. Las agencias humanitarias deben orientar sus esfuerzos hacia el
apoyo a las respuestas que permiten a las comunidades afrontar el duelo, así como
la rabia, la pérdida de identidad y el sentimiento de abandono.


Los análisis cualitativos de cómo entienden los desplazados los sufrimientos
causados por los conflictos armados incluyen los recursos culturales, religiosos,
sociales y personales en la reconstrucción de sus vidas. Existen diferencias en lo
que se entiende que necesita un sobreviviente y cómo se le puede ayudar. Se reco-
mienda basarse en perspectivas, recursos y estrategias locales de “resiliencia” y
eso no sólo en la etapa de evaluación de fortalezas de las comunidades afecta-
das, sino también para el diseño de las intervenciones psícosociales, de tal mane-
ra que sean culturalmente apropiadas y relevantes (28).


Enfatizamos el trabajo intersectorial e interinstitucional en el marco de una
estrategia común que permita la integración
efectiva del componente de salud men-
tal en la atención primaria. En situa-
ciones de emergencias complejas y
desplazamientos forzados, son impor-
tantes la disponibilidad de primeros
auxilios psicológicos, el seguimiento
de casos con trastornos mentales y el
desarrollo de servicios basados en la
comunidad.




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Resumen de recomendaciones básicas para la actuación


1. Privilegiar las intervenciones sociales. La atención individual de tipo clínico no
constituye la respuesta apropiada en salud mental para asistir a las poblaciones afectadas
por el desplazamiento forzado. En situaciones de este tipo, es necesario enfatizar en las
intervenciones colectivas basadas en la propia comunidad afectada.


2. Manejo adecuado de la memoria histórica


• El manejo adecuado de la memoria histórica es importante en los procesos de atención
en salud mental en poblaciones que han sido víctimas de hechos tan graves como las
violaciones masivas de los derechos humanos.


• No se ha demostrado que las personas que han vivido graves traumas psicológicos se
recuperen más rápidamente cuando se intenta revivir, a toda costa y a todo costo (y, a
veces, de manera sistemática a través del tiempo), sus recuerdos del evento.


• Es crucial un proceso donde se ponga fin simbólicamente a la experiencia y se mire
hacia el futuro, iniciándose nuevos proyectos de vida. Esto, necesariamente, debe com-
binarse con acciones de restitución material y moral, mejoría de los niveles de vida, res-
peto de sus derechos humanos, dignificación de los muertos y desaparecidos, así como
el imperio de la justicia y un estado de derecho que asegure el castigo de los victima-
rios.


3. Fortalecer los recursos comunitarios y favorecer las redes de apoyo
social


• La “resiliencia” está directamente vinculada con los factores de protección que facilitan
las condiciones de la vida cotidiana.


• Es necesario conectar las vivencias personales con las experiencias sociales en el senti-
do más amplio.


• Las personas y comunidades tienen recursos propios que les permite afrontar, en alguna
medida, el evento traumático. Es necesario fortalecer estos mecanismos de ayuda mutua
y autoayuda a nivel familiar y comunitario (redes de apoyo social). Hay que recordar
que la mayoría de las personas que experimentan aflicción primero buscan a otros alre-
dedor para obtener consejos y sugerencias.


• Las intervenciones de salud mental deben utilizar herramientas culturalmente significativas
y apropiadas.


4. Apoyar las respuestas que permiten a las comunidades vivir sus proce-
sos de duelos colectivos, familiares e individuales. Esto incluye comprender
cómo entienden los desplazados los sufrimientos causados por el conflicto armado, así
como identificar cómo incluyen los recursos culturales, religiosos, sociales y personales en
la reconstrucción de sus vidas.


5. Enfatizar el trabajo intersectorial e interinstitucional. En situaciones de emer-
gencias complejas y desplazamientos forzados, son importantes la disponibilidad de pri-
meros auxilios psicológicos, el seguimiento de los casos con trastornos mentales y el des-
arrollo de servicios especializados basados en la comunidad.




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Terrorismo


El fenómeno del terrorismo nos confronta con un factor fundamental de
incertidumbre: no hay cómo protegerse. En contraste con los desastres naturales
(como los huracanes), en el caso del terrorismo no es posible determinar un sitio de
abrigo o buscar un refugio temporal.


En los países más desarrollados, la población está acostumbrada a un
grado de seguridad alto, por lo que las amenazas que no se pueden identificar de
dónde y cuándo vienen generan temor, pánico e inmovilismo en las poblaciones.


Varios estudios recientes realizados después del ataque terrorista en
Londres, en julio del 2005, muestran que el nivel de malestar (distress) entre la
población general es de alrededor del 30% (34). Este nivel es coincidente con el
de malestar encontrado entre la población en países en conflicto. Por otro lado, el
nivel de malestar encontrado entre la población musulmana (cuyos miembros han
sido responsabilizados por los ataques) fue el doble, 71%. Esto lleva a los autores
a concluir que la comunidad musulmana sufrió desproporcionadamente mayores
niveles de estrés comparados con los encuestados de otros credos religiosos. Sin
embargo, en esas poblaciones no blancas o musulmanas, no se evidenció un
deseo de búsqueda de ayuda o consejería profesional (31).


Los expertos admiten que no se ha demostrado que las personas que han
vivido graves traumas psicológicos se recuperen más rápidamente cuando se inten-
ta revivir sus memorias del evento (32). Aparentemente, lo que hay es una necesi-
dad de contactar miembros de la familia y hablar después sobre lo sucedido.


Los ataques terroristas tienden a incrementar el número de personas con
quejas somáticas que parecen inexplicables. Estos síntomas, que pueden ser toma-
dos como enfermedades orgánicas, son posiblemente manifestaciones fisiológicas
de afectación psicológica causadas por un alto nivel de alerta; hay un miedo a lo
desconocido, ya que los actos terroristas significan una amenaza que puede afec-
tar indiscriminadamente (33). Los profesionales de la salud necesitan prepararse
apropiadamente para evitar ignorar o subvalorar estos pacientes; lo fundamental
es focalizarse en la preocupación del paciente y en el alivio de los síntomas (34).


En un atentado terrorista, a quien se ataca y, por lo tanto, quien se siente
atacado, es la sociedad en su conjunto; por consiguiente, es necesario realizar
actividades que devuelvan a la sociedad la confianza en sí misma, en sus profe-
sionales y en sus responsables políticos y comunitarios (35). Las campañas públi-
cas de información pueden ser una estrategia para combatir la amenaza psicoló-




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gica de los ataques terroristas, en la medida en que ofrezcan información coheren-
te y elementos de reflexión a las personas.


Consideraciones finales


• La necesidad de una atención específica de salud mental en situacio-
nes de desplazamiento forzado no es un tema de discusión, actualmen-
te; sin embargo, sí lo son los posibles modelos de intervención.


• Existe una amplia pluralidad en el entendimiento de los efectos en la
salud mental del desplazamiento forzado por violencia y conflicto
armado. Las manifestaciones pueden ir desde una reacción emocional
transitoria comprensible hasta la patología individual o la disrupción
socioeconómica de la comunidad.


• Por consiguiente, existen diferentes modelos de intervención. Estos dife-
rentes enfoques van desde el tratamiento individual de la morbilidad
psíquica hasta intervenciones sociales para mitigar el sufrimiento causa-
do por la violación de los derechos humanos.


• La distinción entre necesidades psicológicas y sociales, y otras priori-
dades en emergencias complejas, es artificial. Lo psíquico-social funcio-
na como un eje horizontal y confluye con otras prioridades como sane-
amiento, protección física, seguridad, inmunización y distribución de
alimentos en las fases agudas y después de la emergencia.


• La atención psicosocial debe priorizar la protección y el fortalecimien-
to de los mecanismos de “resiliencia” de las comunidades.


• Debe evitarse convertir en problemas médicos las reacciones normales
a situaciones extremas como el desplazamiento o el terrorismo.


• Los servicios de salud mental deben combinar lo médico-diagnóstico (la
enfermedad) por una parte y lo sociocultural (el malestar) por otro lado.
El reconocimiento de que existe una clara interacción entre lo social y
lo personal en la comprensión y el abordaje de la salud mental en situa-
ciones de desplazamiento, ofrece más oportunidades para una inter-
vención efectiva.




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Martha Rodríguez J.


Interrelaciones entre la comunicación social, los


desastres y la salud mental


Muchos de los problemas de tipo psicosocial que aparecen en unaemergencia o desastre podrían evitarse o reducirse haciendo un usomás eficiente del intercambio de información y de las estrategias decomunicación social.
La comunicación, en un sentido amplio, como base de las relaciones socia-


les, implica interacción, diálogo e intercambio de información entre actores que
generan conocimientos y aprendizajes, y favorecen la toma de decisiones. El acto
de informar se refiere más específicamente a la transmisión de datos, mientras que
la comunicación es un proceso más complejo e interactivo que implica la respues-
ta de quien recibe el mensaje (1).


En situaciones de desastre, la información y la comunicación están presen-
tes y son generadas por los socorristas, las autoridades o los medios de comunica-


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CAPÍTULO IX
La comunicación social


en el manejo de los problemas
psicosociales en


situaciones de emergencia




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ción. El intercambio de información entre las víctimas de desastres es lo más común
y se produce de un modo directo, de persona a persona, o entre grupos de fami-
lias y de la comunidad. Sin embargo, nadie puede negar el papel trascendental
que en situaciones de crisis juegan los medios de comunicación masivos como
fuente de información tanto para las poblaciones afectadas como para las pobla-
ciones externas (nacional e internacional).


Desde el punto de vista del sector salud, es importante preparar con antici-
pación un plan para el manejo de la información antes, durante y después de la
emergencia, que posibilite un adecuado manejo de la crisis, incluida la protección
de la salud mental.


En las comunidades, muchas veces surgen actitudes de negación o desafío
al peligro que conducen a una falta de preparación para enfrentar la emergencia.
Desde el ámbito de la comunicación, se puede ayudar para que la población
pueda comprender la dimensión del riesgo, identificar las zonas de peligro y cono-
cer las medidas para prevenir, mitigar y enfrentar de mejor manera un desastre; de
esta forma, se contribuye a reducir el temor y la aflicción, evitar la desorganización
y aliviar el sufrimiento de las personas afectadas. “Los damnificados necesitan infor-
mación tanto como agua, alimentos, medicamentos o refugio. La información
puede salvar vidas, recursos y medios de subsistencia” (3).


En Cuba, en el caso de los huracanes, se ha logrado reducir el número de muertos median-
te la coordinación interinstitucional entre los científicos, las autoridades y los medios de comunica-
ción, el desarrollo de procesos de educación y comunicación hacia la población y la alerta tem-
prana.


“En el 2004 Cuba mostró su eficacia para proteger la vida humana en los ciclones. En agos-
to, el huracán Charley dejó sólo un saldo de cuatro muertos y 70.000 viviendas gravemente
dañadas. Un mes después, cuando el huracán Iván pasó por la isla, hubo que evacuar a más de
2’000.000 de personas, pero no hubo ningún muerto…


Unas 72 horas antes de la llegada de los ciclones, los medios de comunicación dan la aler-
ta y los comités de protección civil verifican los refugios y los planes de evacuación. La instrucción
de desastres forma parte del programa escolar y todos los años se hacen ejercicios de evacua-
ción antes de que empiece la temporada de huracanes. La mayoría de los adultos tiene un buen
nivel de educación y comprende lo que dicen los funcionarios y meteorólogos” (2).


Algunas recomendaciones de la experiencia de Tamil Nadu, en India, después del tsunami,
expresan la necesidad de celebrar consultas con los damnificados y apoyar procesos de comuni-
cación con tecnologías simples, para que las prioridades de la población más vulnerable integren
los programas de recuperación, así como reforzar los vínculos de información con redes locales
(4).




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El rumor, el chisme, las noticias sin confirmar o de carácter alarmista, y la


falta de intercambio de información y coordinación entre las instituciones y la
población afectada, son factores que contribuyen a aumentar los problemas psico-
sociales en situaciones de desastre. La población necesita conocer rápida y abier-
tamente sobre los principales problemas y soluciones, y cuáles son la situación real,
los albergues disponibles, las amenazas, los mecanismos para integrarse a la
reconstrucción, etc. Es indispensable lograr una comunicación efectiva con los
damnificados para garantizar la confianza, la tranquilidad y una respuesta más
adecuada.


Planificación de la comunicación como una


herramienta de trabajo en el ámbito de la


salud mental


El componente de la salud mental es uno de los elementos del plan de
comunicación social del sector salud en situaciones de desastres e incluye estrate-
gias y acciones que permiten disminuir el riesgo psicosocial y el impacto de los
desastres en la salud mental de la población. Debe guardar coherencia con la
estrategia global de comunicación del sector salud y debe estar en corresponden-
cia con los planes generales de gestión del riesgo que se desarrollan interinstitucio-
nalmente.


A continuación, se presentan
las principales fases en la planifica-
ción de la comunicación (5), con
algunas preguntas orientadoras que
tendrán que adaptarse al tipo de
evento, a las características de la
afectación y a la realidad social y cul-
tural de la población afectada.


“Además de limitar el acopio de la información, los organismos de ayuda podrían hacer
más por informar a la población damnificada porque eso contribuye a suplir sus necesidades psi-
cológicas… Después del tsunami, algunos organismos ayudaron a la gente en la búsqueda de
parientes y amigos desaparecidos, utilizando teléfonos vía satélite. En Sri Lanka, la Cruz Roja
Belga explicó las causas científicas del tsunami a los damnificados para acabar con la supersti-
ción de que había sido un castigo divino. La prensa local puede desempeñar un papel determi-
nante en lo que se refiere a dar información vital a los damnificados…” (4, p.7).




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El diagnóstico de la situación implica evaluar las necesidades de informa-
ción y comunicación. Para esto es muy importante contar con los resultados de la
evaluación de daños y el análisis de las necesidades en salud mental en situacio-
nes de desastre (capítulo II). Se debe tener en cuenta el tipo de desastre, los facto-
res culturales, religiosos y sociales de la comunidad afectada, entender sus percep-
ciones, sentimientos y actitudes; también, identificar las modalidades y formas más
frecuentes de recepción de la información. Es necesario detallar los medios de
comunicación existentes en el territorio (radio, televisión, periódicos, revistas, etc.),
los periodistas especializados en salud, así como los líderes y autoridades comuni-


Fase Preguntas orientadoras


Diagnóstico de la situación ¿Cuál es el contexto social y cultural?


¿Cuáles son las principales percepciones frente
al riesgo o el desastre?


¿Cuáles son los principales problemas psicoso-
ciales de la población?


¿Cuáles son las principales instituciones y cober-
turas en el sector salud que trabajan en el tema,
y los recursos humanos?


¿Cuáles son los principales medios de comunica-
ción, líderes, espacios de encuentro y materiales
de comunicación disponibles?


Definición de propósitos y objetivos ¿Qué queremos lograr? ¿Para qué? ¿Dónde?
¿En qué tiempo?


Identificación del público objetivo ¿A quiénes están dirigidos los procesos de
comunicación?


Principales actores ¿Con qué instituciones se va a llevar adelante el
plan? ¿Con qué recursos humanos se cuenta?


Estrategia ¿Cómo se va a llevar adelante?


Soportes o herramientas de comunicación ¿Cuáles son los materiales con los que se cuenta
para cumplir los objetivos propuestos?


Cronograma de actividades ¿Qué acciones se van a realizar de acuerdo con
el objetivo y la estrategia definida? ¿En qué tiem-
po? ¿Con qué recursos? ¿Quién va a ser la insti-
tución o persona responsable de su ejecución y
seguimiento?


Evaluación continua ¿Se cumplen los objetivos y resultados
esperados?




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tarias, religiosas y políticas que, en alguna medida, generan o influyen en la infor-
mación y su difusión.


Los objetivos del componente salud mental en un plan de comunicación
social para enfrentar una emergencia o un desastre son los siguientes:


• Apoyar la divulgación de información y el desarrollo de procesos de
comunicación para disminuir los factores de riesgo psicosociales.


• Favorecer los cambios positivos de comportamiento, hábitos y actitudes
de la comunidad.


• Propiciar diálogos, así como el intercambio de información e interac-
ción entre los diferentes actores, para contribuir a reducir la tensión y
la aflicción.


Ahora bien, cada evento adverso y cada momento del mismo nos obligan
a plantear objetivos más específicos de acuerdo con las características y necesida-
des de la situación.


Los principales actores del proceso comunicativo en una situación de emer-
gencia o desastre son la población afectada, los miembros del sector salud, el per-
sonal de otras instituciones (socorro y rescate, ayuda humanitaria, etc.), los medios
de comunicación, el sector educativo, los gobiernos locales, la comunidad científi-
ca y la población en general.


Los grupos específicos a los cuales van dirigidas las acciones están deter-
minados según el impacto psicosocial que ha tenido el desastre en cuestión a nivel
individual, familiar o colectivo; debe tenerse especial atención con los niños y ado-
lescentes, ancianos y mujeres. La definición de público objetivo permite delimitar el
contenido y seleccionar los canales y medios que se van a utilizar.


Las estrategias deben ser flexibles y combinar adecuadamente los recepto-
res y los medios de comunicación, enfatizando la importancia de las característi-
cas propias de la comunidad. Existen muchas modalidades, por ejemplo: comuni-
cación interpersonal individual o grupal; métodos basados en las tradiciones (tea-
tro, títeres, canciones, cuentos), y medios de comunicación masivos (televisión,
radio, prensa, electrónicos.) Las estrategias de comunicación social pueden incluir
campañas y programas estructurados a corto y mediano plazo.


Las herramientas son los materiales o soportes de comunicación que permi-
ten desarrollar las acciones y, por ende, cumplir con los objetivos. Pueden ser
impresos, audiovisuales, radiales, electrónicos, etc.




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El cronograma de actividades delimita los límites de tiempo en los que
se desarrollan las actividades, fijando los recursos y las responsabilidades de
ejecución.


El proceso de comunicación social debe tener previsto un mecanismo de
evaluación que permita determinar quiénes recibieron el mensaje, cómo fue recibi-
do e interpretado, si los contenidos y canales fueron los adecuados, si se han modi-
ficado las actitudes y prácticas, así como la percepción del riesgo y los nuevos
requerimientos de información.


Principales estrategias de comunicación para


apoyar el trabajo en el área de salud mental


Trabajo con los medios. Para trabajar con los medios de comunica-
ción masivos es necesario conocer sus características y especificidades, sus méto-
dos de trabajo, los condicionamientos de tiempo y los requisitos en el procesamien-
to de la información. La información que llega al público es una responsabilidad
compartida entre los generadores de información y los medios de comunicación.
Es muy importante que la institución de salud se prepare con anterioridad, establez-
ca contactos y alianzas con
los directivos de los medios
y periodistas, para anali-
zar en conjunto aspectos
clave en la difusión de
información que podrían
ayudar a mantener la
tranquilidad y reducir la
ansiedad en tiempos de
crisis.


Radionovela Réplicas en el corazón. EIRD, OPS/OMS, CEPREDENAC, UNDP


Es una serie de tres radionovelas que narran experiencias relacionadas con terremotos, des-
lizamientos y erupciones volcánicas. Las tres historias se desarrollan en diferentes localidades y
enfatizan la importancia de aumentar la conciencia de las personas, respecto de escenarios
donde se conjugan amenazas naturales, formas tradicionales de convivencia con el riesgo, los
intereses particulares y la toma de decisiones.


Estas radionovelas, además de poder escucharse en emisoras, sirven como herramienta com-
plementaria en los procesos de capacitación relacionados con el tema de desastres.




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Trabajo con el sector educativo. Si bien los medios de comunicación masi-
vos cumplen un papel primordial en situaciones de crisis, son importantes las accio-
nes que pueden adelantar el sector educativo, los líderes comunitarios, las iglesias
y otras organizaciones de la sociedad civil. Teniendo en cuenta que muchas veces
los desastres producen un colapso de las infraestructuras a través de las que ope-
ran los medios de comunicación masivos, el plan de comunicación debe contem-
plar otras alternativas como reuniones, asambleas, comunicación interpersonal,
actividades educativas, etc.


La relación con el sector educativo formal es importante por las acciones
que se puedan adelantar en escuelas y centros docentes. En ellos se puede inter-
actuar con los padres de familia, estudiantes y maestros.


Como se ha expuesto anteriormente, el grupo de niños y adolescentes es
considerado de alta vulnerabilidad en casos de desastres y tiene un mayor riesgo
de sufrir secuelas psicológicas, además de que reaccionan y enfrentan estas situa-
ciones de manera diferente. Dentro del plan de comunicación, se debe incluir el
trabajo con las instituciones escolares, en donde se puedan planificar acciones
para el conocimiento de los principales riesgos para los menores, efectos en la
salud, acciones para enfrentar una posible emergencia o desastre, formas posibles
de reacción frente a la posible amenaza de acuerdo con la edad, etc. Cuando el
desastre ha sucedido, es importante que los niños tengan la información necesaria
y se les faciliten espacios de expresión y acompañamiento.


Trabajo comunitario. Las autoridades y los líderes locales juegan un
papel decisivo en las estrategias para una comunicación efectiva pues es el esce-
nario comunitario en donde se decide el éxito de un buen trabajo de información
que tenga un impacto positivo en la salud mental de la población. En el próximo
epígrafe abordamos las formas de comunicación grupal que son fundamentales
para el accionar a nivel comunitario.


En El Salvador, el 13 de enero de 2001 se inició una crisis sísmica con varios terremotos y
numerosas réplicas que causaron graves efectos en la población, la infraestructura, las activida-
des productivas y el medio ambiente en gran parte del país.


“Las estaciones de radio tuvieron un papel relevante en cuanto a la transmisión de informa-
ción, especialmente en las zonas rurales afectadas donde gran parte de la población no tiene
acceso a un televisor y los pobladores se informaron por la radio local. A través de la radio se
trasmitieron recomendaciones sanitarias; se logró que varias organizaciones locales se moviliza-
ran para atender inventarios de daños, se informó constantemente sobre el estado de las rutas inte-
rurbanas y los avances de las obras para restituir las vías dañadas. La radio contribuyó a que la
población tomara las medidas pertinentes y a que se buscasen soluciones alternas para su movi-
lización extraurbana” (5).




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Grupos de información. La información grupal directa es el modo de
comunicación más frecuente e importante en las comunidades en situaciones de
desastre para informar, enmendar referencias erróneas, rumores o mitos, y apoyar
la organización de la población en la respuesta y la recuperación frente al desas-
tre. Ofrecer información veraz y confiable tiene como efecto el alivio de la aflic-
ción. Se puede llevar a cabo mediante reuniones, asambleas, talleres, al inicio o
final de oficios religiosos, etc.


Conformación de los grupos. La convocatoria y el desarrollo de grupos
para información y orientación son, muchas veces, espontáneos e inmediatos,
dadas las necesidades de comunicación que se crean como consecuencia del
desastre. Sin embargo, es necesario ser cuidadoso en la selección de las personas
que fungirán como facilitadores/informadores, ya que deben contar con prestigio
entre los pobladores y reconocido liderazgo, así como tener habilidades mínimas
de comunicación.


• comunitario o de la población en general;


• grupos específicos: mujeres, niños, jóvenes, adultos mayores, discapa-
citados, equipos institucionales de respuesta, comunicadores sociales,
etc.; y


• familiar, dirigido a casos de familias en situaciones específicas.


Consideraciones metodológicas para la operación de los grupos. Algunas
consideraciones que se deben tener en cuenta para el desarrollo de los grupos de
información directa son las siguientes.


• Las reuniones no deben tener un carácter informativo unidireccional
(expositor-público), sino que deben ser participativas y facilitar el diálo-
go, el intercambio, las preguntas y respuestas, los planteamientos de
problemas, las propuestas de soluciones, etc.


• Algunos temas importantes por tratar en estas reuniones son: situación
del evento adverso, efectos en la comunidad, acceso a los servicios de
salud, seguridad social, recursos para satisfacer las necesidades bási-
cas de protección, alimentación, agua potable, higiene y alojamiento,
entre otros.


• Se debe informar sobre las acciones tomadas por las autoridades,
desde la fase de impacto hasta el momento actual; se debe precisar el
papel de los participantes del grupo en la respuesta y la recuperación.




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• En el caso de la necesidad del traslado de afectados a otros lugares,


como refugios o albergues, es fundamental la explicación clara de las
razones del desplazamiento, el porqué han sido seleccionados, el
lugar, las condiciones, la organización, el probable tiempo de su per-
manencia y otras dudas que surjan.


Los grupos informativos tienen como propósito básico la orientación, pero,
en ocasiones, es difícil establecer los límites con otros procedimientos como los gru-
pos de apoyo emocional o ayuda mutua. Es indudable que la adecuada informa-
ción va a constituir por sí misma una acción de soporte emocional. Por otro lado,
en la medida en que las reuniones informativas se repitan, porque las circunstan-
cias así lo requieren, se puede comenzar la conformación de los otros grupos men-
cionados.


El uso del humor en las estrategias de comunicación social, tanto en lo indi-
vidual como en el ámbito comunitario, adecuado al contexto cultural, social y a las
circunstancias específicas, puede ser un factor de recuperación. Existen experien-
cias sobre el manejo de versos, canciones, coplas, etc.


Selección del facilitador. El facilitador de la reunión debe tener capacidad
de convocatoria y ser capaz de motivar a la población para que exprese sus pro-
blemas y dudas; debe escuchar con atención demostrando interés, así como lograr
la participación activa en la respuesta a la emergencia o desastre y en la recupe-
ración. Debe tener una actitud serena, respetuosa, cordial y afectiva, pero firme,
con un buen conocimiento de la situación.


Los facilitadores deben disponer de una preparación previa (antes del
desastre) en temas psicosociales. Pero en muchas ocasiones no ha sido así, por lo
que se impone una capacitación rápida, directa y eminentemente práctica. Los pro-
fesionales de salud mental deben apoyar estos procesos y movilizarse con las auto-
ridades, agentes comunitarios y trabajadores de atención primaria, acompañándo-
los en el terreno para apoyar las reuniones informativas.


Recomendaciones prácticas para las actividades de


comunicación


Pautas generales para el sector salud


• Tener una actitud proactiva en la generación y difusión de la informa-
ción, así como mantener una relación fluida y coordinada con los




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medios de comunicación. El tener acceso impedirá que los periodistas
busquen información en fuentes alternativas o que hagan evaluaciones
independientes.


• Ofrecer toda la información y la orientación disponibles sobre las labo-
res de ayuda y salvamento que se estén efectuando, de manera veraz
y seria, que infunda calma, en especial a aquéllos que residen en las
zonas afectadas. Se debe difundir información actualizada y confia-
ble, por ejemplo, sobre heridos, fallecidos, centros de asistencia a los
damnificados, acceso a servicios y programas, seguridad social, etc.


• En situaciones de crisis es fundamental ofrecer información continua a
los medios y a la comunidad, aun cuando existan algunas dudas y
lagunas. A veces, la oportunidad y la rapidez son más importantes que
la exhaustividad.


• La información general debe respetar la cultura y las tradiciones de la
comunidad, así como tener un abordaje humano que sensibilice al que
informa y al que recibe el mensaje.


• Asesorar y recomendar a los líderes y autoridades del gobierno para
que, en sus declaraciones públicas, transmitan calma para reducir el
temor y la incertidumbre.


• No deben existir contradicciones en los mensajes informativos. Siempre
que sea posible, debe utilizarse información escrita, tipo boletines,
para las labores de divulgación y orientación que se ofrecen a la
población.


• Reconocerlo cuando la información sea incierta o no esté disponible.
Nunca guardar información en nombre del “interés público”.


• Responder rápida, positiva y abiertamente a los cuestionamientos de
los medios de comunicación y la comunidad en general. Las conferen-
cias o declaraciones a la prensa son instrumentos muy adecuados en
caso de desastres. Antes de dirigirse a los periodistas, es importante
generar un clima de sinceridad y confianza mutua, y evitar la circula-
ción de rumores.


• Se recomienda que sólo el vocero oficial de la institución hable con los
medios de comunicación. Sin embargo, si se va a abordar el tema de
salud mental, es deseable que los profesionales especializados y que
estén trabajando en la respuesta, puedan acompañar al vocero para
informar y aclarar dudas específicas.




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• Documentar y difundir las experiencias y lecciones aprendidas. Para


esto es necesario garantizar el registro y archivo de documentos, imá-
genes y videos de las acciones desarrolladas, pues esto aportará la
información necesaria para la elaboración de mensajes y la posterior
evaluación de la emergencia.


Pautas para los servicios y equipos de salud mental


• Capacitar al personal de los equipos de respuesta, trabajadores de la
salud, educadores, trabajadoras sociales, voluntarios, líderes comunita-
rios y periodistas en las principales manifestaciones psicosociales que
se presentan habitualmente en situaciones de desastres, así como en
recomendaciones prácticas para facilitar la respuesta y la recupera-
ción.


• Trabajar en conjunto con el equipo de comunicación social de la insti-
tución de salud, orientando las medidas que desde el punto psicosocial
se deben tomar para evitar el pánico, la ansiedad y disminuir los efec-
tos emocionales desestabilizadores.


• Apoyar al equipo de comunicación en la preparación de un paquete
para la prensa, en el cual se incluyan orientaciones relacionadas con
la reducción de los efectos psicosociales en la población.


• Apoyar la elaboración de productos de comunicación en audio, pren-
sa y video para facilitar el trabajo en salud mental.


• Alentar la participación activa del conjunto de la comunidad.


• Evitar un lenguaje excesivamente técnico o especializado.


Recomendaciones para el trabajo de los periodistas y medios de


comunicación


• La misión de los medios de comunicación, durante una crisis, es man-
tener al público bien y oportunamente informado.


• Ser crítico con las fuentes de noticias. Comprobar los hechos cuidado-
samente y distinguir entre la información oficial de la institución encar-
gada del manejo de la emergencia y los criterios individuales de exper-
tos, comentarios, descripción de hechos e interpretaciones.




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• Mantener un contacto sistemático con las instituciones de salud, para
difundir información que ayude a mantener el equilibrio emocional de
la población.


• Mantener informada a la población, de manera continua, sobre la evo-
lución de la situación. Para esto es necesario transmitir en forma reite-
rada los mensajes importantes para la comunidad.


• Difundir información y mensajes positivos (de ánimo y apoyo) que ele-
ven la moral y hagan sentir a la población damnificada que no está
sola; es decir, buscar un equilibrio informativo, aun en momentos de cri-
sis.


• Los medios de comunicación deben priorizar aspectos tales como el
enfrentamiento de la situación, preservar vidas, desarrollar la solidari-
dad y evitar el aislamiento.


• Tener en cuenta los efectos psicológicos que el impacto de las imáge-
nes genera en el público. No exponer innecesariamente imágenes
cuya crudeza y dramatismo profundicen el impacto psicológico propio
de la situación acaecida, incrementando las condiciones de vulnerabi-
lidad de las personas.


• Controlar el tono de tragedia que puede tener la información sobre un
desastre, evitando la repetición constante y morbosa de los hechos.


• No difundir noticias sin confirmar (rumores o insinuaciones), ni fomentar
desacuerdos o enfrentamientos entre las diferentes instituciones que tra-
bajan en la emergencia, o con la comunidad científica.


• Respetar la privacidad de los damnificados, heridos y familiares, así
como la muerte y el dolor ajenos.


• Respetar los sentimientos de las personas en proceso de duelo por la
pérdida de seres queridos (evitar la fotogra-
fías de primer plano o imágenes de tele-
visión de víctimas o familiares).


• La transparencia y la oportunidad en
la información no deben reñir con la
prudencia y la cautela.


• No crear falsas expectativas o
esperanzas.




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Lineamientos para la elaboración de los mensajes


La información y los mensajes que se generen en las instituciones y en los
medios de comunicación deben orientar la respuesta de la población y prevenir o
disminuir el impacto emocional de un evento adverso.


Para el sector salud es importante tener previamente elaboradas algunas
herramientas de comunicación que puedan servir para apoyar la respuesta a la
emergencia. Sin embargo, un principio básico es que los mensajes se diseñen a
partir de la evaluación de la situación existente, del impacto psicológico en la
población, así como de los daños y necesidades de la comunidad.


Los principales elementos que se deben considerar son:


• Focalizar la información en la importancia de preservar la vida y la
salud.


• Promover la solidaridad invitando a las personas que no fueron afecta-
das a tener un comportamiento positivo de ayuda a los más vulnera-
bles, especialmente niños, adultos mayores, discapacitados y enfer-
mos.


• Estimular que la población esté atenta a la información oficial y no
actúe basándose en los rumores.


• Mantener informada a la población sobre los principales problemas,
soluciones, necesidades y medidas que la población pueda adoptar
(por ejemplo, servicios de salud disponibles, acceso a suministros y ali-
mentos), especificando los lugares previstos para recibir ayuda.


• Tener en cuenta las tradiciones y percepciones sociales, culturales y reli-
giosas, lo que lleva a generar mensajes que respetan las normas y valo-
res de la población.


• Considerar aquellos territorios con gran diversidad cultural y étnica; si
es necesario, se deben emitir los mensajes en todos los lenguajes y dia-
lectos.


• Difundir la información esencial y necesaria; recordar que demasiada
información puede confundir al público y oscurecer el mensaje central.


• Utilizar, cuando sea posible, fotos, dibujos o gráficos para explicar los
mensajes.


• Realizar una validación de los mensajes y herramientas de comunica-
ción antes de difundirlos públicamente.




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• Es recomendable que los mensajes elaborados respondan de forma
clara a las siguientes preguntas:


n ¿Invita a la lectura, o a escucharlo, verlo y utilizarlo?


n ¿Induce a realizar acciones positivas?


n ¿Es claro y se entiende el contenido que se quiere transmitir?


n ¿Los receptores se identifican con la situación y los personajes?


n ¿Existen las condiciones y posibilidades para que los receptores
puedan poner en práctica las indicaciones recibidas?


Consideraciones finales


• El adecuado manejo de la comunicación social contribuirá a reducir la
incertidumbre y disminuir el impacto psicosocial del evento adverso.


• Frente a las reacciones de incertidumbre, temor y tensión generadas en
un desastre, es importante desarrollar una adecuada estrategia de
comunicación con un oportuno flujo de información.


• La comunicación social es un eje transversal en las acciones de prepa-
ración y atención de desastres y el tema de salud mental debe ser un
componente del plan de comunicación en situaciones de desastres del
sector salud.


Ejemplos de mensajes a la población para apoyar la protección de la salud
mental


• El temor, la desconfianza, la tristeza, la angustia, la incertidumbre, la dificultad para dormir,
la irritabilidad, la falta de concentración, la falta o el exceso de apetito y las crisis de llanto
son reacciones normales ante situaciones de desastre. La expresión de estos sentimientos le
ayudará a recuperarse más prontamente.


• Para desahogarse busque una persona de confianza, cuéntele lo que siente y también escu-
che sus problemas. Usted también puede ayudar escuchando a otras personas.


• En situaciones de desastres, muchas veces los niños no pueden expresar fácilmente lo que
sienten, por lo que es muy importante escucharlos, darles cariño, seguridad y jugar con ellos.


• Realice actividades con sus vecinos para apoyarse mutuamente y superar los problemas gene-
rados por el desastre.


• Busque ayuda en el centro de salud más cercano. No sufra callado ni a solas.


• Use solamente los medicamentos recomendados por personas autorizadas. Evite tomar “medi-
cinas para los nervios” por su cuenta.


• No beba alcohol u otras drogas para evadir la situación o “sentirse mejor”.




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• Las estrategias de comunicación e información se deben desarrollar


internamente en la institución de salud, pero son fundamentales también
las alianzas, especialmente con los medios de comunicación, el sector
educativo y los gobiernos locales.


• La producción de información seria y responsable, pertinente y oportu-
na, que tenga en cuenta las implicaciones en la salud mental de la
población, es un desafío de las instituciones involucradas en la respues-
ta y el manejo del desastre.


• Las estrategias y acciones que se implementen antes del desastre (como
preparación) serán vitales para lograr una comunicación efectiva en los
momentos críticos y generar una respuesta eficaz.


• La recuperación después de un evento adverso suele llevar un tiempo
prolongado, por lo que es importante que las áreas de comunicación
social y de salud mental del sector salud mantengan el tema en vigen-
cia para promover la rehabilitación psicosocial y el retorno a las acti-
vidades cotidianas.




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Referencias


1. Organización Panamericana de la Salud. Guía de preparativos de salud
frente a erupciones volcánicas. Módulo 5: La comunicación frente a erupcio-
nes volcánicas. Quito: OPS; 2005.


2. Wisner B, Ruiz V, Laell A, Meyreles L. ¡Corra, avísele a sus vecinos! Alerta de
huracanes en el Caribe. En: Informe Mundial sobre Desastres (resumen).
Ginebra: Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la
Media Luna Roja; 2005. p.5.


3. Vaux T. ¿Datos o diálogo? El papel de la información en casos de desastre.
En: Informe Mundial sobre Desastres (resumen). Ginebra: Federación
Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja;
2005. p.5.


4. Jefferys A, Simha V, Samuel K, Kottegoda S. Eskeland L. Compartir informa-
ción para la recuperación de Asia meriodional. En: Informe Mundial sobre
Desastres (resumen). Ginebra: Federación Internacional de Sociedades de la
Cruz Roja y de la Media Luna Roja; 2005. p.23.


5. Organización Panamericana de la Salud. Terremotos en El Salvador.
Washington, D.C. OPS, 2002.




Líneas generales de acción de un plan de atención de


salud mental en emergencias


• Acciones previas de preparación. Comprenden la planifica-
ción y la organización de la respuesta, la capacitación del personal,
etc.


• Evaluación preliminar rápida de los daños y las necesi-
dades en salud mental


• Atención psicosocial por personal no especializado. Los
trabajadores de atención primaria en salud, los voluntarios, el personal
socorrista y de ayuda humanitaria, y los agentes comunitarios son el
contacto directo con la población y los que prestan la primera ayuda
psicológica en el período crítico.


• Atención especializada. Debe reservarse para casos con trastor-
nos psíquicos más complejos. Los servicios especializados deben estar
vinculados con la atención primaria en salud.


• Capacitación en los principios básicos de atención
psicosocial, intervención en crisis y primera ayuda emo-


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CAPÍTULO X
Conclusiones




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cional. Se les brinda a los agentes de la primera línea de contacto
con las víctimas y sobrevivientes.


• Educación para la salud. La población debe conocer que muchas
de las manifestaciones psicosociales que se presentan son respuestas
emocionales normales ante el suceso e identificar aquellos problemas
que requieran asistencia y el aprendizaje de algunas medidas simples
para el afrontamiento de estas situaciones.


• Comunicación social. Una buena estrategia de información y
orientación a la sociedad es esencial para fomentar la tranquilidad y
reducir el miedo y la aflicción.


• Coordinación intersectorial e interinstitucional


• Organización comunitaria, participación social y fomento de la auto-
rresponsabilidad


• Sistema de registro de la información, indicadores y seguimiento


Principios generales de actuación


• Es necesario modificar el paradigma de atención en salud mental en
situaciones de emergencia, privilegiando lo grupal y comunitario. Las
respuestas institucionales más frecuentes han estado basadas en la
atención psiquiátrica individual que es poco efectiva y sirve sólo a un
número muy reducido de personas.


• La provisión de asistencia directa en albergues, escuelas y otros espa-
cios comunitarios permite identificar tempranamente los problemas psi-
cosociales y actuar activamente.


• Se debe evitar que el sufrimiento se torne un problema psicológico y
que la atención de las víctimas se remita a los médicos.


• Se deben evitar las etiquetas diagnósticas.


• Se debe restringir la hospitalización a los casos estrictamente necesa-
rios y por el menor tiempo posible. Igualmente, se debe restringir el uso
de medicamentos, al mínimo posible.


• Se deben definir los criterios de remisión al especialista, como son: 1)
los síntomas persistentes o agravados que no se han aliviado con las
medidas iniciales o cuadros que generan gran sufrimiento; 2) las difi-
cultades importantes en la vida cotidiana; 3) el riesgo de complicacio-




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nes, en especial, el suicidio; 4) los problemas coexistentes, como el
alcoholismo, y 5) los trastornos psiquiátrico graves, como las psicosis
(poco frecuentes en estas condiciones).


• Después de un desastre de gran envergadura, se necesita brindar orien-
tación para la inseguridad causada por miedos ante nuevos desastres
o réplicas.


• Se deben tener en cuenta los valores, tradiciones y costumbres de la
población, así como otras características de acuerdo con la edad, el
sexo, el lugar de residencia, etc.


• La ubicación de los damnificados en albergues o refugios debe ser con-
siderada una alternativa de último recurso, pues genera muchos proble-
mas psicosociales.


• Los grupos más vulnerables deben recibir una atención específica. Los
miembros de los equipos de respuesta son un grupo de riesgo que
debe recibir atención prioritaria.


• Se deben apoyar las medidas generales que contribuyen a fomentar el
orden y la tranquilidad.


• La ayuda humanitaria, la satisfacción de las necesidades básicas de
los afectados y el establecimiento de contextos seguros son las prime-
ras medidas de ayuda psicosocial.


• Se debe enfatizar el retorno a la normalidad tan pronto como sea posi-
ble, evitando la revictimización.


• El acompañamiento humano de carácter grupal en momentos significa-
tivos, como en las exhumaciones o en las morgues, es un abordaje que
complementa las intervenciones clínicas y las medidas administrativas.


• El manejo de grandes cantidades de cadáveres debe ser cuidadoso y
ético; hay que establecer una manera ordenada e individualizada de
notificar las muertes y las desapariciones. Es importante evitar los entie-
rros en fosas comunes y promover la identificación, el registro apropia-
do de los cadáveres y la entrega de los mismos a sus
familiares.


• Es necesario que las vivencias del duelo adquieran diferentes formas de
expresión, según la cultura. La ejecución de los ritos de despedida de
los seres queridos adquiere relevancia en los procesos de aceptación
y reelaboración de lo sucedido.




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• Se ha demostrado que los efectos en la salud mental de los conflictos
armados prolongados pueden ser a mediano y largo plazo.


• En situaciones en las cuales han ocurrido grandes violaciones de los
derechos humanos, torturas y masacres, se enfatiza en las intervencio-
nes sociales para la reparación del tejido social: resarcimiento, aten-
ción humanitaria de los sobrevivientes, recuperación de la memoria
colectiva, dignificación de las víctimas, así como las exhumaciones que
puedan contribuir al esclarecimiento de los hechos y a facilitar el pro-
ceso de duelo.


Sobre la atención a los niños


Los tipos y modalidades de atención de las principales reacciones y pro-
blemas psicosociales en la infancia varían en un amplio rango, según la edad.


Qué hacer, en líneas muy generales


• Favorecer su retorno a las actividades habituales, en la familia, la
escuela y la comunidad de pertenencia, así como vincularlos a activi-
dades lúdicas, deportivas y recreativas.


• Los padres, familiares y maestros deben observar cuidadosamente e
identificar tempranamente cualquier modificación en las conductas
habituales de los menores.


• Facilitar espacios para la libre expresión y el inter-
cambio entre los niños. Apoyarlos cuando quieran
hablar y expresar sus sentimientos, así como escu-
charlos con atención; es necesario prever que el
menor, en muchas ocasiones, no se siente seguro.


• Los espacios de atención psicológica al niño
deben ser muy flexibles y centrados en sus propios
escenarios, como la escuela o la comunidad.
Debe reducirse al mínimo la atención clínica en el
consultorio.


• Los jóvenes y las mujeres pueden jugar un papel
importante en la atención a los niños y en su orga-
nización grupal.




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Qué no hacer con los niños


• No forzarlos a hablar o expresar sus sentimientos. Las intervenciones de
tipo catártico que promueven la memoria del trauma pueden resultar
dañinas. Esto es diferente a proporcionarles espacios de libre expresión
y acompañamiento.


• No imponerles ideas o formas de reaccionar o comportarse.


• No prescribir psicofármacos ni hospitalizar, salvo muy contadas excep-
ciones que deben ser valoradas por un especialista.


• Evitar el exceso o sobrecarga de ayuda, sobre todo profesional o por
diferentes equipos, en ocasiones, sin relación entre sí.


Sobre los tamizajes de poblaciones afectadas por los


desastres


Las encuestas o pruebas para la detección de “casos”, realizadas después
de un evento traumático, pueden ser de utilidad y llamar la atención sobre enfer-
mos que no se han identificado para prevenir una morbilidad de larga evolución.
El costo y la factibilidad pueden ser obstáculos, sobre todo cuando se pretende
aplicar de manera rutinaria a grandes grupos de población. Sin embargo, el tema
no deja de ser discutible y aún existen interrogantes.


Recomendaciones


• El tamizaje puede ser útil para detectar problemas como: niveles de
estrés, altos y sostenidos, que pueden ser indicativos de complicacio-
nes futuras, depresión, abuso de alcohol o drogas y disfunción impor-
tante en la vida cotidiana.


• No se debe llevar a cabo un tamizaje antes de las primeras cuatro
semanas, dado que las posibilidades de recuperación espontánea son
muy altas en esa fase y se puede sobrestimar la problemática existen-
te.


• Se recomienda aplicarlo solamente a los grupos en riesgo muy bien
seleccionados que hayan sufrido grandes traumas o en los cuales se
anticipen elevados índices de trastornos psíquicos.




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Diez consideraciones básicas


1. En situaciones de desastres naturales y otras emergencias, se eleva la
frecuencia de los trastornos psíquicos pero, también, de muchas otras
manifestaciones emocionales que pueden considerarse como “respues-
tas normales ante situaciones anormales” (por ejemplo, la aflicción y el
miedo). Además, se evidencian otros problemas como el consumo
excesivo de alcohol y las conductas violentas.


2. Hay un pequeño grupo de personas que necesitan apoyo específico o
tratamiento especializado y que requieren ser identificadas temprana-
mente.


3. En la actualidad, el concepto clásico de estrés postraumático está sien-
do muy criticado. No es aplicable a los países en vías de desarrollo;
lo más frecuente es observar síntomas aislados de estrés postraumático,
pero no el cuadro en su totalidad. La búsqueda específica y casi exclu-
siva del estrés postraumático es contraproducente.


4. No son recomendables los servicios especializados de tipo vertical y
centrado en la atención al trauma. Los servicios de salud mental deben
estar insertados en la red de atención primaria en salud, con un enfo-
que amplio y no centrado exclusivamente en el trauma.


5. La principal prioridad en el trabajo de salud mental es reintegrar a las
personas a su vida normal.


6. El trabajo de apoyo psicológico indiscriminado, realizado por equipos
del extranjero o por varios grupos de manera simultánea, es contrapro-
ducente.


7. El debriefing no es un procedimiento aconsejable como una interven-
ción temprana después del trauma; actualmente, la mayoría de los
especialistas lo consideran ineficaz (e, incluso, contraproducente),
como técnica de trabajo individual o grupal.


8. Las grandes catástrofes tienen un impacto en la salud mental a media-
no y largo plazo; las lesiones psicológicas no se curan tan fácilmente
como las heridas. Por lo tanto, debe preverse el trabajo de recupera-
ción después de la fase crítica.


9. La ayuda humanitaria y social es una parte importante del trabajo para
mejorar la salud mental de las poblaciones afectadas por desastres,
pero debe complementarse con otras intervenciones específicas. Sería




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un error considerar que la atención de salud mental se restringe sólo a
formas de ayuda o asistencia social.


10. Existen modalidades de intervenciones sociales y psicológicas que han
sido consensuadas por la experiencia y en las que casi la totalidad de
los expertos están de acuerdo. Un plan de acción de salud mental en
situaciones de desastres debe fundamentarse en estos principios prag-
máticos, flexibles y de amplia aceptación.




Salud Mental
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