SINTITUL-6

INMEDIACIONES
d e l a c o m u n i c a c i ó n






Autoridades de la
Escuela de Comunicación


Decano Facultad de
Comunicación y Diseño


ING. EDUARDO HIPOGROSSO


Secretario Docente
Escuela de Comunicación


MSC. VIRGINIA SILVA PINTOS


Coordinadora Escuela
de Comunicación


SOC. SILVIA SZYLKOWSKI


Coordinadora Graduados
ANA SOLARI


Coordinadora
Producción Audiovisual


LIC. MARIANA WAINSTEIN


Cátedra Periodismo
C L A U D I O P A O L I L L O


Cátedra de Publicidad
ALVARO MORÉ


Cátedra Narrativa,
Semiótica y Persuasiva


DRA. HILIA MOREIRA


Cátedra de Arte y Estética
LIC. JOAN VAN DEN BERGHE


Cátedra Producción Audiovisual
LIC. ANDRÉS ROSENBLATT


INMEDIACIONES es una publicación de la Escuela de Comunicación de la Universidad ORT Uruguay


Consejo
Editorial
HILIA MOREIRA
CLAUDIO PAOLILLO
VIRGINIA SILVA PINTOS
ANA SOLARI
SILVIA SZYLKOWSKI
CARLOS VALLINA
JOAN VAN DEN BERGHE


Consejo
Asesor
ALICIA ENTEL (ARGENTINA)
ANÍBAL FORD (ARGENTINA)
JOSÉ CARLOS LOZANO (MÉXICO)
MARÍA CRISTINA MATA (ARGENTINA)
JOSÉ MARQUES DE MELO (BRASIL)
RAÚL FUENTES NAVARRO (MÉXICO)
ERICK TORRICO (BOLIVIA)


Diseño
PABLO GONZÁLEZ


Foto de portada
LEO BARIZZONI


Redacción
Universidad ORT Uruguay
Uruguay 1185, 11.100
Montevideo - Uruguay
Tel.: (05982) 908 0677
Fax: (05982) 908 0680
E-mail: inmediaciones@ort.ort.edu.uyIN


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S INMEDIACIONESde la comunicaciónAÑO 3 - NUMERO 3




SUMARIO


Prólogo 7


COMUNICACIÓN Y CIUDAD


Construyendo ciudadanía 11
Luciana Perelló


Montevideo: ¿una pequeña 21
gran ciudad?
Carola Rabellino-Silvia Szylkowsky


Ciudad: Imágenes e Imaginarios 35
Verónica Filardo


El artista + la ciudad 45
Joan van den Berghe


Ciudad, cine, comunicación 55
Pablo Ferré


La ciudad como piel
protectora y conflictiva 61
Daniel Mazzone


NARRATIVA Y CIUDAD


Potencial cultural de una
ciudad: Montemundo 73
Hilia Moreira


Tren a oscuras 81
René Fuentes


Infinitésimo en la ciudad 81
Gabriel Schutz


Nota al pie: ciudad y escritura 113
Ana Solari


COMUNICACIÓN Y SALUD


Comunicación y Salud 119
Virginia Silva Pintos


Comunicação e saúde pública:
alavancando o desenvolvimento 137
José Marques de Melo


La Adolescencia: la gran
ausente en los medios 147
Quima Oliver i Ricart


OTRAS MIRADAS


¿Es necesaria una Política
en Ciencia y Tecnología? 159
Fernando Brum


La globalización y el Palo Enjabonado 165
Fernando Brum


Objetividad, subjetividad y otras
contaminaciones de la historia 171
Roger Geymonat


Reclamando el pasado indígena 179
Cecilia Mañosa


Dialéctica de la globalización: la
mediación (también) es el mensaje 193
Gustavo Remedi


La libertad de expresión, la
libertad de prensa y la cultura 201
Claudio Paolillo


Fotoensayo/Pasiones y demencias 211
Armando Sartorotti




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La edición número 3 de INMEDIACIONES se diferencia de las anteriores, entre otras razo-
nes, por la adopción de una estructura en dos partes: de un lado, un conjunto de ensayos
reunidos en torno a un eje temático único y, del otro, una serie de trabajos ordenados en
áreas específicas. En este caso el cuerpo de la revista se centra en Comunicación y
Ciudad y la periferia abarca áreas como: Narrativa y Ciudad, Comunicación y Salud,
Otras Miradas (nuevas tecnologías, ética y periodismo, entre otros).


La relevancia asignada al tema Comunicación y Ciudad es consecuente con los esfuer-
zos hechos a nivel curricular en el marco de los cursos de Cultura y Comunicación. Ciudad
como escenario y espacio urbano en permanente construcción, que concentra elementos
materiales, simbólicos e ideológicos, además de las mediaciones políticas, económicas y
culturales que la atraviesan; Ciudad como lugar de despliegue de prácticas de producción,
negociación e intercambio de sentidos- y, empleando una frase de Rossana Reguillo, Ciudad
como “una gran red de comunicación que interpela a los actores de diversas maneras”.


La elección de la temática Comunicación y Ciudad rima con la vocación de interdisci-
plinariedad propia del campo académico que nos ocupa, en tanto sus objetos están enrai-
zados también en campos científicos diversos; por esa misma razón, la temática convoca
de manera ideal a las diversas perspectivas que conforman la actividad curricular de
nuestra institución: periodismo, audiovisual, publicidad, pero también ciencias sociales,
historia, estética, semiótica, lingüística, narrativa, ciencias políticas.


En este sentido, la amplitud del tema central del número 3 de INMEDIACIONES –que a
primera vista podría parecer un problema- deviene en una ventaja en tanto habilita un
punto de encuentro para las disciplinas interactuantes con la Comunicación.


Por otra parte, la ciudad –como “lugar del acontecimiento cultural” - contempla, admite
y pide nuevas lecturas, que acompañen y ayuden a entender las dinámicas y los procesos
propios de los tiempos que corren. Anticipamos que el cuerpo central del próximo número
girará en torno a la crisis internacional y compleja trama de situaciones y procesos socio-
culturales que se viven en la actualidad.


INMEDIACIONES de la comunicación inicia con esta edición una etapa de cambios que pre-
tendemos profundizar en los números siguientes. Nuestro propósito, entre otros, es que
la revista se abra ampliamente a la participación y a los aportes científicos de los especia-
listas y académicos del campo comunicacional; por eso invitamos desde ahora a todos
nuestros lectores a contribuir enviando ensayos y propuestas. Nuestra intención es con-
tinuar trabajando con esfuerzo no sólo en la calidad del contenido de la publicación sino
también en el aumento de su difusión.


Esperamos que los aportes aquí reunidos incentiven debates, investigaciones e inter-
cambios que animen a sus propios autores a continuar profundizando, y a docentes y
estudiantes a reflexionar y ampliar el conocimiento sobre los temas presentados.


Quiero dejar constancia del esfuerzo y el compromiso del comité editorial en su totalidad,
y en especial destaco el trabajo de Ana Solari, Silvia Szylkowski y Joan van den Berghe,
quienes además de focalizar con intensidad y rigor en temas editoriales, se hicieron cargo de
muchos de los aspectos que hacen a la dimensión productiva de una publicación, esas
cuestiones operativas fundamentales sin las que ninguna revista podría ser posible.


Virginia Silva Pintos
Montevideo, Octubre de 2001


Prólogo




Construyendo ciudadanía
Luciana Perelló


Montevideo: ¿una pequeña gran ciudad?
Carola Rabellino - Silvia Szylkowsky


Ciudad: imágenes e imaginarios
Verónica Filardo


El artista + la ciudad
Joan van den Berghe


Ciudad, cine, comunicación
Pablo Ferré


La ciudad como piel protectora y conflictiva
Daniel Mazzone


COMUNICACIÓN Y CIUDAD




CONSTRUYENDO CIUDADANÍA Luciana Perelló




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Construyendo ciudadanía


Licenciada en Comunicación Social, Universidad Nacional de Rosario,
Argentina. Candidata a Magister en Planificación y Gestión de los Procesos
Comunicacionales, Universidad Nacional de La Plata y Centro Educativo La
Crujía, Buenos Aires, Argentina. Docente de la Escuela de Comunicación,
Universidad ORT Uruguay.


Se ha escrito mucho sobre la ciudad desde distintas miradas y disciplinas. Sin em-
bargo hoy, sostiene Rosana Reguillo, se la analiza como una dimensión co-constitutiva
de lo social.


Las ciudades atraen la atención de gobernantes, especialistas y ciudadanos al conver-
tirse en escenarios cargados de sentido. Actores sociales, conflictos y escenas múltiples
ponen de manifiesto la intensidad de nuestro malestar en ellas como las enormes posibili-
dades de transformar la democracia desde su seno, y nos colocan en la urgencia de
establecer prácticas innovadoras que movilicen la construcción de un nuevo concepto de
ciudadanía.


Diagnóstico de Francesco Tonucci
La ciudad nacida como lugar de encuentro y de intercambio, ha descubierto el valor


comercial del espacio y ha trastocado todos los conceptos de equilibrio, de bienestar y
convivencia para seguir sólo programas que tienen por objetivo la ganancia económica.
Néstor García Canclini dice que pasamos de ser ciudadanos a ser interpelados como
consumidores.


Los centros históricos han perdido sus habitantes y se han convertido en oficinas,
bancos, locales de fast food. Al bajar la noche el centro de la ciudad queda vacío y se
vuelve peligroso, la gente tiene miedo de acercarse allí sola: los únicos actores que se
encuentran son los ladrones, delincuentes, rapiñeros, jóvenes drogados. Estos centros
tan ricos y diversos han perdido el cuidado de los residentes.


Los lugares más hermosos son negados al juego y a la experiencia de los niños, al
paseo y al recuerdo de los ancianos.


La ciudad ha perdido su vida, las personas no viven en la calle, el centro es el lugar de
compras de representación y la periferia es el lugar donde se duerme. Se ha convertido en
algo como el bosque de nuestras fábulas.


Diferenciándose del castillo medieval, cuando nacen las ciudades justamente se rom-
pe la relación jerárquica y los vecinos se encuentran en un territorio común. A pesar de las
diferencias de clases se comparten los espacios. Sin embargo la tendencia de la ciudad
actual está regida por la lógica de la separación y la especialización: se crean servicios,
estructuras cada vez más independientes y autosuficientes.


La separación produce molestias, malestar y crea en las personas desgarramientos con
la propia historia, con los propios afectos, obstruye la comunicación, el encuentro y la
solidaridad.


A la ciudad se la da por perdida, los mejores servicios ofrecidos por los intendentes


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ayudan a soportarla, sin esperanzas de cambiarla. Este es el costo del progreso, uno de los
futuros que generó la modernidad, y no se puede volver atrás.


La ciudad se ha tornado hostil para sus propios ciudadanos: es peligrosa, agresiva,
privada de espíritu acogedor. Las calles son peligrosas, pero es en esta ciudad donde
debemos vivir.


La solución, nuestra sociedad la esponsoriza a través de sus medios, de sus técnicos
y su producción comercial y es individualista, privada.


Otras miradas


Otros autores, como Jordi Borja, diagnostican la muerte de la ciudad, la agorafobia:
ponen el acento en la tribalización, en la formación de ghettos a partir de la influencia de la
famosa globalización.


Las prácticas sociales urbanas parecen indicar que la salida es hacerse un refugio
pues hay que protegerse del aire urbano contaminado y de los peligros de los espacios
abiertos. Se imponen los shopping con reservado derecho de admisión y los ghettos
residenciales cuyas calles de acceso han perdido su carácter público en manos de policías
privados.


En estas ciudades las infraestructuras de comunicación no crean centralidades, ni
lugares fuertes, más bien fracturan el territorio y atomizan las relaciones sociales.


En términos de Marc Augé la ciudad de los lugares donde se construye la historia, se
realiza la socialización y se consolidan identidades se convierte en una ciudad llena de no
lugares. El valor comercial del espacio y la especilización de los ámbitos ligados al consu-
mo provoca aislamiento, exclusión y soledad.


La Ciudad de los Niños


Existe otra solución contraria a la defensa, es la que rechaza la resignación y denuncia
tal progreso deseado por pocos, por intereses que poco tienen que ver con el bien públi-
co, con la calidad de vida y con la felicidad de los ciudadanos en el sentido aristotélico del
término.


Este cambio no implica un volver atrás sino avanzar de modo diferente, adecuado a la
complejidad y a la riqueza del mundo actual, sin renunciar a la socialización, a la solidari-
dad y a la felicidad.


Ante la necesidad de varios sectores de la sociedad en busca de proyectos de
recuperación de las ciudades, me pareció interesante rescatar una propuesta que se
está desarrollando en la ciudad de Rosario, Argentina: el proyecto “La Ciudad de
los Niños” surgida en el año 1996.1 Inspirada en las experiencias del pedagogo
italiano Tonucci, asesor de UNICEF y el Ejecutivo municipal, la idea fundamental es
sustituir el concepto de ciudadano como medio, adulto, varón y trabajador por el
niño como parámetro. Se trata de bajar la óptica de la administración a la altura del
niño para no perder a nadie y aceptar la diversidad del niño como garantía de todas
las diversidades.


El programa propuesto por el consejo de La Ciudad de los Niños desarrolla muchí-
simas actividades, pero me interesa principalmente trabajar uno de sus programas: “El
Día Anual del Juego y la Convivencia” proyecto de ley aceptado tal cual se lo solici-
taran al Ejecutivo Municipal para los primeros miércoles de octubre a desarrollarse en
toda la ciudad.


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Un día donde chicos y grandes vivenciaron la importancia del tema. Un día en que los
ciudadanos volvieron a las calles. Un día en el cual las escuelas, universidades, los ba-
rrios, los comercios, los clubes adhirieron cada uno a su manera, debatiendo, jugando,
investigando, organizando. Una idea en acción.


Un dispositivo inédito y eficaz para la planificación del cambio de la ciudad de
Rosario. «No se trata de gobernar para los niños, sino de gobernar con los niños creando
espacios institucionales donde se garantiza el derecho a ser escuchado y participar
activamente en la vida democrática y la transformación de la ciudad». Se busca la consti-
tución de una nueva ciudadanía con ejercicios pleno de derechos, propiciando su influen-
cia social como grupo de opinión y su capacidad creativa para profundizar los cambios en
la sociedad.


Los nuevos ciudadanos proponen diseños para el conjunto de los vecinos, los con-
sultan e integran a sus iniciativas. Es decir, desde y con los niños en la transformación de
la ciudad para todos.


El espacio público se convirtió en el lugar apropiado para el desarrollo del programa de
actividades, y las propuestas de juego como la mejor metodología para observar el creci-
miento de la democracia y la construcción de ciudadanía.


Lo que me interesa del Día Anual del Juego y la Convivencia es pensar a la ciudad
como un lugar de conquista, en el sentido de la conquista simbólica del espacio público.


Este proyecto se enmarca justamente en el análisis de las nuevas dinámicas urbanas
que hacen foco en el espacio público y en la relación entre su configuración y el ejercicio
de ciudadanía.


Entonces la idea es delinear ciertas conceptualizaciones y abrir discusión en torno a
qué transformaciones se pueden generar a partir de esta nueva conquista del espacio
público.


El espacio público definido por la intendencia de la ciudad de Rosario
El espacio público es entendido por el municipio a partir de las iniciativas del Consejo


de Niños, en sus múltiples acepciones:


1. como bien común, universo de valores que hacen a la realización del conjunto
2. como patrimonio urbano a crear preservar y/o reconstruir
3. como territorio de todos, lugar de intercambio, juego y convivencia apropiable por


los vecinos
4. como conjunto de servicios eficientes y plurales
5. como memoria y construcción de identidades
6. como escenario de la cultura democrática: expresiones, formas de participación po-


lítica, ámbito de intercambio social
7. como medio ambiente natural y cultural
8. como conjunto de normas jurídicas que tutelan la esfera pública de los ciudadanos.
Siguiendo a Borja el espacio público es un lugar de relación, de identificación, de


contacto entre las gentes, de animación urbana. Por lo tanto se constituye en el lugar de
la comunicación social por exelencia.


Hannah Arendt habla del espacio común a todos los más posibles de ser común.
Se percibe al espacio público como territorio y patrimonio común de los ciudadanos


con capacidad para incluir igualdad de oportunidades, dar cuenta de quienes somos,
integrar, discutir, planificar la ciudad que queremos.


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El juego
Jugar significa recortar para sí mismo un trocito que comprenderá a un amigo, a


objetos, a reglas, a un espacio a ocupar, un tiempo para administrar, riesgos a correr.
Jugar es transformar, imaginar, crear reglas, socializarse, darse a conocer. Jugando cre-
cemos e ingresamos en la cultura. Jugando aprendemos a pensar, a sentir y a convivir.
Vivir con otros es el máximo juego de la democracia. Un juego serio y divertido que
implica intercambiar, participar, debatir, opinar. En pocas palabras darle sentido a nues-
tra vida plural.


La ciudadanía como categoría en construcción
El concepto de ciudadanía es precapitalista y su ámbito de desarrollo era el ágora, la


plaza pública y esta figura es interesante de rescatar porque marcaba la idea de que la
gente se reunía para decidir la cosa pública.


El ciudadano es el sujeto que construye su propio poder porque se emancipa, supone
una voluntad de ser protagonista de pensar por sí mismo, lo que Aristóteles decía acerca
de la síntesis entre el intelecto y el deseo, entre la razón y el sentimiento.


Su contenido ha variado a lo largo de los siglos hasta lo que se ha dado en llamar
la ciudadanía moderna que surge en los siglos XVIII y XIX. A lo largo de los siglos las
concepciones y contenidos de la ciudadanía se han ido complejizando y ampliando,
en un permanente proceso alimentado ya sea por la recalificación de los derechos
existentes como también por el descubrimiento de las nuevas exclusiones que se iban
generando. Y se han ido conquistando a partir de las luchas de los excluidos por ser
incluidos y a partir de los intentos legitimadores y modernizantes de los estado-
nación.


Una de las posibles transformaciones gira en torno a la posibilidad de emancipación
de la sociedad que nos haga sujetos. Este principio ciudadano, si lo analizamos transver-
salmente, veremos que en la familia, en distintas otras instituciones lo jerárquico es muy
fuerte. No es sólo una voluntad de ser libre, independiente, emancipado, sino que la
propia organización institucional de la sociedad no permite todo esto. En términos de
Castoriadis la sociedad autónoma no puede existir en otra forma que no sea la de su
proyecto, es decir, una sociedad que admite una cada vez mayor libertad de autoexamen,
crítica y reforma, y no como un esquema preestablecido de felicidad como único próposito
y razón de ser.


Otro punto interesante relacionado con este tema es el de generar pertenencia, como
gestión de sociedad. Es decir, cómo desde los espacio públicos podemos ir definiendo
una ciudadanía activa. La pertenencia a una comunidad política es una pertenencia que
ayuda a ser parte de un grupo pero más importante aún, ayuda a definir o a liberar- se. No
en el sentido de salir a las marchas sino en el sentido de la gestión, de los cambios que se
pueden hacer. Para generar compromisos y desarrollo tiene que plantearse una pertenen-
cia activa de gestión que ponga énfasis en la palabra responsabilidad con la comunidad.


La pertenencia tiene que ver con los derechos que la sociedad le da a ese ciudadano
legal y le garantiza la formación de demandas democráticas. Significa por lo tanto, admitir
las diferencias de derechos que son garantizables para unos y otros que no admite la
desigualdad. Por lo tanto la ciudadanía que reconoce y apoya la idea de conflicto social,
se hace cargo de la desigualdad. Y permite descubrir que la desigualdad es una injusticia
que no tiene que ver sólo con el mundo privado sino con su mundo público. Este es su
efecto develador.


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Pensar en la ciudadanía como un desafío político para la ciudad


Bauman sostiene en su libro En Busca de la Política que el liberalismo de hoy se reduce al
simple credo de que no hay alternativa. Esta política promueve al conformismo. Conformarse
podría ser algo que uno puede hacer solo, no se necesita de la política para conformarse.


El arte de la política se ocupa de desmontar los límites de la libertad de los ciudadanos,
lo que implica también la autolimitación: hacer libres a los ciudadanos para permitirles
establecer individual y colectivamente sus propios límites. Sin embargo hoy los límites
son ilimitados. No se aprecia otra opción más que la dictadura del mercado y la del
gobierno como si no hubiese espacio para los ciudadanos salvo como consumidores.


Las personas se sienten inseguras, preocupadas por lo que puede deparar el futuro y
temen por su seguridad. Es decir, no son verdaderamente libres para enfrentar los riesgos
que exige una acción colectiva.


En un mundo que se gobaliza rápidamente en el que gran parte del poder político
queda fuera de la política, las instituciones no pueden hacer gran cosa en lo referido a
brindar certezas o seguridades. Cuando la cultura política tiende a despolitizarse, se vuel-
ve antivalórica y sumamente pragmática. Allí hay una posibilidad de una entrada de carác-
ter ciudadano que podría producir algunos cambios.


Una cuestión de valores
En este sentido me parece interesante rescatar la idea de juego para educar en los


valores cívicos, tema central en la construcción de ciudadanía. Son los propios valores los
que operan en la relación con la realidad y pueden transformarla. Adela Cortina los enun-
cia: libertad, igualdad, respeto activo, solidaridad y diálogo.


Cuando se habla de libertad es que cada sujeto es dueño de sí mismo. La libertad
individual sólo puede ser producto del trabajo colectivo, es decir, solo puede conseguida
y garantizada colectivamente. El juego es libre, con él gozas pero a la vez tiene reglas y
podemos pensar que en una experiencia de este tipo puede remecer el mundo de las
instituciones que es duro y autoritario.


Es más que interesante esta idea de juego asociado a la libertad, pues el juego permite
hacer cosas desacostumbradas, salirse del propio papel y hacer los roles del otro, esto
tiene que ver con la convivencia, con la articulación del juego, útil y necesario para la
democracia.


Cortina hace algunas clasificaciones:2
Libertad como participación: al ser libre tenés poder de decisión y si es así lo puedes


compartir. Es interesante en el caso de Rosario en tanto puede generar un sentido nuevo
de la participación, que tiene que ver con la pasión por participar y no con una obligación
ligada al campo jurídico que poco puede integrar socialmente.


Libertad como independencia como posibilitadora de establecer vínculos más sóli-
dos con los demás.


Libertad como autonomía, es decir, darse sus propias leyes, asumir un pensamiento
propio, el autoaprendizaje.


La igualdad entendida en términos de dignidad no de homogeneización cultural ni de
géneros ni generacional. Igualdad de oportunidades entre expresiones sociales.


Respetar de manera activa es construir un interés en el otro y es interesante la acción
para construir ese respeto. Hacer trabajar juntos a los niños con los comerciantes, los
estudiantes universitarios donde se active ese respeto. Esto sólo se da en un espacio
común.


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El otro valor es el de la solidaridad, de la fraternidad en la búsqueda de una causa
común: vamos a jugar, vamos a recuperar el espacio público, la unión para conseguirlo.


Finalmente el diálogo siempre supone protagonismo, una interacción que es positiva
en la medida que compromete a las personas, a los otros a desarrollar toda una disposición
a escuchar porque uno no tiene la propiedad de la palabra y de las ideas. Permite descubrir
lo común.


Esto implica un acercamiento en el esfuerzo de devolver el poder al espacio público
gobernado por la política.


Construcción de nuevos derechos
Decíamos que la ciudadanía es una categoría dinámica que nos permite hablar de ella


como proceso de descubrimiento y construcción de nuevos derechos.
Me parece que la transformación más importante en esta conquista simbólica consiste


en la ampliación del horizonte referencial de las sociedades. La construcción de la ciuda-
danía desde esta perspectiva se constituye en una expansión simbólica en las sociedades
y en las subjetividades del espacio del ejercicio ciudadano y del espacio de derechos.


La disputa sobre el significado, alcances y formas de desarrollo impacta la autopercep-
ción de los ciudadanos sobre su condición o no de sujetos merecedores de derechos. Las
dimensiones objetivas es decir, los derechos reales existentes y subjetiva (formas de
acercarse a ellos ) permite el deseo de acceder a los existentes y fundamentalmente la
invención y creación de nuevos derechos.


Algunas preguntas para abrir debate
Este proyecto del juego y la apropiación del espacio público de la Ciudad de los Niños


se puede comprender como una instancia de acción, construcción y aprendizaje.
A partir de estas conquistas simbólicas habría que pensar qué cambios se pueden


hacer para que se constituyan en injerencias ciudadanas adecuadas a los sujetos especí-
ficos.


Creo que una perspectiva decisiva es aquella que coloca a lo comunicacional como un
eje clave de desarrollo y de educación ciudadana. Fomentar el debate, la participación, el
diálogo, el aprender a escuchar a los demás para incorporarlo a mi pensamiento y para
luego poder cuestionar. Siguiendo a Rosa María Alfaro, cómo construir un debate que
nos permita vernos a nosotros mismos es un factor de construcción de soberanía funda-
mental.


Como lo expresara Cornelius Castoriadis, el problema es que nuestra civilización dejó
de interrogarse. Ninguna sociedad que olvida el arte de hacer preguntas o que permita que
éste caiga en desuso puede encontrar respuestas a los problemas que la aquejan.


La ciudadanía se construye, se afianza cuando sus ciudadanos juegan, aprenden su
historia común, se integran, es decir se comunican (en el sentido del encuentro) convi-
viendo en espacios que la ciudad les otorga como propios.


Se necesita establecer una ética comunicativa, es decir, cómo hacer del otro un sujeto
que también te constituya a vos. ¿Cómo construir relaciones comunicativas para hacer
juntos lo que pueden beneficiar a ambos?


Como toda propuesta de carácter educativo la perspectiva comunicacional reconoce
que el punto de partida es el sujeto en su contexto y además es un sujeto que va a iniciar
procesos de conducción propia. Me interesa esta forma de comunicación a través del


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juego que interpela al ciudadano de derecho, libre y responsable. Un ciudadano interpe-
lado en sus valores sociales, diferentes a los del consumidor.


Cómo encontrar una armonía entre lo que podríamos llamar las prácticas sociales, la
institucionalidad política y la comunicación sabiendo que la acción educa.3


Creo que es una forma de generar sociedad. En esta nueva conquista de la esfera
pública, la idea de ciudadanía supone la ubicación de los intereses, espacios, imágenes
comunes donde se busca una mayor mediación entre Estado y la sociedad. Esta comuni-
cación entre estos ámbitos donde se logre una representación de los intereses sociales es
una línea a continuar trabajando para posibilitar la convivencia democrática.


Si hay democracia, las diferencias se comunican y hay posibilidades de pasar de la
fraternidad a la libertad y la igualdad en un sentido político hoy perdido por la falta de
representatividad.


CONSTRUYENDO CIUDADANÍA


NOTAS
1 La participación fue incrementándose cada año: en 1988, 120 instituciones generaron sus propios festejos y más de


300 vecinos asistieron a la Fiesta en la Calle; en 1999 más de 250 organizaciones adhirieron a este día y 5000
ciudadanos participaron del evento central; en el 2000, el compromiso de las instituciones fue mayor y se sumaron
más de 350.


2 Adela Cortina, Ciudadanos del mundo: Hacia una teoría de la ciudadanía (Alianza: Madrid, 1997), 229-247.


3 Una de las preguntas claves discutidas en el seminario “Ciudadanía y Comunicación”, coordinado por Rosa María
Alfaro en el marco de la maestría PLANGESCO en la UNLP, La Plata, Argentina, 1999.




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BIBLIOGRAFÍA


Augé, Marc. Los no lugares, espacios del anonimato: Una antropología de la sobremodernidad.
Barcelona: Gedisa, 1996.


Bauman, Zygmunt. En busca de la política. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1999.


Cortina, Adela. Ciudadanos del mundo: Hacia una teoría de la ciudadanía. Madrid: Alianza, 1997.
García Canclini, Néstor. Consumidores y ciudadanos. México: Grijalbo, 1995.
Proyecto 1997/2001. La ciudad de los niños. Municipalidad de Rosario, UNICEF 11, Comisión


Intergubernamental «La ciudad de los niños» Rosario, Argentina.


Seminarios


Rosa María Alfaro. “Seminario sobre ciudadanía y comunicación”, Universidad Nacional de la
Plata, agosto 1999.


Páginas Web


Borja Jordi Significado y función del espacio urbano moderno, Barcelona, España. En la World
Wide Web: http://www.riadel.com


Sachs Jeantet Céline, Humanizar la ciudad, París, Francia. En la World Wide Web: http://
www.riadel.com


Videos


La Ciudad de los Niños. Municipalidad de Rosario. Día Anual del Juego y la Convivencia. Festejo
Central 31 de octubre de 1998.


La Ciudad de los Niños. Municipalidad de Rosario. Conferencia de Francesco Tonucci “Seguridad
Urbana y Autonomía del Niño”. Rosario, Argentina. 1998.


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MONTEVIDEO: Carola Rabellino
¿UNA PEQUEÑA GRAN CIUDAD? Silvia Szylkowsky




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Montevideo: ¿una pequeña gran ciudad?


Carola Rabellino. Licenciada en Sociología Universidad de la República, Uruguay.
Candidata Master en Educación y Sociedad en la Universidad Católica del
Uruguay. Docente Escuela de Comunicación Universidad ORT Uruguay.


Silvia Szylkowski. Coordinadora Escuela de Comunicación Universidad ORT
Uruguay. Licenciada en Sociología Universidad de la República, Uruguay.
Docente Escuela de Comunicación Universidad ORT Uruguay.


Los montevideanos están acostumbrados a percibir la ciudad como una pequeña urbe.
Estamos en constante intercambio con grandes ciudades como Buenos Aires, San Pablo,
Río de Janeiro, etc, y sin embargo cabe la pregunta sobre hasta qué punto esto es así;
¿son realmente parte de una pequeña ciudad o se asemejan cada día más a las grandes
urbes latinoamericanas?


Montevideo: ¿una gran ciudad latinoamericana?
Montevideo es la capital latinoamericana con mayor cantidad de habitantes en rela-


ción con la población total del país (42% del total del Uruguay). Sin embargo y a pesar de
ello, no se la puede definir como una gran ciudad en lo que a cantidad de habitantes
refiere. Viven en Montevideo 1.378.700 personas (Guía del Mundo 1999-2000). En este
sentido, no se asemeja a otras grandes capitales, como Buenos Aires (12.582.300), Bogotá
(5.237.600), México (15.643.000) o Caracas (2.959.000) entre otras, ni en cuanto a su nivel
de contaminación o los medios de locomoción, aunque sí tal vez en lo que a actividades
culturales (opciones de cine, teatro, museo, recitales, etc.) y posibilidades de estudio
(opciones de carreras universitarias y técnicas) refiere. En este trabajo se tratarán algunas
semejanzas que, a juicio de las autoras Montevideo comparte en forma creciente con las
grandes capitales latinoamericanas.


Es así que se tomarán dos aspectos que permiten pensar Montevideo como una gran
ciudad del continente: el primero está formado por dos dimensiones: la residencial y la
educativa (aquí se hará referencia a la segregación y la segmentación), y el segundo
refiere a las nuevas modalidades de obtener ingresos a través de actividades que tienen
su ámbito de desarrollo en la calle.


Cada una de estas dimensiones será tratada a lo largo del trabajo y permitirá mostrar
por qué en lo que refiere a estas dimensiones, se puede hablar de la ciudad de Montevideo
como de una gran urbe latinoamericana.


El interés de este trabajo no está puesto en conocer y analizar la ciudad en sí, la ciudad
como objeto (objeto cultural, simbólico, histórico, económico, político, artístico, etc.),
sino en el análisis de la imagen de ella tal como es percibida y construida mentalmente por
sus habitantes, imagen delineada por el carácter comunicacional y simbólico del espacio
urbano. En tanto la ciudad detenta un carácter polisémico (es decir implica una amplia
gama de significados y de lectura es múltiple) existen tantas imágenes de ella como indivi-
duos la perciben.


El espacio urbano es acción y es representación; sólo analíticamente es posible pen-


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sar por separado su dimensión material y su dimensión simbólica .... Se concibe el espacio
urbano como lugar social en el que circulan de manera regulada infinidad de discursos a
propósito de la realidad que han sido transformados por los grupos dominantes en siste-
mas cognitivos y evaluativos capaces de construir y de dotar a la realidad de un sentido
“natural” , donde la organización y el ejercicio del poder es experimentado cotidianamente
como algo inseparable de la vida social urbana.1


1. Segregación residencial y segmentación educativa
Luego de hacer un intenso análisis de la sociedad montevideana, se ha llegado a la


conclusión de que está cada vez más fragmentada en lo que a residencia y a educación
refiere. La población vive y estudia entre pares; apenas o quizá eventualmente se comuni-
ca con el distinto, el diferente.


1.1. Uruguay dentro del contexto latinoamericano
La comparación de los índices de pobreza y de concentración de ingreso en


Uruguay con los índices de los restantes países de la región, y particularmente con
aquellos cuyos niveles de ingreso per cápita son similares, muestra una sociedad con
un nivel de equidad relativamente mayor. Asimismo, el perfil que combina equidad
con democracia, expresado en el respaldo de la ciudadanía a las instituciones centra-
les (sistema político, policía, justicia, entre otros), es propio de una sociedad con altos
niveles de integración.


Pese a la particular característica de la sociedad uruguaya, cuyo nivel de integración
es considerado alto en general, en las ciudades uruguayas y en particular en Montevideo
están surgiendo los mismos indicios de desintegración que aquejan a otros centros urba-
nos. Aparecen señales de fisuras en un tejido social integrado, pero dos aspectos de la
realidad nacional permiten ser más optimistas que en otros casos respecto de la posibili-
dad de actuar eficazmente sobre el problema. El primero es que los procesos de marginali-
zación son relativamente incipientes en Uruguay, no habiéndose consolidado todavía el
tipo de subculturas marginales que generan tanto su propia reproducción como resisten-
cias estructuradas a su disolución. El segundo aspecto se refiere a que las propuestas
dirigidas a bloquear las rutas a la marginalidad tienen probablemente una capacidad de
convocatoria y movilización mayor que en otros lados.2


1.2. La vida en la ciudad: ¿de la comunidad al gueto?
La idea de ciudad implica la noción de espacio compartido, de integración y de libre


circulación. Es la mediación que transforma al habitante (definición netamente estadística)
en ciudadano. La importancia de la ciudad fue heredada por los romanos de los griegos –
para los cuales la polis constituía el eje central de su vida- y a través de los primeros llega a
constituirse, en el mundo moderno, en uno de los pilares de la teoría democrática naciente.


En la actualidad, nuestras grandes ciudades son algo muy diferente. Por una parte
la condición de ciudadano ha cedido a la de habitante, y se ha ido perdiendo la noción
de vecino/vecindad. Por otra parte la ciudad es cada vez menos aquel espacio compar-
tido por donde transitan y se comunican libremente un conjunto de personas que
tiene distintos modos de vida, aspiraciones, ideas y pensamientos. Cada vez más
nuestras ciudades se parecen a un conjunto de fragmentos unidos casi exclusivamen-


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te por una conjunción de problemas, y los ciudadanos parecen no tener conciencia de
habitar un espacio común.


Algunos autores postulan que se ha producido una “vietnamización del territorio” -
aludiendo a intereses privados que se autoadministran, poseen policía privada, defensas,
centros de reunión y de consumo propios vedados al acceso de extraños- y también una
“neofeudalización” de las condiciones de vida, es decir la fragmentación de las identificacio-
nes y de los símbolos. Cada sector desarrolla su estrategia defensiva: en los barrios de
sectores medio-alto o alto, a través de cercas, rejas, guardias privados, sistemas de seguri-
dad; en los sectores marginales mediante cobro de “peaje” en algunos sitios, por ejemplo.


“Hoy por hoy, un chileno/a de La Dehesa se identifica -por su modo de vida- más con
un ejecutivo parisino que con otro chileno/a que vive en Pudahuel. Comparten un mismo
territorio, tienen un mismo gobierno, ¿pero hasta qué punto son parte de una misma
comunidad y/o nación? ¿Exagerado? Tal vez, pero para tener en cuenta”.3


¿Estamos en condiciones de decir que sucede lo mismo entre un montevideano de
Carrasco y uno del Barrio Borro?


1.3. Procesos de segmentación social en Montevideo:
segregación residencial y segmentación educativa


En los años noventa emergen diversas formas de fragmentación sociocultural. En ese
sentido, se puede reconocer que en la región latinoamericana, aún en sociedades con
altos niveles relativos de equidad -como la uruguaya- los déficits de integración y la
exclusión social retroalimentan el círculo de la pobreza y la segregación urbana, y
colocan al problema de la desigualdad social como un tema fundamental. Así por ejemplo
es interesante señalar que de acuerdo a estudios recientes existe una creciente percep-
ción pública entre las élites de nuestros países sobre el problema de la desigualdad
social y la pobreza como una amenaza a la seguridad personal y el mantenimiento del
orden. (Encuesta Factum y Reis 2000).


Los procesos de segmentación contribuyen al aumento de la marginalidad en la socie-
dad uruguaya. La fuente principal de marginalidad es la escasez de oportunidades de
empleos productivos relativamente estables que permitan mantener una familia dentro de
los estándares de dignidad socialmente aceptados.


La segmentación es un proceso de formación de “fronteras sociales”, muchas veces
invisibles, y de disminución de las oportunidades de interacción entre personas de origen
socioeconómico distinto. Su principal consecuencia es el debilitamiento de la integración
de la sociedad y sus mecanismos centrales son la segregación residencial y la segmenta-
ción educativa.


1.3.1. Segmentación residencial
Un gueto es un área geográfica en la que viven personas que son marginadas o que se


autoexcluyen del resto de la sociedad global, y que constituye una ruptura con los patro-
nes de comportamiento socialmente aceptados.


La guetización es un ejemplo extremo de un proceso general de segregación residen-
cial que ocurre en las ciudades y que responde a la expansión de la lógica del mercado,
uno de cuyos efectos es la pérdida de contacto cotidiano entre personas de distinta
condición socioeconómica, de modo que cada vez es más difícil el contacto entre residen-
tes de los barrios de las zonas marginales y las zonas residenciales.


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Al decir del sociólogo José Luis Castagnola , “los guetos montevideanos son barrios
de formación muy reciente, en los que abundan las carencias, y la pobreza convive con la
delincuencia”.4


Algunos asentamientos, dentro de cuales pueden encontrarse incipientes guetos,
como por ejemplo los barrios Cerro Norte, 40 semanas, Borro, etc., están cada vez más
aislados del mundo exterior, a tal punto que, según algunos informes de prensa, ni la
policía ni las ambulancias se atreven a entrar en ellos. Para este trabajo se procuró informa-
ción sobre esta situación a través de la consulta a fuentes directamente vinculadas con el
tema, pero no se recibió ninguna respuesta.


En determinados momentos de tensión social (por asaltos) el aislamiento se acentúa,
ya que los propios medios de transporte colectivo (ómnibus, taxis), se niegan a “entrar”.
“Yo entro con miedo, pero muchos de mis compañeros directamente no entran” (Alejan-
dro, taxista). “Prefiero perder un viaje a arriesgarme en los lugares que sabés que entrás
pero no sabés si salís” (Daniel, taxista).


Se dan casos en los cuales las personas no pueden salir de sus casas o temen dejar
solos a sus hijos, reflejando así una ruptura de las normas básicas de convivencia dentro
del barrio. A estas dificultades se suma que quienes pueden migrar a otros sitios son los
que tienen mayor capacidad de influir en las decisiones de las autoridades públicas, y al
hacerlo empobrecen los recursos de la comunidad.


¿Se encuentra Montevideo ante una nueva forma de “comunidad del gueto”?
Emerge un nuevo orden social que legitima patrones de conducta distintos y mu-
chas veces opuestos a los de la sociedad global. Esta nueva forma de “comunidad
del gueto” debe amoldarse a requerimientos tales como distribución y comercializa-
ción de drogas, aguantadero de delincuentes, desguasadero de automóviles, etc. A
través de la participación en estos “negocios”, los habitantes obtienen ingresos
económicos, protección y lealtades que resultan atractivos, especialmente a los
más jóvenes.


No obstante, en forma paralela se ha desarrollado un fenómeno urbanístico inusual: el
avance de los megaemprendimientos privados. Las nuevas urbanizaciones (clubes de
campo, barrios cerrados y clubes de chacras) están ocupando un porcentaje de territorio
cada vez mayor. De tal manera que en forma casi paradojal y en proximidad física inminente
se construyen emprendimientos para población de nivel socioeconómico elevado en co-
existencia con asentamientos precarios.


“En la época actual, la utilización de vías rápidas de circulación y la posesión de uno
o más automóviles por familia concreta la posibilidad de vivir en la periferia, creando una
nueva forma de hábitat suburbano: el enclave de lujo”.5 Montevideo, a pesar de ser una
ciudad de distancias relativamente cortas, también cuenta con vías de circulación que
permiten crear suburbios de lujo en las periferias.


La segregación se da en ambos sentidos. En los últimos años comienzan a aparecer los
countries privados y zonas de acceso restringido. Estos countries son lugares de gran
confort, donde sólo pueden ingresar los propietarios o los invitados autorizados por
ellos. La creación de estas zonas residenciales es una característica de importantes ciuda-
des latinoamericanas (Buenos Aires, Lima, Guatemala, etc.)


Estos barrios de lujo cuentan con una serie de servicios que generan que los lazos
entre los miembros del propio country, sean cada vez mayores. Nos encontramos así
con situaciones en que las personas prácticamente deben abandonar el lugar solamente
para ir a su trabajo o a estudiar, ya que gran parte de su tiempo libre puede ser utilizado
en actividades que proporciona el propio lugar de residencia.


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La relación entre la distancia social y la territorial no coinciden. Más aún, la proximidad
territorial se da en condiciones de altísima distancia social. Esto es, podemos decir, una
“microfragmentación” de la ciudad.


Por lo anteriormente expuesto, en Montevideo se da un proceso creciente de confor-
mación de diversos guetos: las personas no se relacionan, no comparten sus vidas y
nunca se llegan a conocer.


1.3.2. Segmentación en educación
En la medida en que la educación y el conocimiento se transforman en objetos de


poder, su posesión es también motivo de competencia.
La educación es, por lo tanto, un tema provisto de conflictividad en el cual se entrecru-


zan relaciones de poder.
También en la educación puede verse un proceso de fragmentación. El sistema educa-


tivo no está logrando hoy revertir la segmentación existente, ni generar cambios en las
relaciones de poder.


El proceso de generar identidades que permitan que las personas puedan identificarse
con un “nosotros” colectivo es complejo y ha de ser resignificado continuamente. Es
preciso construir la idea de pertenencia a un espacio y tiempo comunes que permita
construir una identidad solidaria entre las personas de un mismo territorio.


Este desafío, como se verá,constituyó desde el inicio de nuestra historia independien-
te un objetivo central del sistema educativo.


La educación primaria en Uruguay se presenta como un extenso proceso de acción
pública desde la Reforma Escolar de José Pedro Varela en l875. La acción educativa fue
impregnando la sociedad en forma progresiva y relativamente constante, y actuó en un
primer momento como agente socializador y de integración cultural para los procesos de
integración de Montevideo con la campaña y posteriormente para las diversas corrientes
de inmigración internacionales.


Esta penetración temprana de la educación distingue a Uruguay de los restantes
países latinoamericanos –con la excepción de Argentina, Chile, Costa Rica y Cuba-,
que carecieron de sistemas escolares universales y gratuitos hasta mediados del pre-
sente siglo.6


Un grave problema que afecta a la escuela pública en Montevideo es la inasistencia,
que tiene como consecuencia el fracaso escolar y la repetición, y, consecuentemente, el
rezago escolar y en casos extremos la deserción. Esto se correlaciona con el estrato so-
cioeconómico del barrio en que está radicada la escuela.


En barrios con alto porcentaje de necesidades básicas insatisfechas se constata una
mayor distancia de los hogares a las escuelas, gran exposición a las enfermedades, mayor
tasa de trabajo infantil, el desempeño de roles de cuidado de niños menores, la carencia de
calzado y abrigo adecuados. A esto se suma la ausencia de valores y normas que impulsen
a la asistencia escolar, que son el resultado de un proceso de integración social que cada
vez es más difuso.


No se dispone de datos actualizados sobre Necesidades Básicas Insatisfechas por
barrios en el Instituto Nacional de Estadística. Sin embargo existen datos actualizados en
lo que se refiere a hogares particulares con carencias en las condiciones de vivienda. Es
sensato pensar que quienes tienen estas carencias también pueden encontrarse en situa-
ción de vulnerabilidad social y probablemente no tengan tampoco sus necesidades
básicas satisfechas.


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HOGARES PARTICULARES POR PRESENCIA DE CARENCIAS
EN LAS CONDICIONES DE VIVIENDA Y TIPO DE CARENCIA


Según áreas aproximadas a barrios de Montevideo. Censo de 1996


Hogares particulares Porcentaje
de hogares


Áreas aproximadas Sin Con Sin con
a barrios TOTAL carencias carencias especificar carencias


31 Piedras Blancas 5.592 4.537 1.043 12 18.7
32 Manga, Toledo chico 5.293 3.973 1.31 10 24.8
33 Paso de las Duranas 4.054 3.852 196 6 4.8
34 Peñarol, Lavalleja 10.223 8.817 1.383 23 13.6
35 Cerro 9.487 8.306 1.155 26 12.2


36 Casabó, Pajas Blancas 6.724 4.857 1.855 12 27.6
37 La Paloma, Tomkinson 8.634 6.436 2.162 36 25.1
38 La Teja 6.867 6.302 557 8 8.1
39 Prado, Nueva Sabona 7.08 6.826 224 30 3.2
40 Capurro, Bella Vista 5.988 5.634 321 33 5.4


41 Aguada 7.075 6.557 483 31 6.9
42 Reducto 5.466 3.618 193 11 3.5
43 Atahualpa 3.028 5.329 71 2 2.3
44 Jacinto Vera 3.488 3.348 137 3 3.9
45 Figurita 4.455 4.29 158 7 3.6


46 Larrañaga 6.751 6.557 182 12 2.7
47 La Blanqueada 3.702 3.618 77 7 2.1
48 Villa Muñoz, Retiro 5.734 5.329 312 93 5.5
49 La Comercial 4.527 4.322 192 13 4.3
50 Tres Cruces 5.747 5.497 201 49 3.5


51 Brazo Oriental 6.298 5.996 289 13 4.6
52 Sayago 5.075 4.773 289 13 5.7
53 Conciliación 5.109 4.462 627 20 12.3
54 Belvedere 7.596 7.042 538 16 7.1
55 Nuevo Paris 7.624 6.305 1.297 22 17.1


56 Tres Ombúes, Pueblo Victoria 5.712 4.668 1.015 29 17.9
57 Paso de la Arena 5.494 4.419 1.067 8 19.4
58 Colón sureste, Abayubá 4.652 4.024 616 12 13.3
59 Colón centro y noreste 7.221 6.058 1.152 11 16.0
60 Lezica, Melilla 4.733 4.17 549 14 11.6
61 Villa García, Manga rural 4.589 3.138 1.439 12 31.4
62 Manga 5.079 4.186 880 13 17.4


NOTA: El cálculo de porcentajes se realiza excluyendo los casos sin especificar.


Fuente: Dirección General de Estadística y Censos


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Los contextos educativos de los diferentes barrios son muy distintos, aún cuando los
programas educativos de las escuelas sean los mismos.


Desde 1995 Uruguay asiste a un proceso de reforma global de la enseñanza pública.
No es parte de este trabajo evaluar la reforma educativa ni hacer un análisis crítico de ésta.
Seguramente, como tantas otras reformas, tendrá diferentes resultados y su visión variará
en los distintos sectores de la sociedad. Sin embargo es interesante destacar la universa-
lización de la educación inicial. Esta medida pretende actuar como un factor paliativo del
proceso de segmentación educativo en el que nos encontramos inmersos.


Los propulsores de la reforma educativa refieren a la necesidad de lograr una iguala-
ción de los resultados educativos, y para ello plantean medidas de discriminación positiva
a favor de las escuelas ubicadas en los contextos más desfavorables, manteniendo, al
mismo tiempo, el carácter universalista de la educación pública.7 Será objeto de otro
trabajo investigar si efectivamente la reforma está generando cambios en este sentido.


Las sociedades latinoamericanas reconocen que la concentración de los recursos de
los sistemas educativos en los niños de hogares con bajos niveles socioculturales es uno
de los medios más eficientes para quebrar los mecanismos de reproducción de la pobreza
y de la segmentación social. Sin embargo, este reconocimiento no opera en la realidad. Se
produce un proceso inédito de estratificación de los circuitos educativos. Según Kazt-
man, los padres que pertenecen a los estratos más altos envían a sus niños de tres o
cuatro años a determinados jardines de infantes que los habilitarán posteriormente a
continuar dentro de un circuito educativo con cuerpos docentes y equipamientos peda-
gógicos de alta calidad, lo que a su vez les abrirá las puertas de las mejores universidades.
Mientras que en los estratos más bajos muchos niños no concurren con regularidad a los
centros educativos (aunque actualmente el comedor escolar es un gran incentivo para ir a
la escuela), y aquellos que asisten regularmente lo hacen en condiciones que no les
facilita la incorporación al circuito educativo posterior.


En la sociedad uruguaya, en general (aparecen algunas excepciones), los ingresos que
se perciben están directamente relacionados con el nivel educativo alcanzado. Esto com-
prueba la considerable rentabilidad que tiene la educación en el Uruguay y demuestra que
en la presente sociedad las chances de ingreso futuro y de movilidad social se definen en
la etapa escolar y en las siguientes. De todos modos, si reconocemos la segmentación de
la institución escolar, es difícil pensar que ésta pueda colaborar en la resolución de los
problemas de pobreza y desigualdad. Siguiendo a Kaztman, el sistema educativo es el
principal – y muchas veces el único- ámbito institucional que puede actuar como un
espacio integrador, creando contextos en los que niños y adolescentes pobres tengan la
posibilidad de mantener una relación cotidiana y desarrollar códigos comunes y vínculos
de solidaridad y afecto bajo condiciones de igualdad con sus pares de otros estratos.


A medida que aumenta la segmentación de los lugares educativos y se marcan las
diferencias entre ellos, también encontramos cada vez más diferencias entre quienes asis-
ten a estos centros. Si los ricos van a colegios de ricos, si la clase media va a colegios de
clase media y los pobres a colegios de pobres, la segmentación se refuerza cada vez más.
El sistema educativo, un espacio tradicionalmente integrador en nuestro país, no ha logra-
do revertir esta segmentación, que día a día se incrementa y se hace visible en las escuelas
y liceos de nuestra ciudad.


Las tendencias al aislamiento residencial y a la segmentación educativa se retroali-
mentan la una en la otra y contribuyen a reforzar un círculo vicioso que perjudica la
posible integración social en nuestra ciudad. Se vive y se estudia entre pares y no se
conoce al “otro”, al “distinto”.


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2. Nuevas modalidades de obtener ingresos a través de actividades
que se desarrollan en la calle


El aumento de la desocupación por un lado, y el incremento del trabajo informal
y el elevado índice de niños que no van a la escuela y que pasan muchas horas en la
calle, por el otro, han llevado a un cambio en lo que hoy se ve al recorrer la ciudad.
De acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística, en el primer trimestre del
año 2001 hay un 14.5% de desocupación en Montevideo (aproximadamente 100,000
personas).


Según datos del Programa de Investigación sobre Pobreza y Exclusión Social (IPES) de
la Facultad de Ciencias Sociales y Comunicación de la Universidad Católica, en el Uru-
guay un 14% de los hogares , un 23% de las personas y un 42% de los niños de 0 a 5 años
viven por debajo del nivel de pobreza.


Un porcentaje importante de los capitalinos consigue hoy su sustento en la calle. Los
“trabajadores callejeros” deben ser cada vez más creativos para poder obtener ingresos.
En este punto el trabajo se centra en quienes piden limosna y quienes se dedican a la
venta sin tener un lugar físico reglamentado por la Intendencia.


Hace solamente dos años era impensable la existencia de malabaristas parados en las
esquinas en las que hay semáforos esperando conseguir unas monedas, y hoy forma
parte del paisaje urbano: se los ve cotidianamente.


Asimismo hace veinte años en los medios de locomoción no se veían niños pidiendo
limosna ni cantores, y hoy es extraño no encontrar en un ómnibus un vendedor ambulan-
te, una persona que pide porque se quedó sin trabajo o un artista callejero. A esto se
suman los limpiavidrios que ofrecen sus servicios en varias intersecciones de la ciudad
(Avenida Italia y Ricaldoni, Bulevar Artigas y Bulevar España por mencionar algunas), los
lanzallamas (en las inmediaciones del shopping de Punta Carretas) y las estatuas vivien-
tes (en la Plaza Matriz y en varias esquinas de 18 de Julio). Una parte de la población no se
integra a la matriz productiva del mercado y recurre a la calle como opción para generar
ingresos.


Cada día se ven más niños pidiendo limosna y vendiendo en las calles, o entrando a
bares y restaurantes para conseguir monedas, comida o bebida. Esta presencia de los
niños en las calles, como modo de supervivencia, es uno de los rasgos de las grandes
ciudades latinoamericanas que Montevideo muestra cada vez más. Si bien no se regis-
tran cuantificaciones concretas sobre lo que acontece en la ciudad, sí existen en cambio
estudios de casos realizados por organismos internacionales que permiten percibir es-
tos cambios. En base a estos estudios se puede suponer que en lo que respecta a esta
dimensión, Montevideo comienza a parecerse al resto de las grandes urbes de Latino-
américa.


“En las calles de las grandes urbes latinoamericanas trabajan muchos niños, niñas y
adolescentes como vendedores callejeros prematuros y en talleres clandestinos...”. “En
las grandes ciudades, el problema no deja de ser significativo: 1 de cada 6 niños de 10 a 14
años y 1 de cada 10 niños de 6 a 9 años participan en el mercado laboral”.8


Según datos de UNICEF, en América Latina trabaja uno de cada cinco niños. Al referir
al trabajo infantil se alude a niños y adolescentes de hasta 17 años de edad.


La adversidad económica obliga a las familias en condiciones de pobreza a incorporar
a sus niños y adolescentes a la realidad laboral para mantenerse a sí mismos y complemen-
tar el ingreso del hogar.


“Los niños que trabajan en la calle proceden con frecuencia de los tugurios y los
asentamientos precarios, donde abundan la pobreza y las familias indigentes, donde las


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escuelas están hacinadas y mal dotadas”. “Estos niños trabajan en la calle, limpiando
zapatos, lavando y guardando automóviles, transportando maletas, vendiendo de forma
ambulante flores y chucherías, recogiendo productos reciclables y buscando otras mil
maneras ingeniosas de hacer dinero...se ven obligados a emplear muchas horas para
ganarse su supervivencia.”. “Sus principales recursos son la imaginación, la inteligencia
práctica y una inagotable voluntad de supervivencia”.9


En Montevideo se ve cada vez más niños pidiendo dinero y ropa, cuidando coches,
juntando basura, vendiendo tarjetas y chicles en los ómnibus, flores en los bares y en la
calle directamente, etc.


Según datos de UNICEF del año 1999 (de acuerdo a un estudio de 230 casos analiza-
dos) la mayoría de los niños que trabajaba en la calle percibía un promedio de entre dos y
diez dólares por día.


Tanto los niños como los adultos que obtienen sus ingresos en la calle deben ocupar-
se de ser cada vez más creativos para sobrevivir. Es necesario sensibilizar a la gente desde
nuevas formas o estrategias que les den mayor “visibilidad”, porque de lo contrario se
convierten en parte del paisaje urbano.


Según una estatua viviente, se obtiene alrededor de 200 dólares por mes con este
tipo de trabajo callejero. Aquellos que hacen de la calle su lugar de trabajo, no encuen-
tran otros medios para conseguir esos ingresos. “ Antes vivía bien, pero me quedé sin
trabajo y sin casa. Por lo que me pueden pagar con changas prefiero trabajar en la calle
cuidando autos” (Juan, 36 años). Este trabajo resulta “relativamente estable” en compa-
ración con otros. La persona se apropia del lugar que pasa a ser “su” sitio de trabajo. En
muchos casos la percepción con respecto al lugar de trabajo es parecida a la de un
trabajador formal.


A continuación reproducimos resultados de un estudio de caso realizado por Ricardo
Antúnez sobre un grupo particular de jóvenes. Si bien no es posible generalizar, se consi-
dera interesante mostrar los resultados a los que llega este sociólogo:


Tienen entre 17 y 26 años. Las estrategias de ingresos combinan el trabajo como
limpiaparabrisas y la mendicidad. Viven al día, pasan la mayor parte del tiempo en la calle,
comparten cuartos de pensión, ranchos de la periferia, duermen en los parques. Fantasean
con emigrar. No tienen ninguna expectativa respecto del sistema político. Prácticamente
no están, nunca estuvieron y , quizás, nunca lleguen a estar incluidos en ningún sistema
de protección social.


Su más recurrente contacto con el Estado es la policía. Aunque en algunos casos
han tenido experiencias en empleos más o menos formales, la característica dominante
es la exclusión respecto al mercado formal de trabajo. Viven al margen de cualquier red
que les permita entrar en él. Carecen de las competencias mínimas para orientarse en la
búsqueda de un empleo. No son pocos los que no saben leer. Pablo tiene 26, no lee. El
Pingüino se acerca a los 20, dice que fue hasta 2º de escuela: no lee, nunca consiguió
aprender. Lucas lee con dificultad, aprendió en la cárcel: un abogado preso por estafa
le enseñó con ayuda de un código. Esteban busca trabajo trillando la calle porque el
diario ‘no da para comprarlo‘. Oyéndolo hablar cuesta imaginar que pueda leer los
clasificados ....10


Todas estas nuevas modalidades de trabajo han cambiado las formas de vida de los
ciudadanos y las constantes del mundo laboral que funcionaron hasta hace algunos años
en Montevideo. Pero no sólo han cambiando las vidas de los protagonistas sino que ha
cambiado el paisaje con el que montevideanos se encuentran cuando recorren las calles
de la ciudad.


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Algunas reflexiones finales
Montevideo, una pequeña capital sin autopistas ni subterráneos, es cada vez más una


gran ciudad latinoamericana en lo que respecta a la segregación residencial y segmentación
educativa, y en cuanto a la emergencia de nuevas modalidades de trabajo en sus calles.


Lo anterior supondría, por una parte, trabajar en todas las instancias y modos, en la
perspectiva de la reconstrucción del tejido social, atomizado y desgastado. Por otro lado,
ello no sería suficiente si no se hiciese un esfuerzo por rescatar y validar el plano del
espacio público, la dimensión de la palabra y lo ético del sentido de ser y sentirnos
ciudadanos.


La tarea pendiente es seguir pensando y actuando sobre la vida política y cultural, con
el objetivo de ir descubriendo las mediaciones teóricas y prácticas que apuntan hacia
nuevos escenarios. Ciertamente, el lenguaje, la comunicación, la palabra, aparecen como
instancias posibles de construcción de un presente y un futuro orientados hacia una
mejor calidad de vida.


¿Es posible encontrar entre los ciudadanos montevideanos características comunes
para poder reflexionar en este sentido, además de compartir un mismo territorio y un
mismo gobierno? ¿O es cierto que cada vez más las semejanzas desaparecen y las distan-
cias se agrandan?


CAROLA RABELLINO - SILVIA SZYLKOWSKY


Notas


1 Rossana Reguillo, En la calle otra vez: las bandas: identidad urbana y usos de comunicación, (Guadalajara, 1995)
28-29.


2 Rubén Kaztman, Marginalidad e integración social en Uruguay (Montevideo: CEPAL, 1996).


3 Carlos Pressaco y Pablo Salvat. “Luces y sombras del presente,” La época, Santiago de Chile, 4 de abril de 1993,
6-7.


4 José Luis Castagnola, “Los guetos y las probabilidades,” Tres, 11 de mayo de 1996, 68.


5 Sonia Vidal-Koppmann, “Urbanizaciones privadas: las nuevas formas de producción de espacios urbanos y
su incidencia en la estructura del Àrea Metropolitana de Buenos Aires,” Ponencia presentada en el Seminario
Internacional. Red Iberoamericana de Investigadores sobre Globalización y Territorio (Rosario, Mayo 2001).


6 ANEP, CODICEN, CEPAL. Enseñanza primaria y ciclo básico de educación media en el Uruguay
(Codicen, Unidad de reprodocumentación, s.f.).


7 ANEP, Proyectos de Mejoramiento Educativo: Evaluación de Impacto (Informe final, 1998).


8 UNICEF, Mejores escuelas: menos trabajo infantil. Trabajo infantil y educación en: Brasil, Colombia,
Ecuador, Guatemala y Perú. Estudios de Caso (Colombia, 1996).


9 Carol Bellamy, Estado mundial de la infancia (UNICEF, 1997).


10 Ricardo Antúnez, Vivir sin empleo: Rescatando monedas (Obtenido en junio de 2000 en la World
Wide Web: http:// www.aebu.org.uy/fotos/fotos2.html).




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MONTEVIDEO: ¿UNA PEQUEÑA GRAN CIUDAD?




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Ciudad: Imágenes e Imaginarios


Master en Desarrollo Local y Regional, Universidad Católica del Uruguay,
y candidata a Master en Sociología, Universidad de la República, Uruguay.
Docente Escuela de Comunicación Universidad ORT Uruguay. Investigadora y
docente Facultad de Ciencias Sociales Universidad de la República, Uruguay.


¿Son las imágenes las que hoy en día hacen a la ciudad,
o es ésta la que produce sus propias imágenes?
Pregunta abierta....”


(Mons, 1994: 38)


La ciudad, que en otros tiempos fue concebida bajo la idea de límites y frontera, hoy se
define necesariamente abierta. En el contexto de la globalización la movilidad de recursos
y factores, las comunicaciones (físicas, mediáticas y virtuales) hacen que los bordes, los
límites de las ciudades, sean cada vez más difusos, y la idea de frontera, necesariamente
deba ser reconceptualizada. Nos movemos en múltiples espacios, pasando de uno a otro
cada vez a mayor velocidad.


“Al contrario de la ciudad antigua, cerrada y vigilada para de-
fenderse de enemigos internos e externos, la ciudad contemporá-
nea se caracteriza por la velocidad de circulación. Son flujos de
mercaderías, personas y capital en ritmo cada vez más acelerado
rompiendo barreras, subjugando territorios1” (Rolink, 1988: 9)


Si en la década de los años 50 Aldo Solari oponía sociedad rural a sociedad urbana Solari,
1950), hoy esta división topológica ha perdido vigencia. Apenas pueden clasificarse territo-
rios como predominantemente rurales en relación a su estructura productiva, pero aquellas
características que determinaron la definición de sociedades rurales y/o sociedades urbanas
pierden sentido, dado los procesos actuales de interconectividad, deslocalización de la pro-
ducción, velocidad en las comunicaciones de múltiples canales y sobre todo de la conquista
de la imagen, en términos de la creación de sentido. Es así que en la producción académica se
sustituye progresivamente la tradicional dicotomía campo – ciudad por nuevas clasificaciones
para los territorios: metrópolis, conurbaciones, áreas metropolitanas, regiones periurbanas,
suburbanas, rururbanas, periferias, ciudades intermedias, ciudades globales, etc.


“El espacio urbano dejó así de restringirse a un conjunto denso y
definido de edificaciones para significar, de manera más amplia la
predominancia de la ciudad sobre el campo. Periferias, suburbios,
distritos industriales, rutas y vías expresas recubren y absorben
zonas agrícolas en un movimiento incesante de urbanización.
En el límite, este movimiento tiende a devorar todo el espacio,
transformando en urbana la sociedad como un todo”.
(Rolnik 1988:12)




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Es así que una ciudad que nace en función de la necesidad de dominio permanente de
un territorio, y define una relación entre hombre/naturaleza, implica necesariamente orga-
nización social, gestión de la producción material colectiva y por lo tanto organización
política.


Pero la ciudad también es un registro. En ella, la sociedad que la habita y la construye
produce mitos, símbolos, y muchos de ellos se materializan. Es posible entonces leer la
ciudad, recorrer su historia, en su arquitectura, en sus colores, en la distribución de los
referentes urbanos, en los equipamientos, los diseños, la utilización de los recursos natu-
rales, etc. Por eso es posible hablar de memoria de una ciudad, que a diferencia del recuer-
do, no termina con la muerte. (Rolnik 1988:17).


La temporalidad o mejor, la dimensión espacio-tiempo supone complejidad en la lectu-
ra de las ciudades. La vida de la ciudad hace que se interpreten y se resignifiquen perma-
nentemente los símbolos del pasado, construyendo una red de significados móviles. Pero
además coexisten elementos de diferentes momentos históricos de la ciudad o diferentes
estadios de desarrollo.


“Ahora veamos cómo coexisten estas tres ciudades. La histórica
territorial, la ciudad industrial y la ciudad informacional o comu-
nicacional. Esta es la pregunta central de la multiculturalidad
urbana en la actualidad. Vivimos la tensión entre tradiciones que
todavía no se van (tradiciones barriales, de formas de organiza-
ción, y estilos de comunicación urbana) y una modernidad que no
acaba de llegar a los países latinoamericanos, cuya precariedad
no impide, sin embargo, que también lo postmoderno ya esté entre
nosotros. La coexistencia no regulada de varios modelos de desa-
rrollo urbano en países dependientes genera, a la vez, comunica-
ciones ágiles y embotellamientos, acceso más o menos simultáneo
a una vasta oferta internacional y la dificultad de gozarla....”
(García Canclini 1997:87)


Pero no sólo existe un registro material de la ciudad, también existe el patrimonio
intangible como lo llama García Canclini, que es objeto hoy de múltiples trabajos y re-
flexiones (y que tiene especial relevancia en América Latina)2.


“Este patrimonio constituido con leyendas, historias, mitos imáge-
nes, pinturas, películas que hablan de la ciudad, ha formado un
imaginario múltiple, que no todos compartimos del mismo modo,
del que seleccionamos fragmentos de relatos, y los combinamos en
nuestro grupo, en nuestra propia persona, para armar una visión
que nos deje un poco más tranquilos y ubicados en la ciudad.
Para ubicar nuestras experiencias urbanas en constante transi-
ción” (García Canclini 1997:93).


Los habitantes de una ciudad no la experimentan “completa”. No se conoce una ciu-
dad íntegramente, se conocen segmentos, aquellos que forman parte de la experiencia
cotidiana, de los recorridos, circuitos o trayectorias, pero hay fragmentos de la ciudad
que no se llegan a percibir sensorialmente de manera directa. Sin embargo eso no implica
que se desconozcan esos espacios de la ciudad en los que no se ha estado nunca. Se


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generan imaginarios que hacen que cualquier habitante pueda ubicar rápidamente deter-
minados barrios, o lugares, aún sin haberlos pisado jamás.


Los medios masivos de comunicación contribuyen significativamente en la constitu-
ción de estos imaginarios (en un sentido doble, porque aportan en la constitución de
sentido y contribuyen en gran medida).


Existen muchos estudios que sostienen que el discurso de una ciudad3 está básica-
mente en manos de los actores hegemónicos (quienes controlan los medios de comunica-
ción, y también el gobierno local que establece comunicación urbana). (García Canclini
1997; Mons 1994).


Ahora bien, ¿cuál es la relación entre el discurso sobre la ciudad que elaboran los
actores hegemónicos y la apropiación de ese discurso por todos los habitantes? ¿Se
quiebra la cadena de equivalencias en torno a algunos referentes significativos en algu-
nos contextos sociales?, ¿diferentes sectores o grupos sociales otorgan significaciones
diferenciales a determinados términos, o referentes urbanos?


García Canclini sostiene que:


“La estructura y la propiedad de los medios de producción y co-
municación cultural deben ser analizadas como parte de los dis-
positivos por medio de los cuales se conforman los patrimonios
compartidos y también las divisiones entre los patrimonios de
unos y otros sectores de la ciudad”. (García Canclini, 1997:95).


Explícitamente, el autor se apoya en la noción de capital simbólico de Pierre Bourdieu,
con lo cual se hace referencia a la noción de habitus, -inventada como el propio Bourdieu
dice- para articular el momento objetivo (posición en el espacio social: estructura) y el
momento subjetivo (conjunto de representaciones subjetivas del mundo), y superar de
este modo la dicotomía dada por el subjetivismo- estructuralismo, que recorre gran parte
de la historia de las ciencias sociales. Por lo tanto la noción de habitus conecta las percep-
ciones, disposiciones y representaciones así como las prácticas de los agentes sociales
respecto al mundo, con la experiencia continuada en el tiempo en una determinada posi-
ción en el espacio social. Esto es lo que dota al agente del “sense of one´s place y del
“sense of other place”.


Este esquema teórico lleva aparejada la idea de la violencia simbólica, puesto que
diferentes grupos se disputan significados, y valores simbólicos que son propios del
grupo y que los “distinguen” de otros.


Siguiendo esta línea argumental es válido preguntarse: ¿es posible hablar de un
único patrimonio en la ciudad? Al hacer referencia al patrimonio intangible constituido
por relatos, mitos, leyendas e imágenes, vale preguntarse si todos tienen la misma
posibilidad de participar en su producción, o de protegerlo, de ciudarlo, de registrarlo y
comunicarlo.


Este tema es particularmente analizado, desde una perspectiva de género, por
María de los Ángeles Durán en el libro Ciudad compartida (Durán, 1999). En la confe-
rencia que esta socióloga española dictó en Montevideo en el 2000, plantea cómo una
ciudad valoriza a las personas que considera relevantes y destacadas, poniendo a sus
calles los nombres de aquéllas. Esta práctica hace que estas personas formen parte de
la memoria colectiva de la ciudad, haciéndola perdurar en el tiempo. A continuación
pregunta a su audiencia ¿cuál es la proporción de calles de Montevideo que llevan
nombre de personas? ¿Cuántas llevan el nombre de mujeres? A partir de datos de la




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ciudad de Madrid, en que efectivamente esto fue analizado, se pregunta si las socie-
dades valorizan a las mujeres y a los hombres de igual manera, si ambos géneros
acceden de la misma forma en la construcción de las ciudades, y si pasan en la misma
proporción a formar parte de la memoria colectiva y por tanto si no existe discrimina-
ción de género para pasar a la inmortalidad, para construir la historia (y la memoria) de
las ciudades.


Si se quiere proteger el patrimonio intangible de una ciudad ¿quién o quiénes son los
que definen cuál es este patrimonio? ¿quién elabora los relatos? Estas preguntas condu-
cen a la noción de ciudadanía como conjunto de derechos y responsabilidades. Y a la
igualdad o equidad de los habitantes de una ciudad en cuanto a la capacidad que tengan
de participar en la toma de decisiones tanto en términos de la gestión de la ciudad, como
también en relación a la ciudadanía cultural.


La ciudad por lo tanto, tiene tanto un patrimonio histórico (el registro de su memoria,
calles, arquitectura, edificios, museos, etc.) como otra diemensión de lo patrimonial cons-
tituida por lo intangible (sus relatos, leyendas, rituales, imágenes). Las significaciones de
ambos, como se desarrolló antes, son móviles, dinámicas, en permanente proceso de
transformación.


La construcción de la imagen de la ciudad
En muchas ocasiones existen acciones deliberademente orientadas para producir de-


terminados significados, tanto para la ciudad en términos globales como para determina-
dos espacios que la integran.


Las políticas urbanas, por lo general, están diseñadas para producir resignificaciones
de ciertos espacios. Un ejemplo habitual es cómo la construcción de shoppings genera
como efecto múltiples centros en una ciudad (haciendola policéntrica) y por lo tanto se
desvaloriza el centro tradicional. Las políticas de revalorización del centro son una forma
de establecer medidas que aporten a un retorno a la significación anterior del centro, que
a su vez ha sido resignificado (ha sufrido vaciamiento poblacional, pérdida de funciones,
eventualmente deterioro).


La planificación urbana se ha constituido en una disciplina que cada vez concita
mayor atención, y los procesos de descentralización han funcionado como demandante
de sus productos, contribuyendo a su desarrollo y aplicación.


Una de las premisas actuales de la gestión urbana impone a las ciudades la lógica de la
sustentabilidad y de la competitividad. Las ciudades compiten entre sí por la captación de
capitales, de recursos humanos más calificados, por proveer las condiciones adecuadas
para ofrecer ventajas comparativas y competitivas así como la diferenciación de produc-
tos, servicios y valores.


Las políticas y los procesos de descentralización tanto en Europa como en América
Latina han disparado el surgimiento de nuevos paradigmas teóricos y técnico-metodoló-
gicos para actuar en estas condiciones y han desafiado a los gobiernos locales a desarro-
llar “estrategias” para posicionar a las ciudades (más ampliamente a los territorios), en
función de esta lógica de diferenciación y de competencia.


Lo que Mons llama “batalla entre ciudades” ha conducido a una serie de acciones para
lanzar o re-lanzar las ciudades, cual productos al mercado mundial, intentando captar
inversiones, capitales, turistas, recursos humanos calificados, etc. Es posible entonces
hablar de una “imaginería urbana” (Mons, 1994) o del marketing territorial (Rebollo, 2000:
Kotler et al, 1994) aludiendo a los dispositivos que se ponen en juego para crear o recrear


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imágenes de una ciudad, para posicionarlas tanto en la red de ciudades (en la que se
inscribe o a la que pertenece) como en el ámbito internacional.


¿Qué sucede si se traslada la noción de imaginario urbano de García Canclini para
ciertos espacios de la ciudad, a otras ciudades, a otras regiones, a otros países? Si los
imaginarios se constituyen privilegiadamente a partir de los mensajes de los medios
de comunicación masivos, éstos se tornan un factor importante para la construcción
de la imagen de marca de una ciudad. Deja de ser necesario haber estado en París para
representársela, conocerla o imaginarla, y por lo tanto la imagen que se construya de
una ciudad es un elemento cada vez más atendido por parte de los gobiernos locales
en la lucha entre ciudades, en la necesidad de “competir” por inversores, capitales y/
o turistas.


La “construcción de una imagen” supone un diseño, una estrategia, una “prefigura-
ción”, en suma, objetivos. En planificación urbana, la Imagen de Marca Territorial (ITM)
responde a la ubicación de determinados objetivos para un cierto territorio o ciudad y la
articulación de actividades para que éstos se cumplan a través de un fuerte énfasis en la
comunicación de la imagen. A título de ejemplo Rebollo sitúa “I love NY” como una
imagen de marca que reposicionó a la ciudad de Nueva York a nivel turístico en el mercado
internacional, poniendo en valor sus características únicas, colocándolas como atracti-
vos para el consumo de turistas, y sin duda potenciando la generación de identidad local
y de compromiso de sus actores y agentes locales, en un “proyecto colectivo” que la
imagen de marca del territorio intenta conformar. (Rebollo, 2000)


La construcción y aplicación de la imagen de marca de territorios y ciudades es una
práctica que se ha generalizado. A través de esta imaginería promocional se genera una
ciudad metafórica que se superpone a una ciudad real. Se produce un cruzamiento de
imágenes entre registros aparentemente contradictorios.


Los soportes comunicacionales de la imagen de marca de la ciudad son múltiples
(folletos, afiches, catálogos, publicidades, videos, etc.), así como también lo son las fuen-
tes de financiamiento para el despliegue de estos medios. Por lo mismo, existe una produc-
ción enormemente dispersa y variable de la imagen de la ciudad, lo que hace que no
termine de coagular nunca en una absolutamente definida sino que se encuentre en sus-
penso, fluctuante.


Una de las tensiones para producir la imagen de marca de una ciudad es si se simboliza
en términos patrimoniales (ciudad histórica, de ruinas, cuna de civilizaciones), o en térmi-
nos modernos (empresarial, tecnológica, etc.). Esto supone ubicar temporalmente la ima-
gen de la ciudad (orientada al pasado o al futuro). Por lo general la simbólica urbana se
mantiene en un juego de énfasis entre uno y otro polo.


“Dado que la ciudad contemporánea se da a ver (más que a en-
tender) a través de imágenes mediáticas, se trata de poner en
relieve la especificidad del aparecer de esta nueva exterioridad
urbana. En este sentido sus figuras de marca son apreciadas
como formas de expresión, de manifestación, que se producen en
el campo social, para resumir “estilizaciones sociales” de la
ciudad. Ahora bien, estas figuras estilizadas tienen un efecto
paradójico, parecen hacernos pasar (a nosotros “espectado-
res”) de una imagen concreta, presente, de la ciudad, a una re-
lación abstracta, ausente, con un universo urbano en expansión
infinita”. (Mons 1994).


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Actualmente asistimos a un proceso de desplazamiento del sentido. El uso de la
metáfora (originalmente poético) tiende cada vez en mayor medida a ser analizado en el
campo social. Los lingüistas Lakoff y Johnson trabajan la metáfora social, y este tipo de
análisis se utiliza en estudios que aluden al sentido social que se construye a través de
la metáfora tanto de grupos sociales (viejos, niños, negros, etc.) como de las ciudades
o territorios.


Tal es el análisis que realiza Alain Mons a través de un estudio empírico de varias
ciudades francesas, trabajando la imagen del territorio o de las ciudades en su libro La
metáfora social. Imagen territorio comunicación .


La metáfora es una “figura retórica que consiste en hacer que se encuentren ideas
o imágenes que no están próximas. Produce por tanto efectos de semejanza que radi-
can en un desplazamiento de sentido y una sustitución analógica” (Mons, 1994: 15).
La esencia de una metáfora es que “permite comprender cualquier cosa y experimen-
tarla en términos de cualquier otra” (Lakoff y Johnson, 1985:15). Ahora bien: la metá-
fora se refiere tanto al lenguaje como a la actividad cotidiana de los hombres, es decir
a la vida social.4


La metáfora por lo tanto es la figura paradigmática de transfiguración o desplazamien-
to de sentido sobre todo el contexto actual de pleno dominio de los medios de comunica-
ción, responsables de favorecer la rapidez de transmisión de imágenes5, la tecnologías de
la conexión (permiten las redes mundiales y mostrar la mundo en estos términos), y los
flujos de sentido (que conectan lugares, individuos, grupos o colectivos).


El contexto de la multiplicidad y superposición de imágenes, y de la fluctuación o
desplazamiento del sentido a que asistimos actualmente conduce al debate acerca de qué
es la realidad. La conceptualización positivista de la realidad como fija, atemporal, objetiva
y cuyo funcionamiento podría ser aprehendido por el conocimiento, en el que el investiga-
dor permanece neutral (fuera de la realidad) está en franco cuestionamiento. Las posicio-
nes que conceptualizan la realidad como una construcción social han ganado terreno
tanto en las ciencias duras como en las ciencias sociales. Esta perspectiva epistemólogi-
ca, (constructivista) supone mirar el mundo social desde otro lugar. No se mira sólo los
hechos, cual si éstos fueran naturalmente de esa forma, sino cómo son significados, y por
tanto vistos o representados por los individuos. La construcción del significado de los
hechos es el objeto de investigación desde esta perspectiva.


Las personas se comportan con respecto a las cosas en función de lo que éstas
significan para ellas, y estas representaciones son reales, puesto que producen reali-
dad (comportamientos). Ahora bien, si las representaciones sociales de los hechos
constituyen realidad, bien puede pensarse en realizar este proceso de representación
deliberadamente, es decir construir determinadas imágenes a propósito del cumpli-
miento de determinados objetivos, esperando que constituyan determinada realidad
preconfigurada.


Este es el presupuesto sobre el que se apoya la planificación de la “imagen de la
ciudad”, que está tan en boga y que ha sido aplicado tanto en ciudades europeas y
norteamericanas como también en América Latina6.


Existen técnicas específicas para producir la imagen de marca de un territorio7 y esta-
blecer las estrategias más adecuadas para comunicarla. Por lo general suponen modelos y
líneas estratégicas para llevar adelante el proceso, y se apoyan fundamentalmente en el
uso de metáforas.


Mons, a partir del estudio de casos de varias ciudades francesas, establece la trilogía
imagen - territorio - comunicación, y al respecto dice:


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“ Las imágenes se convierten en el motor de la comunicación; el
territorio está delimitado por las imágenes que lo constituyen y se
concibe cada vez más en la geometría variable de los intercam-
bios, la comunicación debe situarse genealógicamente en el desa-
rrollo de la imagen (cultura) y el estallido de las fronteras territo-
riales (técnicas modernas de difusión), En el contexto contempo-
ráneo los tres términos se han convertido en interactivos y hasta
en interdependientes”. (Mons 1994: 20).


En la medida en que se hace imperioso el posicionamiento de la ciudad (tanto hacia el
exterior, para cualquier “extranjero a la ciudad”, como para sus habitantes, es decir interna-
mente) la comunicación de la imagen de la ciudad se torna extremadamente importante. En
este sentido las técnicas comunicacionales constituyen un factor decisivo que hay que
controlar. Los gobiernos locales o urbanos montan estructuras y equipos técnicos dedi-
cados a establecer la comunicación urbana. Mediante estrategias comunicacionales se
intenta difundir una imagen de marca de la ciudad que la haga distintiva.


Las imágenes que produce la ciudad
Simultáneamente a las acciones orientadas a la producción de la imagen de marca de la


ciudad, operan las prácticas sociales (individuales y colectivas) de los hombres, mujeres
y niños que la habitan, que no responden a la planificación. En ocasiones, estas prácticas
pueden ser contradictorias con la imagen de la ciudad a partir de la cual se la intenta
“distinguir”. En otras, pueden estar más o menos sumergidas u ocultas. Tal es el caso de
lo que se ha llamado las tribus urbanas, como fenómeno emergente de las condiciones
actuales de la globalización y postmodernidad, donde nuevas formas de tribalización
surgen como necesidad de generación de identidades colectivas y diversas, así como de
expresión de propuestas alternativas de las generaciones jóvenes. Los elementos defini-
torios de las tribus urbanas son la apropiación de determinados territorios en la ciudad,
por parte de la tribu, códigos estéticos y prácticas sociales constitutivas de su identidad,
contraseñas que distinguen a la tribu y a sus miembros (vestimenta, adornos, música,
colores, etc).


Estas prácticas (muchas de ellas contestatarias) producen a su vez imágenes y partici-
pan de diversos registros iconográficos de la ciudad, así como aparecen en los medios,
contribuyendo en la conformación de imaginarios urbanos. Por ejemplo, el movimiento
punk produjo un conjunto múltiple de imágenes que resultan identificándose con Lon-
dres, al menos en un momento histórico. Asímismo, no haciendo referencia ahora a tribus
urbanas, las acciones terroristas conforman el imaginario de Medellín o Bogotá, a pesar de
los esfuerzos del gobierno local y nacional en mostrar otra imagen.8


Por último
Estas notas, circularmente, conducen a la pregunta inicial, y en el camino sólo han


abierto otras. No se ha pretendido cerrar sino justificar la pregunta. Avanzar en el cuestio-
namiento, mostrar diferentes maneras de construir y producir imágenes de, desde, para y
por la ciudad. Trabajar la idea de cómo todas estas imágenes contribuyen a su vez a la
producción de imaginarios urbanos, que no son más que imágenes de otro tipo. Y cómo
todas ellas deben considerarse, necesariamente en la dimensión espacio-temporal.


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Notas
1 Traducción propia.


2 Ver por ejemplo Armando Silva, Néstor García Canclini, Beatriz Sarlo, Susana Finkelevich, Verónica
Filardo y Mabel Olivera, etc.


3 El análisis del discurso de Ernesto Laclau es una propuesta útil y sugerente para trabajar cual es el discurso
hegemónico de la ciudad, cómo se establece la cadena de equivalencias, productoras de determinadas significaciones
y por tanto las percepciones sobre la realidad urbana. Esto no impide la existencia de discursos alternativos al
hegemónico de la ciudad, que podrán producir otros actores.


4 La metáfora social permite la construcción y reproducción de determinados imaginarios sobre determinados
grupos de individuos, y/o lugares, etc.


5 Lo que no se ve, lo que no se puede mostrar, no existe.


6 Un ejemplo paradigmático es Curitiba, como “ciudad sustentable”. En este caso también es notoria la
asociación de la idea de la imagen de la marca de la ciudad con su gobernador.


7 Rebollo. Revista Prisma, N° 13 UCUDAL.


8 En otra escala, y siendo esta “tribu urbana” más reciente, en Montevideo podría pensarse cómo los
malabaristas (que también se apropian de territorios en la ciudad) “se producen” (esta expresión alude justamente a
proyectarse en una imagen de sí mismos y del grupo) a partir de su estética (vestimenta, colores, actividades lúdicas
que “llenan el espacio” con clavas, antorchas, etc), en una propuesta de juego y de interacción social diferente. Los
malabaristas, de llegar a tener presencia en los medios de comunicación, etc., eventualmente, podrían incidir en la
conformación del imaginario de Montevideo.


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Nueva Visión, 1994 .


Perulli, Paolo. Atlas metropolitano: El cambio social en las grandes ciudades. Madrid: Alianza,
1995.


Rolnik, Raquel. O que é cidade . __: __, 1994.


Solari, Aldo. La sociología rural. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 1950.


VERÓNICA FILARDO




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El artista + la ciudad *


Catedrático Arte y Estética, Facultad de Comunicación y Diseño, Universidad
ORT Uruguay. Licenciado en Ciencias Antiguas e Historia del Arte Universidad
Católica de Lovaina, Lovaina, Bélgica.


I


...Pero no imagino cómo, y ¿cómo saberlo?
Es imposible separar el objeto observado del observador.
Siempre lo va a modificar, es algo que parece ser inherente al objeto.
Desesperante, ¿no le parece?
Ana Solari El sitio donde se ocultan los caballos


La ciudad es un concepto tan común en nuestras sociedades actuales que nos olvida-
mos de que tuvo que esperar hasta principios del siglo XX para encontrarse con una
disciplina propia que la tomara como objeto de estudio. Los estudios urbanos, que dan
sus primeros pasos en la sociología y la geografía, para luego extenderse hacia las ciencias
económicas y políticas, y más recientemente hacia la antropología, tuvieron sin embargo
mucho antes un compañero fiel en las artes que ha dejado sus huellas. La composición de
la antigua Sumeria, El lamento sobre la destrucción de Ur, inicia una larga tradición de
relatos narrativos y/o visuales en los cuales la ciudad es tema e inspiración para innume-
rables creaciones artísticas. A través de ellas, estas ciudades entraron y quedaron en
nuestro imaginario. Algunas de ellas hicieron este camino a través de una observación
casual; otras fueron el centro de atención durante décadas y hasta siglos. En algunas más
que en otras se construyeron entornos suficientemente atractivos como para captar el
interés de creativos de toda índole. Desde estos lugares surgieron nuevos estilos y for-
mas de andar y pensar que no se detuvieron en sus límites geográficos. Se convirtieron en
centros culturales de atracción mundial, famosos por su íntima relación con la creatividad
artística de toda una época. Tanto es así que ciertos movimientos artísticos se identifican
por el nombre del lugar en donde se originaron, dejando de lado la opción más tradicional
de nombrarlos por una u otra característica de estilo. La denominación The New York
School, por ejemplo, refiere mucho más al hecho de que todos sus integrantes se encon-
traron en este lugar que a la relación que podrían tener entre sí. Lo que sucede entre una
mente creativa y su entorno es una relación compleja y nada fácil de descifrar. Al respecto,
Jed Perl, en un artículo en The New Republic, plantea lo siguiente:


La relación orgánica entre una persona y un lugar nunca es fácil de
definir. Cuanto más cerca uno la examina, más circular parece el
proceso. Para la mayoría de los escritores y artistas, la ciudad es
menos un objeto a contemplar que un medio que uno habita. Los
efectos más profundos que una ciudad puede tener quizá sean es-


JOAN VAN DEN BERGHE


* Este texto fue escrito antes de los sucesos del 11 de setiembre de 2001.




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tructurales y abstractos, enterado en los ritmos de un estilo de pro-
sa o en una técnica de pintura, y cómo describimos este tipo de
subestructuras es difícil decir. Lo que un artista piensa de una ciu-
dad puede ser tan elusivo como lo que piensa de sí mismo. Una de
las preguntas irritantes sobre la relación entre el gran arte y las
grandes ciudades es la cuestión de lo dado versus lo alimentado
(nature versus nurture.) ¿Es la fuerza de una visión del artista lo que
nos hace ver la ciudad de una cierta forma? ¿O es el lugar que da
forma a la imaginación del creador, y enseña al artista a ver?”1


La cuestión de lo dado versus lo alimentado (nature versus nurture), como lo plantea
Perl, va más allá del problema del huevo y la gallina. Aunque siempre se puede argumentar
que por más que el lugar dé forma o influya en la imaginación del creador, el lugar mismo
recibió su forma de otros creadores, -en una relación que Perl denomina como irritante-, se
descarta como un problema poco relevante por no decir falso, e insinúa lo obvio de la
influencia mutua. Sin embargo, la literatura que se ha interesado en la relación entre el
artista y la ciudad tiende a resaltar el protagonismo del artista, quien con su mente creativa
nos hace ver éste u otro lugar de una manera particular. Los laureles de lo logrado se los
lleva casi exclusivamente la creatividad de los ojos que lo ven y lo dado pasa a ser “un
medio que uno habita”.


En su reciente libro, Imaging the Modern City, James Donald construye, a través de
argumentos persuasivos, su tesis central de que “la ciudad es un entorno imaginado”.2
Aunque sea con renovado esfuerzo y con una definición muy amplia de lo imaginado, el
autor se sitúa en una larga tradición de una manera particular de percibir la ciudad moder-
na. Aparece en la mente la mirada de aquel señor que “se siente igual de cómodo entre las
fachadas de las casas como un ciudadano entre sus cuatro paredes”.3


Caracterizado como el flâneur, se le otorga el papel de aquella figura que pasea sin
norte por las calles de la ciudad, que consume el va y viene de la gente, registrando las
actividades cotidianas urbanas como el ‘aura’ del materialismo. Como figura en el margen
de lo cotidiano, con su rostro anónimo, distante e impersonal, nace con la ciudad moder-
na, para no decir que emana de ella. Es a mediados del siglo XIX que el flâneur obtuvo un
lugar prominente en la literatura, a través de los escritos de Charles


Baudelaire, y más adelante toma forma en los de Walter Benjamín, para luego conver-
tirse en una de las figuras emblemáticas de la experiencia moderna.


Esta mirada, entremetida en mucha literatura crítica de las últimas décadas por sus posi-
bilidades acerca de la simulación, el simulacro y la deconstrucción, lleva en sí sus orígenes
de asombro frente a la nueva experiencia de una existencia urbana que es caracterizada como
acelerada en su tempo, impersonal en las relaciones humanas y en el anonimato omnipresen-
te; es decir, como el encuentro con un cambio radical de valores que se percibe en la
confrontación de lo conocido con lo nuevo, lo propio y lo ajeno, el individuo y la masa. Si el
sociólogo alemán de principios del siglo XX, Georg Simmel, evoca en defensa de lo indivi-
dual “el alcohol como una capa protectora”, Baudelaire recurre a las técnicas del “blasé”,
Poe describe la distancia de la multitud y su contemplación desde un espacio protegido en
“The Man of the Crowd”, y Benjamin crea un concepto nuevo, el flâneur.4


El flâneur se reduce entonces a una “técnica del observador”.5 Su ojo no es el
utensilio de la crítica sino que produce un elemento de supervivencia, una herramien-
ta en contra de lo observado que le permite quedarse al margen. Como lo plantea
Richard Sennett en Capitalism and the City, “La idea de un sujeto superior al entorno


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de él o de ella nos es familiar en las escrituras del contemporáneo de Wirth, Walter
Benjamín – especialmente en la figura del flaneur de Benjamín”.6 Para resguardarse de
ella, el flâneur convierte la ciudad con sus calles, plazas y edificios en un escenario,
como un exterior, un decorum para las interacciones de la vida cotidiana de sus habi-
tantes y visitantes, quienes son sus actores principales. Lo escénico se traspasa con
facilidad del exterior de la ciudad al exterior-interior de las arcades (galerías), a este
“mundo donde el flâneur está como en su casa”7, a los interiores de nuestros shop-
ping mall y el cine, como lo argumenta Anne Friedberg en Les Flâneurs du Mal(l),
aunque sea en otro contexto8. Tomándolo como piedra angular de su argumento,
James Donald sugiere que es el cine el que comprueba que la ciudad moderna “no es
un lugar” sino más bien “un modo de ver”9.


Frente a esta situación, la ciudad se convierte en espectáculo, en un no-lugar, algo
dado sin nada propio, estando a la merced de la energía de los que lo transitan, del buen
gusto de sus gobernantes y lugareños, de la sensibilidad del artista y otros creativos que
le han dado forma. Percibido como algo dado, como siempre preexistente y a la disposi-
ción de todo lo que se le puede aportar, el ambiente propio emitido y permitido por la
ciudad no tiene espacio.


Y aunque sea dicho en el margen, además de la ocasional inspiración que puede o no
haber ocurrido, es allí que el artista percibe un estímulo, que encuentra a sus pares, a su
público y los espacios para presentar su obra; es allí que encuentra a curadores y críticos
para encargarse de la difusión de la obra y a un mercado interesado que le da, a veces, la
buena vida. Sea en relación de odio, de indiferencia, de simpatía o de profundo amor, la
ciudad es el lugar de la acción y su infraestructura lo habilita. Es difícil lograr que éste sea
ajeno a las expresiones que en ella se engendran.


Como lo plantea Alexander Gelley, “Inicialmente un estético residual del espectáculo
de la ciudad, el flaneur finalmente es demostrado él mismo como un objeto de mistifica-
ción, y es su sentir de la ciudad que está expresado en el lema, ‘es lässt sich nicht lesen’
(no se deja leer).”10


II


Yo no soy un nómada, quizá un inmigrado, pero privilegiado. Nómada
es un término demasiado seductor para describirme.


Gabriel Orozco
Artpress # 238, sept. ‘98


Figura 1
Isla en la Isla por Gabriel Orozco,


1993, 40 x 50 cm,
reproducción cibachrome.




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Como fotografía uno podría decir que la imagen apenas llama la atención. Parece una
imagen monótona, gris y triste de una ciudad, tomada casualmente por alguien llevado por
el pesimismo que aparentemente le provoca un día lluvioso. Se percibe como una imagen
impulsiva, en la cual nada se inspira en nada y en donde hasta la ciudad misma parece
carecer de buenas ideas.


Lo que no se entiende muy bien es el porqué de esta imagen, su necesidad. Sobre todo
por el hecho de que la ciudad retratada en esta imagen goza de una reputación mundial por
razones muy contrarias a las que se perciben aquí. New York, la ciudad de Nueva York, la
Meca de la creatividad artística, reconocida como tal al menos desde mediados del siglo
XX. Justamente esta ciudad, Gabriel Orozco nos la hace ver “de este manera particular”.
Aquí nada de la ciudad que nunca duerme, del Rey de la colina, de la cumbre del montón,
ni de la Estatua de la Libertad, el Empire State, Times Square o Central Park; evaporada su
gloria, apagada su luz.


En cierto modo uno percibe esta imagen como una maldad. New York no es así. Acá a
quien le faltan las ideas no es a la ciudad sino al creador de esta imagen. Estamos seguros
de esto porque la imagen de NY, la que tenemos en la mente, la más conocida, la más
publicitada, la más divulgada, es la toma de “Manhattan Skyline” desde Liberty Island.


Sin lugar a dudas, Gabriel Orozco es consciente de esto. Orozco sabe que cualquiera
que vea esta fotografía no fallará en reconocer al instante a la ciudad como Nueva York,
siendo el indicio revelador la silueta de las torres gemelas del World Trade Center en la
punta de la isla de Manhattan.


La etiqueta que acompaña la obra en la colección del Walker Art Center en Minneapo-
lis, (Minnesota, EE.UU.), indica que esta vista hacia Manhattan fue tomada desde New
Jersey. También aclara que esa obra es ‘un paisaje doble’ y que las “cosas” que se encuen-
tran en el primer plano son en realidad “un mini-tableau que Orozco hizo para simular (to
mimic) esta vista usando materiales encontrados en el sitio”11.


El título mismo de la obra empieza a cobran su importancia y pauta un significado
posible de esta imagen. La imagen induce a una reflexión pesimista hacia esta ciudad como
metrópolis que es, como centro mundial de actividades artísticas (ya que Orozco en primar
lugar es artista), tanto como económicas y políticas. Quizá Gabriel Orozco es una persona
que se deja deprimir por un día lluvioso, y como ‘inmigrado’ que dice ser se desquitó de
ese manera de una frustración con la ‘gran ciudad’. Pero eso no necesariamente se refleja
en su obra en general.


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Como es el caso en muchas de sus obras, esta imagen ejemplifica otra de las
interacciones e intervenciones sutiles (y a veces no tan sutiles), que el artista ela-
bora con su entorno inmediato. Las obras de Orozco pueden entenderse como ‘cita-
ciones’, como aquello de lo que habla Alexander Gelley en un texto acerca de una
película de Godard:


La citación trabaja con estar siempre levemente fuera del marco.
Lo que es evocado no coincide exactamente con lo que se presen-
ta. El efecto de la citación es el de trastornar la función significan-
te o indexical. En el efecto de la dislocación, este pequeño choque
de lo desparejo, nos aproximamos al Verfremdungseffekt de Bre-
cht, enajenamiento, el hacerse extraño. Las consecuencias al nivel
de la recepción -del lector o de la audiencia- nos son, en un senti-
do, perfectamente familiares y han sido reconocidas desde tiempo
atrás como una característica de la experiencia moderna. Sin em-
bargo, las tomamos quizá con demasiada facilidad simplemente
como otro registro dentro del abanico de las opciones (post-) es-
téticas. Este aplasta y normaliza, pienso yo, a lo que apunta el cine
de Godard. Su ataque abierto, tanto a los criterios estéticos como
ficticios, puede entenderse como una búsqueda de nuevas formas
de recepción. La audiencia es involucrada en una actividad que es
difícil de etiquetar – una especie de decodificación, quizá una for-
ma de leer. Pero el texto ha sido desplazado, la postura como au-
diencia cuestionada.”12


El Verfremdungseffekt es muy elaborado en la obra de Orozco, lo que se puede inter-
pretar como teñido de actitudes del flâneur, pero esto también sería aplastarlo y normali-
zarlo, por más que Orozco hace deliberadamente referencia a prácticas artísticas conoci-
das en su obra. El artista tiene, por ejemplo, una amplia trayectoria con el “object trouvé”,
que en este caso es la silueta de la línea del horizonte de la ciudad de Nueva York. El lugar
y el momento, y esto en el sentido más amplio, fueron encontrados y retenidos por el
artista para favorecer la reflexión que induce. La obra formula una mirada, un sacudón al
papel que le es tradicionalmente otorgado, tanto en lo que se refiere a la ciudad retratada
como hacia la función y el lugar mismo de la obra de arte en general. La confusión es
deliberada y Orozco la requiere.


Isla en la isla, el ‘doble paisaje’ que se formula ante nosotros al observar esta imagen,
no es entonces una fotografía tomada por sí misma, sino que funciona en primer lugar
como un documento de registro de una obra de arte hecho in situ, involucrando así a la
ciudad de Nueva York tanto conceptualmente como físicamente. Si uno observa bien,
Orozco no “simula esta vista” en su mini-tableau, sino que usa materiales encontrados en
el sitio para reproducir la otra imagen de Nueva York, la toma de la “Manhattan


Skyline” desde Liberty Island, siendo una vez más el indicio revelador la silueta de las
torres gemelas del World Trade Center y el charco de agua que la rodea. La casualidad de
la toma fotográfica, que a primera vista se presenta como una posibilidad, desaparece por
completo. La necesidad interna de la imagen precisa el efecto del lugar escogido.


Orozco construye su ‘doble paisaje’ nítidamente haciendo coincidir la línea del hori-
zonte con la línea horizontal de la mitad de la imagen resaltando así el enorme espacio
vacío y la distancia que se construye entre su mini-tableau y los edificios a la orilla del río


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Hudson, elementos que literalmente edifican la imagen. Al mejor estilo renacentista, el
artista ubica el punto de fuga en el centro justo de la fotografía, obligando así al observa-
dor a mover el ojo hacia arriba y abajo, lo que da como consecuencia resultados previsi-
bles e intencionales. De este modo Orozco logra que la fotografía por sí misma y en cuanto
objeto integrante de varias de sus instalaciones sea también obra de arte por derecho
propio. Para que el objeto de arte opere como tal, el mini-tableau debe ser visto en
conjunto con la silueta existente, la infraestructura misma de la ciudad de Nueva York.
(Figs. 3a y 3b) Orozco trabaja con la imagen de la ciudad de Nueva York en su más amplio
sentido y la convierte en una obra de arte que a su vez está sometida al escrutinio. Esta
compleja relación que se establece a partir de allí se logra con la ciudad de Nueva York
como referencia esencial para que esta obra represente lo que quiere representar.


Figura 3a


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Notas
1 Jed Perl, «The Adolescent City,» The New Republic Online (22.01.01.) Articulo publicado en ocasión a


la exposición «Art and the Empire City: New York, 1825–1861», del 19.09.00 al 07.01.01. Metropolitan Museum
of Art, New York, NY, USA . (en inglés, trad. propia).


2 James Donald, Imagining the Modern City (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1999).
3 Walter Benjamín.,Charles Baudelaire: A Lyric Poet in the Era of High Capitalism (London: New Left


Books, 1973), 36-37. (en inglés, trad. propia).


4 Sin autor. En la World Wide Web: http://virtualia.ong.ro/00/ engleza_00/leti_00_21_en.htm


5 Jonathan Crary, Techniques of the observer: on vision and modernity in the nineteenth century (London and
Cambridge, Mass.: MIT Press, 1990). (referencia)


6 Richard Sennett, Capitalism and the City, Ponencia en el marco del simposio ‘CITy: Daten zur Stadt unter
den Bedingungen der Informationtechnologie’ 11.11.2000, ZKM (Zentrum für Kunst und Medientechnologie),
Karlsruhe. En la World Wide Web: http://on1.zkm.de/zkm/city/essays/sennett (en inglés, trad. propia).


7 Walter Benjamín, Charles Baudelaire: A Lyric Poet in the Era of High Capitalism (London: New Left
Books, 1973), 36-37. (en inglés, trad. propia).


8 Anne Friedberg, Les Flâneurs du Mal(l): cinema and the postmodern condition (The Modern Language
Association of America, Vol.106, N°3, Mayo 1991), 423, citado en Janet Wolff. Women and the modern city:
reflections on the flâneuse. En la World Wide Web: http://www.bunkier.com.pl/klub/janet_text.html


9 James Donald, Imagining the Modern City (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1999).


10 Alexander Gelley, “City Texts : representation, semiology, urbanism,” Politics, Theory, and
Contemporary Culture, ed. Mark Poster (New York: Columbia University Press, 1993). En la World Wide Web: ttp:/
/www.humanities.uci.edu/english/ faculty/gelley/CityTexts.html


11 En la World Wide Web: http://www.walkerart.org


12 Alexander Gelley. “City Texts : representation, semiology, urbanism,” Politics, Theory, and
Contemporary Culture, ed. Mark Poster (New York: Columbia University Press, 1993). En la World Wide Web:
http://www.humanities.uci.edu/ english/faculty/gelley/CityTexts.html




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Ciudad, cine, comunicación


Crítico de cine diario La República, Cinemateca Revista, revista M Cine,
Otrocine, Semanario Brecha, El País Cultural y la revista Film OnLine.
Docente Escuela de Comunicación Universidad ORT Uruguay.


Había un plano de De Gaulle en Sin aliento. Había también una ciudad nueva: vuelta
a fundar por las imágenes de Godard, París se asomaba a un concepto nuevo de la geogra-
fía urbana. Un concepto cinematográfico que, autónomo, ya venía desde antes, desde los
días gloriosos de la narración llamada “clásica”. ¿Cómo imaginar, stricto sensu, el Chicago
de Sternberg, la Nueva York de Lang, las masas arquitectónicas de Walsh o los callejones
de Tourneur, sin el soporte de un desfile de fotogramas? ¿Cómo evitar el estremecimiento,
la aprensión, el miedo, la angustia y hasta la incertidumbre de sentirse un perpetuo evadi-
do de la ciudad real, la que jamás el espectador conoció en persona, la que nunca transitó
más que en su existencia cinéfila? Y al mismo tiempo, ¿cómo explicar el sentimiento de “ya
visto”, de un aire ya respirado, de un recorrido una y mil veces inscrito en su imaginación
de celuloide sin acudir al stock de imagenes que lo habita, que lo puebla? No hay, en
efecto, otra manera.


Porque, desde la infancia, la ciudad le pertenecía a todos los espectadores. Todas las
ciudades eran suyas gracias al cine. Desde mucho tiempo antes que se produjera el acce-
so nunca definitivo a los meandros de la significación, ya eran “ciudadanos del mundo”.
Cada imagen “real” de una ciudad segregaba, sin interdicción ni clausuras, su propia
imagen representada. Como una proyección virtual de las imágenes interiores, las ciuda-
des parecían trazar sus contornos más allá de toda otra caución prefijada que no fuese la
que correspondía a un espacio y un tiempo que, ellos también, le pertenecían a todos. La
primera y paradojal socialización del cinéfilo es ésta: la que consiste en aprender de
inmediato a compartir con otros la imagen proyectada sobre la pantalla y saber, al mismo
tiempo, que la otra imagen, la que se proyecta en la pantalla interior, es exclusivamente del
espectador.


La imagen fílmica transmite una representación de lo urbano que se vuelve identitaria
a partir del momento en que el público percibe, asimilándola, la singularidad del entorno
como un componente de su alteridad. Por eso los cineastas de la Nouvelle Vague salieron
a filmar a las calles. Antes de ellos, la ciudad era -cuando aparecía en los films- una
simulación promovida por el cinéma de qualité de los años cincuenta. Y, cuando no
aparecía, simplemente no existía.


Los guiones de Aurenche y Bost no se caracterizaron por privilegiar el escenario
urbano porque, en sus historias, la Francia rural sobrevivía en todos los sentidos. En el
resto del mundo, la emergencia de las otras “nuevas olas” fue también el momento del
rescate ciudadano, la chance de una cierta verdad de cine que, sepultada por el sistema de
los estudios, tenía al fin la palabra (y la imagen). La Varsovia de Skolimowski, por ejemplo,
ya no era la maqueta lisa aprobada por los burócratas, así como Tokyo u Osaka, en Oshima
e Imamura, eran pantanos de promiscuidad y crimen: “lo real” hizo su ósmosis en las
formas fílmicas.


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Los devaneos de los personajes de Antonioni, sus extravíos en medio del paisaje
ciudadano, guardan una rigurosa contemporaneidad con esta idea. ¿En qué ciudad es
posible perderse, no encontrarse, desaparecer sin dejar rastro ni testigos? Las ciudades
de Antonioni: rastro invisible, testigos mudos. De todas formas, las películas del autor de
La noche constituyen uno de los peldaños más avanzados en la historia de las represen-
taciones urbanas. Los lugares efímeros, los mapas urbanos simbólicos, la silueta de una
ciudad y sus perfiles son elementos que, del clasicismo a la modernidad del cine, han
acompañado los otros espacios, afectivos, que sitúan a los personajes y los rodean. Que
los construyen, incluso. En la dinámica de un Godard (Dos o tres cosas que sé de ella), un
Rivette (Paris nous appartient) o un Rohmer (Les rendez-vous de Paris), la ciudad es un
personaje, pero también el personaje es una ciudad.


Así fue que, en su tiempo, el choque entre una cultura de cine basada en la metástasis
urbana y otra, a la espera de una iconografía, hecha de ciudades a venir, utópicas e
intrincadas, fue la circunstancia que, para el cine latinoamericano, marcó la entrada a una
era de mitologías políticas destinadas a la ficción de los años sesenta, cuando las guerri-
llas urbanas convivían con las “cámaras-ametralladora”. Situación que, en la anticipación
neorrealista de Roma, ciudad abierta, Paisá y Alemania, año cero, había sido el presagio
de Rossellini, el primero en filmar la ciudad como territorio devastado. Desde allí, la línea
recta hasta Río, cuarenta graus, de Pereira dos Santos, se hace más visible: el espacio
urbano como zona de conflicto. Social, político, humano, moral, material. De los escom-
bros a la favela, el drama es siempre el mismo: la fatalidad de un “estado de guerra” que
mata y quema, sacrifica y castra.


Entonces se puede concebir ese mismo espacio urbano como un reducto humano
sujeto a las variaciones que su propia imagen desencadena y promueve. Como cuestión
figurativa, la ciudad ofrece a los cineastas una vasta zona de búsqueda y experimentación.
Permite que el cine funcione como recorrido, como relevamiento, como captor de índices.
Y propone un desafío: el de buscar (y encontrar) historias. ¿Qué es una ciudad sino una
cantera de historias -escondidas o visibles-, de ficciones en potencia, de “personajes en
busca de autor”, de relatos a enunciar, a construir, a localizar? En este sentido, hay pocas
cosas más impresionantes que el largo travelling con el que Vidor, a pocos minutos del
comienzo de Y el mundo marcha, se acerca a su personaje protagónico desde la calle hacia
el edificio y desde la ventana hacia el escritorio. O más conmovedoras que la ciudad vista
en sobreimpresiones por la recién llegada pareja del Amanecer de Murnau. Así, el encuen-
tro con la ciudad filmada se convierte en una experiencia.


Porque, si se quiere, comunicar la ciudad representada equivale a sostener las diferen-
cias entre el lugar donde se habita y la idea misma de “habitar”, entre las fronteras de la
ciudad y los límites de su imagen filmada, entre la concatenación de los lugares y el
encadenamiento de los planos en un film. Y también los límites de la ficción como relato
inconcluso. Esto es lo que sucede en Transatlántico, donde Christine Laurent filma Mon-
tevideo como una irrealidad que se materializa en las imágenes del film. La mirada de la
cineasta no es ajena sino extranjera. No es arquitectónica sino poética. Habitar la ciudad
es, para ella, poblar la ficción con sus personajes y sus historias. Lo mismo sucede con la
irreconocible Buenos Aires de Wong Kar-wai en Felices juntos, otra mirada desde otra
extranjería para otras historias en otra ciudad igualmente espectral.


Es difícil, pues, que la ciudad deje de suministrar el marco necesario para dar relieve a
un trabajo de puesta en escena que demanda ese decorado. Pero más difícil aun es encon-
trar al cineasta capaz de entender el espacio urbano en términos a la vez concretos (como
presencia, justamente) y abstractos (como irrealidad, fantasmagoría, premonición). Los


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primeros años del cine, en el período mudo, proporcionaron algunos paradigmas fílmicos
de ambas vertientes, especialmente en el expresionismo alemán. La paradigmática Metró-
polis de Lang (que era arquitecto) aparecía como una pesadilla utópica edificada más allá
del tiempo y el espacio, más allá del realismo pero no por ello menos “real”. Cifras simbó-
licas del advenimiento del nazismo -según Kracauer-, las sombras y los claroscuros ha-
blan, en el presente, de una percepción excesiva del “aire de los tiempos”, una deforma-
ción que sometió a las imágenes a una retorcida estilización del miedo.


Esa estilización a la vez contemporánea y futurista siguió su marcha hacia formas
cada vez más barrocas. De la Alphaville de Godard a la urbanización posindustrial de
Blade Runner, las amenazas rondaban por las calles, trepaban los edificios y resplande-
cían en los letreros de neón como antes lo habían hecho en el viejo cine negro americano
de los años treinta-cuarenta, de Hawks (Scarface) a Dassin (La ciudad desnuda). El
futuro ominoso empezó a parecer posmodernamente inconcebible a partir del momento
en que lo siniestro no era el futuro en sí mismo sino la idea de una representación del
futuro. Por eso es que la Berlín de Wenders en Alas del deseo parece tan peculiar:
porque corresponde al presente del cineasta tanto como al del espectador en un momen-
to dado. Más allá de cualquier metáfora acerca del Muro y su caída, la ciudad wendersia-
na tiene -en la película misma, en su literalidad- una dimensión paradojal hecha de
ángeles y hombres: un bestiario.


Hay -de Scorsese a Woody Allen- toda una línea de cine que parte de esa visión
“zoológica” de la ciudad como teatro behaviorista. ¿Cómo comparar la alucinatoria Nue-
va York de Taxi Driver o Después de hora con la otra, más “normal”, de Manhattan o
Hannah y sus hermanas? El escenario es el mismo, pero no la comedia humana que en él
se representa. Inversamente, la irrepetible San Francisco de Vértigo parece especial-
mente hecha por Hitchcock para esa única historia, de una vez y para siempre, como la
maqueta enorme de un juego perverso. No otra cosa sucede con Playtime, concebida
por Tati en el momento de la construcción de Orly como una extrapolación de sus
temores y preocupaciones. Es, pues, en la recreación de la ciudad que el cine encuentra
su mejor y más fértil vocación. Y, al mismo tiempo, un retorno a sus fuentes (documen-
tales). Por eso es que una película como El Sena encuentra París, de Ivens, emblematiza
la felicidad de un encuentro en el punto justo: los márgenes del río también son los
bordes discontinuos de una ciudad.


Como Montevideo, por ejemplo. De Buela a Garay, de Pommerenck a Speranza, de
Rebella-Stoll a Bertalmío, se puede hablar de algo así como un “efecto ciudad” que excede
-ya era tiempo- el pintoresquismo y la imaginería turística de tarjeta postal. Definitivamen-
te incorporados a los personajes de películas como Una forma de bailar, Mala racha, Los
días con Ana y, sobre todo, 25 watts, las plazas, las calles, la Rambla, el barrio, han dejado
de ser fetiches para convertirse en signos. En signos de vida. Paradoja propia del cine y su
imaginario: después de años de discusiones acerca de la identidad cultural y la identifica-
ción-reconocimiento del público, es la universalidad la que hace que las cosas tengan, al
fin lejos del museo y del folklore, un aire de familia.


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Filmografía citada


Sin aliento (A bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1960).
La noche (La notte, Michelangelo Antonioni, 1961)
Dos o tres cosas que sé de ella (Deux ou trois choses que je sais d’elle, Godard, 1966)
Paris nous appartient (Jacques Rivette, 1961)
Les rendez-vous de Paris (Eric Rohmer, 1995)
Roma ciudad abierta (Roma cittá aperta, Roberto Rossellini, 1945)
Alemania, año cero (Germania, anno zero, Rossellini, 1948)
Río, cuarenta graus (Nelson Pereira dos Santos, 1955)
Y el mundo marcha (The Crowd, King Vidor, 1928)
Amanecer (Sunrise, Friedrich Wilhelm Murnau, 1927)
Transatlántico (Transatlantique, Christine Laurent, 1997)
Felices juntos (Happy Togheter, Wong Kar-wai, 1997)
Metrópolis (Fritz Lang, 1926)
Alphaville (Godard, 1965)
Blade Runner (Ridley Scott, 1982)
Scarface (Howard Hawks, 1932)
La ciudad desnuda (The Naked City, Jules Dassin, 1948)
Alas del deseo (Der Himmel über Berlin, Wim Wenders, 1987)
Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976)
Después de hora (After Hours, Scorsese, 1985)
Manhattan (Woody Allen, 1979)
Hannah y sus hermanas (Hannah and her sisters, Woody Allen, 1986)
Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)
Playtime (Jacques Tati, 1966)
El Sena encuentra París (La Seine a rencontré Paris, Joris Ivens, 1957)
Una forma de bailar (Alvaro Buela, 1997)
Mala racha (Daniela Speranza, 2000)
Los días con Ana (Marcelo Bertalmío, 1999)
25 watts (Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll, 2001)


PABLO FERRÉ




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La ciudad como
piel protectora y


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Editor de EL PAIS digital.
Coordinador periodístico del
Grupo de Diarios de América
(GDA). Miembro del Consejo
Editor y columnista de la
revista IN. Integrante del
Consejo Editor de Pulso
Latinoamericano (GDA).
Director de la revista cultural
El Estante (1995-2000). Docente
del taller de Periodismo digital
en la Universidad ORT.
Tres libros de narrativa: Primer
Bando (1986); Jam Session en
la Posta del Angel (Premio
Municipal 1990); Desamores
(1993).


1. Un impulso irrefrenable que dura
5.500 años


Con 5.500 años de reciclaje sobre sí
misma, la ciudad parece un producto
intrínseco a la naturaleza humana. Sin
embargo llama la atención de los espe-
cialistas que las técnicas y tecnologías
propias de la erección de ciudades se
hayan conservado a lo largo de un iti-
nerario salpicado de interrupciones, si
se considera que agrupamientos como
Lagash y Erech en la antigua Sumeria
datan de 3.500 a.C.


Las elites de las diferentes ramas del




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La ciudad como piel protectora y conflictiva


Editor diario EL PAIS digital. Coordinador periodístico Grupo de Diarios de
América (GDA). Miembro Consejo Editor y columnista revista IN. Integrante
Consejo Editor Pulso Latinoamericano (GDA). Director de la revista cultural
El Estante (1995-2000). Docente Escuela de Comunicación Universidad ORT
Uruguay. Autor de Primer Bando (1986); Jam Session en la Posta del Angel
(Premio Municipal 1990); Desamores (1993).


1. Un impulso irrefrenable que dura 5.500 años


Con 5.500 años de reciclaje sobre sí misma, la ciudad parece un producto intrínseco a
la naturaleza humana. Sin embargo llama la atención de los especialistas que las técnicas
y tecnologías propias de la erección de ciudades se hayan conservado a lo largo de un
itinerario salpicado de interrupciones, si se considera que agrupamientos como Lagash y
Erech en la antigua Sumeria datan de 3.500 a.C.


Las elites de las diferentes ramas del conocimiento parecen haber sido decisivas en la
conservación del saber y los procedimientos a través de crónicas, memorias y de la trans-
misión oral dentro de la estructura de los sucesivos imperios.1 Por distintas vías, la comu-
nicación fue uno de los hilos conductores del proceso urbanístico.


Hay sin embargo un punto de inflexión que los historiadores ubican a mediados del
siglo XIX –coincidente con el impacto de la edad eléctrica- en que el fenómeno comenzó
a generalizarse hasta culminar en las formas conocidas. Es decir que durante más de cinco
mil años, las ciudades surgidas en todo el globo se parecieron entre sí. Arnold Toynbee
destacó la reconocible semejanza existente entre la Ur del tercer milenio a.C. y la Weimar
del siglo XVIII. Entre ellas subyace el común denominador de una escasa movilidad y la
escala módica de su trazado, de modo que “los peatones pudieran vivir y trabajar en ellas
en forma conveniente”.2


La tendencia a vivir en ciudades ha demostrado ser en los últimos siglos tan irrefrena-
ble que el campesino emigra aún en los casos “en que tenga buenas perspectivas en su
pueblo natal y ninguna en la ciudad a la que se dirige”, como en el caso de los campesinos
iraquíes que emigran irracionalmente “a los anillos de los barrios de emergencia que ro-
dean a Bagdad mientras que las perspectivas en la tierra de sus antepasados son excep-
cionalmente prometedoras”.3


En esta pulsión parece residir otro hilo conductor de lo urbano en la historia.
Sostenía Lewis Mumford4 que mientras los animales se recubren de pelos para enfren-


tar el frío –adaptación fisiológica- la humanidad ideó ropas y construyó casas –adapta-
ción ambiental- en un proceso que condujo primero a la aldea y luego a la ciudad. Si en la
base del desarrollo de instrumentos y máquinas está la tentativa de modificar el medio
para fortificar y sostener el organismo humano en un esfuerzo por extender sus poderes,
una consecuencia directa de ese proceso será la creación fuera del cuerpo de una serie de
condiciones más favorables para mantener su equilibrio y asegurar su supervivencia. La
ciudad, como producto complejo de esa pulsión de comprobado vigor a lo largo de la
historia, representa la extensión social e institucional de todas las facultades humanas.


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Lo paradójico es que esa piel protectora de la ciudad albergue tras sus muros una
realidad cada vez más conflictiva.


Marshall McLuhan5 , continuador de Mumford, sostenía que ya en la aldea se detecta-
ba una forma de aceleración de la actividad humana que aportaba nuevos ímpetus en
procura de separar y especializar la acción, y destacaba que la participación era elevada
mientras las formas de organización eran de escasa entidad. Este es uno de los equilibrios
que se va modificando con el proceso de urbanización creciente. Pero la ruptura del
equilibrio se acelera a puntos críticos a partir del impacto de las nuevas tecnologías. En
otras palabras, no es comparable el proceso seguido por la ciudad durante los más de
cinco mil años que llevan desde Lagash al Londres de los Estuardo, con el que va del París
de Baudelaire a la Nueva York de Tom Wolfe.


2. La ciudad actual, un viaje de doscientos años en cuatro pantallazos
2.1. 1790: La arquetípica Londres dejaba atrás la aldea de madera de los Estuardos


para recibir las cargas excesivas del estilo victoriano en un ejemplo de la nueva comodidad
urbana. El pavimento nuevo asegura la limpieza y regularidad de la calzada, “y como se ha
puesto de moda el desplazarse a pie, las aceras están cuidadas, flanqueadas de estacas
que salvaguardan al viandante contra los vehículos”.6


2.2. Apenas unas décadas después de la descripción de Morazé, tres lúcidos ob-
servadores del siglo XIX, Federico Engels, Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire apunta-
ron tres componentes de la nueva vida urbana: la presencia de la multitud, la tendencia a
la uniformidad y la aceleración del cambio. En su ensayo sobre la Situación de las clases
trabajadoras en Inglaterra, Engels (1820-1895) reconocía el desconcierto que le provoca-
ba Londres con su “colosal acumulación (que) ha centuplicado la fuerza de estos dos
millones y medio de personas en un solo punto”, pero al mismo tiempo conjeturaba que
“estos londinenses han debido sacrificar la mejor parte de su humanidad para realizar los
milagros de civilización de los cuales está llena su ciudad”. Engels se refugió en su indig-
nación moral para juzgar el fenómeno y exteriorizó su “repulsión” ante estos “centenares
de millares de personas, de todas clases que se entrecruzan (y cuya) única convención
que los une, tácita, es la de que cada cual mantenga la derecha al marchar por la calle”.7


2.3. También ubicado en Londres, el breve relato Un hombre en la multitud de
Edgar Allan Poe (1809-1849) exhibe encantamiento y fascinación al contemplar “una de las
principales avenidas de la ciudad (y su) densa multitud (cuya) continua corriente de
transeúntes pasando presurosos ante la puerta me llenó de una emoción deliciosamente
nueva”.8 Poe no registra el vacío ni el ensimismamiento del que hablaba Engels: “La gran
mayoría de los que iban pasando tenían un aire tan serio como satisfecho, y sólo parecían
pensar en la manera de abrirse paso en el apiñamiento (…) Cuando los empujaban, se
deshacían en saludos hacia los responsables, y parecían llenos de confusión (…) Ningu-
no de ellos llamó mayormente mi atención (hasta que) de pronto se me hizo visible un
rostro [el de un anciano decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años] que detuvo y
absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad de su
expresión.”9 También la actitud del protagonista del cuento de Poe es radicalmente dife-
rente a la del co-fundador del comunismo. Mientras éste siente rechazo físico y repugnan-
cia por la masa, el observador de Poe queda cautivado por ella, al punto que abandona su
confortable ubicación para seguir a uno de los transeúntes y observar sus movimientos.




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2.4. Refiriéndose a París, y desde el intimismo de un poema dedicado a Víctor
Hugo, Charles Baudelaire (1821-1867) describe, en unos versos cargados de nostalgia,
cómo el ritmo de modificación de una ciudad supera su propio ritmo introspectivo: “El
viejo París ya no existe (el aspecto de una ciudad / cambia más rápidamente, ay, que el
corazón de un mortal)… // ¡París cambia! ¡Pero todo en mi melancolía / Sigue intacto!
nuevos palacios, andamiajes, bloques, / Viejos barrios, todo se convierte para mí en alego-
ría, / Y mis queridos recuerdos son más pesados que rocas”.10


2.5. Walter Benjamin (1892-1940) escribió en la década del 30 el texto que reunió a
Engels y Poe y que apareciera como uno de los artículos publicados póstumamente en
1961 bajo el título de Iluminaciones. Allí señalaba que mientras los transeúntes de Poe
lanzan miradas sin motivo en todas direcciones, los de hoy deben hacerlo forzosamente
para atender las señales del tránsito. “La técnica sometía así al sistema sensorial del
hombre a un complejo training”.11


2.6. Tres décadas después de Benjamin, los nuevos pujos aceleradores del ince-
sante y creciente desarrollo tecnológico llevaron a McLuhan a destacar el crecimiento
desordenado e inútil de la ciudad moderna a partir del impacto del automóvil. El polémico
pensador canadiense no parece haberse equivocado cuando señala la reincidencia de los
esfuerzos humanos en propender a que “las extensiones tecnológicas del cuerpo, diseña-
das para aliviar el excesivo esfuerzo físico, puede dar lugar, a un estrés psíquico tal vez
mucho peor”.12


2.7. A diferencia de los tiempos de Poe, Benjamin o McLuhan, el transeúnte actual
debe ampliar su percepción flotante para atender al tránsito y filtrar lo esencial de lo
accesorio en un verdadero ejercicio de sobrevivencia. El habitante de las ciudades vive
amenazado por la confusa mezcla de datos útiles y meros estímulos, como lo revela en
forma dramática un cable de AP del 29 de noviembre de 1997: “una chica de 13 años murió
y otros dos adolescentes resultaron heridos en Barcelona al ser atropellados por un
taxista que admitió haberse distraído con la sensual publicidad de ropa interior que exhibe
un café de esta ciudad”.13


3. El complejo trazado de la inteligencia
José Pérez Tornero señala una contradicción que esconde la base de nuestra inteligen-


cia como uno de los fusibles que podría explicar el cortocircuito.
Nuestra inteligencia está formada –dice- por un sector interno de origen biológico e


individual y se asienta en un proceso evolutivo de millones de años para fraguar un
cerebro de enorme capacidad. Pero por otro lado, reconoce también un sector “externo,
cultural, colectivo, que se complementa y, a veces, se sobrepone con aquel y se basa en
instrumentos, códigos, tecnologías, lenguajes…”.14


La interdependencia entre ambas partes determina que ese cerebro, “filogenéticamen-
te estructurado a un ritmo de cambio pausado y progresivo, se encuentre (actualmente)
sometido a una tensión de cambio inaudita (ya que) en su entorno están alterándose
bruscamente las condiciones sensoriales y perceptivas, los sistemas sígnicos y simbóli-
cos, las condiciones de comunicación y los sistemas de interpretación del mundo”.15


Pérez Tornero insiste en “que el grado de conciencia sobre la actualidad es, en ciertos
ámbitos, espectacularmente ridículo”.16




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Una de las pruebas está en las “instituciones y los métodos que se han de relacionar
con el cultivo de la inteligencia humana, especialmente los sistemas de enseñanza”17,
cuyo diseño se basa en “unas tradiciones comunicativas centradas abrumadoramente
(en) una sola dimensión de la capacidad lingüística: la relacionada con el lenguaje verbal,
denominado muchas veces ‘lenguaje natural’”.18


El entorno cultural y cerebral se ha superpoblado de grafismos e imágenes, lo cual
conforma un escenario muy distante de los tiempos en que el desarrollo de la capacidad
lingüística y comunicativa “se correspondía con los saberes propios de la retórica y la
gramática clásica”.


Del hecho indiscutible de que el lenguaje verbal, las palabras y su pro-
cesamiento organizaban el conocimiento del entorno y permitían gene-
rar una información sustancial para su procesamiento cerebral de la
información, se derivaba hacia una aserción más cuestionable: que el
pensamiento se desarrollaba a través del lenguaje verbal. De aquí que
pensar equivaliese a una especie de soliloquio verbal con uno mismo y
que la inteligencia se asociara a la capacidad de hablar y expresarse.19


4. La sociedad en cortocircuito: uno de los ámbitos de la batalla
La metamorfosis constante de la ciudad del siglo XXI recuerda un enunciado de


Mumford en 1930 en que advertía que “el empleo de aparatos mecánicos para duplicar y
extender las operaciones orgánicas (…) a la larga, promete no desalojar al ser humano,
sino volverlo a concentrar en sí mismo y dilatar sus capacidades. Pero esta promesa está
sometida a una condición: a saber, que la cultura de la personalidad sea tan refinada
como la explotación mecánica de la máquina”.20


Un conflicto de este orden movió a José Ortega y Gasset a escribir La rebelión de las
masas, donde sostenía que hasta el siglo XVIII habría prevalecido en el hombre medio un
tipo de sabiduría elemental enmarcada en la conciencia de pequeñez que le recordaban las
frecuentes catástrofes. Aquel mundo de organización baja, en que el individuo se sentía
a expensas de los elementos, contrasta según Ortega con el mundo inaugurado en el siglo
XIX, que ha “mimado” crecientemente al individuo sin aportarle mayor conciencia acerca
de las razones por las cuales goza de tales comodidades.


La perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización
a ciertos órdenes de la vida es origen de que las masas beneficiarias
no la consideren como organización sino como naturaleza. Así se
explica y define el absurdo estado de ánimo que esas masas revelan:
no les preocupa más que su bienestar y al mismo tiempo son insoli-
darias de las causas de ese bienestar. Como no ven en las ventajas
de la civilización un invento y construcción prodigiosos, que sólo
con grandes esfuerzos y cautelas se puede sostener, creen que su
papel se reduce a exigirlas perentoriamente, cual si fuesen derechos
nativos. En los motines que la escasez provoca suelen las masas
populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las
panaderías. Esto puede servir como símbolo del comportamiento
que en más vastas y sutiles proporciones usan las masas actuales
frente a la civilización que las nutre.21




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Probablemente del mismo modo que correspondió a las elites de otros tiempos trans-
mitir las técnicas y tecnologías del saber urbano, se le reclame a las actuales desarrollar y
difundir en ámbitos masivos, los elementos imprescindibles para la comprensión cultural
capaz de valorar en términos individuales lo que la humanidad ha adquirido colectiva y
lentamente a través de los siglos.


5. El cortocircuito en tiempo real


Arnold Toynbee vaticinó en 1969 que la nueva dinámica de la ciudad mecanizada llevaba
a la megalópolis y ésta a su vez a la Ecumenópolis, nuevo tipo de ciudad que “puede ser
representada por un único espécimen que abarcará la superficie terrestre del globo en una
sola conurbe”.22 Lo que no está claro aún, señalaba Toynbee, no es si Ecumenópolis va a
surgir a la vida, sino si su creadora, la humanidad, va a ser su amo o su víctima.


Los dos factores críticos que amenazan a la vida urbana y para los cuales, dice To-
ynbee, no existía una política en 1969 son las dos corrientes más poderosas de la segunda
mitad del siglo XX: el aumento incesante de la población mundial y el aumento incesante
de las migraciones. Los muros de la ciudad, que protegían de intrusos e invasores, contie-
nen explosivos conflictos que conducen a búsquedas por momentos desesperadas de
soluciones. ¿Seremos los amos o las víctimas?


El 21 de junio de 2001 (Newsweek), la periodista Anna Kuchment se preguntaba si los
tres intrusos que “entraron en el apartamento de un hombre, lo golpearon con un bate de
béisbol hasta sacarle los sesos, lo estrangularon, lo lanzaron en la bañera, le drenaron la
sangre cortando sus muñecas y entonces lo picaron en pedacitos” , realmente perdieron
la razón. “Uno de los sospechosos había estrangulado a un vecino unos meses atrás (y)
el motivo había sido, como ahora, buscar un sitio donde vivir. ¿El probable argumento en
su defensa? Pérdida de la razón”. El enfoque de la crónica apuntaba a preguntarse si
realmente el crimen podía atribuirse ligeramente a la locura, en una ciudad cuyos habitan-
tes emplean el 35% de su salario en alquiler de viviendas y donde el valor promedio de un
apartamento asciende a 870.000 dólares. “¿Qué podría ser más racional?”.


Pese a los elevadísimos valores, “encontrar el ‘sitio de sus sueños’
es sólo la mitad de la batalla (ya que) la mayoría de los apartamentos
en Nueva York son parte de cooperativas (lo cual quiere decir) que
los inquilinos tienen el derecho de escoger a sus vecinos. Las jun-
tas que gobiernan estos edificios pueden darse el lujo de exigir obs-
cenas cantidades de efectivo como pago inicial. La entrevista de la
junta es como el Juicio Final. Los potenciales compradores presen-
tan una extensa solicitud y la junta examina cada detalle (…) Noso-
tros fuimos aceptados tras un segundo intento. Dos de nuestras
amistades, con dos hijos, han sido rechazados por tantas juntas que
han decidido irse a vivir a Roma. Obviamente, este proceso pone a
pruebas las relaciones interpersonales. La ciudad está llena de pare-
jas que cohabitan sin amor ligadas únicamente por su incapacidad
de encontrar cada uno un sitio que puedan pagar.23


A esta rápida muestra de los sorprendentes caminos abiertos por la racionalidad del
negocio de bienes raíces neoyorquino, la cronista agrega la situación de “la primera fami-
lia de la ciudad, el alcalde Rudy Giuliani y su esposa, Donna Hanover, separados hace




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años, pero ahora en proceso de divorcio (y) enfrascados en una lucha titánica por la
mansión alcaldicia”. Visto desde una perspectiva más amplia, el enfoque de la periodista
de Newsweek revela el coraje y la eficacia que el público espera del periodismo.


Otro divulgador polémico y a veces superficial pero eficaz para plantear problemas
que derivan del impacto de las nuevas tecnologías, Jeremy Rifkin, dedicó buena parte de
su último libro a describir con cifras y ejemplos algunos extremos alcanzados por las
llamadas urbanizaciones de interés común (common-interest developments, CID).


En La era del acceso, Rifkin señalaba que a comienzos de 2001 estimativamente
unos 48 millones de estadounidenses –19% de la población- viven en alguna de las
225.000 CID, de las cuales se construyen anualmente entre 4.000 y 5.000. Generalizadas
a favor de la ayuda y financiación de la Administración Federal de Apoyo a la Vivienda
tienen capacidad para fijar con legitimidad, condiciones absurdamente restrictivas de
los derechos individuales:


Vivir en una CID es muy diferente a comprar simplemente una
casa: se trata de adquirir todo un estilo de vida (…) Las restriccio-
nes legales que rigen el uso de una casa se llaman ‘servidumbres’
(y) son tan intrusivas y tan amplias que destruyen la idea misma
de que uno es dueño y señor de su propio castillo (…) En Mon-
roe, Nueva Jersey, la dirección de una CID demandó a un propieta-
rio porque su esposa, de cuarenta y cinco años, tenía tres años
menos de la edad mínima necesaria para ser admitida en la comuni-
dad. Los tribunales aprobaron la decisión de la directiva de la CID,
ordenando a este hombre que vendiera, alquilara su vivienda o
viviera en ella sin su esposa.24


Rifkin plantea una y otra vez que el sistema económico en medio de una fuerte muta-
ción lleva a que los mercados dejen su sitio a las redes, donde el acceso sustituye cada vez
más a la propiedad. Una de las consecuencias sería que los mercados quedan relegados y
con un papel cada vez menor en los asuntos humanos.


¿Amos o víctimas?


La crisis de la sociedad se manifiesta abiertamente en la ciudad, su caja de resonancia,
sin que existan consensos eficaces en torno a un diagnóstico. Algunas opiniones son
aún más pesimistas: ni siquiera habría una conciencia real.


Parecería que en ese doble movimiento que implica la toma de conciencia y su genera-
lización, les cabe un papel de trascendencia a los sectores que concentran el saber y la
capacidad de comunicarlo.


La reinvención de la ciudad a lo largo de más de cinco milenios habla por sí misma de
la importancia atribuida a esa segunda piel que protege y expande las facultades humanas.
El “impulso irrefrenable” de Toynbee, o la “adaptación ambiental” de Mumford, contó con
el factor consciente de las elites que, en condiciones a menudo adversas, preservaron y
transmitieron el saber.


Los déficits actuales no se encuentran en el campo tecnológico. Los enfoques aquí
reunidos ubican el desafío en el campo de los valores y fundamentalmente en el plano de
su asunción colectiva. Parece ser la hora de las elites en la transmisión de valores univer-
sales. La hora de la comunicación.




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Notas
1 Gideon Sjoberg, “Origen y evolución de las ciudades,” Scientific American (setiembre 1965.) : 48 – 49.


2 Arnold Toynbee, Ciudades en marcha (Madrid: Alianza, Emecé, 1973), 235.


3 Ibid. , 252.


4 Lewis Mumford, Técnica y civilización (Buenos Aires: Emecé, 1945), 41, tomo I.


5 Marshall McLuhan, Comprender los medios de comunicación (Barcelona: Paidós, 1996), 114 - 115.


6 Charles Morazé, El apogeo de la burguesía (Barcelona: Labor, 1965), 11.


7 Federico Engels, Situación de las clases trabajadoras en Inglaterra; citado por Walter Benjamin, Sobre el
programa de la filosofía futura (Barcelona: Planeta-Agostini, 1986), 98.


8 Edgar Allan Poe, Obras en Prosa, traducidas y comentadas por Julio Cortázar (San Juan: Ediciones de la
Universidad de Puerto Rico, 1969).


9 Benjamin, 103 – 104.


10 Charles Baudelaire, Las flores del mal; citado por Leonardo Benevolo, La ciudad europea (Barce-
lona: Crítica, 1993), 2.


11 Benjamin, 107.


12 McLuhan, 87.


13 Cable de la agencia Associated Press, La Nación, Buenos Aires, 29 de noviembre de 1997.


14 José M. Pérez Tornero, Comunicación y educación en la sociedad de la información (Barcelona:
Paidós, 2000), 87.


15 Ibid. , 89.


16 Ibid. , 90.


17 Ibid.


18 Ibid. , 91.


19 Ibid. , 95.


20 Mumford, 433.


21 José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas (Barcelona: Altaya, 1993), 87.


22 Toynbee, 236.


23 Anna Kuchment, “Vida de apartamento,” Newsweek, 21 de junio de 2001, 32.


24 Jeremy Rifkin, La era del acceso (Buenos Aires: Paidós, 2000), 161.




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NARRATIVA Y CIUDAD


Potencial cultural de una ciudad: Montemundo
Hilia Moreira


Tren a oscuras
Rene Fuentes


Infinitésimo en la ciudad
Gabriel Schutz


Nota al pie: Ciudad y Escritura
Ana Solari




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POTENCIAL CULTURAL DE Hilia Moreira
UNA CIUDAD: MONTEMUNDO




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Potencial cultural de
una ciudad: Montemundo


Catedrática Narrativa, Semiótica y Persuasiva, Escuela de Comunicación
Universidad ORT Uruguay. Doctora en Semiología Facultad de Ciencias (Jussieu,
París VII). Representante de Uruguay ante la Asociación Internacional de
Estudios Semióticos. Ha publicado artículos académicos y de difusión en
Uruguay, Venezuela, México, España, Francia y Austria. Mujer deseo y
comunicación (1992), Cuerpo de mujer (1994) y Antes del asco (1998).


Hablar de una ciudad implica hablar de sus habitantes. Hablar de Montevideo supone
interrogarse sobre los que allí viven o, acaso, de modo más amplio, también sobre los que
habitan Buenos Aires, frente a quienes los montevideanos presentan un sinnúmero de
diferencias pero, al mismo tiempo, una sutil red de afinidades. En este artículo se quiso
plantear el problema de las raíces culturales y potenciales culturales, que se despliega
ante montevideanos mostrando cierta analogía con el paisaje de Buenos Aires.


Para hacerlo se hará referencia, especialmente, a la visión de sus dos narradores mayo-
res, Jorge Luis Borges y Juan Carlos Onetti. Se presentarán, también, algunas sugerencias
propias.


Las raíces culturales


Borges (1932, 267) señala que,tanto en la tradición literaria como histórica de Argenti-
na, el poema Martín Fierro es raigambre, fundamento. La memoria de los argentinos (lo
que, implícitamente, significa, también, la de los orientales) está en Martín Fierro como la
de los griegos en los poemas homéricos. En la poesía gauchesca se encuentran el habla
de un pueblo, los giros que la colorean, los temas que lo preocupan. Pero, ¿quién ese
gaucho y qué significa para el hombre urbano?


El gaucho
Procedentes de la mezcla de indígenas y españoles, los gauchos se extendieron por las


pampas de la provincia de Buenos Aires, al este del río Uruguay, al norte del río Cuareim.
Adquirieron fisonomía propia por el medio en que vivían y las cualidades de un pueblo
salvaje pero hospitalario, en el que abundaban caballos y rebaños. Se hicieron famosos
por su destreza para cazar con lazo y boleadoras. Entre ellos se encuentran algunos de los
fundadores de las naciones del Plata, como los “treinta y tres” orientales que, legendaria-
mente, liberaron la zona ubicada al este del río Uruguay, dando lugar a la república del
mismo nombre.


De ese gaucho de otro tiempo, el montevideano sabe poco y lo siente alejado de sí
mismo. Por eso, Eladio Linacero, protagonista de la nouvelle urbana El pozo (1939,30)
experimenta que la ciudad misma es intemperie: “¿qué se puede hacer en este país?


Nada, ni dejarse engañar. “De ese engaño, de esa ilusión, aun cuando conduzca al


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totalitarismo de la peor calaña, un montevideano es incapaz. En cambio, un europeo puede
solazarse en ilusiones porque tras él “…existe un antiguo pasado”. En consecuencia, “un
futuro, cualquiera que sea…¿Pero aquí? Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos
gauchos, treinta y tres gauchos.”


Aislado de todo


El sentimiento de estar cortados de toda tradición es común a argentinos y uruguayos.
Por eso, Eladio Linacero sueña con tener un aventura misteriosamente erótica, semejante
a un ritual,


“en Alaska cerca del bosque de pinos donde trabajo. O en Klon-
dike, en una mina de oro. O en Suiza, a miles de metros de altura, en
un chalet donde me he escondido para poder terminar en paz mi
obra maestra (Era en un sitio semejante donde estaba Iván Bunin,
muy pobre, cuando a fines de un año le anunciaron que le habían
dado el Premio Nobel).” (p. 11)


Son “imaginaciones… “porque Eladio siente que él no tiene la tradición cultural de un
ruso y, por lo tanto, no puede transformar sus fantasías en novelas que, eventualmente,
ganen el Premio Nobel.


El pasado autóctono como ajeno
Eladio sigue bañando en su mar de invenciones:


“… como en la aventura de las diez mil cabezas de ganado, un
indio me enseñó un sistema para hacer fuego rápidamente, aun
al aire libre”. (p. 13)


Los indios son parte de esa misma fantasía remota. Eladio no cuenta, como puede
hacerlo un mexicano, con las Pirámides del Sol y la Luna ni con la diosa tolteca Tlazoteotl,
que se come las impurezas de los humanos.


No es, tampoco, un peruano que tiene por detrás al inmenso Imperio del Tawantinsu-
yo, un universo encantado, mágico en todos los sentidos, según palabras de los Cronis-
tas de Indias.


Sólo en los últimos años se ha descubierto que, en lo que hoy es Uruguay, hay un rico
y misterioso pasado autóctono. Durante mucho tiempo, se pensó que ese pasado estaba
compuesto, básicamente, por el grupo étnico charrúa, al que se consideraba exterminado
en el siglo XIX y, por otra parte, desprovisto de legado cultural que dejar. Sólo reciente-
mente han aparecido agrupaciones de descendientes de charrúas, estudios sobre su cul-
tura, así como signos de enigmáticos pueblos más antiguos.


Pero, en su momento, Eladio se inventa su propia geografía porque cree que no tiene
geografía que lo respalde en su periplo de soñante: “Hace un rato estaba pensando que
era en Holanda, todo alrededor, no aquí…” Lo fundamental es estar en otra parte, muy
lejos. Sin embargo, la distancia causa temor:


“El balcón da a un río donde pasan barcas como chalanas … todo
va bien pero yo no soy feliz. Me doy cuenta de golpe ¿entendés?,


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que estoy en un país que no conozco, donde siempre está lloviendo
y no puedo hablar con nadie. De repente me puedo morir, aquí, en la
pieza del hotel…” (p.25).
No obstante, aunque esa angustia exista, los lugares exóticos
proliferan.
:”…el barco sin nombre, el Capitán Olaff, la brújula del náufrago, la
llegada a ciegas a la bahía de arena blanca que no figuraba en nin-
gún mapa. Y la noche en que, formada la tripulación en cubierta, el
capitán Olaff hizo disparar 21 cañonazos contra la luna que, justa-
mente 20 años atrás, había frustrado su entrevista de amor con la
mujer egipcia de los cuatro maridos…”


En Eladio hay un profundo sentimiento (y resentimiento) contra la tierra baldía que le
toca habitar y que no le da solidez como para intentar escribir: “Me tiro en un rincón y me
imagino todo eso”. Y si bien “todo eso” (Egipto, Holanda, Alaska, los indios), vienen del
extranjero, lo extranjero en Uruguay lo llena de desprecio. Él mismo vive con un extranjero,
aparentemente un operario de frigorífico quien, porque no milita por las reivindicacones
obreras, lo llama “fracasado”. Y, dice Eladio que cuando escuchaese insulto


“Hay un acento extranjero-Checoslovaquia, Lituania, cualquier
cosa por el estilo-, un acento extranjero que me hace comprender
cabalmente lo que puede ser el odio racial.”


Así, Eladio no encuentra de dónde asirse y la noche “lo arrastra, inexorable, entre frías
y vagas espumas, noche abajo.” Unido a Montevideo como a “otra parte” tan segura
como inabordable, no puede huir. Ningún obstáculo lo retiene. Pero a pesar de los insultos
de aquellos a quienes cuenta sus ensoñaciones, a pesar del desprecio de su compañero
de tugurio, Eladio insiste en la búsqueda que los reúna a todos y a ninguno, en esa ciudad
que él lleva en su imaginación, en su “otro lugar”.


Lo extranjero como propio
Lo que Eladio no comprende es que es idea nueva la de pensar que la tradición


cultural de una ciudad deba buscarse en su geografía, su historia, su arte. Como Borges
señala, a Racine y a Shakespeare los hubiese sorprendido no poder investigar mitos
griegos, romanos, daneses, resignificar comedias italianas para sus obras francesas o
inglesas.


De hecho, aun para escribir una novela tan ejemplarmente gauchesca como Don Se-
gundo Sombra, Ricardo Güiraldes acepta la influencia de Kim de la India, a su vez influido
del Huckleberry Finn de Mark Twain. De ese modo, la novela gauchesca pasa a ser
eslabón de una tradición universal.


¿Cuál es la tradición montevideana? Según el razonamiento de Borges, esa raíz riopla-
tense está en toda la cultura occidental y un porteño o un montevideano tienen más
derecho a ella que los habitantes de cada ciudad europea. Al tener sangre europea sin
serlo, se puede mirar cada tradición desde afuera, con mirada renovadora. De hecho, por
no citar sino una de las obras de Borges, su Historia universal de la infamia es una vuelta
al mundo de héroes malditos, que pasa por China, Japón, diversas regiones de Estados
Unidos, Sudán, España…y la esquina rosada de algún suburbio porteño.


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Italianos o gallegos
Por otra parte, el montevideano tiene derecho a desplazarse por múltiples culturas


porque, tras sus habitantes mayoritarios, se esconde un Montevideo desconocido, pare-
cido a una manta hecha con muchos colores. Aparentemente, es una ciudad sin tensiones
étnicas ni culturales, un paisaje homogéneo donde todos somos hijos de gallegos o italia-
nos. El español es la lengua que, de modo casi unánime, se escucha en las calles, la de la
comunicación pública y, aparentemente, la de la privada.


Sin embargo, a espaldas de la mayoría, hay habitantes que, al traspasar el umbral de
sus casas, se desvisten del español para habitar japonés, armenio, otavaleño. En un
margen de la ciudad, unos pocos sin patria se comunican en guaraní.


Los montevideanos, a partir de la clase media, hablan algo de inglés, excepcionalmente
estudian japonés y sólo en caso de investigaciones antropológicas considerarían apren-
der otavaleño. Pero todos esos pueblos que llegaron o están llegando, abren las puertas
a todas las imaginaciones posibles. Así, existe el derecho a soñar películas y videos
todavía no filmados, radio- y teleteatros aún no hechos, programas periodísticos que
recién empiezan a realizarse, una publicidad que apenas se vislumbra, la cual reviste los
rasgos, los cromos, las naturalezas de todas esas minorías. Y el sueño tiene potencialidad
y está íntimamente asociado a Montevideo. Como un paisaje posible en las calles grises y
tediosas de la ciudad, en sus plazas, sobre playas que se prolongan en ensenadas hasta
que la vista se pierde, es genuino representan la aventura de un croata, el romance de una
japonesa y un ucraniano, la angustia y la esperanza de un afro uruguayo. Así, aunque
Montevideo sea un mosaico de minorías culturales casi silentes, casi ignoradas, es posi-
ble abolir las barreras de la comunicación, enriquecer las investigaciones y las ficciones
con las tesorerías de españoles, claro, pero también de sefardíes y árabes, de italianos y
alemanes, eslovenios, suecos, rusos…


Borges percibió claramente ese hecho y lo transformó en literatura esencialmente
argentina, de compadritos y arrabales. Anotó las napas de pueblos superpuestos en un
barrio típicamente porteño en su cuento “La espera” (El Aleph): … En la vidriera de
loza se leía:Breslauer; los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían despla-
zado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre. Pero
por esa sangre criolla corren todas las sangres, como Borges lo muestra en su cuento
“La intrusa” (El informe de Brodie). Los protagonistas son los hermanos Nilsen, dos
orilleros pendencieros, de pelo colorado: Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oi-
rían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. O Borges mantiene el ambien-
te de campo o suburbio pero deja entrever, de modo implícito, el parentesco con otras
literaturas. En el epílogo de El Aleph aparecen los inspiradores de muchos de esos
cuentos: Chesterton, Wells, el pintor Watts… Otras veces, como en su cuento “La otra
muerte (El Aleph) relaciona el destino de un gaucho con un poema de Ralph Waldo
Emerson. Así, hablando de gauchos, malevos y compadritos, habla, también, de una
tradición que es universal. Su literatura (y es de esperar que una radio, una televisión,
un cine futuros) muestren que Oriente y Occidente, de cierto modo, le pertenece a los
rioplatenses. No porque las oleadas empobrecidas que bajaron de los barcos o los
grupos marginados y, generalmente blanqueados, que se desplazan hoy por tierra hacia
Montevideo tengan un gran aporte cultural para hacer. En la miseria de los europeos y
japoneses que aquí llegaron, en la aculturación de los grupos indígenas que todavía
están llegando, no puede encontrarse una vasta tradición. Pero ellos legitiman que se la
busque y que se la haga propia. Es por lo que a los montevideanos, tanto en la investi-


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gación como en la ficción, se les presenta el reto de una síntesis, de una imaginación de
muchas caras, que pesquise en los suburbios, en los templos escondidos, en los rituales
sin templo, al encuentro de una ciudad no ostensible pero cierta. Lo que se propone es
una travesía que siga la presencia de los inmigrantes, no tanto su situación sino lo que
ella implica de posibilidad, periplo, interrogante intelectual y creativa. Esa situación
montevideana llama al descubrimiento de una historia charrúa, afrouruguaya, otavala y
también lituana, japonesa, croata. Ausencias o semi ausencias que reclaman más inves-
tigación, novela, teleteatro. Y, sobre todo, que impiden instalarse a la historia oficial. La
historia oficial, con su oculta herida o blanqueamiento indígena, con su discriminación
y desprecio por los descendientes de los esclavos. Con su indiferencia por la presencia
de las minorías culturales. Así, bajo el manto de la ciudad sin pasado surge la tragedia
de las culturas descuajadas del Nuevo Mundo y plantean al investigador/ autor el
compromiso de compatibilizarlas con la presencia abundante de ese mosaico que forma
el Viejo Mundo. Y una de las formas de cumplir con ese compromiso es el sueño hecho
indagación, el video, un periodismo que sea, también, poesía.


Montevideo y sus máscaras
Montevideo enmascara. Todavía quedan los indicios de una empeñosa voluntad de


parecer otra. Sus casas sin remozar, sus paredes dentelladas por el salitre, que a veces se
han vuelto tugurios, sus techos de pizarra, imitan a París. De este presente de pobrerío
surge un ideal que se ha hecho miseria. En su Geografía de la novela, Carlos Fuentes abre
un interrogante, válido para toda América Latina: ¿cuál es la frontera entre esa realidad y
ese sueño?


La superficie de Montevideo parece el lugar de desencuentro entre tal fantasía france-
sa y un presente de aglutinamiento y pobrerío. Sin embargo, con tantos descendientes de
españoles e italianos, con ese minoritairo mosaico de armenios, rusos, ingleses, alemanes,
con los últimos descendientes de los charrúas que comienzan a agruparse, con otavalos y
guaraníes entrando lentamente en nuestro territorio ¿dónde empieza Europa?


¿Dónde termina América? Montevideo es un lugar de encuentros entre los que llega-
ron hace siglos, los que arribaron entre las guerras europeas del XX, los que siguen
apareciendo, en busca de un suelo suburbano y silvestre, acaso imposible. Y los que,
envueltos en una antigua cultura negra, envían al mar sus pequeños barcos con ofrendas
a Iemanjá, sirena o diosa yoruba, venida con los esclavos desde Nigeria.


Múltiples micro destinos de una ciudad a transformar en otros tantos símbolos.


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Bibliografía


Borges, J.L. “El escritor argentino y la tradición.” Discusión, Vol. I, Buenos Aires: Emecé, 1994.


Diccionario enciclopédico Hispano- Americano, Vol. X.


Fuentes, C. Geografía de la novela. Buenos Aires: Alianza, 1986.


Oddone, J.A. “Una perspectiva europea del Uruguay” Facultad de Humanidades y Ciencias de
Montevideo, 1965.


Onetti, J.C. El pozo. Buenos Aires: Calicanto, 1977.


Rama, A. “180 años de literatura.” Enciclopedia uruguaya, fascículo II, 1968.


Rama, A. “Ellos vinieron a este país”, Marcha, Montevideo, 24 de diciembre de 1964.


Silva, C. “Los laberintos del recuerdo” El País de los domingos, Montevideo, 29 de Noviembre de
1970.


Vidart, D. Los cerritos de los indios del este uruguayo. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental,
1996.


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TREN A OSCURAS René Fuentes
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Tren a oscuras


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Graduado de la Escuela Nacional de Instructores
de Teatro (ENIT), La Habana, Cuba. Docente
Escuela de Comunicación Universidad ORT
Uruguay. Autor de La bufanda (teatro, Premio
Abril 1994, Cuba), Los gallinazos (poesía, Premio
Abril 1994, Las trampas del paraíso (novela, 1996),
La ida por la vuelta (novela, 1998) y Una oscura
pradera va pasando (poesía, 2000).


Infinitésimo en la ciudad *
(Hiperrelato urbano)


Licenciado en Comunicación Universidad Católica
del Uruguay. Docente Escuela de Comunicación
Universidad ORT Uruguay. Periodista. Autor de:
Una noche de luz clara y otros cuentos (Primera
Mención Premio Casa de las Américas 2001).
Primer premio concurso anual de literatura del
MEC por Sujeto omitido: una discusión
epistemológica sobre el conocimiento periodístico
(Ensayo inédito de filosofía y lingüística, 1998) y
premiado en 1999 por Disecciones. Tres cuentos
de occisos (Narrativa inédita).


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4.30 A.M. (del primer día)
Solo las parejitas que apretaban o singaban en los matorrales que bordean la vía


fueron testigos de aquel frenazo espectacular que dividió aSan Salvador de Bayamo en
dos. Luego, con las ropas ylos zapatos amedio poner, unos aotros se preguntaban qué
coño fue eso que pasó sin pitar ycomo si llevara avispero adentro. Algunos se fueron a
la estación, otros prefirieron regresar asus casas. Pero el tren estaba ahí: descomunal,
indiferente, como resoplando luego de un viaje más largo que lanoche oel asombro.


Melquíades, uno de los pocos empleados de la estación que estaba despierto a
esa hora, se acercó lentamente, y al tocarlo se dio cuenta de que su turno de
guardia no iba ser tan aburrido como siempre. Tocar y apartarse fue lo mismo que
hicieron los demás empleados de la estación, las parejitas y el montón de viajeros
lagañosos que aguardaban un milagro en la lista de espera. Cuando el jefe de turno
le dijo que echara una carrerita hasta la casa de la querida del administrador para
avisarle a éste de lo ocurrido, ya a Melquíades no le gustó la cosa; no hacía ni un
año que le habían resuelto esa pinchita, y si la perdía no iba a ser tan fácil encontrar
otra. ¡Pinga! –gritó mientras corría, y sin darse cuenta metió un pie en una zanja.


El taxi es amarillo; es de la especie de autos viejos que creía en una aero-
dinamia basada en dos largos semitubos crecidos a los costados del capó. Las
luces, pues, son redondas, el paragolpes muy bruñido y quizá la taza que falta
-la de adelante, lado del conductor- haya sido robada un miércoles de entrados
los años 70, cuando Gennaro Tolmezzo dio a conocer a la comunidad su mun-
dialmente famosa salsa fidenza, a base de salvia, tomates secos y unas infe-
lices pizcas de funghi prataiolique le cayeron mal a un tal Scarpelli o Scarolli o
algo así; su estómago juró venganza entre espasmos y retorcijones mientras
caminaba doblado al medio, el torso y las piernas en inflexible ángulo, el rostro
palidecido por la combinación de los jugos gástricos y el cuarto creciente, las
suelas serpenteando indecisas entre la renuncia y el denuesto. Allí va Scarpe-
lli, pobre hombre; para colmo de males se le aparece, como si brotara de la
propia esquina, la pandilla de Tobías (cuyo nombre verdadero nunca nadie co-
noció ni conocerá hasta su muerte, quién sabe por qué, a quién le importa
acaso, quién respondería por un infinitésimo en la ciudad, fuera Tobías o fuera
Scarpelli, que avanza a tientas sosteniéndose el estómago estrangulado, mal-


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La casa donde el administrador roncaba en calzoncillo y camiseta estaba del
otro lado de las vías, y Melquíades tuvo que correr varias cuadras porque el tren
había arrancado el puentecito metálico de la estación antes de detenerse. La úni-
ca posibilidad de cruzar era un puente, un gran puentepor donde pasaba la carre-
tera central; y desde donde se veían techos escamosos, azoteas, árboles fruta-
les, antenas de televisión, esqueletos de papagayos y cometas colgando del ten-
dido eléctrico, campanarios y hasta una breve sombra del río. También desde allí
ahora se veía el tren. De cabo a rabo, de una punta a otra de la cuidad.


Aprovechando el impulso, Melquíades bajó y corrió otro tramo. Era un barrio de
mierda, como su trabajo, como la cara que puso la querida del gordo tetón cuando
abrió la puerta. El administrador, sin invitarlo a pasar, le dijo que mañana temprano
se encargaría del asunto. Pero él siguió insistiendo que el problema no era con el
tren manzanillero, que ése todavía no había pasado; que era otro, sin luces, sin
pasajeros ni tripulación. Así estuvo hablando hasta que el administrador terminó
de vestirse, tiró la puerta, y le dijo: -Está bien, vamos pa’ allá.


Mientras caminaban, Melquíades trató de contarle algunos detalles, pero lo úni-


diciendo cada tanto, y con todo derecho, porque cuando uno está así, bien
jodido, con ganas de morirse, de aplicarse una eutanasia estomacal, por así
decirlo, cuando eso ocurre, digo, sólo resta esperar pasivamente una retahíla
de bofetadas astrales, una tras otra y sin tregua, precisos rayos partidos sobre
la coronilla de la cabeza de uno, y es por eso que pasan cosas como el hecho
de que Scarpelli pueda salir cualquier noche, sanito y rozagante, capaz de
resistir embates y escupitajos con una secreta dignidad, y, sin embargo, esta
clase de infortunio se reserve meticulosamente para la situación en que se
encuentra ahora, atropellándose contra todo, el alma tomada por la náusea y el
rostro dándose de bruces contra el vientre de Tobías. Pues bien, como queda
dicho, cuando viene una de esas feas, el inescrutable sentido del humor del
destino se encarga de que sobrevengan varias peores -no es sólo que la pandi-
lla de malhechores te escupe y te insulta y te golpea sin que tengas derecho a
conocer la causa de tanto ensañamiento. No, no y no: seguramente habrá, ade-
más, una paloma sobrevolando tu cabeza, la traición de alguna baldosa rota
aguardando en la esquina menos pensada y no sería sorprendente que un re-


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co que recibió fue un ¡Quítate del medio, chico! Tuvo ganas de pegarle, de mandarlo
al carajo, pero gracias a él y a su hermana Carmen, la amiga de su madre que lo
convenció, pudo conseguir un trabajo después de cinco años preso. Por «come
vaca» lo trancaron, por sacarle las gomas al ganado del estado y luego vender a
dos dólares la libra de carne. Lo dejaron más blanco que un muro de cuartel. Des-
pués la gente siguió matando reses y la pena aumentó hasta treinta años. Pero
Melquíades hiló fino, y comió tanta harina con calabaza que salió de la cana mansi-
to y casi vegetariano. ¡Quítate del medio, chico! -le gritó de nuevo el administrador,
a quien casi se le salieron los ojos cuando vio el tren y el molote de gente. Al llegar
a la estación se encontró con su esposa. Ella ya se había enterado de todo.


Uno de los primeros policías que llegó al lugar tocó el tren con la punta del
cañón de su revolvito viejo; otros le pedían a la gente que se calmara. Fue un
sonido hueco, y la idea del supuesto avispero se hizo general. ¡Sí, sí, sí son
avispas lo que esta cosa lleva adentro; avispas o abejas, claro que sí! -decían
todos. Mientras, el administrador escuchaba cómo de la estación central de La
Habana confesaban ignorar hasta el más mínimo detalle; que sí, sí, sí, ya averi-


lámpago anunciara la lluvia feroz que habrá de precipitarse sobre la cuadra que
decidiste tomar para evitar el Rottweiler del 1813 Bis-. Pues bien, cuando esto
ocurre, cuando sobreviene una seguidilla y ya no sabés si echarle la culpa al
tipo que ideó y ejecutó la salsa con los infaustos tomates secos o al que te
pateó las costillas, o al escalón que se interpuso en tu camino, es ahí cuando
uno, cuando Scarpelli, quiero decir, jura venganza (y es sólo la segunda vez),
pero ahora ya no sabe contra qué o quién ni le importa, jura venganza así, en
abstracto y se conmisera de su situación y hasta consigue imaginar cómo los
otros continúan riéndose de él, Tobías -escuchó que así le llamaban al grandu-
lón- desplegando en el aire el replayde la patada y luego enfureciéndose con el
Manco, el más idiota de la pandilla, el alcahuete que todo se lo festeja, como
un perrito lastimero que va mordiéndole siempre siempre las botamangas del
pantalón, lambeteándole los talones, suplicándole que haga de nuevo la moris-
queta de la patada contra el tipo que venía caminando doblado. «¿Cuándo te
vas a hacer hombre, pendejo de mierda», le dice Tobías y le da un cachetazo.
Snif snif el Manco aspira sus mocos licuados por la sal del llanto porque, en


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guaron en las demás estaciones provinciales y tampoco saben nada; pero que sí,
sí, sí, en cuanto sepan algo lo volverán a llamar. Mientras, el administrador se
hundía en la butaca, como entregándose, casi todavía vivo.


Sin embargo el tren suena y carga mucho más. Dentro de los coches también
se pueden imaginar cientos de barandas y cabeceras de camas viejas, atadas
con alambre a las paredes de un corral; lechones, puercas y verracos que fueron
creciendo peso sobre peso en los huecos del colchón, entre la guata de la colcho-
neta, en las alcancías hechas con latas de leche condensada. Suena el tren, su
carga es mucha y suena. Suenan también los machetazos tratando de abrir las
latas de aceite vacías, que llenas nadie ve; suenan los martillazos domando los
bordes filosos para luego poder sacar unos chicharrones o un poco de manteca
helada. Suenan también los platos, las cucharas y los tenedores de calamina; que
tienen que rendir y durar como las piezas del televisor, del refrigerador, de la lava-
dora, como el vaso de la batidora, como los peines y los jabones, como los fósfo-
ros y la buena salud. Suena, el tren carga y suena. Y el policía del revolvito, y el
administrador, y Melquíades, y los demás empleados se tapan los oídos porque el


efecto, Tobías lo complace con el replay, sólo que en sus propias costillas. El
Basura no tiene más remedio que ser el mediador, decirle a Tobías que ya, que
ya está bien, que sí, que tiene razón, pero que el auto amarillo, el taxi ése, ya
debe de estar estacionado en la esquina, Coatí y Libertadores, que recuerde
que la esquina va a permanecer oscura hasta dentro de media hora y que
después va a ser imposible trabajar, empiezan a caer los clientes al queco de
al lado y se todo se vuelve imposible, «Vamos ahora que el tachero se debe de
estar echando el polvo. Ahora o nunca, Negro (así le dice el Basura a Tobías),
después arreglan entre ustedes». En fin, hace de mediador porque necesita la
plata que pueda sacar del golpe, que si no de buena gana él también le estaría
dando al Manco, pero lo cierto es que por ahora es preciso tenerlo a mano: el
Manco es el único que conoce al portero del queco. «Ya basta, Negro, después
arreglan, se hace tarde», insiste y la verdad es que sí, que en quince, veinte
minutos saldrá, como siempre, el dueño del taxi, un tal Serafín Ordóñez, que
va todos los miércoles desde hace años, buen tipo dicen, un poco demasiado
parrandero (lo primero que hace con el aguinaldo es irse a la pieza del fondo a


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zumbido se les mete hasta los huesos y se expande y suena y pesa como una
cama, como un puerco, como una lata, como una olla... Suena y pesa, el tren.


También el teléfono de la oficina otra vez estaba sonando y nadie lo escucha-
ba. A Marta, la de la limpieza, se le ocurrió que lo mejor que podían hacer por el
momento era dejar al tren tranquilo, no tocarlo más. Al principio nadie le hizo
caso, pero como ninguna otra propuesta dio resultado, terminaron aceptando la
suya. Bayamo entero ya estaba despierto. Y quienes vivían lejos de la línea del
ferrocarril o no se habían asomado a la calle, creían que se trataba de otra
maniobra de las MTT y su preparación combativa.


Por fin el zumbido amaina, el administrador vuelve a la oficina y levanta el auri-
cular. Del otro lado le dicen que nada de escándalos y que despeje a los curiosos.
En eso llegan el Primer Secretario del Partido y su comitiva. Al administrador le
parece que hace un siglo que comenzó este alboroto, aunque no ha tenido tiempo ni
para abotonarse la portañuela. Un apretón de manos y se montan en un jeep para
recorrer y explicar todo eso que los empleados ya vieron y dijeron. Por supuesto que
el administrador le cuenta todo en primera persona, y hasta sugiere que se trata de


vivir una semana con su chica, ya todos lo saben y a nadie le importa demasia-
do, el hombre ya está, como quien dice, más allá del bien y del mal). Bueno, la
cosa es que el tipo ahora está dale y dale con Mirtha, una mujer con una
extraordinaria y recién descubierta capacidad para improvisar poesía canyen-
gue en la mitad del asunto, y el tachero, que es, con todo, un tipo bastante
sensible, que, mal que bien, ha leído alguna cosa, escuchado bastante en la
vida y afinado algún que otro resorte, se enamora cada día más porque advier-
te -y casi se emociona con esto- que la mujer canta durante el acto, sí, canta
de verdad, pero es apenas audible, y de golpe sube el «volumen» y recita un
par de frases que parecen sacadas del mejor tango, de un Discépolo, par exam-
ple, qué sé yo, y Serafín la ama porque ha descubierto eso, porque la ha des-
cubierto y cree que amar no es otra cosa que descubrir y descubrirse, sacarse
los velos con un otro, danza develatoria cuya gasa última se insinúa tan sólo a
veces, algunos miércoles de otoño, sobre todo, en los que Mirtha va a trabajar
en el auto de su madre, las ventanas cerradas, cantando a viva voz, visceral-
mente, limpiándose toda, interiormente quiero decir, y ella lo sabe, aunque no


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una negligencia de la estación central. Pachín, como popularmente llaman al Primer
Secretario, le ordena que hay que resolver el problema rápido y bien, que antes del
mediodía tienen que encontrar la forma de desenganchar los coches para que la
gente pueda pasar de un lado a otro, como siempre. Y el administrador responde que
sí, que ya los del taller están avisados y dentro de un rato comenzarán a trabajar.
7.00 A.M.


Icandrio abre la ventana del cuarto, da un rápido vistazo al cielo y se levanta
a colar café. Ha dormido mal, lo sabe pero se resiste a creer la verdadera razón,
prefiere echarle la culpa al dolor de espalda o al potaje medio podrido que se
comió la tarde anterior. Otra vez ha tenido una pesadilla con ese tren que lo
acosa desde la guerra. Otra vez un vagón repleto de neblina y él sentado bajo un
potente cono de luz, mirando hacia todos lados, gritando, esperando un eco
moroso que no vuelve.


Se está lavando la cara y el sol comienza a asomarse por un costado del
yucal. ¡Al carajo los sueños! -dice. Va a la letrina y mea. Entra y sale de la cocina


sepa, que cuando antes de bajarse del auto se mira los ojos en el espejo retro-
visor, creyendo que su alegría, que el brillo de esos ojos que chispean deste-
llos delgados color plata, como si hubiesen sido barnizados con un sutil semi-
mate, sabe, digo, aunque no sepa, que toda esa ventura de los ojos no se debe
únicamente a que el maquillaje continúe allí, sin haberse corrido un ápice, como
insiste en creer, que en el fondo ésa no es la causa, que el calendario lo explica
mejor que el espejo, que todo se debe a que es miércoles, y entonces seguirá
cantando cuando venga Serafín, el bueno de Serafín a mimarla, a buscar el
hueco de su hombro blandito y tibio, ah qué lindo, y apoye la cabeza, el niño
Serafín, y deje que las uñas largas y afiladas le corran cuesta abajo por el
cabello, como si araran el propio cerebro y ordenaran las ideas, y los surcos
despidieran un tenue humo, un suspiro de esa tierra agotada, la mente, feliz-
mente agotada para dejar paso al espíritu, porque qué importa, a fin de cuen-
tas, que en un momento así a uno le estén robando las tazas del auto, como le
informó dos minutos más tarde, Milton, el portero, después de haberse peleado
con el Manco por un desacuerdo del 2% en la comisión, margen que, presunta-


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con un poco de maíz para las gallinas y los guanajos que picotean a su alrededor.
Para Icandrio no hay dicha mayor que esperar la mañana haciendo lo que le gusta.
Claro que la mayoría de sus placeres forma parte del trabajo, incluso hasta esos
fines de semana cuando visita a su hija y de paso trata de vender algún animalito.
La tierra la heredó de sus padres, pero cuando él vino de Santa Clara todo esto era
monte y marabú por los cuatro costados. Antes de clavar el primer horcón tuvo
que quemar y chapear como un loco, hacerse un vara en tierra y creer por un
tiempo que otra vez estaba en las montañas del Escambray, guapeando contra
Gutiérrez Menoyo y su banda. Ahora Bayamo no queda tan lejos, pues a medida
que avanzan las construcciones su casa se acerca a la periferia de la cuidad. La
finquita está pegada a la línea del ferrocarril y un poco lejos de la carretera central;
algo que también el gobierno fue mejorando, ya tiene cuatro vías. Pero Icandrio no
quiere saber nada de la textilera, de la escuela para profesores de educación
física ni de tantas cosas más que han ido apareciendo en la zona. Por supuesto
que se alegra de los cambios, pero él no quiere más compromisos y mucho me-
nos tener que hablar. De vez en cuando lo hace, pero sólo lo necesario.


mente, le correspondía al primero por el solo hecho de cerrar el pico. Así que
Tobías y los suyos sólo han conseguido llevarse la taza de adelante, lado del
conductor, porque cuando estaban trabajando en la del lado del acompañante
se apareció Serafín, camiseta a medio bajar y bragueta a medio subir, jurando
vengarse y percibiendo -de un modo tan fugaz que nunca podría recordarlo-
que durante la imprecación había tenido un déjà vu.


El taxi es amarillo; es de la especie de autos viejos que creía en una aero-
dinamia basada en dos largos semitubos crecidos a los costados del capó. Las
luces, pues, son redondas, el paragolpes muy bruñido y quizá la taza que falta
-la de adelante, lado del conductor- haya sido robada un miércoles de entrados
los años 70. El chofer del taxi se llama Mateo Ordóñez; es el hijo de Serafín
(felizmente muerto a la edad de 83 años, mientras hacía uso de su aguinaldo).
Algunos dicen que se le parece bastante, aunque nunca falta el que invoca
aquello de que todo tiempo pasado etcétera, etcétera, para desmerecer a Ma-
teo y, por extensión, a toda la generación de jóvenes (como se sabe, aquel que
frisa los 90 está plenamente autorizado a referirse con la palabra «joven» a


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Se saca el catano de yarey de la cabeza y se tira abajo de la sombra húmeda
de una mata de plátano. «Aunque hace días que no llueve, la yerba crece que es
una barbaridad; tengo que apurarme con el maíz y después meterle mano a los
tomates, porque si me descuido los bichos y el sol se lo comen todo. Es cuestión
de aprovechar el tiempo y no pensar en sandeces, como en ese maldito tren» –
piensa. Se pone de pie, empuña el cabo del azadón y erra el primer golpe: un tallo
tierno de maíz es partido al medio por un filo áspero e irregular.


Otro problema de estos últimos años es que la gente, como no le alcanza ni
se conforma con lo que tiene, sale a robar. Si lo hubieran dejado escoger, él todavía
tendría aquella pistola que entregó cuando bajó del Escambray; pero bueno, ya todo
eso pasó, y pasado está. Ahora tiene que negociar en bolsa negra los perdigones
para la escopeta de cartucho que decidió comprarse, también en bolsa negra, cuan-
do una noche le robaron casi todos los animales y le envenenaron el perro. Va de un
surco a otro hasta que las tripas le dicen que ya es hora de encender el fogón. Antes
de regresar a casa, llena los tanques que están ubicados en varios puntos del
campo. Hasta allí no llegan las tuberías de las industrias, las escuelas y los mote-


personas de hasta 65 años). Los que lo conocen mejor saben que Mateo tam-
bién es un buen tipo. Dicen que a éste se le da por timbear. «Tres a la cabeza
con diez pesos son cinco palos. Alguna cosita puedo arreglar con eso, ¿no?»,
suele decirle a los pasajeros. Se diría que la Quiniela es su tema favorito, la
excusa, en el fondo irrelevante, para construir en torno una especie de numero-
logía profana. Las matrículas de los autos que van adelante, por ejemplo, son
material de especulación recurrente. Ejemplo de una mañana de junio, tres
años atrás: Avenida de los Yacarés y Lindolfo Masera. Semáforo en rojo. Lluvia.
Parabrisas para aquí y para allá una y otra vez, uno-dos, uno-dos, uno-dos.
Mateo está frenado atrás de un Chevette anaranjado, abollado y con un farol
roto (se acuerda como hoy). Matrícula 121-212 o uno-dos-uno dos-uno-dos.
Sinapsis, epifanía, para qué decir cómo se pone el hombre. Al lado de él viaja
un ejecutivo que guarda silencio con el mayor celo. Mateo ya le ha tirado de la
lengua con todo lo que ha podido: fútbol, política, mujeres, pero sobre todo ha
venido hablando de Quiniela y a nadie le gusta hablarle a las paredes, ni siquie-
ra a él, por más que esté declamando sobre su pasión con el mayor interés. Así


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les. Sólo el agua de un pozo que hicieron él y su hijo después de que las represas
secaron el arroyo que pasaba por la finca. Por entonces Elisa, su hija, todavía no era
señorita pero ya se encargaba de la casa. Desde niña era como su difunta madre;
con ese pelo y ese cuerpecito que él ahora la recuerda protestando porque una
oveja le comió alguna planta del jardín, o cuando años después ella y Jorge volvían
cada quince días de la beca con sus uniformes azules y nuevas palabras que Ican-
drio no conocía o ya había olvidado. Todo eso pasó hace tiempo, mucho antes de
que vinieran de La Habana y Santiago esos trenes nuevos que ya se están poniendo
viejos otra vez; también de que Jorge dijera que «no le daba la cabeza» y dejara el
bachillerato para cogerle el gusto a ganar su propio dinero, hasta que se lo llevó el
Servicio Militar y vino tres años después enamorado de esa negrita con quien se fue
a vivir al barrio Mula Quieta.


Icandrio deja que la soga se deslice por sus manos y siente cómo el cubo
se llena; otra vez hay que tirar, echar el agua en una lata y después en otra y
otra... Cargarlas con un palo en los hombros hasta que los tanques queden
rebosantes, listos para regar el plantío cuando la tarde caiga y a él ya no le


que cuando constata esa feliz coincidencia entre los números y el vaivén del
parabrisas ya es demasiado tarde para poder expresarlo, ya sería una especie
de agresión, de redundancia o, más radicalmente, una especie de tomadura de
pelo hacia el ejecutivo, que en definitiva es el cliente y tendrá la razón que
tenga para no querer hablar (ni escuchar, como queda de manifiesto), y, aunque
Mateo no lo sabe, la única razón es más bien trivial, nada personal con él, es
sólo que en cuatro minutos debe estar en la otra punta de la ciudad y se muer-
de los labios de nervios, porque parece que la reunión puede ser importante,
«De-ci-si-va, Luques», como le ha dicho su jefe, y golpetea con los dedos el
portafolio que lleva sobre el regazo y sólo se interrumpe para descorrer la man-
ga izquierda del saco y mirar la hora, y es en una de esas cuando Mateo
aprovecha, porque necesita hablar, aunque no pueda decir que la chapa es
121-212 y que los parabrisas también y que le va a jugar sí o sí, y pase lo que
pase, al 121 a la cabeza, así que no bien lo ve al otro mirar el reloj, pregunta,
así como así, como al pasar, «¿Qué hora tiene», «Las 12 y 12 minutos», con-
testa el ejecutivo, «¡¡Qué!! Déjeme ver», grita Mateo, suelta el volante, se aba-


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queden ganas de ser ni de recordar. Los puercos chillan y él maldice porque se
olvidó de alimentarlos. Va y lo hace, también llena el bebedero de las ovejas y
las gallinas. Mientras recupera el aliento, se pregunta: ¿Para qué quiero más
problemas, si con los míos ya tengo bastante? Entonces se alegra por un rato
de que la radio no funcione, porque así no tiene que coger lucha por cómo va la
tabla de posiciones en la Selectiva. Él nació en Bayamo y se crió en Santa
Clara, y le gustan los equipos de Las Villas y Orientales; pero también le gusta
cómo batean Pedro Medina y Agustín Marquetti, que son un fenómeno, y lo
mejor del equipo Industriales.


La leña se demora en prender. Se terminó la seca, y tiene que utilizar la que
está apilada afuera de la cocina. Unas tusas y un chorro de queroseno ayudan.
Icandrio está acostumbrado a este tipo de situaciones; quien no las soporta es
Elisa, que doctora y todo, muchas veces tiene que cocinar con leña como su
padre, como ella misma lo hacía antes de graduarse y casarse. Es por eso que él
ahorra al máximo las tres botellas de combustible que le venden en la tienda por la
asignación del estado, y todos los meses logra regalarle una.


lanza sobre el pasajero y le toma la muñeca con ambas manos, pero el otro lo
rechaza, «Por favor», le suplica Mateo, «necesito confirmar que son las 12 y
12», y el ejecutivo, que es duro como una roca de Urano, lo desprecia con un
gesto pero alcanza a enseñarle un Rolex de oro que nuestro héroe mira con
estupor, absoluto estupor, porque en el instante en que posa su mirada sobre
los numeritos digitales los segundos son exactamente 12 (o, lo que es lo mis-
mo, la hora es 12:12:12, 121 212, uno-dos-uno, dos-uno-dos)... Primer desma-
yo de Mateo Ordóñez en la semana. El ejecutivo termina llevándolo a la emer-
gencia móvil, manejando él mismo el taxi, sin entender siquiera qué diablos le
ha pasado a ese taxista chiflado y sin otro remedio que atribuirle al Rolex
alguna propiedad fantástica. Por supuesto, no llega nunca a la reunión y nadie
cree lo que le ha pasado por más que él se descorre compulsivamente la man-
ga de la camisa, muestra el Rolex y dice, «Acá está, acá está la prueba». A las
14:35 del día siguiente le comunican que la empresa ha decidido prescindir de
sus servicios. Con el despido se compra dos Rolex más. Sus amigos empiezan
a creerlo idiota. Acaba pobre (indigente) y solo. El segundo desmayo de Mateo


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8.00 A.M.
A ambos lados de las vías y a lo largo de la ciudad, miles de personas siguen


esperando que retiren el tren o desenganchen algunos coches. Todos tienen que
hacer algo impostergable del otro lado. Pero nadie sabe nada


de ese tren que no deja a la gente trabajar,
a los niños estudiar,
a las amas de casa comprar,
a los delincuentes robar. Nadie sabe nada
de ese tren que se atreve a impedir que San Salvador de Bayamo continúe


siendo otra región de la isla: tranquila, revolucionaria, aburrida, próspera, apagada,
histórica, desmemoriada, bullanguera, taciturna, violenta, resignada, TROPICAL.


Contra el peso y la aleación de aquella oscuridad no había tecnología posi-
ble. Hasta las locomotoras de los centrales azucareros de Río Cauto, Yara y
Manzanillo se sumaron al esfuerzo pero ni siquiera pudieron moverlo. El sol
subía y la gente comenzó a dispersarse. Unos regresaban a sus casas, otros
se incorporaban a las inútiles maniobras. Y esa parte de la población que nun-


se produce al otro día, cuando ve en la televisión que las tres cifras favoreci-
das componen el 120 y no el 121 al que él apostó su casa, su mujer y su
canario. Desde entonces vive tres años solo, en el Hotel Amílcar (un hotelucho
de mala muerte que algunos comparan con la pieza donde su padre supo inver-
tir decenas de aguinaldos). Con todo, Mateo ha tenido la habilidad de negociar
en su favor la jaula vacía, que limpió, pintó, montó sobre un eje giratorio y llenó
de bolillas numeradas, a modo, no tanto de bolillero en sí, sino de oráculo y
hasta de objeto de adoración. Muchos no consiguen entender cómo después
de aquel fenomenal fracaso con el 121, todavía es capaz de seguir creyendo y
apostando a números y bolillas. Nadie, hasta el momento, ha conseguido arran-
carle la menor explicación, lógica o ilógica. A este respecto Mateo Ordóñez
guarda un silencio sepulcral. Pero íntimamente sospecha que la culpa ha sido
del ejecutivo, cuyo desprecio añadió un segundo indebido, el más inoportuno
segundo de su vida, el segundo en el que se decidía fatalmente su dicha o su
desdicha, y es por eso que en paganísimo ritual, cuyo escenario lo compone el
bolillero alzado sobre un altar, rodeado de velas encendidas, lleno con todas


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ca se levanta temprano, ahora se acercaba al lugar de los hechos para ver,
para opinar,
para joder,
para poder pararse
sobre un parapeto de piedras y palos,
y pedir a gritos: ¡Saquen a ese tren de una vez!


9.35 A.M.
La emisora local trasmite un comunicado, pidiéndole a la población que se


mantenga lo más ecuánime posible.


10.20 A.M.
Llega una comitiva de La Habana con instrucciones precisas. Es un tanto incó-


modo y absurdo que algo así se convierta en noticia. La comitiva se reúne con las
autoridades locales, también son invitados algunos trabajadores de la estación para
que repitan por enésima vez cómo fue la llegada del tren. Entre ellos está Melquía-
des, quien nunca se imaginó en medio de tanto caché, hablando por micrófono y


sus bolillas, a no ser por tres (la uno, la dos y la uno, ordenadas de este modo
al pie del altar), en ese ritual, decía, jura escrutar las muñecas izquierdas del
mundo entero, si es preciso, con tal de encontrar aquella que porte un Rolex,
para luego vengarse de su dueño. Déjà vu (aunque es imposible que pueda
darle bolilla a algo así).


Con los años, después de encontrar tantas veces a Rolo, el linyera que
alguna vez se llamó Gregorio Luques y que ahora anda despotricando contra
el aire mientras enseña los tres relojes de oro en un mismo brazo, con los
años de haberlo buscado, encontrado, llevado aquí y allá en el viejo taxi, de
haberse compadecido de él, resulta que ya son casi amigos y Mateo se ha
dado cuenta de que la culpa no era de Rolo ni de Gregorio Luques sino del
Chevette naranja. Pero estas son leyendas que la gente desconoce cuando
sube a su taxi. Lo único que ven es que el taxi es amarillo, de esa especie de
autos viejos que creía en dos largos tubos de chapa a los costados del capó,
luces redondas, más bien grandecitas, y paragolpes muy bruñidos, y alguno
quizá se entere, si lo pregunta, que ese hombre de bigote entrecano es ni


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tomando agua mineral. Allí a nadie le importa su pasado, lo tratan como un testigo
presencial, como al primer defensor del pueblo ante otra vil agresión. Finalmente, y
por unanimidad, llegan al siguiente acuerdo: Si un tren llega y no se confiesa, y
divide al pueblo y no se conmueve: entonces no es un tren


materialista,
partidista,
socialista,
progresista. Entonces no está en la lista. ¡Y eso sí que no!


11.53 A.M.
Segundo comunicado emitido por la emisora local: AtencIÓN, atencIÓN. Se infor-


ma a la poblacIÓN, que en la reunIÓN donde participaron una delegacIÓN del gobier-
no de la nacIÓN, trabajadores de la estacIÓN y el gobierno de la regIÓN, se llegó a la
conclusIÓN que ese tren no es otra cosa que una provocacIÓN a la revolucIÓN.


Por tanto, se convoca a la poblacIÓN para una manifestacIÓN donde expresa-
remos nuestra indignacIÓN por esta agresIÓN con que tratan de socavar nuestra
autodeterminacIÓN.


más ni menos que Mateo Ordóñez, el hijo de Ordóñez. El que se sube ahora,
por ejemplo, lo ve y piensa (en realidad no piensa, experimenta directamente,
de un modo inefable, prerreflexivo) en un italiano, pasta y vino tinto los do-
mingos y todo lo demás. Le simpatiza el hombre y por ello trata de ser gentil,
saluda de buen talante, «Buenas tardes», dice, y hasta pide «por favor» an-
tes de especificar el destino. Si tuviera, este cliente, que resumir el taxi en
tres pinceladas, diría: banderín del Deportivo Parménides, radio invariable-
mente estacionada en emisora azucarada, y, (agregaría recién después de un
rato) curioso cartelito, sutilmente pegado en el techo del auto, cuyo texto
reza: «Que este móvil sea el 429 es un error o una ironía. En verdad, aunque
no lo vea ni lo crea, usted se encuentra viajando en el móvil que debió ser
120». Otro cliente hubiera reparado en el cubrevolante de cuero o en el insec-
to estampado contra el vidrio delantero, cuyo rastro descendente de sangre
ocre da la sensación de que aún agoniza, que su agonía se prolonga en ese
lento resbalar por la fría ladera del vidrio. Es curioso que el mosquito (ahora
irreconocible como tal) haya acabado tan infaustamente. En su breve vida


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12.25 P.M.
El pueblo se fue conglomerando entre coros y consignas. Se hizo necesario


redoblar el cordón policial que vigilaba al tren para que la gente no intentara hacer
justicia por cuenta propia. Cerca de la estación se improvisó una tribuna; y mien-
tras llegaban los dirigentes, cualquiera subía y gritaba contra ese tren de mierda
que mandaron los americanos para jodernos. Luego, más o menos con las mis-
mas palabras, Pachín explicó que «Todo es parte de una campaña de diversionis-
mo ideológico con que el imperialismo yanqui pretende doblegarnos. ¡Pero jamás...
(primeros aplausos) van a lograrlo!» (aplausos torrenciales).


Los gritos y los gestos se tornaban más amenazantes. Sin embargo, el tren no
se movía. Lo maldecían, lo escupían, le pegaban más carteles y más bocinas
pero seguía inmutable. No habían terminado de bajar los dirigentes de la tribuna,
cuando comenzaron los palazos y las pedradas.


3.00 P.M.
A la misma hora en que mataron a Lola, se dieron cuenta de que con arenga y


había mostrado una asombrosa destreza para eludir palmas y suelas de za-
patos, sobre todo cuando se inmiscuía en algún dormitorio aprovechando el
sueño de los durmientes para poder picotear aquí y allá y alguno de ellos se
despertaba enérgica y furiosamente, presto a encontrarlo y exterminarlo de
una buena vez y poder dormir, caramba, dormir un poco, que mañana hay que
despertarse temprano, esperan informes y expedientes en alguna ignota ofi-
cina y este mosquito infecto, jodiéndome el sueño a mí, justo a mí, que labu-
ro como un asno y nadie me reconoce nada, ya vas a ver cómo te voy a
agarrar, ya vas a ver (agarra la zapatilla o lo que tenga a mano), yuuju, mos-
quito, yuuju, mirá cómo te prendo la luz, ay qué linda lucecita tiene el mosqui-
to, venga, venga con papito lindo mosquito... «¿A quién le hablás, Antonio?»,
pregunta la mujer fastidiada, los ojos llenos de lagañas. «Callate, Julia, calla-
te, no espantes a los peces». «¡Qué peces, Antonio, andá a dormir y dejate
de joder, ¿querés?!». «¡Shhhh!», protesta el hombre con una gravedad a me-
dias, creíble sólo hasta cierto punto del torso para arriba; hacia abajo lo ridi-
culizan los lunares rojos del calzoncillo, que se pasean como inquietos con-


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porrazos tampoco iban a conmoverlo. El tren seguía intacto. Y más de una piedra
rebotó, y más de un palo descargó su furia contra la carne del vecino.


**


Ya Icandrio había almorzando, y estaba en la cama rasgando figuritas de papel.
Ése era uno de los pocos juegos que compartía con sus hijos cuando eran peque-
ños, ahora sólo lo hacía para recordarlos o para entretenerse en las horas de insom-
nio. Figuras de papel, siempre figuras de papel: puercos, chivos, perros, gatos,
serpientes y hasta hombres. En otros tiempos Elisa las pegaba sobre un cartón y
con eso adornaba las paredes de la casa. Ahora él simplemente las amontonaba en
la cocina y de vez en cuando las quemaba. «Qué raro que todavía no ha pasado el
tren de Jiguaní ni el santiaguero» -pensó Icandrio, pero continuó rasgando.


3.20 P.M.
Por las bocinas se escucha música bailable, y entre canción y canción, la con-


vocatoria para un trabajo voluntario mañana a las ocho. La nueva meta será destor-
nillar el tren; sin ira, despaciosamente. Más de la mitad se queda bailando, otros se


tingentes de soldados japoneses en busca del avión norteamericano. La es-
cena dura una hora y media y en ese período el mosquito y el samurai se las
han visto cara a cara tres veces. La primera en la cocina: mosquito sobre el
placard de la alacena. Arma samurai: pantufla. Acción: samurai lanza pantufla
y no sólo erra, sino que la blandura del artefacto letal consigue que el impac-
to del golpe se extienda hasta la muñeca, la doble y casi la esguince. Furia
redoblada y agua fría en la zona traumatizada. Ungüento. Sustitución del arma:
zapato con suela de goma (especialmente recomendado para matadores de
mosquitos lesionados, o, lo que sería una formulación más feliz, para mata-
dores lesionados de mosquitos). Segundo encuentro: en la esquina izquierda
del living, con 87 kilos y el título internacional de tenedor de libros, EL SA-
MU-RAI (aplausos, vitoreos, pero fundamentalmente silbidos y reprobación);
en la otra esquina, con 0,001 gramo y un triunfo a su favor, EL MOSQUITO-
OOOOO (los niños saludan extáticos). El samurai avanza, persigue a su opo-
nente en una batalla sin cuartel, elude plantas, banquetas y hasta la mismísi-
ma mesa ratona, cuyo vidrio acaba de destrozar con un fallido zapatazo. Aho-


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van maldiciendo y augurando una próxima victoria. Desde el 12 de Enero de 1869,
cuando la villa San Salvador de Bayamo fue incendiada antes de devolverla al
ejército español, en aquel rincón de la isla no se recordaba un día tan agitado.
7.17 P.M.


Anochecía y el cordón policial era renovado periódicamente. Miembros de la
Unión de Jóvenes Comunistas y la Asociación de Pioneros «José Martí», con un
gesto de militancia y solidaridad, se encargaban de repartir agua, emparedados,
café, cigarros y sonrisas a los policías y soldados de guardia. En toda la ciudad,
se podían escuchar conversaciones como ésta:


-Qué cojones le pasa a ese tren, menos mal que no traía bombas...
-Es verdad que estos americanos no tienen madre.
-¿Y por qué negro?
-¡Cómete el congrí, muchacho, que si no te voy a llevar pal tren!
-Te fijaste qué cantidad de gente había en el acto de repudio, eso es pa’ que los


gusanos no estén diciendo que aquí to’ el mundo se quiere ir.


ra el mosquito se guarece en las molduras del cielo raso. Samurai tendrá que
esperar pacientemente si no quiere caer rendido por la velocidad y los reflejos
de Mosquito.


Sube el hombre sigilosamente al sillón, apoya una pierna, ahora la otra, ya
ha conseguido un buen punto de apoyo, Mosquito no puede creerlo, está atur-
dido de estupor y parece no conseguir una reacción evasiva. Samurai se
carga el arma a la espalda, la tiene firmemente asida por la lengüeta, aten-
ción, ya está más cerca de Mosquito, lo tiene a tiro, va a disparar en cualquier
momento, sí, señores, va a disparar en cualquier momento, yo me la juego a
que esta vez no erra, repito, esta vez, para mí -y es sólo mi humilde opinión-
acierta. ¿A usted qué le parece, JJ? (El comentarista abandona el sándwich,
traga como puede -ayudándose al final con un poco de agua- y se acerca al
fin al micrófono): «Una disputa donde todo puede ocurrir: Mosquito tiene la
historia y el estado físico a su favor; Samurai, la sed de la victoria». Gracias,
JJ. Bueno, esto se está dilatando, los oponentes parecen estar estudiándose,
atención, atención atención, descarga el zapaatoooooo y ayayay, casi, casi


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-¡Mañana ese tren va saber lo que es bueno!
-Oye, Juana, como a nosotros se nos rompió el despertador, ¿tú podrías ha-


cernos el favorcito de llamarnos temprano?
-¡Claro que sí, chica, claro que sí!


9.00 P.M.
Militares, civiles, mayores ymenores de edad, conversan yhacen chistes de relajo.


Comidos o sin comer, en las casas todos se acomodan frente al televisor para ver la
telenovela brasileña. Después de lapelícula, en el noticiero del cierre, fue trasmitida la
siguiente información: «En laciudad de Bayamo, provincia Granma, se celebró un acto
multitudinario de reafirmación revolucionaria, donde estuvieron presentes el Primer Se-
cretario del Partido en dicha provincia, el Presidente del Poder Popular, una delegación
del Ministerio Nacional del Transporte yotras personalidades del gobierno.»


10.14 P.M.
Icandrio ve cómo una rata va de una punta a otra del caballete de la casa. Ya de


tarde pasó alguien y le contó qué pasaba en Bayamo. Él bajó la cabeza y siguió


casi. Le erró por el anca de un mosquito (OJ OJ OJ) y ahí sale airoso el
pequeño insecto, con la elegancia de una bailarina de ballet... El tercer en-
cuentro ocurre quince minutos más tarde, después de una agotadora búsque-
da a lo largo y ancho de la casa. Finalmente Samurai lo encuentra posado
sobre el botiquín del baño y es tal la rabia que esta vez no se toma ni un
segundo en medir el golpe: lo descarga de una sola vez sobre el espejo:
esquirlas en la pileta: Mosquito ha vencido de nuevo. Samurai acepta la derro-
ta como puede, porque recuerda que en dos horas deberá volver a simular
que trabaja en una oficina y tendrá que vérselas, ya no con un insignificante
insecto, sino con una pila inagotable de expedientes y llamadas telefónicas
(pero sobre todo acepta la derrota porque el combate estaba pactado a tres
rounds). Vuelve a la cama, concilia el sueño, sueña algo hermoso, reparador,
y en eso anda cuando su mujer lo despierta (es ya de madrugada) diciéndole:
«Antonio, Antonio, no puedo dormir, hay un mosquito en el cuarto». Pero el
mosquito saldrá airoso y tendrá todavía unas cuantas horas de gloria, haza-
ñas del estilo, infatigable exhibición de ardides bélicos y circenses antes de


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haciendo lo suyo como si nada. Ha demorado horas en aceptar que el tren está
ahí, que sus pesadillas se convirtieron en algo públicamente real. Quiere rasgar
pero las manos le tiemblan. El insomnio lo arrincona y no sabe cómo esquivarlo.


3.40 A.M. (del segundo día)
Rita «la Caimana», esa loquísima mujer que inspiró la letra de la guaracha que


dice: dos cosas tiene Bayamo/ que no las tiene La Habana:/ una historia muy
hermosa/ y una Rita la Caimana...Ésa, ya muy débil, pero la misma mujer, hace
meses que está ingresada en un moderno hogar de ancianos y se levanta a orinar.
Todavía ella seguirá siendo noticia, pues meses después se casará y morirá dócil,
normal, casi cuerda. Ahora regresa a la cama y se duerme. Se ha acostumbrado a
las sábanas limpias, a no gritar malas palabras ni a sacarse la ropa en la calle.
Duerme, y ni la guaracha de Lorenzo Hierezuelo, «El Guayabero», ni las burlas de la
gente ya le importan; ella duerme con todo su cuerpo: es feliz.


4.12 A.M.
El vidrio del farol que está sobre la mesa parece un pulmón gastado, con el otro


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sucumbir aplastado contra el vidrio del taxi, para hipotético deleite de un
hipotético cliente que no es el que ahora se encuentra a bordo, pues éste, por
ser éste y no otro, ha reparado en los tres elementos (no en el mosquito), a
saber: el banderín, la radio empalagosa y el cartel curiosamente pegado en el
techo. Imagina que el banderín fue un regalo de su hijo (del hijo del taximetris-
ta, claro está). Lo imagina, al hijo, con veintitantos años, apuesto, emprende-
dor, el orgullo de papá, que se desloma arriba del taxi para costear los estu-
dios del nene; en suma, la esperanza de la familia. Mujer trabajadora también.
Probablemente operaria en una textil o repostera. Gorda (aunque el marido
seguramente dice de ella que es «rellenita»), papada, ojos castaños, entraña-
bles, buena mujer. «¿Y ese asunto del 120?», se pregunta el muchacho (ah,
lo olvidé: el cliente es un muchacho; estudia arquitectura pero no sabe bien si
le gusta o no. Algún día descubrirá que su pasión es la teología: Santo Tomás
de Aquino, sobre todo. Pero eso será dentro de algún tiempo. Por ahora, cuan-
do va a la Iglesia, intenta mantener una mirada de experto o buen aficionado
sobre pilares y capiteles. Pero algo, algo que palpita en su interior profundo, le


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Icandrio sueña que una rosa de fuego le arranca de una mordida la cabeza a la rata
que vio hace unas horas. Él no los conoce, pero los dos hombres que sostienen el
espejo donde cae lentamente el cuerpo decapitado de la rata y se hunde, son
Jorge Luis Borges y José de la Luz y Caballero.


5.00 A.M.
En el barrio de Mula Quieta, que se llama así porque en los meses de lluvia ni


las mulas transitan sus lodazales, un cochero busca su caballo en un potrero y
descubre que se lo robaron. ¡Me cago en dios, coño! -dice. Después recuerda que
hace más de un año que no visita a su padre, que no vive tan lejos y fue quien le
regaló el dinero para que comprara el animal.


5.10 A.M.
María, una vecina de la calle 20 del reparto Ciro Redondo, sale a la calle sin


peinarse y en ropa de dormir; empuñando un tenedor y una sartén va de puerta en
puerta gritando: -¡Arriba, caballero, de pie! ¡Dejen eso para otro momento, y vamos
que el tren nos está esperando!


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susurra que en realidad él ha acudido allí por otra razón; que el hecho de que
la columna sea corintia o jónica no reviste la menor importancia, y prueba de
ello es que cuando aguza la mirada y apunta hacia la mentada columna y
finge para sí interesarse vivamente en ella, siente como un eco lejanísimo,
inescrutable, apenas audible, una señal débil a la altura del estómago que le
está advirtiendo de su error, de que la verdadera causa de su breve éxtasis
se encuentra en otro lugar, en otra dirección. Luchará contra su vocación
hasta dejarse arrastrar por ella, por su inexorable autenticidad. Entre tanto le
pasan cosas como la que le está ocurriendo ahora: que quisiera preguntar por
el 120 del letrero, en el techo del taxi, y se siente compelido, malamente
compelido a mirar por la ventanilla e impostar emoción profunda (ha llegado a
suspirar incluso) ante las bóvedas, los escasos torreones y algún que otro
arco de medio punto que discurre a su costado. Pero algunas veces es como
si el destino lo ayudara, como si le mandara a un taxista simpático y bona-
chón, que no silba mal y maneja sin apuro, a conversarle de sus cosas, a
enseñarle un mundo genuino, y este taxista, piensa el muchacho, vaya si


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6.00 A.M.
Los pasajeros del tren que viene de La Habana con destino Bayamo-Manzanillo,


toman una guagua en Río Cauto pues el acceso a Bayamo continúa interrumpido.
**


Intermezzo con la voz del historiador Eusebio Leal: Quien ha estado en
Bayamo, quien conoce la humedad de sus noches, sus calles estrechas y sus
arrabales, sabe que la primera gracia del día en esa ciudad es escuchar las cam-
panas de la iglesia San Salvador. Uno puede ser lugareño o viajero, lo importante
es estar en la pequeña cafetería que se encuentra en una de las esquinas del
parque central. Dar los buenos días y pedir un café o un té de jengibre, cruzar
General García y sentarse bajo la algarabía de cientos de gorriones que revolo-
tean en las frondas. No hay otro parque en la isla como el de San Salvador de
Bayamo: todo marmolado, con sus palmas reales concéntricas y los monumentos
de Carlos Manuel de Céspedes y Perucho Figueredo, frente a frente, mirándose
con paciencia y recelo. Estando en medio de esa plazoleta uno comprende cuánto
pesa el silencio de nuestra historia.


será genuino que es capaz de ubicar un letrero de esa naturaleza en su «ofi-
cina» y largarse a hablar de números sin el menor desparpajo, y decir cosas
como que se levantó a las seis de la mañana y el primer cliente hizo un viaje
de tan sólo seis fichas y, oh casualidad, resulta que es junio, el sexto mes del
calendario, y que esos tres seis son el anticristo, el augurio de un mal día, y
que aunque es la segunda vez en su vida que tiene las tres cifras tan claras
(en la primera erró una de ellas por apenas una unidad, pero eso fue a causa
de un Chevette que no viene al caso) y se desvive por jugarles a la cabeza,
se niega porque es hombre de principios, porque jugarle al anticristo sería
una traición flagrante, pero sí, no cabe duda, va a salir el triple seis y será un
día nefasto: «¿Prefiere usted que tome por Avenida Solar o seguimos dere-
cho?», «Derecho está bien», responde el muchacho y muy divertido (aunque
esto no es visible para Mateo) pregunta: «¿Y qué cree que ocurra de malo?»,
«No lo sé, no lo sé, algo malo, pero no puedo especificarle más. ¿Seguimos
derech... ? ¡El Chevette! ¡¡El Chevette!! ¡¡Ahí va!!», «¿Qué Chevette?», «¡El
Chevette naranja! ¿El que agarró por Matorrales? ¡Sí, sí! Discúlpeme pero


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7.23 A.M.
Las casas y los edificios residenciales van quedando vacíos. Todos llevan


en sus manos alguna herramienta. Mujeres, hombres, ancianos y niños se
juntan en las esquinas y avanzan con la misma alegría de un carnaval. Destor-
nilladores, carretillas, pinzas, tenazas, picos, martillos... Todo sirve para des-
armar y destruir. Una vista aérea del tren sería muy parecida a la muerte de un
alacrán conducido por cifras astronómicas de hormigas.


8.15 A.M.
Después de varios discursos comenzó el trabajo voluntario. Un momento emo-


cionante fue cuando una pionera, de apenas ocho años, leyó un comunicado don-
de decía que todos los niños de la patria preferían morir antes que seguir aceptan-
do la presencia del tren.


A la gente no hubo que decirle nada más. El cordón policial se retiró y la
multitud se abalanzó sobre la mole silenciosa. Todos querían destornillar,


cortar,


tengo que seguir a ese Chevette; si quiere tómese otro taxi o acompáñeme,
no le voy a cobrar un centavo». El muchacho se asusta y vuelve a preguntar:
«¿Qué pasa con el Chevette naranja?», «Que es el responsable de mi ruina,
¿entiende?», dice y maldice con las manos. «Si ese Chevette no se hubiera
interpuesto en mi vida, quizá yo hoy estaría en Hawai fumando abajo del
agua y riéndome de los peces de colores, pero el hijo de, discúlpeme, usted
no tiene nada que ver». El taxi adelanta; está a tres autos del Chevette
naranja. En dos cuadras lo alcanza: la matrícula es 377- 666. «¡Seis seis
seis!», grita desaforado Mateo; el muchacho no ha visto la matrícula, así
que la única explicación que le parece razonable es que el señor de al lado
acaba de enloquecer. Guarda silencio. Mateo se da cuenta de que el mucha-
cho no ha reparado en la matrícula. «¿No ve, no ve la chapa del auto: 666 me
cago en Dios?»... «¡Satán, demonio infecto, nunca vuelvas a maldecir al Se-
ñor!», replica el muchacho con una resolución estremecedora, se baja y da
un portazo. Años más tarde considerará esta experiencia como una clara
manifestación -entonces velada- de vocación religiosa; tras un lustro de


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raspar,
rajar,
cargar,
romper a ese TREN QUE NO DICE NADA. EL TREN QUE TODO ES MISTE-


RIO. EL TREN. EL TRENO. EL TRINO. EL TRENO TROTADOR TRINANDO. EL
TREN SERPIENTE DE HIERRO.


9.00 A.M.
Con un j arro de café, Icandrio se ha sentado acontemplar l as vías. Está del l ado de


acá de la cerca, en el portalito, y se esfuerza para no salir corriendo y ver cómo es;
comprobar si es otro oes ése con que tantas veces soñó. Ayer, cuando leavisaron, quiso
preguntar pero se contuvo. No cualquiera sabe contar bien las cosas, ysi el tren estaba
ahí, tenía que preparar sus ojos para que loaceptaran como otro agujero de larealidad.


**


Después de casi una hora de trabajo, sólo habían podido arrancar algunas
puertas, el tapizado de los asientos, los focos y algunas ventanillas. La parte


inútil sacerdocio y escasa fe abandonará los hábitos y se dedicará exclusi-
vamente a estudiar teología medieval (sobre todo, Santo Tomás de Aquino).


El siguiente pasajero toma el taxi veinte minutos después. En ese inter-
ludio, Mateo ha bajado la bandera y perseguido tenazmente al auto naranja
(estaba tan concentrado en la persecución que apenas cayó en la cuenta de
lo ocurrido con el muchacho). El Chevette ha resultado pertenecer a una vie-
jecita muy mayor, piel definitivamente mustia y telescopios sobre el caballete
de la nariz, que, a pedido de nuestro héroe, estaciona el auto en una esquina,
baja la ventanilla y demuestra que es incapaz de escuchar nada de lo que le
es preguntado: es sorda como una tapia, bah. Pero Mateo alcanza a ver la
ristra de ajos que pende del espejo retrovisor y se queda más tranquilo. Sube
nuevamente a su auto y se pregunta si una mujer así, con esa sutil sensibili-
dad para percibir los peligros que entraña conducir un auto con una matrícula
triple-seis, no será su madre. Ya es tarde: el Chevette se ha llevado a la
viejita y a los ajos, y él continúa estacionado. Resuena en la radio Smoke
gets in your eyes y unas caderas se acercan relampagueando a través de la


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ganada de la batalla era depositada en camiones que pitaban como señal de vic-
toria cada vez que partían.


11.10 A.M.
El día comenzaba a nublarse.
-¿Qué raro? -comentaba lagente-, ayer el parte metereológico anunció buen tiempo.


12.15 P.M.
Una flotilla de aviones hizo algunas maniobras sobre la zona. Muchos miraron


hacia arriba, pero continuaron trabajando. El techo de los coches ya comenzaba a
ceder; el mediodía y el eterno verano, también.


12.52 P.M.
A ambos lados de la vía se estacionaron cisternas que repartían refresco y


cerveza a granel. Después llegaron otros carros más pequeños y sin refrigeración,
donde se despachaban bocaditos y otros comestibles. La gente tragaba y bebía sin
perder el ritmo. Pachín soltó la carretilla por un momento y se puso la camisa, luego


ventana del acompañante.
La grotesca voz calenturienta que pregunta «¿Está libre?» se esfuerza


torpemente en ocultar su inocultable masculinidad lo mismo que la base
mal esparcida sobre el rostro (pervive la verde sombra imberbe). Mateo Or-
dóñez asiente a la pregunta y por alguna razón queda prendado del dije que
oscila en el cuello de su nuevo pasajero; es púrpura y tiene forma de ser-
piente o de rulo o de espiral. Se lo regaló el senador Jacinto Queirolo Ruiz
aquella noche de abril, después de haber conseguido que se aprobara la ley
número 12.835, en señal de gratitud a los servicios que ella (en el ambiente
se la conoce como Yolanda; la cédula de identidad remite al nombre de Ro-
berto J. Imhoff) prestara tan valientemente a aquel senador necio y malhu-
morado de la bancada contraria, cuya obstinación fue responsable de tres
arduos meses de discusiones, un referéndum en el medio y encima aquel
incidente pugilístico en los corrillos de la Cámara Alta...
* Nota para justificar vanamente por qué un cuento en una publicación acadé-
mica


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le dijo a uno de confianza que trajera ron, que la gente estaba con un poco de frío.
12.53 P.M.


Una mujer intenta arrancar a mano limpia una viga. Se detiene, mira a la leja-
nía, y pregunta: -¿Y papá por qué no vino?


1.00 P.M.
El noticiero nacional de televisión informa: «En Bayamo, ciudad que este año


es sede de los actos centrales del 26 de Julio, continúa desarrollándose un amplio
plan de actividades en conmemoración a la histórica fecha en que fueron asalta-
dos en 1953 los cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba, y el actual Ñico López,
de dicha ciudad. Hoy el pueblo rinde homenaje a sus mártires recogiendo chatarra
y otras materias primas importantes para industrialización del país”.


1.38 P.M.
Los camioneros dicen que en el lugar donde se están depositando los


desperdicios ya es casi de noche. Se supone y se corre la voz que el tren


I think of what it is to write stories. It is a completion. It is disco-
vering something you didn’t know you’d lost. It is finding an answer
to a question you never asked.


Harriet Doerr


Las múltiples disgresiones del relato (me refiero a este relato) no sólo repre-
sentan un aspecto lúdico, no sólo relevan, acaso, distintas posibilidades (o multi-
linealidades) de un hipertexto, sino que quizá conciernen estrictamente a la viven-
cia urbana. Pues de los detalles más ínfimos del tejido narrativo -una mosca es-
tampada contra el vidrio de un taxi, una salsa indigesta, etc.- han surgido breves
narraciones, que, de algún modo están reivindicando el estatuto de lo pequeño, de
lo trivial, de lo insignificante cuando el contexto escénico es en sí mismo tan
abigarrado, tan denso y complejo como una ciudad. Quizá una de las hipótesis
implícitas es que en cualquier ciudad podrían estar ocurriendo, en todo momento,
y sin que tengamos la menor conciencia, multiplicidad de «efectos mariposa»
(aquello de que si una mariposa aletea en Asia y su pequeño movimiento justo se


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expide una sustancia capaz de enrarecer la atmósfera.
**


Icandrio vuelve a sentarse. Ha entrado un par de veces a la casa en busca de
comida, pero ahora regresa con un diccionario y un candil. Hace muchos años que
medita sobre la palabra Nada.Abre el diccionario y la busca; la página aparece
fácilmente, una de las puntas está doblada, sucia, gastada de tanto hojearla. La
luz del candil viene del suelo y ayuda poco. Y él, más que leer, memoriza:


Nada: El no ser, lo que no existe.
Cosa mínima: con nada queda satisfecho.
Sacar de la nada: crear.
Sacar a uno de la nada,
sacarle de una situación abyecta.
Reducir a nada, aunar.


2.16 P.M.
Sin muchas explicaciones, el más importante de los militares le dijo a Pachín


combina con corrientes de aire así y asá, la consecuencia bien puede ser un
maremoto en el otro extremo del planeta); que en un escenario tan inconmensura-
blemente multicausal, lo ínfimo esté actuando tan decisivamente como lo elo-
cuente; que si la ciudad es un todo orgánico, complejo y multineal (exactamente
como un hipertexto), las posibles interrelaciones serán, pues infinitas, contingen-
tes, impredecibles; que lo invisible posiblemente estará actuando sobre lo visible
y nosotros, porciones infinitesimales de materia, que creemos controlar las co-
sas, conocer las causas y predecir las consecuencias, no seremos sino parte de
ese flujo vertiginoso, ni más ni menos importante que las partes restantes.


* Esta postulación que acabo de hacer -obscenamente explícita, pretenciosamente
doctrinaria y fatalmente ociosa- ha permanecido soterrada a lo largo de la narración.
Pero acaso el lector pueda sentir, mientras lee el cuento, la vivencia de lo que acabo
de formular, de que él mismo es un infinitésimo en la ciudad (y más radicalmente de


que todos somos infinitésimos en cualquier lugar o circunstancia, pese a nuestra
habitual vanidad). Si esto ocurre, habrá valido la pena transgredir las normas del


género que convienen a una publicación académica.


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que ya iba siendo hora de que la gente se retirara. Tampoco fue necesario que
Pachín lo repitiera. No había terminado de hablar, cuando comenzó el tropel. Aun-
que marxistas-leninistas y todo, aquel tren parecía cosa del demonio. La pionera
del comunicado lloraba porque le dolía la garganta. ¡Seguro esto es un virus! -
decía su mamá, tirándola de un brazo para que no parara de correr.


3.00 P.M.
En San Salvador de Bayamo es noche cerrada.


4.00 P.M.
Dinamitado. El tren fue dinamitado. En sus casas, muchos rezaban; otros dis-


frutaban como si desde aquel miércoles comenzara el fin de semana.
**


Icandrio continuaba memorizando, releyendo otras palabras.


4.45 P.M.
Las cargas fueron activadas. El tren se estremecía, se levantaba y volvía a


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caer en el mismo lugar. Algunas partes interiores crujían, y por las ventanillas
salían pedazos de hierro y esquirlas de metralla. Otra vez aquel zumbido parecido
a un avispero se hizo insoportable.


La población no escuchaba. Las explosiones iban y venían a lo largo del
tren, y en San Salvador de Bayamo nadie lo notaba. Era de noche sí, pero la
noche de un sábado o un domingo cualquiera; sin el castigo de las ondas
expansivas, tiempo y sólo tiempo para el descanso y la diversión. Tiempo
para darse un buen baño, ponerse la muda de ropa de salir y destoletarse
bailando en una fiesta o haciendo la cola para comerse una pizza o tomarse
un helado. Tiempo de pasar, de cruzar, de perforar toda clase de obstáculos y
comprar un pedazo de carne, tres bolsas de cemento, una gallina, cinco litros
de gasolina y lograr de una puñetera vez que te pongan un cuño para luego
seguir buscando otros cinco litros de gasolina, otras gallinas... Tiempo, era
tiempo de posponer el tiempo, de tirarlo sobre una mesa cualquiera y dejarlo
ahí, como un bicho muerto o demasiado pesado para andar todo el tiempo del
tiempo con él acuesta.


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Nadadestruía al tren, Nadacambiaba la realidad.


5.00 P.M.
Los aviones bombardearon una yotra vez. Otras cargas de dinamita fueron activa-


das. El tren ya no parecía un escorpión, sino una larga y descascarada culebra gris.
**


Es de noche, y en San Salvador de Bayamo, como en cualquier lugar de la isla,
la gente saca una mesita y unas sillas y se pone a jugar dominó. Pero por esta
vez, como Raimundo está enfermo, Melquíades podrá jugar desde el primer parti-
do. Los viejos y los mejores jugadores de la cuadra dejan que pase adelante. Y pa’
que no te acostumbres, te toca a ti dar agua –le dicen. Melquíades voltea la caja
y las fichas respiran aliviadas. Melquíades mueve y mueve, y las fichas se ex-
panden hasta los bordes de la mesa, vienen y van protegidas por el ritmo de sus
brazos. Algunas miradas adustas no le perdonan ese frenesí con que él mueve y
mueve como si Bayamo y la noche nacieran otra vez de entre sus manos. Por fin
las fichas son repartidas. Él toma las suyas, las acomoda, y se da cuenta de que


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no posee ni un solo seis. Dos cinco, tres cuatro, dos dos, el doble tres y el doble
uno. Pero ni un solo seis. Para mayor desgracia, los otros son los primeros en salir;
y cuando el doble seis pisa fuerte la mesa, Melquíades no puede hacer otra cosa
que tocar madera y decir «no llevo». Los demás, hasta su compañero, se burlan.
Él sonríe, sabe que apenas es la primera data, que todavía falta mucho por jugar.
5.30 P.M.


Después de un largo pitazo, el tren echó a andar. Los rieles a los que permane-
ció fijado y por los que iba pasando se tornaban de un azul intenso. Despacio, muy
despacio, iba EL TREN QUE NO DICE NADA. EL TREN. EL TRENO. EL TRINO
TRONANDO. EL TRUENO TROTADOR TIRITANDO, TROTANDO. EL TREN SER-
PIENTE DE HIERRO.


5.42 P.M.
Icandrio lo siente venir. Camina hasta la vía. Espera. Ve cómo los rieles se


iluminan a medida que se acerca. No hay luna ni estrellas cuando pasa sobre él.


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NOTA AL PIE: CIUDAD Y ESCRITURA Ana Solari




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Nota al pie: Ciudad y Escritura


Coordinadora de Graduados Escuela de Comunicación Universidad ORT
Uruguay. Escritora, periodista cultural, docente Escuela Comunicación
Universidad ORT Uruguay. Autora de varios libros y ganadora de premios
nacionales y extranjeros. Becada Fundación John Simon Guggenheim para
investigación periodística junto a Andrés Alsina (2000), y Fundación
Rockefeller (2001)


Esta Nota al pie es una reflexión surgida a partir de Escribir de Marguerite Duras y del
propio ejercicio diario de la escritura creativa; no pretende ser un artículo académico. La
lectura de material literario de distintos géneros, autores y épocas lleva a esbozar una
sensibilidad más que una postura crítica. Más adelante, quizá, las reflexiones de esta nota
se conviertan en un artículo.


Antes, entre ciudad y ciudad había grandes extensiones de campo.
Eso permitía una literatura más aireada, menos tensa, casi bucólica, que coexistía con otra
netamente urbana, civilizada.
Hoy, la ciudad es todo; incluso en las zonas rurales, la ciudad siempre está presente.
Incluso en las selvas, la presencia de la ciudad se deja sentir.
El escritor no puede escapar a una personalidad tan avasalladora, a una presencia tan
total.
En la ciudad sucede todo.
Algunos autores han usado la ciudad como telón de fondo para sus historias.
Otros, la han hecho su protagonista.
En muchos casos, la ciudad está implícita: ¿dónde sino ha de transcurrir el drama humano?
Atrás en el tiempo quedó lo rural, la casa de campo, la novela rusa o francesa del siglo XIX.
Llegó la televisión y la ciudad lo fue todo.
(Adelante quedan los espacios virtuales, cibernéticos).
Hoy todo es rascacielos, avenidas, callejones, calles, casas, azoteas, plazas.
Los personajes y el autor no pueden liberarse de esa maldición. No pueden escapar a ese
destino.
Hay autores que lo celebran: Joyce, Borges, Calvino, Ballard, Auster, Onetti, Cortázar,
Bukowski.
Hay autores que lo rehúyen: Bradbury, Ford, Galeano, Hesse, Rulfo, Delgado, De Mattos.
Hay autores, por último, que son la ciudad: Liscano, Benedetti, Gibson, Capote, Dos
Passos.
Pero ninguno puede soslayarla.
Que los autores mencionados en la lista sean todos hombres no es casual.
Una ciudad es naturalmente femenina, acoge en su seno –como una madre o una amante-
o rechaza a sus hijos por bastardos, monstruosos o no propios.
La escritura de sensibilidad masculina ha detenido su mirada hipnótica o espantada ante
la ciudad. Mientras que la mujer es la ciudad, el hombre quiere conquistarla, entenderla,
desentrañarla y habitarla. La literatura masculina es ese intento, una y otra vez.


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La ciudad es un misterio para los escritores. Es como la luna. Es como la marea. Como el
aroma.
La escritura de sensibilidad femenina se detiene en los detalles: el cantero de la plaza, la
maceta en un balcón, la cuerda de tender la ropa, el embaldosado de un patio; se regodea
con los habitantes: la novia, el novio, el comerciante, el filósofo, la poetisa, el loco; recrea
las historias chicas porque la ciudad las produce y se nutre de ellas.
Los personajes de la sensibilidad masculina se empeñan en ser grandes héroes o antihé-
roes, pero todos tienen, dentro de la ciudad, un destino por cumplir.
Los personajes de la sensibilidad femenina no se empeñan en eso. No compiten con la
ciudad ni con el destino: lo diseñan, lo construyen, lo modifican y lo hacen realidad.
Porque la diferencia está en la percepción que ambas sensibilidades tienen de la ciudad:
fría y amenazadora, o neutra y borrosa, en el caso de los hombres; llena de símbolos y
recovecos, en el caso de las mujeres.
No hay una literatura femenina y otra masculina, hay una Literatura que tiene que ver con
sensibilidades. El hombre, eterno depredador busca enfrentar, vencer, dominar. La mujer,
eterna combatiente apaciguadora, reúne, acoge, separa, ordena, vive. La ciudad de la
mujer forma parte de ella; la ciudad del hombre está fuera de él, en otra parte. Por eso las
literaturas son distintas: unos buscan dominar, las otras buscan coexistir.
La ciudad, mientras tanto, permanece ajena a todos esos desvelos. Pero siempre, en algu-
na calle, mantiene un mirador, una buhardilla o una azotea, en las cuales, al menos una vez,
un poeta rumia sus próximos versos.


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Comunicación y salud
Virginia Silva Pintos


Comunicação e Saúde Pública: alavancando
o desenvolvimento sustentável
José Marques de Melo


La Adolescencia: la gran ausente en
los medios de comunicación uruguayos
Quima Oliver i Ricart




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Comunicación y Salud


Secretario Docente (dirección académica) Escuela de Comunicación
Universidad ORT Uruguay. Master en Periodismo por Boston University, USA;
Licenciada en Ciencias de la Comunicación Universidad de la República
Uruguay. , desde 1997 al presente. Productora Ejecutiva ciclo de documentales
sobre salud y problemáticas sociales para televisión abierta (Canal 12).
Directora Periodística revista mensual sobre salud y familia Padres, Madres &
Hijos del diario El País (1997-2001).


We define public health communication as the use of communication
techniques and technologies to (positively) influence individuals, po-
pulations, and organizations for the purpose of promoting conditions
conducive to human and environmental health.


Mailbach E, Holtgrave DR. 1995. Advances in public health
communication. Annual Review of Public Health. 16:219-38


La relación entre Comunicación y Salud se ha venido afirmando paulatinamente en los
últimos años; profesionales de un campo y del otro han insistido en reconocer y probar
que ambos constituyen dimensiones de la vida cuya articulación (o ausencia de articula-
ción) afecta de manera directa la salud y, en un sentido más amplio, la calidad de vida de
los individuos, las familias y las sociedades.


Es así que el encuentro entre estas dos disciplinas ha ido constituyendo poco a poco
un área profesional específica con intenciones concretas: asegurar una adecuada cober-
tura de los temas de Salud por parte de los medios masivos; disminuir la brecha existente
entre los avances de la medicina y la incorporación de éstos por la población; estudiar las
estrategias y los medios necesarios para lograr que las temáticas de salud alcancen los
públicos objetivos y produzcan en ellos efectos concretos; motivar a la población hacia
temas como políticas de salud y calidad de vida; generar acciones efectivas en favor de la
prevención de la enfermedad, la protección y la promoción de la salud integral.


Paralelamente, esta validación del campo se ha ido manifestado en el terreno académi-
co: el número de áreas, programas de especialización y proyectos de investigación asocia-
dos al tema Comunicación y Salud ha venido incrementándose progresivamente en el
último decenio.


1. La constitución de un nuevo campo de acción
Es posible señalar que en la última década la Comunicación ha hecho un esfuerzo por


legitimar un espacio de encuentro con la Salud, afirmando un área de aplicación de teorías,
principios y técnicas comunicacionales con el objetivo preciso de difundir y compartir
información, conocimientos y prácticas que contribuyan a mejorar los sistemas de salud y
el bienestar de las poblaciones.


En 1996, el primer número del Journal of Health Communication definió la Comunica-
ción en Salud como “un campo de especialización de los estudios comunicacionales que
incluye los procesos de agenda setting para los asuntos de salud; el involucramiento de


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los medios masivos con la salud; la comunicación científica entre profesionales de la bio-
medicina; la comunicación doctor/paciente; y, particularmente, el diseño y la evaluación
de campañas de comunicación para la prevención de la salud”. Y lo anticipaba como un
campo en expansión dentro de los Estados Unidos y en el resto del mundo.1


Por su parte, el programa de postgrado en Comunicación y Salud que hoy ofrece la
Escuela de Comunicación de Emerson College junto con la Escuela de Medicina de Tufts
University (Massachusetts), se propone proveer de las habilidades y los conocimientos
necesarios para que los estudiantes “aprendan a desarrollar, difundir y evaluar programas
y campañas de prevención de enfermedades y promoción de salud; a divulgar información
sobre salud; y a formular, desarrollar e implementar iniciativas en políticas sanitarias.”2


La comunicación para la salud abre las puertas y ventanas de los
hospitales y consultorios y lleva los mensajes que pueden salvar
vidas y aumentar el bienestar a los hogares y comunidades de todo
el país, incluso a aquellos que raras veces ven a un médico o a una
enfermera. La comunicación para la salud pone los instrumentos e
información necesarias para vivir una vida mejor, directamente en
las manos de quienes más lo necesitan: el paciente, la madre, el pro-
veedor de atención de salud y la comunidad.3


Este campo de acción abarca entonces instancias que van desde la esfera más íntima de
la vida de una persona a los programas políticos, sociales y económicos de un país. Implica
procesos de comunicación intrapersonal –al interior del individuo-, interpersonal –entre
personas, cara-a-cara-, hasta procesos de comunicación apoyados en soportes masivos
como TV, radio y prensa. La Comunicación para la Salud (o Comunicación en Salud) refiere
no sólo a la difusión y análisis de la información –actividad comúnmente denominada perio-
dismo científico o periodismo especializado en salud-, sino que refiere también a la produc-
ción y aplicación de estrategias comunicacionales -masivas y comunitarias- orientadas a la
prevención, protección sanitaria y a la promoción de estilos de vida saludables, así como al
diseño e implemento de políticas de salud y educación más globales.


En este sentido, no sólo cuentan las campañas en medios masivos, sino también la
definición y ejecución de campañas comunicacionales no-mediáticas que involucran pro-
cesos de comunicación interpersonal (comunitarios, dialógicos, participativos), organiza-
cional e intercultural.


Por otra parte, el mismo esfuerzo por legitimar este espacio de encuentro y acción
Comunicación y Salud ha sido desarrollado desde la Salud. Desde hace casi dos décadas
los organismos de cooperación internacional vienen tomando como eje de sus acciones la
promoción de modos de vida sanos, apoyándose para ello en programas comunicaciona-
les de diverso tipo. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha cumplido un rol
relevante en este sentido.


En el marco de la Primera Conferencia Internacional sobre la Promoción de la Salud
(1986), se definió promoción de la salud como “el proceso de facultar a las personas para
que aumenten el control que tienen sobre su salud y para mejorarla” (Carta de Ottawa para
la Promoción de la Salud). En la Conferencia Sanitaria Panamericana de 1990 se enfatizó la
comunicación social “como instrumento fundamental para la formación básica de perso-
nas, familias y comunidades”, y tres años más tarde el Consejo Directivo de la OPS aprobó
la resolución Promoción de la Salud en las Américas, instando a los gobiernos a incluir
como instrumentos claves en los programas de salud de la comunidad, campañas de


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comunicación social destinadas a promover la responsabilidad de la población.4
Asimismo, en las Orientaciones Estratégicas y Programáticas de 1995-1998 la OPS


destacó el papel de la información y comunicación social en la creación del conocimiento
necesario para generar cambios de actitudes y prácticas, e influir sobre las políticas públi-
cas orientadas a la salud. En 1997, en la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Promo-
ción de la Salud en el siglo XXI, en Yakarta, se señaló la importancia de la comunicación
tradicional y los nuevos medios de información en la promoción de la salud. En tal
sentido, Gloria A. Coe –Asesora Regional en Comunicación y Periodismo en Salud de la
OPS/OMS- expresa:


La información y la comunicación en salud son fundamentales para
la adopción de modos de vida sanos, en forma individual y colecti-
va. “Dado que el comportamiento humano es un factor primordial en
los resultados de salud, las inversiones sanitarias deben centrarse
tanto en los comportamientos como en los establecimientos de sa-
lud y la prestación de servicios. La solución de los problemas de
salud requiere que las personas comprendan y estén motivadas
para adoptar o cambiar ciertos comportamientos. Por lo tanto, la
comunicación eficaz debe formar parte de cualquier estrategia de
inversión sanitaria” (Communicating for Behavior Change: A Tool
Kit for Task Managers, Banco Mundial).5


En el mismo trabajo la experta define Comunicación para la Salud como “la modifica-
ción del comportamiento humano y los factores ambientales relacionados con este com-
portamiento que directa o indirectamente promueven la salud, previenen enfermedades o
protegen a los individuos de algún daño”, y agrega que se trata de “un proceso de
presentar y evaluar información educativa persuasiva, interesante y atractiva que dé por
resultado comportamientos individuales y sociales sanos”.6


Por último, en las Orientaciones Estratégicas y Programáticas, 1999-2002, la OPS expre-
sa que “se aprovecharán al máximo las tecnologías modernas de información y comunica-
ciones para mejorar las etapas de planificación, programación, ejecución y evaluación de
la cooperación técnica, así como la coordinación y la movilización de recursos”.7


2. Procesos y Modelos Comunicacionales ante una nueva visión de la Salud
La Salud ha sufrido un cambio sustancial de paradigma en los últimos años. De una


perspectiva que privilegiaba la medicina como único factor de protección sanitaria se ha
llegado a una visión que trasciende el problema médico para implicar el entorno físico-
ambiental y la situación económico-social del individuo. La Salud, como concepto, ha ido
desarrollando nuevos sentidos; ha trascendido la esfera enfermedad/curación (ausencia
de enfermedad), para abarcar aspectos más globales: alimentación, vivienda, seguridad
civil, educación, nivel socio-económico, ecosistema, justicia social, equidad y paz.


El concepto negativo de salud (no-enfermedad o ausencia de enfermedad) ha dado
paso a una visión positiva que apunta al fomento de estilos de vida sanos. Ya no se hace
hincapié solamente en la prevención –evitar los problemas sanitarios mediante el control
de las situaciones de riesgo-, sino en la promoción y fomento de la adopción de estilos de
vida saludables por parte de la población. En este sentido, es posible afirmar también que
la responsabilidad sobre la salud ha dejado de estar casi por completo restringida a los


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ámbitos institucionales –ministerios, gobiernos, hospitales, centros educativos y organi-
zaciones no-gubernamentales- para afirmarse también en la esfera más individual y priva-
da de la vida.


A su vez, el hecho de que hoy se tienda a considerar la salud como un estado de
bienestar positivo -asociado a la posesión de capacidades, potencialidades y cualidades
y no a la mera ausencia de enfermedad-, ha determinado que a partir de los ’80 muchas
organizaciones no-gubernamentales e instituciones de cooperación internacional como la
OPS intensifiquen la identificación, la búsqueda y el fomento de indicadores de salud
positiva con el fin de promover la salud. Esto ha reforzado más aún la relevancia asignada
a los programas comunicacionales.


El cultivo de modos de vida saludables se ha convertido en un objeti-
vo al que muchos individuos consagran gran parte de su tiempo y su
energía. Y nuestra sociedad dedica una significativa proporción de
sus recursos económicos a los cuidados higiénicos y sanitarios.
Aunque, desde luego, no siempre ha ocurrido así. En otras épocas
históricas los individuos no creían tan firmemente que podían mejorar
su propia salud con medios racionales. Y las sociedades sólo dedica-
ban porciones marginales de sus recursos a la atención sanitaria.8


Por otra parte, en una época en que aumenta sistemáticamente la incidencia de males
crónicos -contaminación ambiental, obesidad, tabaquismo, abuso de alcohol y drogas,
estilos de vida sedentarios, hipertensión y accidentes de tránsito, entre otros-, relaciona-
dos casi todos con hábitos de vida malsanos, dietas dañinas y modalidades de consumo
basadas en excesos y abusos, las acciones de comunicación volcadas a la prevención y
promoción adquieren mayor relevancia. La percepción general es que el equilibrio de los
ecosistemas y la salud de las poblaciones se ven amenazados; cada vez es más difícil
alcanzar y mantener la salud y el bienestar en medio ambientes insalubres, deteriorados y
peligrosos. El papel de la Comunicación en la sensibilización sobre estas problemáticas
urgentes deviene sustancial.


Las tendencias demográficas, como la urbanización, el aumento del
número de adultos mayores y la prevalencia de enfermedades cróni-
cas, los crecientes hábitos de vida sedentaria, la resistencia a los
antibióticos y otros medicamentos comunes, la propagación del abu-
so de drogas y de la violencia civil y doméstica, amenazan la salud y
el bienestar de centenares de millones de personas. Las enfermedades
infecciosas nuevas, re-emergentes y el mayor reconocimiento de los
problemas de salud mental exigen una respuesta urgente. Es indis-
pensable que la promoción de la salud evolucione para adaptarse a
los cambios en los factores determinantes de la salud.9


En América Latina los gestores y profesionales de Salud reconocen que la actividad
educativa en este terreno es clave, y en tal sentido atribuyen a la Comunicación un papel
relevante. “Los recursos limitados para el cuidado de la salud, el aumento de la expectativa
de vida de la población, el creciente número de enfermedades crónicas y el aumento de
algunas enfermedades transmisibles, requieren que los medios jueguen un rol importante
en la educación y promoción de la salud en los países latinoamericanos (Alcalay, 1988)”.10


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Sin lugar a duda, la dimensión educativa está firmemente contenida y articulada en la
noción Comunicación y Salud.


“Ningún programa de salud que pretenda abarcar sectores sociales cada vez más
amplios puede siquiera pensarse al margen de la comunicación. La comunicación es im-
prescindible para ganarle tiempo al tiempo, para recuperar el tiempo perdido, para resolver
a contrarreloj la gravísima situación que se vive –y se muere- en el terreno de la salud
materno-infantil, de la salud rural, de la salud en las poblaciones urbanas marginales.11


2.1. Contextos de encuentro entre la Comunicación y la Salud
Paralelamente a los cambios ocurridos en la concepción de la Salud, el concepto Co-


municación ha evolucionado también de manera intensa, en especial en las últimas déca-
das. De privilegiar la fuente (o el emisor) y el mensaje, este concepto pasó a enfatizar el
receptor (o destinatario) y los significados; de procesos unidireccionales con las fases de
la comunicación bien marcadas (emisor-mensaje-receptor) se ha pasado a hablar de proce-
sos en espiral o circulares; de considerar la transmisión de información como el eje princi-
pal se ha llegado a considerar las relaciones entre los sujetos y las interpretaciones como
los componentes fundamentales del proceso, poniendo la producción de sentido en un
lugar central.


Por lo tanto, para entender la constitución y el sentido de este nuevo campo de acción -
Comunicación y Salud-, se tomarán en cuenta no sólo las conceptualizaciones más clásicas
de la Comunicación, que refieren a un proceso en virtud del cual un Emisor envía un Men-
saje a un Receptor, a través de un Canal, provocando en él un Efecto,12 sino también las
conceptualizaciones que refieren a un proceso más complejo de negociación e intercambio
de sentido entre personas que interactúan dentro de una cultura, envían y reciben (intercam-
bian) mensajes con el objetivo de producir entendimiento y adaptarse al entorno. Es el tipo
de conceptualización que no sólo toma en cuenta el texto –sus signos y los códigos emplea-
dos- sino también la interpretación que el sujeto hace de él en el marco del contexto socio-
cultural en el que se encuentra, así como la realidad externa (referente) de la comunicación.


Como se señaló antes, referirse a la Comunicación hoy día es pensar entre otras cosas
de esquemas y modelos diversos: interpersonal, grupal, intercultural, massmediático y
organizacional, entre otros. Hablar de Comunicación y Salud no es señalar únicamente la
presencia de los temas de salud en los medios masivos, sino referir también a los procesos
comunicacionales no mediáticos puestos al servicio de la prevención y promoción.


Del otro lado, para comprender el cruce y encuentro de estos dos campos, es necesario
reconocer la existencia de una gama amplia de definiciones de Salud -desde las nociones
que refieren al estado puramente físico hasta las que contemplan estados psicológicos,
sociales e incluso espirituales-, y considerarlas a la luz de los diversos contextos. Por una
razón metodológica, se tomará en cuenta la categorización hecha por el Dr. Miguel San-
chez-Gonzalez, de la cátedra de Historia de la Medicina en la Universidad Complutense de
Madrid, quien distingue como contextos de uso del concepto Salud el médico-asistencial,
el contexto cultural de los pacientes, el económico y político, el antropológico y el utópi-
co, entre otros.13


2.1.1. Comunicación masiva y “cultura de la salud”
En los más diversos contextos de uso y manejo del concepto Salud (médico-asisten-


cial, económico, cultural) la comunicación masiva parece adquirir un rol de relevancia por


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la capacidad que se le atribuye de influir en la configuración de los valores, las conductas
y creencias, esto es, en la visión del mundo y de la vida que los individuos construyen y
desarrollan.


Es preciso aclarar que la presencia de la Salud en los medios no sólo se manifiesta en
los documentales sobre enfermedades o epidemias, en las campañas de prevención o en
los comerciales publicitarios sobre medicamentos e instituciones sanitarias, sino también
en las telenovelas donde aparecen hospitales, médicos o enfermos, en los informativos
que refieren a los accidentes de tránsito o tráfico de drogas, en las ficciones en las que
jóvenes adolescentes se enamoran y embarazan… Y si se toman en cuenta las conceptua-
lizaciones más inclusivas de Salud –las que ponen el énfasis en los estilos de vida y el
bienestar integral- es posible afirmar que todos los productos mass-mediáticos –de los
más diversos géneros, estructuras narrativas y estilos- contienen mensajes sobre Salud.


Sin duda, los mensajes mediáticos contribuyen a la creación y consolidación de iden-
tidades y roles en los grupos y las sociedades en general, en tanto presentan modelos de
comportamiento en sus mensajes que son incorporados en algún grado por los públicos
a los que se dirigen. En este sentido, no podría discutirse hoy el potencial de los medios
en la conformación de una “cultura de la salud”. Sin embargo, es preciso detenerse en el
esquema mismo de la comunicación mass-mediática, y en sus componentes, para entender
que no se trata de la única modalidad efectiva para las estrategias y acciones de la Comu-
nicación en Salud.


La comunicación masiva es la que se apoya en medios –de naturaleza social e indus-
trial- y, por consiguiente, tiene alcance masivo; sus soportes son fundamentalmente la
televisión, la radio, los periódicos, el cine, la industria editorial, la industria musical y
también, en algún grado, Internet. Implica la transmisión de información y elementos de
entretenimiento a una gran audiencia (o grandes audiencias) que el emisor no conoce de
manera directa, y para lo cual se sirve del empleo de tecnologías pertenecientes a corpora-
ciones reguladas por el Estado. Describir brevemente el esquema y los elementos de la
comunicación mass-mediática implica tener presente que se trata de un escenario muy
cambiante, y que en la toma de decisiones las consideraciones comerciales suelen predo-
minar sobre los objetivos de bien público y desarrollo humano. Esto, indudablemente,
tiene un efecto directo en el terreno de la Comunicación y la Salud.


Por otra parte la fragmentación en las modalidades y mecanismos de acceso a la oferta
de los medios se ha ido dinamizando y ha ido creciendo en los últimos años. La cantidad
y la variedad de emisoras y frecuencias radiales, de canales de TV y productos editoriales
aumentan cada día, al tiempo que crece la penetración de los medios extranjeros –a través
de la televisión por cable y satelital- en ámbitos locales. Los productores de los medios
focalizan en los públicos que pueden comprar los productos de sus anunciantes, y esto
implica a su vez una concentración casi exclusiva en las áreas urbanas.


Estos rasgos de la comunicación masiva explican y acentúan la necesidad de tomar en
consideración otras modalidades –no/mediáticas- de la comunicación, si el objetivo es
legitimar el campo de encuentro Comunicación/Salud y con ello favorecer la promoción de
la calidad de vida de las sociedades.


Las teorías o los modelos del cambio de comportamiento postulan
que la adopción de comportamientos sanos es un proceso en el cual
los individuos avanzan, a través de diversas etapas, hasta que el
nuevo comportamiento se convierte en parte de la vida diaria. Los
modelos recalcan que los mensajes y programas transmitidos por


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los medios de comunicación son más eficaces en las etapas inicia-
les, aunque las comunicaciones interpersonales y las redes comuni-
tarias de apoyo social son sumamente importantes durante las eta-
pas posteriores.14


2.1.2. Comunicación interpersonal, organizacional y masiva
A) El contexto médico-asistencial es el de los profesionales sanitarios y los objetivos


curativos. “Su paradigma de acción es la asistencia médica individualizada a enfermos que
padecen enfermedades reconocibles... La salud tiende a ser concebida negativamente,
como mera ausencia de enfermedad”. En este ámbito la definición de Salud se ajusta a una
visión científico-empírica y no a una construcción socio-cultural. La salud y la enferme-
dad se definen a partir de una base objetiva (o pretendidamente objetiva), sustentada en
la identificación de datos anatómicos y fisiológicos. “Salud es un estado de bienestar
físico adecuado que no necesita ser completo, y en el que no hay alteraciones significati-
vas de las funciones corporales”.15 Es la concepción de Salud con mayor tradición histó-
rica, y a pesar de que han emergido nuevas perspectivas, ésta mantiene plena vigencia,
especialmente en contextos médico-asistenciales.


El esquema que a primera vista debería considerarse en el contexto médico es el de la
comunicación interpersonal, es decir, el que se manifiesta en el marco de una situación o
un espacio social determinado de intercambio de mensajes, y que adquiere modalidades
que pueden ir desde el diálogo más estructurado (mediante reglas y códigos preestableci-
dos) al más espontáneo posible (mediante improvisación y creatividad). Es la comunica-
ción entre personas –médico/paciente, médico/enfermero, enfermero/paciente, médico/
famila- sin mediación tecnológica alguna. Este tipo de comunicación abarca tanto la verbal
(mediada por el habla) como la no-verbal (mediada por elementos distintos al habla):
gestos, posturas, orientación, distancia y movimientos corporales; contacto visual, aro-
mas y señales como vestimenta, entre otros.


La calidad de la comunicación interpersonal en los locales de salud es un tema clave
dentro del campo Comunicación y Salud. Para favorecer una relación asistencial buena y
productiva -que tome en cuenta dimensiones como la empatía y la compasión, además del
dominio de los aspectos estrictamente técnico/sanitarios- es fundamental reconocer que
en la comunicación interpersonal el emisor y el receptor son actores distintos, con histo-
rias y experiencias de vida diferentes, que además manejan lenguajes y códigos también
distintos en muchos casos, que inevitablemente alternan roles y se transforman al mismo
tiempo en emisores y receptores del entorno, poniendo en juego mensajes múltiples con
múltiples sentidos.


Los lenguajes empleados deben ser accesibles y los contenidos no pueden quedar
ajenos al entendimiento entre los sujetos interactuantes. Por eso mismo, los códigos y las
tácticas en juego en la comunicación interpersonal no pueden ser las mismas en situa-
ciones saludables y felices (informar de un embarazo) que en situaciones problemáticas
(revelar una enfermedad mortal). Las habilidades y competencias comunicacionales en la
relación paciente/médico y médico/familia, por ejemplo, deben apuntar siempre al entendi-
miento en el marco de la producción e interpretación de sentidos. Por esta razón la comu-
nicación en situaciones especiales –malas noticias, casos de somatización, SIDA-, así
como la comunicación con poblaciones llamadas “especiales” –pacientes con discapaci-
dades, trastornos cognitivos, ancianos, adolescentes- constituyen esferas donde la co-
municación interpersonal juega un rol fundamental. Y en situaciones que involucran


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minorías étnicas o culturales, el cruce entre la comunicación interpersonal y la comunica-
ción intercultural merece especial consideración.


La comunicación organizacional es también muy relevante en el contexto médico-
asistencial, donde instituciones como hospitales, sanatorios y ministerios cumplen fun-
ciones esenciales en la vida del individuo y la sociedad. La comunicación, en este caso,
implica “un proceso de creación, intercambio, procesamiento y almacenamiento de mensa-
jes en un sistema de objetivos determinados”16 . Se trata, por tanto, de un proceso dinámi-
co en el que los elementos de la estructura de la organización cumplen funciones signifi-
cativas. “Abarca los procedimientos internos de comunicación de una organización para
asegurar que su misión, metas, objetivos, prioridades programáticas y estrategias sean
entendidos y promovidos por los miembros del personal a todos los niveles y luego
transmitidos a la comunidad y a los pacientes”.17


La comunicación organizacional, por otra parte, no sólo afecta la atención que recibe
la persona (el paciente, el familiar) en el contexto médico-asistencial, sino que se relaciona
también con procesos comunicacionales en el orden político e internacional: “Las buenas
estrategias de comunicación en las organizaciones también facilitan las comunicaciones
entre gobiernos para beneficio de la cooperación técnica entre países”.18


La relevancia de la comunicación interpersonal y organizacional en contextos médi-
co-asistenciales no implica que el rol de la comunicación masiva deje de ser también
fundamental, en tanto, y como se señaló antes, los medios promueven hábitos y pautas de
comportamiento en función de roles, tareas y expectativas concretas. Se podría decir que
el cruce de los distintos tipos de comunicación es lo más significativo: los mensajes
masivos tienen un valor específico y ocupan un lugar primordial en la comunicación
interpersonal, debido a que los roles y expectativas que los individuos incorporan y
“cristalizan” a partir de la acción de los medios afectan de manera directa y profunda los
procesos de relación -paciente/médico, familia/personal sanitario, etc.- que se desarrollan
en ámbitos organizacionales como hospitales y ministerios.


B) El contexto cultural de la Salud es el de las personas que se sienten enfermas en el
seno de una determinada cultura. “Cada cultura delimita, o construye, un conjunto pecu-
liar de enfermedades, que son las que otorgan la condición de enfermo. E incorpora ade-
más en las personas interpretaciones y actitudes que inducen a vivir la enfermedad de una
determinada manera”. El componente más importante en este contexto de Salud es la
dolencia. “Estar sano es ‘ser visto como estando sano’, y ser capaz de ajustarse a las
formas de vida culturalmente aceptadas...”19


En este ámbito la salud es un concepto cargado de valoración sobre lo bueno, lo
beneficioso, lo deseable, lo útil. C. Culvert y B. Gert afirman que “lo importante en la
definición de enfermedad no es la alteración objetiva, sino la percepción cultural de que
esa alteración es un mal. Teniendo en cuenta, por otra parte, que todas las culturas estarán
bastante de acuerdo en lo que estiman como malo: el dolor, la pérdida de fuerza, la pérdida
de libertad, el riesgo de morir...”20 . Esta perspectiva sostiene que el disfrute del bienestar
psicológico es requisito de salud, y que implica además la capacidad para llevar una vida
socialmente productiva. “El prototipo de estas definiciones inclusivas es la promulgada
por la OMS en 1946: ‘La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social,
y no sólo la ausencia de enfermedad o padecimiento’. Definición que fue confirmada en la
Declaración de Alma-Ata de 1978”.21


Siguiendo el trabajo de Sanchez-Gonzalez, es preciso aclarar que la perspectiva cultu-
ral –la de las personas que se sienten enfermas en el seno de una cultura determinada-


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puede entrar en conflicto con la perspectiva médico-asistencial, y generar entonces ruido
o disonancia comunicacional en la relación médico-enfermo, «puesto que los médicos
diagnostican enfermedades objetivas, pero los enfermos padecen, y necesitan ser com-
prendidos, en sus dolencias subjetivas”.22 Son casos en los que la discrepancia o el
conflicto entre las actitudes, las creencias y los valores de un interlocutor (el médico) y el
otro interlocutor (el paciente), condicionan por completo la relación y, por tanto, los
resultados de cualquier acción.


El sector sanitario debe jugar un papel cada vez mayor en la promoción de la salud de
forma tal que trascienda la mera responsabilidad de proporcionar servicios clínicos y
médicos. Dichos servicios deben tomar una nueva orientación que sea sensible a las
necesidades culturales de los individuos y las respete. Asimismo deberán favorecer la
necesidad por parte de las comunidades de una vida más sana y crear vías de comunica-
ción entre el sector sanitario y los sectores sociales, políticos y económicos.23


No sólo la comunicación interpersonal cumple un rol fundamental en el contexto
cultural del concepto Salud, también la comunicación organizacional y la comunicación
masiva revisten importancia por las razones expuestas anteriormente. El diseño, la planifi-
cación, la ejecución y la evaluación de campañas de comunicación dirigidas a poblaciones
multiculturales, por otra parte, no pueden quedar ajenos a las conceptualizaciones de
Salud que la perspectiva cultural privilegia (“poblaciones multiculturales” no sólo refiere
a diversidad o pluralidad étnica sino también a condiciones que separan lo urbano de lo
rural, entre otras).


Por lo antes expuesto en relación con la perspectiva cultural de Salud, es posible
afirmar que las estrategias y los planes de acción en Comunicación y Salud deben recono-
cer no sólo los públicos a los que se dirigen sino las características y posibilidades
específicas de cada lugar. Los programas de comunicación deben responder a las proble-
máticas, necesidades y posibilidades diversas de las poblaciones involucradas, tomando
en cuenta sus rasgos geográficos y culturales, así como los recursos disponibles. El
todos los esquemas comunicacionales el reconocimiento de los públicos seleccionados
como destinatarios es fundamental.


C) En el contexto económico la Salud es entendida como un bien económico en rela-
ción con otros factores de igual naturaleza. “Así, por ejemplo, la percepción de la salud
podrá estar en relación con el nivel salarial; y la demanda de asistencia con los precios o
con el sistema de retribución a los médicos”. Y en el contexto político “la salud será
concebida como fundamento de la libertad, la seguridad, las relaciones internacionales o
la estabilidad política. De esta forma, en el Preámbulo a la Constitución de la OMS se
reconoce que: ‘La Salud de todos los pueblos es fundamental para el logro de la paz y la
seguridad’”.24


Entre los componentes básicos o marco de trabajo de una política
de comunicación para la salud, la misión de la política es primordial.
La misión consiste en velar por que las actividades eficaces en co-
municación para la salud formen parte integral de todos los progra-
mas diseñados para promover la salud, mejorar la calidad de la vida
y fomentar ambientes sanos. Esta misión de la comunicación para la
salud, aunque independiente de las ya tradicionales en materia de
información pública y relaciones públicas del ministerio y la produc-
ción de material docente formal para la educación sanitaria, está
coordinada con ellas. La comunicación para la salud brinda a estos


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programas tradicionales un nuevo enfoque de creatividad cultural y
participación social, así como los recursos de muchos medios dife-
rentes a nivel individual, comunitario y nacional.25


De la buena salud depende el progreso personal, económico y social, tanto como el
desarrollo global de una sociedad. En tal sentido, la Carta de Ottawa para la Promoción de
la Salud indica: “Los factores políticos, económicos, sociales, culturales, de medio am-
biente, de conducta y biológicos pueden intervenir bien a favor o en detrimento de la
salud. El objetivo de la acción para la salud es hacer que esas condiciones sean favorables
para poder promocionar la salud”.


Debido a que los medios entregan mensajes ya elaborados sobre
salud, a través de canales regularmente asistidos, pueden ser recur-
sos muy poderosos tanto en la entrega de estos mensajes a amplios
sectores de la población, como en el avance de los objetivos de la
salud pública (Winett and Walack, 1996). Los medios de comunica-
ción de masas pueden influenciar el conocimiento en salud, creen-
cias, valores y comportamientos, principalmente al establecer agen-
das de salud pública y modelos de comportamiento saludables
(Sharf et al., 1996).26


Se podría decir que en la perspectiva política y económica de la Salud el papel de los
medios masivos es clave. “Los medios de comunicación masiva suelen elevar y amplificar
algunas tendencias ideológicas distribuyéndolas entre amplias audiencias de un modo
persuasivo e incluso a menudo pomposo, con lo cual las legitiman. En el proceso, una
constelación seleccionada de ideas adquiere una importancia cada vez mayor, fortalece
las significaciones originales de dichas ideas y extiende su impacto social”.27


Por su parte, los gestores de políticas públicas suelen apoyarse, en gran medida, en
campañas de comunicación masiva para actuar en el terreno de la prevención y promo-
ción, porque reconocen la capacidad de los medios de comunicación electrónicos -en su
condición de agentes socializadores- de llamar la atención sobre ciertas ideas (en este
caso sobre nociones de prevención y promoción de salud) y orientar las conductas del
público en favor de ellas.


La comunicación para la salud une a nuevos y poderosos aliados en
la antigua batalla por la salud. La comunicación para la salud, que se
define como la comunicación en el sentido más amplio de la palabra,
agrupando nuevos canales y medios y trascendiendo los programas
educativos tradicionales, es un diálogo, un nuevo pacto entre los
ministerios de salud de las Américas y los pueblos a los que sirven.
Es una promesa de educar, informar, convencer y explicar, así como
de escuchar. La comunicación para la salud le proporciona a indivi-
duos y comunidades las ventajas y recursos necesarios para preve-
nir enfermedades y mejorar la calidad de su vida. Las fuerzas que
desencadena la comunicación para la salud son muy necesarias
para traer a nuestro continente un nuevo perfil de salud, una cultura
de la salud, en el Siglo XXI.28


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En la perspectiva política la capacitación, además de los recursos materiales, es un
elemento sustancial. Cada vez resulta más clara la necesidad de contar con profesionales
egresados de programas impartidos por universidades de comunicación, en coordinación
con universidades de medicina y organizaciones de salud, para llevar adelante las campa-
ñas. Y el rol de los comunicadores formados en programas de este tipo es a su vez clave en
la gestión de atraer los recursos materiales necesarios para el desarrollo de campañas, y en
el seguimiento del empleo que los gobiernos hacen de dichos recursos. Se podría afirmar
que el periodismo científico o especializado en Salud (género y actividad que forma parte
-pero no es sinónimo- de Comunicación y Salud), cumple un rol fundamental en este senti-
do, en tanto se ocupa de presentar en TV, radio, cine, publicaciones e Internet, información
sobre Salud (noticias, investigaciones, descubrimientos, avances tecnológicos, etc.) e in-
formación sobre las gestiones políticas e institucionales relacionados con el manejo de los
recursos y las políticas en los ámbitos médico-asistenciales, ministeriales, etc.


D) El contexto filosófico-antropológico define la salud como el estado humano por
excelencia, como un estilo de vida autónomo y responsable, e incluso como una capaci-
dad de realización de valores específicamente humanos. “En este contexto filosófico-
antropológico Laín Entralgo definió la salud como: ‘Hábito psicoorgánico al servicio de la
vida y la libertad de la persona; y consiste tanto en la posesión de esa normalidad como en
la capacidad física para realizar los proyectos vitales de la persona en cuestión’. (Lain
Estralgo, P.: Antropología Médica, Barcelona, Salvat, 1984, p.199).”29 Este contexto está
muy asociado al que Sanchez-Gonzalez denomina ideal y utópico.


E) El contexto ideal y utópico se relaciona con la noción de calidad integral de vida.
“La Psicología Humanista actual, por ejemplo, ha pretendido incluir la autorrealización y el
desenvolvimiento humano integral...”, y las Medicinas Holísticas, por su parte, entienden
la salud como un estado “de integración armoniosa de todas las dimensiones del ser
humano: fisiológicas, psicológicas y espirituales”.30 Es el contexto en el que el concepto
“salud” adquiere máxima amplitud.


Curiosamente, en la misma etimología de la palabra “salud” se revela
una aspiración ideal. En los idiomas latinos “salud” deriva del latín
“saluus”, que a su vez deriva del griego “ólos”, que significa
“todo”. Y, además, la palabra “salud” mantiene una relación etimoló-
gica y semántica con la palabra “salvación”. De este modo, la etimo-
logía hace referencia a una condición ideal “total”.31


Siguiendo la categorización de Sanchez-Gonzalez, las concepciones actualmente de-
nominadas “holísticas” provienen de tres campos: 1) la filosofía, 2) la psicología humanis-
ta y 3) las prácticas médicas alternativas no validadas por la ciencia. En el primer campo se
define el estado de salud óptimo como el conjunto de condiciones que capacitan a una
persona para dar cumplimiento a sus potencialidades realistas, ya sean éstas biológicas o
elegidas de manera individual. El segundo campo refiere al bienestar y desarrollo humano
integral –a la autorrealización-. Y el tercero focaliza en el desarrollo espiritual interior y en
los estados de conciencia. La definición holística de Salud pretende abarcar todas las
dimensiones del hombre, refiere al funcionamiento armónico de las dimensiones físicas,
mentales y espirituales de una persona, además de la relación armónica con el entorno
social y natural.32


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Tanto la perspectiva antropológica como la ideal o utópica de Salud riman de algún
modo con la concepción que las organizaciones de cooperación internacional privilegian.
De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la Salud es “un estado de completo
bienestar físico, mental y social, no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.33


La promoción de la salud consiste en proporcionar a los pueblos
los medios necesarios para mejorar su salud y ejercer un mayor
control sobre la misma. Para alcanzar un estado adecuado de
bienestar físico, mental y social un individuo o grupo debe ser
capaz de identificar y realizar sus aspiraciones, de satisfacer sus
necesidades y de cambiar o adaptarse al medio ambiente. La sa-
lud se percibe pues, no como el objetivo, sino como la fuente de
riqueza de la vida cotidiana. Se trata por tanto de un concepto
positivo que acentúa los recursos sociales y personales así
como las aptitudes físicas. Por consiguiente, dado que el con-
cepto de salud como bienestar transciende la idea de formas de
vida sanas, la promoción de la salud no concierne exclusivamen-
te al sector sanitario.34


En estos contextos de manejo de la noción Salud, los modelos de comunicación
masiva parecen ser los de mayor presencia. El volumen de campañas de difusión y promo-
ción de valores y creencias asociadas a la Salud en su sentido más amplio, ha aumentado
notablemente en los dos últimos decenios.


2.2. Comunicación masiva/Comunicación “alternativa”
Si bien los modelos y esquemas comunicacionales descriptos anteriormente –comuni-


cación interpersonal, masiva, organizacional, intercultural- son todos relevantes a la hora
de pensar en acciones enmarcadas dentro de la Comunicación y Salud, el tipo de comuni-
cación predominante en los programas de América Latina y el mundo “no desarrollado”
en general, ha sido el de la comunicación masiva, “o más bien, la información masiva,
puesto que se produce en un solo sentido y no contempla una reacción o retorno de parte
del receptor (concebido como un mero destinatario terminal, pasivo e inactivo)”.35 Sin
embargo, parece ser precisamente en estas regiones donde el trabajo comunitario en
promoción de Salud se presenta como más necesario.


En América Latina se hace muy urgente el trabajo comprometido en la Promoción de la
Salud como única opción para avanzar en la reducción de las brechas existentes en las
condiciones de salud y bienestar de la población, que en este continente, se caracteriza
por presentar grupos con perfiles de salud promedio de hace 50 años, así como otros, con
indicadores equivalentes a promedios esperados para ser alcanzados en el futuro.36


El rol predominante asignado a los medios masivos de comunica-
ción en los temas de salud responde fundamentalmente al sentido
de urgencia que habitualmente acompaña el concepto y todo lo que
se asocia con él.


El acceso a la televisión, a la radio o a la gran prensa nacional aparece como una
necesidad absoluta cuando se trata de implementar, por ejemplo, grandes campañas de


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vacunación o de prevención del SIDA. El poder de convocatoria de los medios de infor-
mación masiva nos hace, de algún modo, sustituir las necesidades de la educación para la
salud y pensar la comunicación en términos de corto plazo, y no de mediano y largo plazo,
como debiera ser.37


Si se toman en cuenta las conceptualizaciones de Salud y Comuni-
cación a que se ha hecho referencia anteriormente y a la insisten-
cia que las organizaciones internacionales ponen en el involucra-
miento del individuo y las comunidades en el fomento de estilos
de vida sanos, se comprenderá que ese gran poder de convocato-
ria de los medios masivos no es suficiente para alcanzar los objeti-
vos de promoción de bienestar que la Salud, desde las diferentes
perspectivas, se propone.


Si pretendemos resolver en el futuro los problemas que hoy nos afligen, no es sufi-
ciente la eficacia para convocar, reunir o provocar grandes concentraciones de niños y
madres que nos permitan aplicar “sobre” ellos algunas medidas que sabemos necesarias
y urgentes. Es imprescindible lograr, más allá de esas grandes fiestas de vacunación de los
días domingo, un compromiso consciente de las comunidades y de las organizaciones
sociales.38


La Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud pone énfasis en “la participación
efectiva y concreta de la comunidad en la fijación de prioridades, la toma de decisiones y
la elaboración y puesta en marcha de estrategias de planificación para alcanzar un mejor
nivel de salud...”. Y agrega: “La fuerza motriz de este proceso proviene del poder real de
las comunidades, de la posesión y del control que tengan sobre sus propios empeños y
destinos”.39


El acceso permanente a la información e instrucción sanitaria es condición fundamen-
tal para que las comunidades refuercen su participación y adquieran grados significativos
de control sobre los temas de salud, pero no es la única condición. Es necesario tener
presente que “información” no sinónimo de “comunicación”: la clave está en integrar
modelos y esquemas comunicacionales diversos.


El éxito de la cooperación técnica en la promoción y protección de la
salud depende de la capacidad para fomentar experiencias locales e
individuales, así como experiencias colectivas en el nivel político.
En este sentido, la comunicación juega un rol importante para el
desarrollo de una sociedad, en la democratización de la información
y el conocimiento de la salud. Así como en su posibilidad de in-
fluenciar todas las fuerzas de la comunidad para lograr la definición
de políticas públicas saludables, facilitando los debates comunita-
rios sobre las necesidades y alternativas a aplicar para buscar bien-
estar común.40


Es necesario pensar la Comunicación y Salud como un componente clave en el desa-
rrollo humano. Junto a la acción de los medios masivos (radio, TV, prensa, cine, industria
musical) coexisten modelos y sistemas de comunicación más primarios -no mediados por
la tecnología eléctrica-, que a menudo responden mejor a las necesidades y realidades
específicas de determinadas poblaciones. Los sistemas de comunicación interpersonal -


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con sus modelos dialógicos, participativos, comunitarios-, por ejemplo, abren instancias
de interacción (información y educación) propicias cuando las poblaciones quedan fuera
del circuito de los medios masivos y deben ser entonces motivadas mediante mecanismos
de otra índole, llamados comúnmente “alternativos”.


Hay que tener presente que en muchos casos no sólo la televisión, el cine, la radio, la
prensa y la música popular resultan ajenos o inaccesibles, sino que el propio concepto de
Salud, tal como es definido por la ciencia y los organismos mundiales, ha permanecido
fuera de las realidades de determinadas poblaciones o sectores sociales.


Reforzar la acción de los medios masivos con estrategias de comunicación interper-
sonal a partir de las cuales los individuos re-interpretan los mensajes en función de su
propia visión del mundo y de la vida, es en muchos casos lo ideal; en otros, la necesidad
de formatos y esquemas alternativos a los mass-mediáticos se impone como única
opción viable.


Si la intención de los organismos internacionales y de los agentes
de la Salud y la Comunicación en general es fortalecer la capacidad
de las propias comunidades en el manejo de su salud, se debería
invertir tanto en los asuntos de difusión masiva como en activida-
des comunitarias: comunicación participativa, comunicación hori-
zontal, comunicación dialógica, comunicación comunitaria, comuni-
cación popular o comunicación alternativa. Los resultados de los
programas de comunicación participativa no pueden ser medidos en
el corto plazo porque las evaluaciones tendrían como eje factores
cualitativos, y no solamente cuantitativos.41


La efectividad de las acciones y programas en el terreno de la Comunicación y Salud
depende, en gran medida, de la instalación de una conciencia analítica y crítica sobre la
realidad, y del involucramiento consensual de la población en los asuntos que atañen a su
propia salud. Este proceso requiere de la aplicación de una amplia gama de modelos,
estrategias y tácticas de comunicación, diseñados en función de los rasgos y las realida-
des de los públicos a los apuntan.


La comunicación se ha convertido en la principal vacuna. El desa-
rrollo de la capacidad crítica en los hombres es similar al fortaleci-
miento de las defensas naturales mediante la inyección de un vi-
rus. Ese virus no es otra cosa que información. El organismo hu-
mano aprende a reconocer otros cuerpos extraños y a responder
adecuadamente multiplicando sus defensas. Un hombre que ha
recibido información actúa de una manera parecida pues ha adqui-
rido los instrumentos que le permiten analizar, expresarse y partici-
par. Los periodistas y comunicadores tenemos en nuestras manos
una vacuna que puede salvar muchas vidas y contribuir al equli-
brio entre las necesidades del hombre, el desarrollo y la conserva-
ción de la naturaleza.42




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Notas
1 Everett M. Rogers, “The field of Health Communication Today: An up-to-date Report”, Journal of Health


Communication 1, no. 1 (January-March 1996).
2


“MS Program in Health Communicaction: Curriculum”. En la World Wide Web: wysiwyg://8/http://
www.tufts.edu/med/gpph/HCOM/curriculum.html


3
“Aportes para la Formulación de una Política de Comunicación para la Promoción de la Salud en América


Latina”, La Iniciativa de Comunicación. En la World Wide Web: http//:www.comminit.com/la/lasth/sld-401.hmtl/


4 Gloria A. Coe, “Comunicación y Promoción de la Salud”. En la World Wide Web: http://
www.communica.org/chasqui/coe.htm; se encuentra también en la revista Chasqui No.63 (Quito: Septiembre, 1998).


5 Ibid.


6 Ibid.


7 Oficina Sanitaria Panamericana, Organización Panamericana de la Salud (OPS), “Orientaciones Estratégica
y Programáticas, 1999-2002”. En la World Wide Web: http//165.1.110/spanish/spo99_spa.htm


8 Miguel Sanchez-Gonzalez, “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus
ideales”. En la World Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm


9 Cuarta Conferencia Internacional sobre la Promoción de la Salud, “Declaración de Yakarta sobre la Promo-
ción de la Salud en el Siglo XXI”, Yakarta (Julio 21-25, 1997). En la World Wide Web: http://infomed.uach.cl/
promos/recursos/docs/yakarta.htm


10
Rina Alcalay y Carmen T. Mendoza, “Proyecto COMSALUD: Un estudio comparativo de los mensajes


relacionados con salud en los medios masivos latinoamericanos”, OPS, FELAFACS, BASICS, UNESCO, USAID
(Washington, Octubre 2000) 4-5.


11
Alfonso Gumucio-Dragón, “Comunicación para la Salud: El reto de la participación”. En la World Wide


Web: www.comminit.com/la/lasth/sld-189.html


12
Harold Lasswell, “Estructura y función de la comunicación en la sociedad”, en Sociología de la comunica-


ción de masas II: Estructuras, funciones y efectos, ed. M. de Moragas, (Barcelona: Gustavo Gili, 1986).
13 Miguel Sanchez-Gonzalez, “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus


ideales”. En la World Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm


14
Gloria A. Coe, “Comunicación y Promoción de la Salud”. En la World Wide Web: http://


www.communica.org/chasqui/coe.htm; se encuentra también en revista Chasqui No. 63 (Quito: Septiembre, 1998).
15


Miguel Sanchez-Gonzalez, “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus
ideales”. En la World Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm


16
Carlos Fernández Collado, La Comunicación Humana en el Mundo Contemporáneo, (México: McGraw-


Hill, 2001), 93-119.
17


Gloria A. Coe, “Comunicación y Promoción de la Salud”. En la World Wide Web: http://
www.communica.org/chasqui/coe.htm; se encuentra también en revista Chasqui No. 63 (Quito: Septiembre, 1998).


18
Ibid.


19
Miguel Sanchez-Gonzalez, “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus


ideales”. En la World Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm


20
C. Cluvert y B. Gert. Philosophy in Medicine (New York: Oxford University Press, 1982), citado en Miguel


Sanchez-Gonzalez “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus ideales”. En la World
Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm


21
Miguel Sanchez-Gonzalez, “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus


ideales”. En la World Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm.
22 Ibid.




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23 Primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud, 1986, “Carta de Ottawa para la Promoción
de la Salud”. En la World Wide Web: http//165.158.1.110/spanish/hpp/hppota.htm.


24 Miguel Sanchez-Gonzalez, “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus
ideales”. En la World Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm


25
“Aportes para la Formulación de una Política de Comunicación para la Promoción de la Salud en América


Latina” La Iniciativa de Comunicación. En la en World Wide Web: http://www.comminit.com/la/lasth/sld-401.html/


26 Rina Alcalay y Carmen T. Mendoza, “Proyecto COMSALUD: Un estudio comparativo de los mensajes
relacionados con salud en los medios masivos latinoamericanos”, OPS, FELAFACS, BASICS, UNESCO, USAID
(Washington, Octubre 2000).


27 James Lull, Medios, Comunicación, cultura: Aproximación global. (Argentina: Amorrortu Editores,
1995) 22.


28
“Aportes para la Formulación de una Política de Comunicación para la Promoción de la Salud en América


Latina”, La Iniciativa de Comunicación. En la World Wide Web: http://www.comminit.com/la/lasth/sld-401.html/


29 Miguel Sanchez-Gonzalez, “El concepto de Salud: Análisis de sus contextos, sus presupuestos y sus
ideales”. En la World Wide Web: http://165.158.1.110/spanish/hdp/PRB/gon.htm


30 Ibid.


31 Ibid.


32 Ibid.


33 Preámbulo de la Constitución de la Asamblea Mundial de la Salud, adoptada por la Conferencia Sanitaria
Internacional, New York, 19-22 de junio de 1946; firmada el 22 de julio de 1946 por los representantes de 61 Estados
(Actas oficiales de la Organización Mundial de la Salud, No.2, p.100) y que entró en vigor el 7 de abril de 1948.


34 Primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud, 1986, “Carta de Ottawa para la Promoción
de la Salud”. En la World Wide Web: http//165.158.1.110/spanish/hpp/hppota.htm.


35 Alfonso Gumucio-Dragón, “Comunicación para la Salud: El reto de la participación”. En la World Wide
Web: www.comminit.com/la/lasth/sld-189.html


36 Hernán Málaga Cruz y Helena E. Restrepo, “Promoción de la Salud: Cómo construir vida saludable”. En
la World Wide Web: http://www.col.ops.org/Promocion/promocion2.htm


37 Alfonso Gumucio-Dragón, “Comunicación para la Salud: El reto de la participación”. En la World Wide
Web: www.comminit.com/la/lasth/sld-189.html


38
“Aportes para la Formulación de una Política de Comunicación para la Promoción de la Salud en América


Latina”, La Iniciativa de Comunicación. En la World Wide Web: http://www.comminit.com/la/lasth/sld-401.html/


39 Primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud, 1986, “Carta de Ottawa para la Promoción
de la Salud”. En la World Wide Web: http//165.158.1.110/spanish/hpp/hppota.htm


40
“Aportes para la Formulación de una Política de Comunicación para la Promoción de la Salud en América


Latina”, La Iniciativa de Comunicación. En la World Wide Web, http://www.comminit.com/la/lasth/sld-401.html/


41 Helena E. Restrepo y Alejandro Alfonzo, Prefacio de “Aportes para la Formulación de una Política de
Comunicación para la Promoción de la Salud en América Latina”, La Iniciativa de Comunicación. En la World Wide
Web: http://www.comminit.com/la/lasth/sld-401.html/


42 Alfonso Gumucio-Dragó, “Comunicación, Conservación y Desarrollo Regional: El Rol de los Comunica-
dores en la Formación de Criterios sobre Asuntos Ambientales”. En la World Wide Web: www.comminit.com/la/
lasth/sld-190.html




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COMUNICAÇÃO E SAÚDE PÚBLICA: José Marques de Melo
ALAVANCANDO O DESENVOLVIMENTO




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Comunicação e Saúde Pública: alavancando
odesenvolvimento sustentável


Titular da Cátedra Unesco-Umesp de Comunicação e Coordenador do
Programa de Pós-Graduação em Comunicação Social, da Faculdade de
Comunicação Multimídia da Umesp.


Está enraizado no projeto de atualização histórica do Grupo Comunicacional de São
Bernardo do Campo o interesse pela diálogo acadêmico entre os campos de Comunicação e
Saúde no interior da Universidade Metodista de São Paulo (MARQUES DE MELO, 1999).


Em 1993, a instituição assumiu o compromisso de fortalecer a pesquisa das Ciências da
Comunicação, criando o Curso de Doutorado em Comunicação Social.1 Ao mesmo tempo,
decidiu pleitear uma das cátedras de Comunicação previstas para a América Latina pela
Unesco - Organização das Nações Unidas para Educação, Ciência e Cultura.2


O doutorado foi estruturado durante o ano de 1994, iniciando-se em 1995. A Cátedra
Unesco foi conquistada nessa mesma conjuntura, instalando-se em 1996. Tais aconteci-
mentos foram contemporâneos e explicitamente embasadores da mutação institucional
experimentada pelo Instituto Metodista de Ensino Superior, que culminava a sua trajetória
como federação de escolas superiores, sendo reconhecida como universidade pelo Minis-
tério da Educação.


Ao ser convidado para liderar esses novos projetos, no âmbito da Faculdade de Co-
municação Social, recomendei que a emergente Umesp resgatasse a utopia da comuni-
cação para o desenvolvimento. Sugeri ainda que fosse priorizada a estratégia do desen-
volvimento auto-sustentável, escolhendo-se taticamente um segmento balizador. A in-
tenção era evitar a repetição de iniciativas frustradas no passado recente da América
Latina. Ou seja, projetos de comunicação para o desenvolvimento (nacional, regional ou
local) que fracassaram justamente por sua grande abrangência, tendo em vista a escassez
de recursos públicos.


Por que a opção pelo campo da Saúde e não por outros segmentos do desenvolvimen-
to social?


A principal motivação advém da centralidade ocupada pelas Ciências da Saúde nos
processos de reprodução humana, na melhoria da qualidade de vida e consequentemente
na longevidade das pessoas que tecem a malha da vida cotidiana. Cidadãos sadios, nutri-
dos e felizes podem desencadear mecanismos de desenvolvimento capazes de susten-
tação autônoma, tornando factíveis, estáveis e duradouras as sociedades onde vivem.


Evidências acumuladas internacionalmente robustecem a hipótese de que, quanto
melhor e mais intensa for a comunicação coletiva sobre as questões da saúde pública,
menor será o dispêndio estatal com a rede hospitalar e outros recursos de natureza cura-
tiva. A informação adequada, precisa e eficaz pode desempenhar papel eminentemente
preventivo, racionalizando a contabilidade comunitária. Em contrapartida, a poupança
orçamentária pode ser canalizada para programas de lazer coletivo, preenchendo inteli-
gentemente os momentos de ócio da infância, adolescência ou dos segmentos da terceira-


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idade. Pode também ser empregada na reciclagem dos recursos humanos, habilitando os
trabalhadores em idade produtiva a vislumbrar novas oportunidades ocupacionais. Isso
influirá na geração permanente de fontes de renda, favorecendo a estabilidade sócio-
econômica, construindo o cenário de um futuro promissor.


Assim sendo, encontrei motivação para corresponder a um desafio que me fora lança-
do por três colegas da Escola Latino-Americana de Comunicação: Elizabeth Fox (Usaid),
Juan Braun (Basics) e Luis Ramiro Beltrán (Johns Hopkins University). Tratava-se de
potencializar programas de comunicação para o desenvolvimento da saúde comunitária.
Eles pretendiam encontrar parceiros brasileiros capazes de replicar criativamente as inicia-
tivas que haviam sido testadas em outras sociedades. Tais experiências forneciam indícios
de que era possível reduzir os índices de mortalidade coletiva, incrementando a melhoria
das condições de vida das populações carentes. Para atingir essas metas, recorria-se à
sua mobilização, através da mídia, para o exercício de novos hábitos nutricionais, bem
como para a adoção de posturas inovadoras destinadas a combater preventivamente as
endemias e epidemias.


Ao concluir minha trajetória acadêmica na Escola de Comunicações e Artes da Univer-
sidade de São Paulo, engajei-me, durante o ano de 1993, em trabalhos de consultoria
internacional, seduzido por essa utopia da comunicação para o desenvolvimento social.
Convidado pela Usaid - United States Agency for International Development, participei
de projetos sobre o impacto da mídia na prevenção ao uso de drogas nas cidades de São
Paulo e Fortaleza. Tratava-se de avaliar os resultados de campanhas financiadas por
aquela entidade internacional, através dos Fundos de Solidariedade Social mantidos res-
pectivamente pelos governos dos estados de São Paulo e Ceará.


Tais atividades preencheram meu tempo útil na conjuntura em que decidira aposentar-
me das funções docentes na Universidade de São Paulo. A pretensão de cultivar espaços
de trabalho fora do ambiente universitário mostrou-se pouco duradoura. Não resisti ao
sedutor convite feito pela Umesp, de retornar a seu campus.3


Poucos dias após meu retorno à Universidade Metodista de São Paulo, recebi telefo-
nema de Washington, através do qual a colega Elizabeth Fox me pedia para conceder
entrevista a uma funcionária da OPS - Organização Panamericana de Saúde. Ela tinha uma
proposta concreta: converter a Umesp em parceira privilegiada da OPS para a realização de
um estudo-piloto sobre o uso da mídia na prevenção ás drogas.


No dia 14 de outubro de 1993, concretizou-se a visita da Dra. Glória Coe. Sua missão
era a de negociar um protocolo destinado a testar no Brasil a validade de metodologias
empregadas nos Estados Unidos para a realização de campanhas preventivas de saúde
pública (COMUNICAÇÃO & SOCIEDADE, 1994a, p. 206).


Viabilizado o convênio, constituímos um comitê interdisciplinar de pesquisa, integra-
do pelos comunicólogos José Antonio Daniello e Paulo Rogério Tarsitano e pelas psicó-
logas Marília Martins Vizotto, Mariantonia Chippari, Kátia Damiani e Sonia Marques. Esse
grupo começou a trabalhar em 1994, contando com a consultoria científica do Dr. Lewis
Donohew (Universidade de Kentucky) e a participação do Dr. Alfonso Contreras (Univer-
sidad Complutense de Madrid), realizando uma pesquisa sobre o impacto da televisão em
campanhas de prevenção ao uso de drogas no Brasil urbano (COMUNICAÇÃO & SOCIE-
DADE, 1994b, p. 166).


Os resultados dessa investigação foram publicados pela revista Comunicação &
Sociedade (DANIELLO & DONOHEW, 1995; CONTRERAS, 1995), suscitando o interes-
se dos nossos docentes e pesquisadores pela importância da comunicação massiva nos
programas de promoção da saúde pública e de prevenção das doenças coletivas.


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Tal motivação repercutiu diretamente na plataforma da Cátedra Unesco-Umesp de
Comunicação para o Desenvolvimento Regional. Ao se instalar, em 1996, a Cátedra brasi-
leira fez opção clara pela variável Saúde como requisito para transformar a comunicação
de massa em alavanca essencial ao desenvolvimento das regiões incrustadas no território
nacional.


Para dar contar dessa linha de pesquisa, convidei o colega Isaac Epstein a assumir
uma das diretorias-adjuntas de nossa Cátedra, criando também um grupo de estudos no
âmbito do Doutorado em Comunicação Social da Umesp. Ele fizera incursões prévias
nesse segmento temático, durante o seu período como vice-presidente da Intercom -
Sociedade Brasileira de Estudos Interdisciplinares da Comunicação, coordenando coló-
quios bidisciplinares, reunindo médicos e jornalistas para discutir as implicações contem-
porâneas da medicina homeopática. Correspondendo à minha convocação, ele pronta-
mente dirigiu suas atenções para a incidência da saúde na mídia massiva. Tais obser-
vações científicas logo começaram a dar resultados acadêmicos (EPSTEIN, 1999). E natu-
ralmente sensibilizaram jovens pesquisadores para a geração de conhecimentos novos
nesse espaço da comunicação segmentada.


BORTOLIERO (1999) foi a primeira doutoranda a palmilhar o terreno fronteiriço entre
comunicação e saúde, sob orientação de Wilson da Costa Bueno. Antes dela, porém,
alguns mestrandos já haviam sido motivados para estudar questões de saúde na mídia.
Sob a orientação tanto de Isaac Epstein e de Wilson Bueno quanto de outros docentes,
como Graça Caldas e Gino Giacomini Filho, várias dissertações estão contribuindo para o
acúmulo de evidências a respeito da variável comunicação no desenvolvimento de pro-
gramas de saúde pública (LOVATTO, 1998; MACEDO, 1998; CARVALHO, 2000; SAN-
CHES, 2000; GOMES, 2000; PEREIRA JÚNIOR, 2001).


Foi justamente a existência desse núcleo de pesquisadores jovens, em nosso campus,
que determinou a inclusão de uma Conferência Brasileira sobre Comunicação e Saúde no
calendário anual da Cátedra Unesco-Umesp. Tais eventos, sob a liderança de Isaac Eps-
tein, encorajado pelos doutorandos e mestrandos pesquisando tal recorte investigativo,
começam a ganhar legitimidade acadêmica. Eles suscitaram a participação, não só de
pesquisadores e profissionais das várias regiões brasileiras, mas também de países latino-
americanos.


Durante a I Comsaúde, realizada em 1998, em São Bernardo do Campo (SP), debateu-se
a inserção da saúde pública na agenda midiática. O público inscrito foi estimado em
cinqüenta participantes, composto basicamente por comunicólogos.4 Produziu impacto
negativo, nessa ocasião, o relato da pesquisa continental sobre o espaço ocupado pela
saúde nos meios massivos de comunicação da América Latina.


Para falar sobre a saúde na mídia, pesquisadores do Brasil e de outros países da
América Latina mostraram os resultados da pesquisa intitulada Comsalud5, na qual doze
universidades do continente mapearam jornais de grande circulação, programações de
rádios e televisões para observar o enfoque e destaque dado ao tema. As conclusões
gerais, computadas e apresentadas (...), não foram animadoras: deram conta que o tema
saúde aparece pouco na mídia e quando está presente, não promove comportamentos
saudáveis ou ações de conscientização da população (MACEDO, 1999).


A II Comsaúde (1999) traduziu a estratégia da Cátedra Unesco-Umesp de promover a
interiorização do debate sobre Comunicação e Saúde. Para tanto, realizou parceria com as
Faculdades Integradas de Adamantina (FAI), em cujo campus foi organizada a conferên-
cia. A grande surpresa foi o número de participantes. Inscreveram-se aproximadamente 5
mil pessoas, universo constituído basicamente por estudantes de medicina, odontologia,


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farmácia e nutrição das cidades do noroeste paulista. Concentrou-se ali uma multidão
jovem, curiosa por desvendar as potencialidades dos suportes comunicacionais, espe-
cialmente da mídia digital. Eles aspiravam melhorar o desempenho dos profissionais da
saúde e das autoridades locais na gestão de programas comunitários preventivos.


A Saúde on-line foi objeto de outra mesa. (...) apontaram a posição desfavorável do
Brasil no ranking de expectativa de vida, dez anos mais baixa que na Costa Rica, onde ela
é de 77anos. Nesse cenário a Internet surge como canal de comunicação entre profissio-
nais da saúde e a sociedade. São exemplos o Hospital Virtual e a Fiocruz, que, absorvendo
e difundindo conhecimento na área de saúde, tem visitação massiva, ocupando o Brasil o
sétimo lugar no uso da rede mundial de informação (SANCHES, 1999).


Em Adamantina foi esboçada uma comunidade acadêmica capaz de transitar bidirecio-
nalmente entre os campos de comunicação e saúde. Professores, pesquisadores, estudan-
tes e profissionais, das duas áreas, começaram a engendrar estratégias de mútua coope-
ração. Essa tendência foi reforçada em grande parte pela ação inventiva dos estudantes
do Curso de Comunicação local. Sob a liderança do Prof. Sérgio Barbosa, eles resgataram
a memória do encontro, produzindo jornais e boletins que facilitariam a assimilação dos
conteúdos científicos pelos participantes inscritos.


Desta maneira, foi natural que a Cátedra Unesco-Umesp tenha se rendido aos apelos
dos dirigentes da FAI, especialmente do seu diretor, Gilson João Parisinoto, para realizar
a III Comsaúde (2000) novamente naquela cidade paulista. O comparecimento também foi
expressivo, ultrapassando a faixa dos 2 mil inscritos, com sessões plenárias lotadas pelos
estudantes nos turnos matutino e noturno. Os grupos de estudos vespertinos foram,
contudo, reservados aos debates dos pesquisadores e profissionais, ensejando diálogos
intensos e produtivos.


A grande estrela da III Comsaúde foi o pioneiro da Escola Latino-Americana de Comu-
nicação, Luis Ramiro Beltrán, convidado especialmente pela sua competência no tema
central do evento – “A comunicação e a promoção da saúde”.


Palestrante ilustre, auditório lotado e platéia animada. Este foi o cenário da abertura da
III Conferência Brasileira de Comunicação em Saúde... (...) O conferencista, Prof. Dr. Luis
Ramiro Beltrán, ressaltou a importância da Comunicação em Saúde nos países subdesen-
volvidos e, em especial, o apoio dado à Comunicação em Saúde no Brasil. Dessa forma, o
professor tem esperança que, agindo dessa maneira, o Brasil poderá tornar-se referência
na América Latina.


Na seqüência, Luis Ramiro Beltrán observou que o conceito de saúde proposto pela
Organização Mundial de Saúde - OMS é bem amplo. A saúde deve proporcionar o bem
estar físico, mental e social do indivíduo, afirmou. Nesse processo, segundo Beltrán, a
comunicação é fundamental para atuar na prevenção da saúde, gerando, de forma indis-
pensável, saúde para todos.


Em relação à participação dos comunicadores, Luis Ramiro Beltrán enfatizou que tais
profissionais devem sempre levar em conta a participação popular, a mobilização comuni-
tária, a mobilização social e, ainda, estimular a participação autônoma dos grupos que
compõem a comunidade para resolver os problemas de saúde definidos, em consenso,
pela própria comunidade. Devem também se preocupar em sensibilizar a opinião pública
sobre as grandes questões da saúde, pois é ampla a parcela que o comunicador deve
considerar para definir a estratégia de comunicação.


Por fim, o professor observou que a mais criminosa das doenças é a extrema pobreza.
Assim, as mudanças na área de Saúde devem ser estruturadas por significativas mu-
danças sociais, como uma razoável distribuição de renda (PEREIRA JR., 2000).


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O êxito das três primeiras conferências alentou seus organizadores para dar continui-
dade a essa jornada anual de estudos. A convite dos dirigentes da Faesa - Faculdades
Associadas do Espírito Santo, a IV Comsaúde (2001) será sediada na cidade de Vitória
(ES), no próximo mês de outubro (JBCC, 2001, n. 124). A temática escolhida – “Comuni-
cação para a saúde da família” – corresponde a uma preocupação que se torna hegemôni-
ca em toda a América Latina. Por um lado, continua vigente a idéia de que a mídia pode
contribuir para sensibilizar a opinião pública no sentido de solucionar os problemas da
saúde pública. Mas, por outro lado, surgem evidências de que sua viabilização depende
também das mediações exercidas pelas instituições comunitárias. Especialmente pelos
núcleos familiares, onde se forjam as mudanças de atitudes capazes de melhorar a qualida-
de de vida dos indivíduos, reduzindo-se a mortalidade, incrementando-se a longevidade e
sobretudo disseminando a felicidade coletiva.


A preparação da Conferência de Vitória vai contar com um fator muito importante.
Trata-se justamente do estoque de idéias e conhecimentos acumulado no triênio 1998-
2000. Sua difusão pública está sendo possível graças à iniciativa da FAI - Faculdades
Adamantinenses Integradas, ao reunir em volumes autônomos a memória do encontros
anteriores. Elas serão úteis para dar sentido à Rede Brasileira de Comunicação e Saúde,
cuja institucionalização está sendo proposta para o encontro do Espírito Santo, em outu-
bro de 2001.


A série em três volumes - 1. Mídia e saúde pública, 2. Comunicação e saúde comuni-
tária e 3. Comunicação e a promoção da saúde - tem duplo valor: histórico-documental
e didático-científico. Espera-se que as comunidades acadêmica e profissional dos dois
campos de trabalho – Ciências da Comunicação e Ciências da Saúde – possam fazer
germinar as sementes aqui disseminadas. Deseja-se também que elas frutifiquem, conver-
tendo-se em alavancas factíveis de mudar a fisionomia da nossa sociedade. Somente uma
população saudável, composta por cidadãos comunicativos e participantes, será capaz de
construir essa face humanizante, vislumbrando um panorama humanizador.


Notas
1 Desde 1978, era mantido o Curso de Mestrado em Comunicação Social, cujo prestígio conquistado nacional-


mente justificativa o alcance de um novo patamar acadêmico. Tal iniciativa correspondia ao sonho dos seus dirigentes
no sentido de institucionalizar a vida universitária no campus de Rudge Ramos. Para tanto, eram indispensável
fortalecer a pesquisa e dinamizar a extensão.


2 A Unesco criou, no início da década de 1990, uma Rede Mundial de Cátedras Unesco de Comunicação,
prevendo a implantação de 25 unidades, em diferentes continentes. Para a América Latina foram reservadas, inicial-
mente, quatro cátedras, sendo uma destinada ao Brasil.


3 Minha inserção na história da Umesp divide-se em duas fases: 1975-1985 (quando fui perseguido politica-
mente na USP, durante o regime militar, assumindo o encargo de fundar o Mestrado em Comunicação Social de São
Bernardo do Campo) e 1993-até os dias atuais (quando me aposentei na USP e fui convidado para implantar o
Doutorado em Comunicação Social da instituição). Vide: BRITTES (1996, p. 183-208).


4 Justamente para ampliar a circulação, dentro do campus da Umesp, das idéias disseminadas pelos pesquisa-
dores e profissionais convidados, a Agência Experimental de Jornalismo produziu edições diárias do Jornal da
Comsaúde, sob a liderança das professoras Monica Caprino e Monica Macedo, contando com a participação de outros
jornalistas/mestrandos/doutorandos.


5 Projeto financiado pela Opas - Organização Panamericana de Saúde e pela Unesco - Organização das Nações
Unidas para Educação, Ciência e Cultura, promovido por um pool de universidades capitaneado pela Felafacs -
Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social.


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LA ADOLESCENCIA: LA GRAN AUSENTE Quima Oliver i Ricart
EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN




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La adolescencia: la gran ausente en los
medios de comunicación uruguayos*


Master Estudios Euro-Árabes Universitat de Girona. Licenciada Ciencias de la
Información Universitat Autònoma Barcelona. Periodista, Consultora UNICEF
Uruguay y docente Escuela de Comunicación Universidad ORT Uruguay.


Metodología
Adolescencia y medios de comunicación es un tema que en Uruguay prácticamente no


se ha incursionado. El motivo a primera vista es que no es relevante. Los adolescentes
como grupo social no tienen peso y de ahí se deriva toda una serie de consecuencias que
se constatan en los resultados de un estudio cualitativo realizado por UNICEF.


Ante la falta de documentación y bibliografía específica, el informe se basó esencial-
mente en entrevistas a adolescentes de variados perfiles sociales de Montevideo y de tres
departamentos del interior (Salto, Durazno y Cerro Largo), periodistas de diferentes me-
dios y otros profesionales vinculados al tema.


Paralelamente, se envió un cuestionario a 396 medios de prensa, radio y TV de todo el
país de los cuales sólo contestaron 27. Hubiera resultado mucho más interesante desde el
punto de vista cuantitativo contar con más aportaciones, pero aun así sirvió para tener
indicios de la situación y de cómo se percibe el mundo adolescente desde la órbita mediática.


En estos formularios se les solicitaba que detallaran:
l la oferta destinada a un público adolescente (12-18 años),
l la frecuencia con que se tratan temas vinculados con la adolescencia,
l la imagen de la adolescencia que se difunde a través del medio,
l la existencia o no de adolescentes participando como emisores,
l cómo conciben las preferencias de los adolescentes,
l si consideran que se satisfacen las expectativas de ese público y
l lo que podrían o deberían ofrecerle.
En términos de atención y de consumo de medios surgió la duda de si actualmente en


Uruguay existen una adolescencia homogénea cortada por límites etáreos o varias, más
condicionadas y diversificadas por factores socioeconómicos y culturales. Este relativismo
hace que cambien los hábitos de lectura, las preferencias musicales, la familiaridad con las
nuevas tecnologías y el conocimiento y apego a cierto tipo de programas o publicaciones.


Pero aun así, el enfoque del informe tiende a incorporar al máximo estas diferencias y
dar una visión pluralista para basarse en las características comunes que comparten como
grupo etáreo.


* Este trabajo fue presentado como ponencia en el 3er. Encuentro Internacional Montevideo 2001 y 13° Congreso de
la Federación Latinoamericana de Psiquiatría de la Infancia y Adolescencia (Montevideo, octubre 2001). Se trata de
una síntesis del informe realizado por UNICEF “Adolescencia y medios de comunicación en Uruguay” (febrero 2001).


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El abordaje del tema adolescencia y medios de comunicación se estructura a partir de tres
ejes que sirven de índice para la exposición sucinta de los resultados de la investigación:


1. Los adolescentes como audiencia, es decir, cómo conciben los medios a los
adolescentes y qué les ofrecen como público objetivo.


2. La presencia de la adolescencia en los mensajes mediáticos, con especial hinca-
pié en la delincuencia.


3. Los gustos y el consumo de medios por parte de los adolescentes.
Estas tres áreas, que en principio parecería que se yuxtaponen para formar un todo


armónico y complementario, terminan siendo tres esferas casi inconexas entre sí. Es decir,
lo que ofrecen los medios no responde a las expectativas de los adolescentes y lo que se
transmite a través de los medios no refleja la realidad total del mundo adolescente.


1. Adolescentes como audiencia


Como primer punto, analizando el espectro uruguayo, nos encontramos ante una rea-
lidad mediática con tendencia a aglutinar audiencias y poco contemplativa con los gustos
y necesidades de las minorías. Y centrándonos en los adolescentes, podemos afirmar que
no constituyen un público objetivo para la inmensa mayoría de los medios de comunica-
ción del país. Salvo en contadas excepciones, es un segmento de la población que pasa a
engrosar las filas de otra audiencia más prometedora ya sea la infantil, la juvenil o la adulta
en general.


Los medios condicionan la propuesta comunicacional a lo que puedan ser expectati-
vas de consumo. Y en estos términos, la adolescencia –no digo juventud- no es un tema
que venda, no es rentable. Se constata a través de las entrevistas que los responsables de
los medios escritos no consideran a los adolescentes debido a la falta de independencia
económica. En el caso de los medios audiovisuales, también por su dependencia publici-
taria, prevalece la convicción de que tampoco generan demanda de mercado.


Por otro lado, Uruguay es un país de adultos (71%) donde la población adolescente es
cuantitativamente poco representativa, un 9,07% (de 11 a 17 años incl.). A este límite
demográfico cabría añadir la extendida reticencia social a todo lo que se tizne de un
carácter juvenil e innovador por considerársele desestabilizador del statu quo. Esa carac-
terística gerontocrática también se refleja en los medios.


Visto así, es un punto donde confluyen varios factores que pueden explicar por qué la
adolescencia no es considerada como audiencia: una reducida magnitud de mercado,
poco poder adquisitivo de los adolescentes y falta de riesgo y no probada rentabilidad
por parte de los empresarios.


1.2. ¿Qué ofrecen los medios a los y las adolescentes?
Por las respuestas obtenidas, no existe una clara concepción a la hora de separar lo


que se produce para adolescentes y para jóvenes. Se confunden. Se los suele incluir o
bien como destinatarios de una programación infantil -concursos y juegos- (hasta los 15
años) o bien de productos para jóvenes, sobre todo de carácter musical (que abarcaría de
los 15 hasta los 29 años). Como consecuencia directa de no tener presentes las caracterís-
ticas propias de esa franja etárea, es que tampoco se diseña un tipo de programación
adecuado que responda a sus intereses e inquietudes.


La escasa oferta para adolescentes se encuentra sobre todo en el medio radiofónico y,
en menor grado, en el televisivo y se limita a los géneros de entretenimiento, mientras que


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en la prensa escrita de mayor tirada es prácticamente nula. El problema no es que no
existan hechos o actividades protagonizadas por adolescentes susceptibles de ser noti-
ciosas, sino que no se les da difusión –a excepción de lo delictivo-.


En el ambiguo abanico de programas o artículos considerados por algunos medios
para adolescentes se incluyen los que abordan temáticas y problemas propios de la
adolescencia desde una óptica adulta, ya sean padres, docentes o especialistas. Ni el
lenguaje ni el modo de realizarse corresponden al mundo adolescente. Cuando se constru-
yen noticias se consideran mejores interlocutores los adultos y se habla de los adolescen-
tes como puntos de referencia pero sin proporcionarles un espacio de expresión directa.
Se discute y se teoriza sobre vastos y consagrados temas como el embarazo precoz, la
delincuencia, la deserción escolar, las drogas o el sexo…, pero desde una perspectiva
adultocéntrica y parcializada de la realidad de algunos adolescentes, con la cual no todos
se sienten identificados.


También es verdad que algunos medios no conciben que estos mensajes vayan dirigi-
dos a adolescentes aunque se trate y se analice su realidad. La intervención directa de los
adolescentes resulta también, desde este punto de vista y lógicamente, escasa.


Desde la percepción de los medios se declara que lo que atrae a los adolescentes es la
música, el humor, los deportes además de los temas y problemáticas vinculados a su etapa
vital. En este sentido, entienden que abordando este tipo de aspectos -casi siempre desde
ópticas adultas- cubren la cuota de atención a la adolescencia.


Sin embargo, son conscientes, y así lo han declarado en sus respuestas, de que sus
múltiples propuestas no satisfacen las expectativas de la adolescencia ya sea porque no
existe esa pretensión o porque no logran cubrir ese vacío ni involucrarlos en sus proyec-
tos.


Al ser una etapa de afirmación y con determinada especificidad, hay también un
componente de desconocimiento general y coincide con que tampoco existe una volun-
tad explícita por parte de los responsables de programación de indagar e incurrir en ese
universo adolescente. En general, no hay un planteamiento de cómo abordarlo desde la
plataforma mediática y tampoco hay constancia de que esto sea actualmente una pre-
ocupación.


Para satisfacer esa hipotética demanda adolescente, sólo una minoría piensa que
habría que mejorar lo que ya le brindan. Para el resto, implica tomarla en consideración y
revisar sus propuestas en busca de posibles alternativas aptas para ese tipo de público.


Cuando reconocen que sí hay para ofrecer, las opciones apuntan a darles un espacio
para que participen como emisores, asegurar la difusión de sus ideas y actividades, tratar-
los con honestidad y garantizarles canales de expresión.


1.2.1 Prensa


La prensa en general no tiene en cuenta a los adolescentes. En los principales rotati-
vos del país y en los semanarios no existen secciones específicas para ellos actualmente,
aunque en el pasado hubo algún que otro proyecto.


Una experiencia a rescatar es D+ un suplemento semanal de El País (1995) que se
presentaba como exclusivo para adolescentes y no sobre adolescentes. Lo novedoso de
este proyecto era que les abría una vía de expresión y que se nutría de su opinión para
complementar los temas. Una de sus responsables señalaba que “en contra de lo que se
dice que los adolescentes tienden a no comunicarse más allá del grupo de pares, reac-
cionan muy bien cuando se les plantea una propuesta que perciben auténtica”.


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En otro rango de propuestas, lo más cercanamente apto para adolescentes que se
publica hoy en día serían suplementos de distinta índole que aúnan intereses de determi-
nados sectores. La diferencia es que la perspectiva de la realización es plenamente adulta
y que apuntan a públicos colindantes con la adolescencia.


Varias opiniones periodísticas coinciden en indicar que todo lo que se ha hecho hasta
el momento para adolescentes peca de un espíritu de subestimación y que hay que supe-
rar ese paternalismo para tratar los temas que realmente son de su interés.


1.2.2 Televisión
Los canales de TV uruguayos tampoco producen programas dirigidos específicamen-


te a los y las adolescentes. Aparte de que se nutren de muchas producciones extranjeras,
se los incluye como parte de un publico genérico con la pretensión de satisfacer los
gustos de todas las edades.


Entre algunas iniciativas, se puede rescatar de Caleidoscopio la sección semanal
Espacio joven en la cual se da cabida a adolescentes destacados en alguna actividad.
Curiosamente, según los índices de audiencia, los que menos miran ese programa son los
y las adolescentes.


Sí los atrapan propuestas como Canal X, Noche de miércoles o El show del mediodía,
pero como miembros de una audiencia más amplia. Hay que mencionar también que even-
tualmente se emiten programas periodísticos que incursionan en la temática adolescente
donde los interlocutores son los adultos.


Programas argentinos realizados para adolescentes -como telenovelas- han tenido
muy buena aceptación entre los adolescentes uruguayos. Esto demuestra que, a pesar de
la renuencia de los productores nacionales, hay un público potencial para un tipo de
productos etáreos.


1.2.3 Radio


Quizás debido a la proliferación de emisoras por todo el país y a su especial condición
de medio accesible para los adolescentes, la radio sea el lugar ideal para participar. Hay
múltiples referencias de locutores y noteros adolescentes que trabajan en las secciones
de deportes o iniciativas que los contemplan como audiencia exclusiva, sobre todo en el
interior.


La radio promete variedad pero tiene un elemento que es el anzuelo de la adolescencia:
la música. Muchos de los programas de las emisoras FM, por su perfil musical, son conce-
bidos originariamente para lo que se entiende como ‘jóvenes’ pero a los que los adoles-
centes fácilmente se adhieren.


Fuera del circuito musical, no hay una pauta de programa explícita para adolescentes.
La solución a ese vacío son propuestas de humor absurdo, transgresión e informalidad.
Malos pensamientos de Orlando Petinatti en Océano FM se ha convertido, sin lugar a
dudas, en el espacio estrella y el que aglutina los niveles de máxima audiencia adolescente
(según mediciones de IMUR). A pesar de que tampoco es un programa para adolescentes,
Petinatti dice que se acerca a ellos a través del lenguaje y de la música y que le interesan
como un segmento más de la audiencia a quien dirigirse.


Cabe mencionar también las radios comunitarias como un espacio de participación
activa contundente, sobre todo en el ámbito barrial y local, y que se justificaría por la
dificultad de acceder a los medios masivos de comunicación.


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2. Adolescentes en los mensajes mediáticos
¿Cómo y cúando aparecen los adolescentes en los mensajes de los medios?
La presencia de los adolescentes en los medios como protagonistas se termina una vez


revisada la sección de sucesos y los anuncios publicitarios.
Apoyándonos en lo que afirma el sociólogo Esteban Perroni “La adolescencia es una


categoría problemática, los que se portan bien no tienen espacio en los medios. Tiene
que pasar algo que haga sucumbir el orden establecido para que sean noticia”. Es
práctica común, entonces, que se catalogue a los adolescentes como problema. La causa,
para el periodista Roy Berocay, es un desconocimiento de los medios de lo que realmente
sucede en la calle.


Si los medios son determinantes de la visión social de los adolescentes, en Uruguay
existe una percepción social de violencia e inseguridad ciudadana fomentada por ellos a
través del incremento de difusión de crónicas policiales Hay un flujo informativo perma-
nente desde el ámbito policial que no se da en otros y que se convierte en tema central de
algunos medios. La sección de sucesos de los diarios y noticiarios es, a menudo, una
especie de parte policial con clisés estigmatizados para referirse a los adolescentes infrac-
tores.


En TV, el rating se ha convertido en la gallina de los huevos de oro. Los criterios de
selección, según Nazario Zampallo, cronista policial de Canal 12, pasan a ser uno: lo más
impactante. Y el hecho que el infractor sea menor de 18 años es un elemento que enfatiza
el impacto. “Lamentablemente el rating pasa por el que tenga la información más cruda
y más violenta. En definitiva esto es un negocio. Rige la audiencia y la audiencia quiere
eso”, señalaba.


Sensacionalismo y aumento perceptivo de la delincuencia van de la mano. En opinión
de algunos periodistas, convendría reflexionar acerca del tratamiento ético e informativo
de las crónicas policiales y del impacto que esto tiene en la opinión pública, más allá de
que la infancia y la adolescencia infractora se interprete como un reclamo seguro para
buena parte de la audiencia.


3. Los y las adolescentes eligen
En cuanto al consumo de medios por parte de los adolescentes, varía no sólo por


la edad, sino también por el género, el nivel socio-económico y la actividad desarrolla-
da. De sus opiniones se deduce que existe cierta desconfianza, incredulidad o falta de
interés por todo aquello que provenga del mundo adulto. Por este motivo, la reticen-
cia principal en cuanto a preferencia de medios corresponde a la prensa escrita ya que,
a su entender, es el que más refleja el mundo adulto y responde a los criterios e
intereses de éste.


Por lo general no leen mucho. Tal vez el hecho de no existir publicaciones de calidad
dirigidas a los adolescentes sea una de las causas que explican los bajos índices de lectura
extra-curricular. Una dificultad añadida de los medios gráficos para captar su atención es
que no abundan los comunicadores en el perfil adecuado para interpretar por escrito sus
intereses, y que además implica competir con medios mucho más amenos para ellos como
son los audiovisuales y los electrónicos.


El hábito de leer la prensa se reduce a las secciones de deportes, espectáculos y
titulares en la mayoría de los casos. Consideran aburridos los grandes rotativos y mues-
tran cierto rechazo por la solemnidad, el estilo académico y los productos extensos. Los


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semanarios no existen en su catálogo y sí revistas extranjeras como Gente o Rolling
Stone, según los perfiles. No son para ellos pero tratan muchos temas de su interés. En
consecuencia, su contacto con la actualidad informativa es a través de la TV y, en mucho
menor grado, la radio.


En el interior del país el consumo de medios, sobre todo de prensa y radio, se circuns-
cribe al ámbito local por una cuestión de proximidad y de identificación.


En contraposición a la prensa, la televisión y la radio son considerados como medios
dinámicos aptos para el juego, el humor y la participación. Sus programas preferidos –aun
sin ser exclusivos para ellos- son aquéllos donde o bien los protagonistas son adolescen-
tes o jóvenes o, como mínimo, se maneja un lenguaje y un ritmo informal y desenfadado
(Video Match).


El uso de los medios por parte de los adolescentes responde, entonces, a un interés
lúdico o recreativo, con especial hincapié en la música. No es casual que las emisoras
radiofónicas más escuchadas, como ya apunté, sean las de FM y el programa por excelen-
cia Malos Pensamientos de Orlando Petinatti.


En TV la palma de preferencias se la lleva el cable: MTV -por sus video-clips- y SONY
-por sus series de humor con jóvenes y adolescentes como protagonistas. Es ahí donde
se descubre una tendencia y una búsqueda por identificarse o por sentirse cómplices a
través de la pantalla.


Podemos recurrir a la definición de Teresa Herrera de que “los adolescentes de hoy
son lo que vulgarmente se denomina ‘los hijos de la TV’” y, por eso, están fuertemente
inmersos en la cultura televisiva, entendiendo que no sólo es un elemento socializador,
sino socializante, “ya que resulta muy difícil la integración en el grupo de pares si no se
maneja información proveniente de la TV”.


Otro elemento que los atrae es la participación telefónica y una vía de reciente cuño:
los canales de chat de los programas. Es decir, todo lo que sea participación. Los adoles-
centes escudriñan espacios más allá de los que están dirigidos a ellos. Buscan un lugar
para entrar y encuentran puertas un tanto cerradas.


Si se les plantea cómo sería el programa ideal, la mayoría coincide en señalar que sería
televisivo (radiofónico en segundo lugar y medio escrito sólo en un caso), que incluiría
juegos, música y que se informaría sobre sus actividades. En cuanto al ritmo, debería ser
dinámico y rápido, con sorpresas y mucha dosis de participación. Un programa para
adolescentes debiera ser conducido por adolescentes para así comulgar con los códigos
de lenguaje y forjar la identidad con los pares.


A modo de conclusión
Podría decirse que ni los medios ni los adolescentes se han propuesto increparse


mutuamente. Ninguno le cuestiona al otro, ni hay expectativas de gran magnitud de uno
hacia el otro. Los adolescentes como espectadores se aferran a la oferta que existe, pero
en cuanto se les presenta la oportunidad de expresarse aprovechan para volcarse en ella,
a pesar de la conciencia de no ser tenidos en cuenta.


En oposición al aislamiento y a la marginación de protagonismo a los que le somete un
sistema social eminentemente adulto, es indiscutible que están ansiosos por participar y
reclaman instrumentos eficaces de expresión, opinión, intercambio y canalización de de-
mandas. Sentir un espacio de auténtica acogida, que los refleje y con el que se sientan
identificados. Y éste es un punto que los medios de comunicación del país debieran
anotar en su agenda.


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OTRAS MIRADAS


¿Es necesaria una Política en Ciencia y Tecnología?
Fernando Brum


La Globalización y el Palo Enjabonado
Fernando Brum


Objetividad, subjetividad y otras
contaminaciones de la historia
Roger Geymonat


Reclamando el pasado indígena: la enzeñanza de la
Historia y la construcción de la identidad nacional
Cecilia Mañosa


Dialéctica de la globalización:
la mediación (también) es el mensaje
Gustavo Remedi


La libertad de expresión,
la libertad de prensa y la cultura
Claudio Paolillo


Fotoensayo - Pasiones y demencias
Armando Sartorotti




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¿ES NECESARIA UNA POLÍTICA Fernando Brum
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¿Es necesaria una Política en
Ciencia y Tecnología?*


Ingeniero en computación Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela.
Miembro de la IEEE y de la Academia de Ciencias de Nueva York. Director de
software y promoción internacional en el CCC. Consultor del PNUD. Director Area
de Ingeniería de Software Instituto de Computación Universidad de la
República, Uruguay (19..-19..)


1. Introducción
En primer lugar es necesario analizar la pertinencia del tema. Vale decir, ¿es razonable


pensar en una Política en Ciencia y Tecnología así como se piensa en una Política Agrope-
cuaria, una Política Industrial o una Política Educativa? ¿O quizás los temas de Ciencia y
Tecnología son temas desvinculados entre sí, que no afectan globalmente a la sociedad o
que sólo admiten un tratamiento parcial por parte de sus actores específicos?


Parece claro, al analizar aún superficialmente las modificaciones globales del planeta,
y también las modificaciones en esta sociedad, esta economía y esta cultura, que la temá-
tica de Ciencia y Tecnología afecta fuertemente a todas las sociedades contemporáneas,
siendo capaz de modificar radicalmente economías y patrones culturales enteros.


Parece claro también, al analizar las decisiones en Ciencia y Tecnología –y la estructura
de la toma de decisiones- de muchos países, especialmente de los que han alcanzado impor-
tantes niveles de crecimiento económico en los últimos años, que la temática de Ciencia y
Tecnología existe, que más allá de las especificidades de las Ciencias y de las Tecnologías,
y que más allá de las frontera entre las diferentes disciplinas, existe un conjunto de elemen-
tos comunes que permiten, y que aún hacen necesario un tratamiento global del área.


2. La ausencia de una política en Ciencia y Tecnología
Uruguay no tiene, y nunca ha tenido, una política en Ciencia y Tecnología. Más aún,


la sociedad uruguaya no se ha interesado por esta temática y ninguno de los actores
políticos ha pasado de enunciados generales y manifestaciones de buenas intenciones.


Los actores del área, vale decir los científicos, las empresas vinculadas al sector tecno-
lógico e incluso los consumidores de tecnología, se mueven en marcos legales y de
procedimientos diseñados para otras áreas, muchas veces en forma inconexa y desarticu-
lada. Desde los temas vinculados a la protección de la propiedad intelectual hasta los
procedimientos aduaneros necesarios, por ejemplo, para reintroducir al país un equipo
uruguayo en reparación, en general el conjunto de normas y procedimientos vigentes ha
sido diseñado para otras realidades, lo que conlleva una operativa compleja, mucho más
difícil que la vigente en los países tecnológicos.


Las empresas tecnológicas operan en un mercado que dista mucho de estar conforma-
do por productores y consumidores informados; mientras que los sectores que componen
la investigación científica no cuentan con los recursos necesarios ni con señales que
ayuden a identificar las temáticas de impacto.


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La sociedad uruguaya vive, además, inmersa en el mito de la excelencia de sus recursos
humanos, mito que no ayuda en nada a la evaluación crítica del verdadero nivel de los
profesionales ni a la superación de grandes carencias (que al menos en el área tecnológica
son bastante evidentes).


A todos estos problemas se le deben sumar la falta de capitales de riesgo y el efecto
«made in Uruguay”. Este efecto es fácil de comprender: imagine el lector por un momento
que intenta colocar un producto de alta tecnología uruguayo en el mercado europeo en
competencia con un producto japonés o europeo o norteamericano: se arranca perdiendo
3 a 0 y va a ser muy difícil remontar el partido.


3. La Necesidad de una Política en Ciencia y Tecnología
Los resultados de la ausencia de una política se pueden resumir en una sola frase: no


se ha sido capaz de incorporar tecnología a la oferta de exportación en un mundo global en
el que claramente el valor de los productos y servicios tecnológicos crece muy rápidamen-
te con respecto al valor de los productos y servicios no tecnológicos. Asumiendo que las
tendencias globales son un dato de la realidad –guste o no-, se ve que, o se logra incorpo-
rar tecnología en forma apreciable a la oferta exportadora, o continuará la caída con respec-
to los países más dinámicos. No hay segundos o terceros caminos, y por cierto el camino
de la Ciencia y Tecnología no es fácil ni simple.


La historia reciente muestra que la hipótesis de que “la mano invisible del mercado”
será capaz de sentar las bases de un desarrollo sostenido del sector de Ciencia y Tecnolo-
gía en Uruguay es falsa. Nada indica que se será capaz de entrar en un camino de desarro-
llo sostenido en Ciencia y Tecnología simplemente con el paso del tiempo. Por el contrario,
es necesario elaborar una política y llevarla adelante en forma creativa y eficiente.


La historia de otras realidades muestra que también es falsa la hipótesis de que una
planificación central encargada de la formulación de planes y la asignación de recursos
será capaz de desarrollar el sector.


Habrá pues que inventar, dejar de lado las hipótesis simplificadoras y elaborar, partien-
do de la realidad concreta, un conjunto de medidas que permita el desarrollo del sector, que
aumente los bajísimos niveles de inversión pública y que sea capaz de generar un ámbito
atractivo para la inversión privada.


4. Algunos Peligros
El principal peligro es la subestimación “gruesa” del problema en sus distintas varian-


tes: desde considerar que todo está bien, que no es necesaria ninguna medida; hasta
pensar que con medidas sectoriales que atacan sólo algunos de los problemas de sólo
alguna de las áreas es suficiente.


Otro peligro importante es el balance de prioridades a la hora de asignar recursos y esfuer-
zos. Obviamente el tema de Ciencia y Tecnología no es el único en la agenda del país, sino que
compite con una amplia diversidad de problemas y necesidades. En el punto anterior se preten-
dió mostrar que el balance de prioridades del país debe cambiar en forma notoria para detener
el declive con respecto a las economías más dinámicas. En el mundo actual la inversión en
Ciencia y Tecnología es absolutamente imprescindible, más aún cuando se arranca de atrás.


Un tercer peligro consiste en la subestimación “fina”. En considerar que el tema es
sencillo, que basta con formar un grupo de trabajo “part time”, integrado por científicos y
técnicos más o menos conocidos que rápidamente diagnostiquen el sector y recomienden


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medidas. Hay que reconocer que el tema es difícil, que no alcanzará con los ratos libres de
algunos científicos y técnicos sino que involucra temas legales, regulatorios, temas rela-
cionados con las políticas de inversión, con la educación superior, con las políticas de
compras del estado y hasta con convenios internacionales.


Finalmente, el último peligro que se quiere reseñar es el del cortoplacismo. El problema es
complejo. Como se dijo, se arranca de atrás y los resultados no se verán de un día para otro. Será
necesario diseñar mecanismos de evaluación cuidadosos y flexibles, que ayuden a corregir errores
pero que contemplen los tiempos de los procesos por encima de los tiempos de las ansiedades.


5. Se Puede


Los problemas del sector Ciencia y Tecnología son complejos y no han sido tratados
en forma articulada, pero esto no implica de ninguna forma que sean insolubles.


En primer lugar, varios países que hasta hace unos años estaban completamente fuera
del mapa tecnológico, hoy han logrado insertarse, y consecuentemente, han elevado en
forma sustancial el bienestar de sus poblaciones.


Por otra parte, éxitos parciales de algunas empresas o sectores tecnológicos, junto a un
desempeño de calidad creciente de la comunidad científica nacional, muestran que se han
logrado resultados por encima de lo esperable dados los bajísimos niveles de inversión
(comparados con el PBI, por ejemplo). Es necesario evaluar adecuadamente estos pequeños
síntomas auspiciosos, que si bien muestran que la inversión en Ciencia y Tecnología puede
ser viable y tener un retorno social adecuado, no alcanzan de ninguna forma para avalar la
tesis de “uruguayos campeones” en el campeonato de los recursos humanos.


La globalización está cambiando las reglas de juego a todos los niveles. Esto sin duda
representa un nuevo conjunto de problemas, amenazas y desafíos; pero también un con-
junto de nuevas oportunidades. Más allá de discusiones y evaluaciones, la globalización
es un dato de la realidad. Por cierto plantea nuevos problemas y genera nuevas dificulta-
des, pero por otro lado facilita enormemente el acceso a la comunidad científica internacio-
nal y a nuevas tecnologías. El grado de visibilidad internacional que hoy es posible
alcanzar, aún desde el Uruguay, era absolutamente impensable hace unos pocos años.
Comprender las nuevas reglas, y jugar de acuerdo a ellas es totalmente imperativo si se
quiere construir un proyecto viable.


Por último, se cree más en un enfoque operativo, quizás meramente metodológico, que
en encarar la temática de Ciencia y Tecnología en el marco de discusiones de principios o
ideológicas. Una aproximación posible es enfocar la elaboración y puesta en marcha de
una política en Ciencia y Tecnología como un proyecto de inversión a mediano y largo
plazo. Implica una fase de diagnóstico de la situación actual y de identificación de objeti-
vos globales para el sector. Posteriormente comprende la estimación de la inversión, junto
a la elaboración de un plan director, la asignación de recursos y el comienzo del proyecto.
Un plan con características de herramienta, que junto a las metas de mediano y largo plazo
incluya resultados intermedios medibles, de forma de facilitar una gestión transparente,
capaz de detectar errores y cambios, y generar las medidas correctivas correspondientes.


Nada fácil, y nada nuevo. Nada distinto que lo que hace un empresario al formular un
«business plan» o un investigador al formular un proyecto ambicioso e innovador. En
definitiva lo realmente importante, más allá de matices, énfasis y detalles, es que la discu-
sión sobre Ciencia y Tecnología termine de ingresar definitivamente en la agenda nacional
y que se logren concretar los pasos que pongan al país de una vez en el camino.


* Este artículo fue publicado en la Revista Tres en el año 2000


¿ES NECESARIA UNA POLÍTICA EN CIENCIA Y TECNOLOGÍA?




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LA GLOBALIZACIÓN Y Fernando Brum
EL PALO ENJABONADO




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La Globalización y el Palo Enjabonado


1. Introducción
Hacia fines del siglo XV el mundo cambió radicalmente, pasó de ser un disco que


fatalmente terminaba en un abismo a ser una esfera, pasó a ser redondo. Sin embargo, a
fines del siglo XX se lo continuaba viendo a través de una proyección plana y pensando
en términos de Este-Oeste o Norte-Sur. El mundo global que se está viendo nacer, con
Japón en el Oeste y Nueva Zelanda en el Norte, invalida la visión del siglo XX, por lo que
hace falta construir una nueva y simplificadora. Este artículo propone un modelo que
puede ser útil a los efectos de operar en el mundo global.


2. Dos niveles


Se propone un modelo de dos capas. Una conformada por los países tecnológicos y
bolsones tecnológicos de otros países (como el sector de alta tecnología de la India) y
otra conformada por el resto. Teniendo presente que la realidad es más compleja que
cualquier teoría simplificadora, se tratará de mostrar la utilidad del modelo.


La capa tecnológica es la que presentan los libros y revistas de divulgación en Ciencia
y Tecnología, es la capa de Internet, de la biotecnología, del capital de riesgo, de la
abolición de las distancias. La capa no tecnológica y su relación con la capa tecnológica
es la que interesa a los efectos del modelo.


Desde el punto de vista de la conectividad e integración económica, ambas capas
tienen diferencias enormes. Mientras que la tecnológica está fuertemente conectada e
integrada -es fácil viajar, comunicarse y desarrollar emprendimientos conjuntos entre en-
tidades de diferentes países-, la no tecnológica está fuertemente desintegrada. Es difícil
viajar, es difícil comunicarse y es enormemente difícil la cooperación entre entidades de
diferentes países.


El palo enjabonado es el elemento que vincula ambas capas. La capa tecnológica
puede verse como un plano apoyado en palos enjabonados que se apoyan sobre el plano
no tecnológico.


Es intuitivo percibir a la capa tecnológica como “la de arriba” y a la no tecnológica
como “la de abajo”, y es claro que a los de arriba les va mejor que a los de abajo. Ahora
bien, es necesario fundamentar porqué el elemento de nexo usado en el modelo es el palo
enjabonado.


El palo enjabonado tiene las siguientes propiedades:
l Pasar bienes, servicios y cultura de arriba hacia abajo es muy fácil. Basta con dejar


los deslizar por el palo.
l Pasar esos elementos de abajo arriba es muy difícil, resbalarán por el palo y volverán


a caer, a menos que se diseñen ingeniosos mecanismos o que alguna entidad de la
capa de arriba le tire un cabo a los abajo.


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l Bajar por el palo es muy simple aunque innecesario, ya que es fácil comprobar que
siempre hay sectores de abajo ávidos por instalarse al pie de palo para recibir los
bienes y servicios de la capa tecnológica.


l Subir por el palo es muy difícil, se resbala y se vuelve a caer, y hasta se puede tener
la mala suerte o la imprevisión de elegir un palo fuertemente custodiado al que se le
hace mantenimiento del jabón con mucha frecuencia.


3. La conectividad abajo-abajo
La capa de abajo no está conectada desde el punto de vista tecnológico. Vender


tecnología uruguaya en competencia con cualquier tecnología “de arriba” en un país
de abajo – incluyendo el Mercosur y el resto de América Latina - es extremadamente
difícil. Más aún, vender tecnología uruguaya en el Uruguay en competencia con tec-
nología “de arriba” también es extremadamente difícil. Lo mismo vale para acuerdos de
investigación conjunta: es muy probable que un Instituto de investigación de cual-
quier país latinoamericano prefiera un acuerdo con una entidad “de arriba” en lugar de
un acuerdo con otro Instituto latinoamericano. Una cosa es publicar en una revista
arbitrada internacional y otra es hacerlo en una regional. Lo mismo vale para servicios
de asesoramiento y consultoría.


La manera de colocar los productos tecnológicos nacionales es entonces pasar por la
capa de arriba: para vender un producto tecnológico en Uruguay o Argentina – para
hablar de dos países bien cercanos - ayuda mucho tener la marca CE, (certificación de la
Unión Europea). Para lograr un convenio de investigación conjunta, ayuda mucho que
sea multicéntrico y que incluya alguna entidad europea o norteamericana. Para vender
servicios de consultoría, es más fácil si se logra una alianza con una consultora internacio-
nal y se la prese con su nombre.


La solución entonces es simple pero muy difícil de implementar. Para vender software
altamente sofisticado a una empresa estatal uruguaya quizás la mejor ruta sea pasando
por Ottawa; para vender dispositivos electrónicos en la Argentina hay que obtener la
certificación europea; para vender equipamiento a Rusia la ruta es Chicago; un proyecto
de investigación en el que participen institutos uruguayos tendrá más posibilidades si
logra el paraguas de la CYTED (Unión Europea), una empresa consultora local tendrá más
éxito en la región asociándose con una trasnacional y utilizando su marketing.


4. La conectividad abajo-arriba
La conectividad arriba-abajo es muy simple y no presenta mayor interés, pero la co-


nectividad hacia arriba no es nada fácil. Se trata en última instancia de trepar por el palo
enjabonado.


En primer lugar hace falta elegir bien el palo. Algunas áreas tienen más palos que otras,
y algunos palos están más enjabonados que otros, sea por la dificultad en encontrar
interlocutores válidos e interesados en lo que se pueda hacer, sea por la dificultad intrín-
seca del área desde el punto de vista de la tecnología, o por capital inicial necesario para
el emprendimiento.


Posteriormente es necesario subir por el palo, con los consiguientes resbalones y
golpes que esto conlleva y visitar la capa de arriba con ojos de productor y no de consu-
midor. Los ojos de productor son ojos orientados a las herramientas y a los procesos
mucho más que a los productos finales. Hay que aprender los cómo, cómo se produce (en


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todos los ámbitos), cómo se certifica, cómo se publicita, cómo se lleva el producto al
mercado. Es sin duda muy difícil aprender todos los cómo, y además muchos de ellos
requieren enormes inversiones.


En el modelo, se trata de adquirir la tecnología y las habilidades para desenjabonar el
palo, si es posible hacer unas muescas que faciliten la subida, y con el tiempo y la expe-
riencia lograr fabricar una escalera. Un final feliz, como el de Nokia en Finlandia, o como la
industria automotriz coreana es lograr construir un terreno en la capa de arriba, por su-
puesto que apoyado en los consiguientes palos enjabonados.


Como los finales inmensamente felices son muy poco frecuentes, se apunta a un éxito
a secas. Un éxito a secas consiste en lograr socios en la capa de arriba que por supuesto
hagan su negocio, pero que ayuden a seguir trabajando en Ciencia y Tecnología, permitan
colocar y mostrar los productos nacionales en los mercados, y permitan en definitiva
ampliar la pequeña base científica y tecnológica en tanto productores y no como meros
consumidores.


Más allá de lo ilustrativa que resulte la analogía con el palo enjabonado, del modelo se
extraen dos conclusiones fuertes:


5. La inversión en mayor conectividad abajo-abajo no es rentable
En el mundo que se presenta no hay caminos entre dos regiones de la capa de abajo.


Todos los caminos pasan por la capa de arriba, y no hay modo de eludir los palos enjabo-
nados.


Para esto hay razones culturales: existe la costumbre de consumir ciencia y tec-
nología de ciertos orígenes y, aunque sin duda es muy injusto, se sospecha frente a
un producto que proviene de otro lugar. Irlanda es unos de los principales exporta-
dores de software del mundo, pero hasta hace muy poco se compraba software
irlandés sin la etiqueta “Made in Ireland”. Los irlandeses encontraron sus socios
que se encargan de colocar sus productos en el mercado sin provocar ansiedad en
los consumidores.


Hay razones financieras. La inversión necesaria para colocar un producto en un merca-
do es muchas veces mucho mayor que la inversión necesaria para la producción. Los
“costos de ventas” de muchas grandes empresas son mayores que la inversión en Inves-
tigación y Desarrollo.


No se está acostumbrado y no se sabe evaluar objetivamente la adecuación de un
producto o servicio a las necesidades del Uruguay. No se mide ni se hacen pruebas, en
lugar de evaluar un producto o servicio se prefiere evaluar su origen. Por ejemplo: Argen-
tina acepta algunos productos con la marca CE de la Unión Europea, pero si se desea
certificar el producto de acuerdo a las normas argentinas se ve que el procedimiento
argentino es mucho más largo, mucho más caro y de resultados mucho más inciertos que
el europeo. Además, la certificación argentina sólo es aceptada allí, mientras que la euro-
pea es aceptada en muchas partes. Por lo tanto, el camino Montevideo – Buenos Aires
pasa necesariamente por Europa.


Hay un ejemplo más cercano. Los procedimientos de compras de las empresas estata-
les han sido diseñados para minimizar los riesgos (no es una crítica sino una mera consta-
tación), lo que lleva a que muchas veces en los pliegos de licitación se pidan antecedentes
y carteras de clientes inalcanzables por empresas locales. Esto hace que el camino Monte-
video – Montevideo termine pasando quizás por el Canadá. Una política en Ciencia y
Tecnología debiera evaluar esta situación y tomar una decisión explícita. Aún el manteni-


LA GLOBALIZACIÓN Y EL PALO ENJABONADO




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miento de la decisión actual ayudaría a las empresas locales, ya que contarían con mayor
información y apuntarían sus baterías a conseguir socios en la capa de arriba sin gastar
esfuerzos en el mercado local.


6. La inversión en mayor conectividad abajo-arriba es el camino
Esta inversión se resume en dos conceptos: Certificación y Cooperación.
La certificación implica la evaluación objetiva, en lo posible por una entidad de la capa


de arriba, de los productos y procesos nacionales. Tapar el “made in Uruguay”, que en los
mercados tecnológicos es una desventaja, con los certificados ISO 9000, marca CE, eva-
luado por la empresa tal o cual. Este camino no es barato, porque para certificarse hace
falta invertir tanto en la certificación en sí como en adoptar las medidas que la certificación
exige. Incluso al experimentar este proceso se detectan carencias en los productos, las
empresas y aún en los recursos humanos disponibles en el medio (por ejemplo personal
capacitado para escribir manuales técnicos).


La cooperación pasa por conseguir socios idóneos que, sin descuidar sus objetivos
principales y muchas veces logrando mayores ganancias que la propia empresa producto-
ra, ayuden a colocar los productos en el mercado (quizás con su marca) y lo que es más
importante aún, ayuden en el proceso de aprendizaje de las reglas de juego de este mundo
global.


El mundo global es nuevo y no se ha sido formado para operar en él. Sin embargo es
posible aprender las reglas, y con mucho esfuerzo, autocrítica y modestia, desenjabonar
algunos palos y eventualmente lograr subir.


FERNANDO BRUM




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CONTAMINACIONES DE LA HISTORIA Roger Geymonat




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Objetividad, subjetividad y otras
contaminaciones de la historia


Profesor de Historia egresado del Instituto de Profesores «Artigas».
Investigador. Docente Escuela de Comunicación Universidad ORT Uruguay. Ha
publicado El Templo y la escuela. Los valdenses en el Uruguay, Cal y Canto, 1994;
La búsqueda de lo maravilloso: San Cono y otras devociones populares, Cal y
Canto, 1996; La secularización uruguaya. I. Catolicismo y privatización de lo
religioso, Taurus, 1997 (1er Premio del MEC en obras históricas); Los uruguayos
del Centenario (obra colectiva), Taurus, 2000.


«De todo lo que se hizo en el pasado, coméis el fruto,
bien sea podrido o maduro»


T.S. Elliot, Coros de la Piedra


Todos los años, cuando comienza el curso de «Historia y Sistema Político Internacio-
nal Contemporáneo» de la carrera de Comunicación, se ha tratado de explicar a los estu-
diantes algunos principios básicos que rigen la labor del historiador y que, en alguna
medida, también pueden ser trasladados a la tarea de todas las ciencias sociales. Quizás
uno de los más complejos sea el de la «objetividad» en la Historia. Quienes hacen Historia
-más aún, todos los que se dedican a las «ciencias humanas»- deben reflexionar profunda-
mente sobre estos aspectos. Se parte de la base de que esta, que es una obsesión perso-
nal, es además un punto compartido con todos aquellos que se dedican a este -y pareci-
dos- oficio. Por último, de más está decir que no es esto un «recetario» ni pretende
pontificar sobre tema tan complejo. La intención es mucho más sencilla: realizar un orde-
namiento y una revisión bibliográfica sobre el asunto.


Durante muchos años, historiadores y filósofos han estado preocupados y hasta
obsesionados con el tema de la objetividad del conocimiento histórico. Hoy, sin embargo,
parece ser una opinión unánime la idea de que la «objetividad pura» es una ficción. Ya en
1955, Paul Ricoeur1 insistía en este punto, afirmando que la propia existencia del sujeto
cognoscente, esto es, del historiador, introducía un elemento subjetivo inevitable. Adam
Schaff, en una línea complementaria, no dudaba en sostener que «el factor subjetivo
está introducido en el conocimiento histórico por el mismo hecho de la existencia del
sujeto cognoscente»2 .


Es que ya parece evidente que sin historiador no hay Historia, aunque se debe recono-
cer que tal afirmación puede tener connotaciones abusivas. Los historiadores del siglo
XIX, liberales y/o positivistas, consideraban que «hacer Historia» consistía en recopilar
la mayor cantidad posible de «hechos». A partir de una minuciosa y monumental recopi-
lación, manteniendo una estricta ajenidad del historiador, se lograba la tan mentada obje-
tividad y la Historia podía ser admitida en el sacrosanto panteón de las Ciencias.


No obstante, lo que no admitían era que la misma búsqueda implicaba seleccionar, elegir,
descartar, analizar, y por lo tanto, introducir un elemento subjetivo. Como ha señalado Ed-


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ward Carr, «los hechos no se parecen realmente en nada a los pescados en el mostrador de
la pescadería». Por el contrario, «se asemejan a los peces que nadan en un océano anchuro-
so y aún a veces inaccesible», y por lo tanto, «lo que el historiador pesque dependerá en
parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar y del aparejo que
haya elegido, determinados desde luego ambos factores por la clase de peces que pretenda
atrapar». Y todo ello, porque «historiar significa interpretar»3 .


Sin embargo, Carr advertía que esto para nada significaba aceptar «que todas las
interpretaciones sean igualmente válidas y que en principio los hechos de la historia no
sean susceptibles de una interpretación objetiva». En líneas generales, la historia ha
navegado entre dos «ideas-fuerza»: aquella que sostiene que el hecho tiene prioridad
sobre la interpretación y aquella que cree que la historia es producto exclusivo de la mente
del historiador, «quien fija los hechos históricos y los domina merced al proceso interpre-
tativo»4 . Cualquiera de las dos ha tenido y tiene cultores; tanto una como la otra han
contribuido muchas veces a encorsetar y deformar el conocimiento histórico.


Respecto a la segunda de esas «ideas-fuerza», Hobsbawm ha considerado necesario
alertar sobre algunas tendencias historiográficas actuales que califica de «relativistas» -y
que adjudica, en alguna medida, a «modas» posmodernas-, y por ello ha insistido en que «es
esencial que los historiadores defiendan el fundamento de su disciplina: la supremacía de
los datos. Si sus textos son ficticios, y lo son en cierto sentido, pues son composiciones
literarias, la materia prima de estas ficciones son hechos verificables». Y pone un ejemplo
concluyente: «La existencia o inexistencia de los hornos de gas de los nazis puede determi-
narse atendiendo a los datos. Porque se ha determinado que existieron, quienes niegan su
existencia no escriben historia, con independencia de las técnicas narrativas que empleen»5 .


Quienes conocen la obra de Hobsbawm saben, sin embargo, que estas consideraciones
del gran historiador británico no implican en absoluto que él se afilie a la primera «idea-
fuerza» que se menciona más arriba: quien haya leído «La era del Imperio» o la «Historia del
Siglo XX», por solo nombrar dos de sus obras más recientes, sabe la importancia que para
Hobsbawm tiene la interpretación en la Historia. Por el contrario, sus preocupaciones pasan
por las interpretaciones «impertinentes» de algunos pseudo-historiadores y por el uso que
desde la política, desde el poder, se hace de la Historia. Por ello siempre le ha resultado
imprescindible reafirmar las responsabilidades públicas del verdadero historiador, recordan-
do que «los historiadores profesionales son los principales productores de materia prima
que se transforma en propaganda y mitología... Las cosechas que cultivamos en nuestros
campos pueden acabar convertidas en alguna versión del opio del pueblo»6 .


Como ya se ha señalado, cualquiera de las dos posiciones planteadas más arriba conlleva
peligrosas aplicaciones. Con la primera, se podría construir UNA historia y no admitir las variacio-
nes ni las interpretaciones; con la segunda, se podrían adaptar los hechos a un marco interpreta-
tivo único, procurando justificar este último con aquellos. El condicional «podría», en este caso,
está de más pues tanto uno como otro de estos extremos se han llevado a la práctica.


Nadie duda que afirmar que hacer historia sin apegarse a los acontecimientos es un
absurdo científico. Lo que sí no parece discutible es que los hechos, sin el historiador, están
muertos. Es el historiador quien les da vida, con sus inquietudes, sus preguntas, sus bús-
quedas incesantes. Toda la «nueva historia», desde la Escuela de los Annales, ha coincidi-
do, aun con variaciones, en este punto. Así, por ejemplo, para Lucien Febvre, la función
social de la Historia era «organizar el pasado en función del presente», y por eso, el historia-
dor «sólo en función de la vida interroga a la muerte»7 . Y Fernand Braudel apelaba a la
siguiente imagen para ilustrar el punto: «Conservo el recuerdo de una noche, cerca de Bahía,
en que me encontré envuelto por un fuego de artificio de luciérnagas fosforescentes; sus


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pálidas luces resplandecían, se apagaban, refulgían de nuevo, sin por ello horadar la noche
con verdaderas claridades. Igual ocurre con los acontecimientos: más allá de su resplandor,
la oscuridad permanece victoriosa»8 . La tarea de la historia y de los historiadores es la de
tratar de lograr vencer esa natural oscuridad de los procesos históricos.


Considerar que los hechos son únicos y sagrados y que existe un gran corpus pre-
existente y que la tarea del historiador es sólo la de recopilarlos, implicaría admitir que una
vez escrita -o mejor dicho, recopilados los acontecimientos- la «historia» de la Revolución
Francesa o del proceso artiguista o del tema que se quiera, ya no existiría la posibilidad de
escribir o reescribir otra. Habría UNA sola Historia. Así, por ejemplo, el monumental «Ar-
chivo Artigas» sería la ÚNICA historia del artiguismo. Este extremo, además de ser indis-
cutiblemente a-científico, es en esencia peligroso y muchos ejemplos conocemos en este
siglo de «historias oficiales». Lamentablemente, quizás no desde la Historia pero sí desde
otras áreas -en especial, la política-, parece todavía creerse en estas visiones9 .


Foucault ya advertía de los peligros para las ciencias humanas del «documento-monu-
mento»10 . Desde la Historia, Jacques Le Goff también ha insistido en que «los hechos son
mucho menos sagrados de lo que se cree» y que, además, no constituyen «la base esen-
cial de la objetividad» del conocimiento histórico. Y ello, por dos razones: por un lado,
porque «los hechos históricos son construidos y no dados»11 , y por otro, «porque en la
historia la objetividad no significa mera sumisión a los hechos»12 , aunque tal aspecto sea,
en alguna medida, imprescindible.


Ahora bien, todas estas consideraciones no implican desconocer la importancia de los
hechos históricos y del conocimiento cabal y exhaustivo que el historiador debe tener de los
acontecimientos que está investigando. Cuantos más y más complejos reconozca, más
valioso puede ser su aporte. Pero eso, como señala Carr, no debe ser evaluado como una
virtud, sino como una obligación, una especie de deber ético. Se ha dicho que el historiador
tiene que conocer los hechos como el arquitecto tiene que saber como se hace un ladrillo.
Pero ni el historiador va a ser elogiado por conocer bien los hechos del tema que está
investigando, ni el arquitecto por saber los materiales con que está construyendo. El histo-
riador y los hechos interactuan: uno no es nada sin el otro. Carr sostenía que sin «sus
hechos, el historiador carece de raíces y es huero; y los hechos sin el historiador, muertos y
faltos de sentido». Por ello, definía la Historia como «un proceso continuo de interacción
entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado»13 .


Pero, entonces, ¿no es posible la objetividad del conocimiento histórico?; ¿la interac-
ción historiador-acontecimientos implica siempre un marco de subjetividad?; ¿la existen-
cia del «sujeto cognoscente» conlleva la introducción de un elemento subjetivo insosla-
yable? Desde un punto de vista estrictamente esencial, la primera respuesta a estas inte-
rrogantes debe ser afirmativa. No obstante, todo depende de lo que entienda como «obje-
tividad» del conocimiento histórico.


Al respecto, Paul Ricoeur diferenciaba dos tipos de «subjetividad»: aquella que deri-
vaba del papel que desempeñaba el historiador en la construcción de la Historia en tanto
sujeto cognoscente, y que es inevitable; y otra que era producto de fuentes extracientífi-
cas, tales como los prejuicios, animosidades, simpatías y a prioris del investigador respec-
to a su objeto de estudio. En el primer caso, hablaba de subjetividad «buena» para contra-
ponerla a la subjetividad «mala». La primera resultaba imposible de eliminar; la segunda,
es de la cual el historiador debe ser consciente para evitarla. Por ello, Ricoeur concluía:
«En principio la objetividad se nos presentaba como la intención científica de la historia;
ahora señala la diferencia entre una buena y una mala subjetividad del historiador; la
definición de la objetividad de ‘lógica’ se ha convertido en ‘ética’»14 .


OBJETIVIDAD, SUBJETIVIDAD Y OTRAS CONTAMINACIONES DE LA HISTORIA




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Por todo esto, pensar en la posibilidad de eliminar el papel activo del sujeto «historia-
dor» en la construcción del proceso histórico resulta quimérico. Schaff señalaba que
pretender tal extremo transformaría ese conocimiento en «ahumano o sobrehumano».
Pero tanto Ricoeur como Schaff o como Le Goff, por solo citar a tres autores a los que
hemos estado aludiendo, han coincidido en que «la objetividad histórica se construye
poco a poco a través de revisiones incesantes del trabajo histórico, las laboriosas rectifi-
caciones sucesivas, la acumulación de verdades parciales»15 .


Sobre este punto resultan clarificadoras las apreciaciones del historiador polaco Bobr-
zynski, que se transcriben en extenso: «La posición del historiador puede y debe ser
científica, puede ser elevada, incluso cada vez más, pero siempre será una posición, un
punto de vista. Su sucesor, que se situará en una posición aún más elevada, tendrá un
horizonte más amplio, emitirá un juicio más imparcial y más fundado, pero, a su vez,
encontrará a alguien que lo sobrepasará. El historiador que tendiera a lo imposible, es
decir, que deseara ser absolutamente imparcial y no adoptara posición alguna, se parece-
ría al hombre que vaga por un bosque, golpea los árboles, los toca, huele su aroma,
contempla los troncos y las raíces, pero no consigue captar una cosa, el bosque mismo.


«Lo que denominamos la imparcialidad del historiador, en el sentido positivo y favorable
del término, lo constituyen sólo los esfuerzos que despliega para guardar las distancias, en sus
juicios, con respecto a fines ajenos a la verdad histórica, extraños a su convicción científica...Esta
obligación es la más penosa...Así, lo que hemos definido como la imparcialidad del historiador
es únicamente su tentativa sincera, coronada con mayor o menor éxito. Un saber profundo, un
buen método de estudio y un trabajo perseverante ayudan al historiador en esa tentativa, pero
su éxito nunca será completo, porque el historiador es siempre un hombre»16 .


¡Pero no es necesario recurrir a historiadores extranjeros para observar estas preocu-
paciones! Al respecto, se transcriben algunas consideraciones que sobre este asunto de
la «objetividad, la subjetividad y otras contaminaciones» realizó hace algunos años el
historiador uruguayo José Pedro Barrán. En el marco de una larga entrevista que el autor
le realizara, Barrán comenzó a revelar parte de sus obsesiones, que son las de todos los
que quieren el oficio. Al respecto de estos temas, afirmaba:


«No me cabe duda que una historia totalmente objetiva es sólo una ilusión. El historia-
dor, como ser de su tiempo, no puede evadirse de él. En alguna medida, eso siempre lo
condiciona. Lo condiciona su cultura, su género, su pertenencia a un grupo o clase social,
y le cuesta comprender lo que está fuera de esa cultura, de esa clase, de ese género. Pero
estas limitaciones pueden ser utilizadas de tal manera que enriquezcan el análisis. Porque
si el historiador está condicionado por la pertenencia a un grupo, cultura o género, de
alguna manera la lectura de otros le pueden hacer comprender que su propia visión es
limitada...Pero una cosa son esas limitantes, de las que hay que ser muy consciente, y otra
cosa es utilizar o hacer historia políticamente ideologizada, porque de esa forma la com-
prensión de la realidad es prácticamente imposible...»


«Por supuesto que el historiador no es neutro, e influye cuando está estudiando al
otro, pero en realidad debería utilizar a ese otro para estudiarse a sí mismo. La clave del
estudio de los demás, la utilidad -o la aparente utilidad- del estudio de los demás estaría en
que permite, a través de la comparación, advertir las características de tu propia época, de
tu propia cultura. Esto es sólo posible mirando al «otro». No identificándose con el «otro»;
identificándose no se logra absolutamente nada más que, como lo dice la propia palabra,
no poder ver. Es rechazándose un poco a uno mismo que se puede ver al «otro», y valorar
las características y la legitimidad que ese «otro» tiene, entenderlo y a la vez entenderse
como cultura y sociedad en funcionamiento...»


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«El primer pecado que comete el historiador, y del cual debe alejarse porque es el que
más lo cerca, el que más lo puede confundir, es el del anacronismo, esto es, el de asignarle
a la otra época, al «otro», sus propios intereses, su propia visión del mundo. Como histo-
riador, debe advertir claramente de entrada que no se enfrenta, al estudiar otra época, a
una manera diversa de ser él mismo, sino que se está enfrentando ante otra cosa, ante otro
ser, ante otra cultura, con sus propios esquemas de funcionamiento, de mentalidades, de
sentimientos, que NO es el suyo»17 .


Por último, si bien las consideraciones que hemos ido desgranando apuntan a las
tareas y las funciones de la Historia, parece evidente que pueden ser trasladadas a la labor
de todos aquellos intelectuales verdaderamente comprometidos con su tiempo. La bús-
queda de la objetividad como un compromiso no solo científico sino ético, la lucha perma-
nente contra los prejuicios y las imposiciones de una «verdad oficial», el asumir posicio-
nes críticas y autocríticas para crear una cultura que desentrañe y acepte al «otro» en toda
su alteridad, no son, sin duda, tareas exclusivas de la Historia ni de los historiadores.


Por suerte, ya se ha superado la época de los «exclusivismos» y de la concepción de
la Historia como «madre» de todas las ciencias. La tarea es, por tanto amplia y múltiple,
porque todavía hay


«mucho que derruir, mucho que edificar, mucho que restaurar;
que no se retarde el trabajo, que el tiempo y el brazo no se desperdicien;
sáquese el barro del pozo, corte la sierra la piedra,
no se extinga el fuego en la fragua»


T.S. Elliot, Coros de la Piedra


OBJETIVIDAD, SUBJETIVIDAD Y OTRAS CONTAMINACIONES DE LA HISTORIA


Notas
1 Paul Ricoeur, Histoire et veritè (París, 1955, trad. española, Barcelona: Ed. Encuentros, 1990).


2 Adam Schaff, Historia y verdad, 2da ed. (Barcelona: Ed. Crítica, 1983), 338.


3 Edward H. Carr, ¿Qué es la Historia?, 9a ed. (Barcelona: Seix Barral, 1979), 31-32.


4 Ibid., 36 y 39.


5 Eric Hobsbawm, «La Historia de la identidad no es suficiente», en Sobre la Historia (Barcelona: Críti-
ca,1998) 271.




6 Ibid., 275.


7 Lucien Febvre, «Hacia otra historia», en Combates por la Historia (Barcelona: Ed. Planeta-Agostini, 1993),
219 y ss. (1era ed. en francés: 1949).




8 Fernand Braudel, «Las responsabilidades de la historia», en La Historia y las Ciencias Sociales, 4a ed.
(Madrid: Alianza,1979), 27.


9 Específicamente, me remito en este aspecto a intentos, por suerte no logrados, de transformar a Artigas en un
«símbolo patrio», y por lo tanto acotar las interpretaciones y revisiones sobre el proceso artiguista, o a las
consideraciones que en torno al artiguismo se hicieron por parte de algunos actores políticos a raíz del tratamiento del
tema en un manual escolar, discusión en la que nos vimos involuntariamente involucrados.




10 Véase, por ejemplo, las consideraciones de Foucault acerca de la Historia en Las palabras y las cosas, 22ª
ed. (México: Siglo XXI, 1993, o en La arqueología del saber, 18ª ed. (México: Siglo XXI, 1997).




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Bibliografía
Las fechas que se indican son la de la edición utilizada para este trabajo


Bloch, Marc. Introducción a la Historia. México: Fondo de Cultura Económica, 1978.


Braudel, Fernand. La Historia y las ciencias sociales. Madrid: Alianza, 1979.


Cardoso, C. y H. Pérez Brignoli. Los métodos de la Historia. Barcelona: Crítica, 1977.


Carr, Edward H. ¿Qué es la Historia? Barcelona: Seix Barral, 1979.


Febvre, Lucien. Combates por la Historia. Barcelona: Planeta-Agostini, 1993.


Hobsbawm, Eric. Sobre la Historia. Barcelona: Crítica, 1998.


Le Goff, Jacques. Pensar la Historia. Barcelona: Altaya, 1995.


Le Goff, J., y P. Nora, dirs. 3 vols. Hacer la Historia. Barcelona: Laia, 1985.


Le Goff, J., R. Chartier, y J. Revel, dirs. La nueva Historia. Bilbao: Mensajero, 1988.


Ricoeur, Paul. Historia y verdad. Barcelona: Encuentros, 1990.


Schaff, Adam. Historia y verdad. Barcelona: Crítica, 1983.


Vilar, Pierre. Iniciación al vocabulario del análisis histórico. Barcelona: Crítica, 1980.


11 Al respecto, Le Goff cita a Febvre, quien señalaba sobre el hecho histórico: «No dado, sino creado por el
historiador- ¿y cuántas veces? Inventado y fabricado mediante hipótesis y conjeturas, a través de un trabajo
delicado y apasionante(...) Elaborar un hecho significa construirlo. Si se quiere, proporcionar la respuesta a un
problema. Y si no hay problema, eso quiere decir que no hay nada», «De 1892 a 1933: Examen de conciencia de una
historia y de un historiador», en Combates por la Historia (Barcelona: Ed. Planeta-Agostini, 1993),15-35.




12 Jacques Le Goff, «La Historia», en Pensar la historia (Barcelona: Altaya,1995), 34. (1era ed. en francés:
1977).




13 Carr, ¿Qué es..., 40.


14 Ricoeur, 34 y Schaff, 338-339.


15 Le Goff, 35.


16 Schaff, 339-340.


17
Después de releer estas reflexiones, que fueron mucho más amplias y que fueron publicadas fragmentariamen-


te por el semanario «Brecha», uno se reafirma en la sensación de lo mucho que Barrán le ha aportado y le puede aportar
a los investigadores uruguayos. Sé, por otra parte, que Barrán negaría esto, y eso sea, quizás, lo que lo transforma en
una referencia ineludible.




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RECLAMANDO EL PASADO INDÍGENA Cecilia Mañosa




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Reclamando el Pasado Indígena
La Enseñanza de la Historia y la Construcción


de la Identidad Nacional en Uruguay *


Master en Antropología Universidad de Kentucky-USA. Licenciada en Ciencias
Antropológicas Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Uruguay.
Involucrada en proyectos con el Museo Nacional del Indígena Americano-
Institución Smithsonian-USA y el Instituto de Investigaciones Tropicales-
Institución Smithsonian, Panamá. Desarrolla con la Dra. Gwynn Henderson,
Judy Sizemore y Alicia Vinson el proyecto de Patrimonio Cultural e
Intercambio Educativo entre Uruguay y el Estado de Kentucky-EE.UU.


La construcción de la identidad es un tema de gran interés para los cientistas sociales
(antropología: Ej. Friedman 1992,1996; arqueología: Ej. Shennan 1989, Kohl y Fawcett
1995, Jones y Graves-Brown 1996; historia: Ej. Gillis 1994; sociología: Ej. Halbawchs 1992
[1954], Calhoun 1994; estudios literarios: Ej. Sommer 1991) y la vida de los pueblos del
mundo. Los esfuerzos actuales de los Indígenas Americanos, Asiáticos, Africanos y
también de los Europeos para lograr que sus identidades étnicas sean reconocidas, así
como la creación de sus espacios culturales y políticos al interior de la nación, indican que
las discusiones sobre la identidad son oportunas, relevantes y merecen estudio. Más aún,
en tiempos de nacionalismos emergentes, conflictos étnicos y la frecuente manipulación
del pasado para servir diferentes agendas políticas, los reclamos de la identidad a veces se
transforman en un asunto de los arqueólogos.


La base de todas las identidades, sean éstas de carácter supranacional, nacional,
regional, y étnico, es compartir una historia común o narrativa que proporcione a la colec-
tividad los elementos esenciales — es decir, los símbolos, conmemoraciones, héroes y
eventos fundacionales — cruciales para construir un entendimiento del pasado que per-
mita a la comunidad comprender su situación actual y construir una visión compartida del
futuro (Anderson 1996; Friedman 1992, 1996; Halbwachs 1992[1954]; Renan 1996[1882];
Smith 1991). Esta historia no es monolítica ni permanente sino que es una construcción
política y social que implica una relación con el pasado y el presente. Por lo tanto, la
historia contiene aspectos acumulativos y presentistas mostrando continuidad parcial
con el pasado y nuevas lecturas del pasado en términos del presente y viceversa (Ander-
son 1996; Gillis 1994; Smith 1991).


En Uruguay, la mayoría de los estudios sobre identidad nacional se ha concentrado en
el desarrollo de diferentes formulaciones de la identidad nacional a través del tiempo (ver
por ejemplo, Achugar 1992; Caetano 1991,1992; Chapman 1969; López 1986; Porzecansky
1992; Vidart 1997). Sin embargo, se ha prestado muy poca atención al rol que desempeñan
diferentes instituciones en diseñar y diseminar una visión particular de la identidad nacio-
nal1 . En este sentido, el Estado cumple un rol preponderante en transmitir una visión
común de la historia de la nación a sus ciudadanos. Para inculcar esta perspectiva en el
ámbito nacional, el Estado emplea diferentes mecanismos, entre ellos, el Sistema Nacional
de Educación. A través de este, el Estado promueve, entre las generaciones jóvenes,


CECILIA MAÑOSA




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sentimientos de patriotismo y un sentido de la identidad nacional. El programa de educa-
ción y el texto escolar son vehículos a través de los cuales se pueden impartir estos
conocimientos, durante diferentes períodos de tiempo, acerca de lo que una sociedad, y
en particular, lo que un grupo(s) de personas (definidas por su género, clase y etnicidad)
consideran como conocimiento legítimo (Apple 1986; Apple y Christian-Smith 1991). Un
análisis cuidadoso de la narrativa de los textos escolares oficiales de historia, en términos
de los contenidos y las ilustraciones (Van Leeuwen y Selander 1995), y del espacio asigna-
do a los diferentes eventos y personas que conforman la historia de la nación (Palmer
1982), permite identificar diferentes construcciones de la identidad nacional.


Los resultados de un estudio comparativo histórico que abarca los últimos 60 años,
sobre la enseñanza de la historia en los textos escolares oficiales del Sistema de Educación
Primaria de Uruguay, revelan que la enseñanza de la historia ha estado dominada por el
pasado reciente y su estudio basado casi exclusivamente en la evidencia que aportan los
documentos escritos. Abordar la enseñanza de la historia a través del uso exclusivo de los
documentos escritos y las perspectivas parciales de algunas disciplinas, distorsiona la
comprensión de un pueblo acerca del pasado humano y le roba la oportunidad de dar
significado, propósito y valor a su identidad (es).


En Uruguay, el sistema educativo estatal ha sido responsable de difundir una visión
restringida de la historia, lo que ha facilitado la construcción de una imagen monolítica de
la identidad de la nación. Esta perspectiva sobre el pasado ha fracasado, en la mayoría de
los casos, en reconocer la extensión y diversidad del pasado humano y sus cambios a
través del tiempo.


En este marco, el objetivo de este trabajo es presentar una síntesis de los resultados de
un estudio comparativo diacrónico de los contenidos de tres grupos diferentes de textos
escolares oficiales. Incluye un total de once textos empleados en el Sistema de Educación
Primaria de Uruguay sobre la historia de Uruguay transmitida a los niños en edad escolar
(véase Apéndice I) 2 . Por motivos de periodización, los textos escolares se dividieron en
tres grupos principales, a los que se refiere como series. Estos contienen: (a) Serie de
Textos Escolares - I (‘40-’80), (b) Serie de Textos Escolares – II (‘70-‘80) y (c) Serie de
Textos Escolares – III (1995-presente). Con el fin de enriquecer el análisis de los textos
escolares, se consideraron en este estudio los Programas de Educación vigentes en los
respectivos períodos (véase Apéndice II) y el contexto histórico en que dichas construc-
ciones sobre el pasado fueron elaboradas y promovidas en el ámbito institucional.


Este enfoque permite identificar patrones de continuidad y cambio en la presentación
del pasado indígena y su articulación con la narrativa de la nación y ofrece nuevas pers-
pectivas acerca de los procesos de construcción de la identidad nacional. Es importante
obtener esta información para comprender la construcción de la identidad nacional en
Uruguay versus la exclusión o inclusión del pasado indígena. Asimismo, este tipo de
investigación constituye una herramienta fundamental para informar la praxis, especial-
mente, con respecto a la necesidad de reformar la enseñanza de la historia en el sistema
educativo de Uruguay.


Los Textos Escolares y los Programas de Educación Primaria
La mayor parte de la instrucción que tiene lugar en el Sistema Educativo de Uruguay y


en la de otros países del mundo depende significativamente del texto escolar como la
principal fuente de información de contenidos y la planificación de lecciones. El análisis
de los contenidos (textos e ilustraciones) así como del espacio asignado a diferentes


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temas en una muestra de tres series diferentes de textos escolares proporciona valiosa
información acerca de los mensajes que los estudiantes reciben.


Este ejercicio comparativo revela patrones de diferencia y continuidad en la presenta-
ción e interpretación del pasado indígena y su articulación con la narrativa de la nación.
Sorprendentemente, mientras que los textos escolares examinados reflejan un período de
sesenta años en la enseñanza de la historia nacional, los contenidos no evidencian cam-
bios significativos, en términos generales, en la interpretación del pasado indígena; sin
embargo, se pueden delinear algunas diferencias.


Serie de Textos Escolares I (‘40-‘80)
El análisis de la Serie de Textos Escolares I (STE-I en adelante) revela que el pasado de


Uruguay se inicia en el siglo XVI con la llegada de los Europeos al territorio. El Programa
de Enseñanza Primaria para Escuelas Urbanas 1957, correspondiente a esta serie, hace
hincapié en la relación entre el colonizador y los Indios de Uruguay reflejando los conte-
nidos cubiertos en los textos escolares. Tomados en su conjunto, más de 11.000 años de
prehistoria del territorio son ignorados3 y el pasado indígena desechado en unas pocas
páginas –entre 1 y 23 de un total de 718 páginas – en una muestra de 4 textos.


Parafraseando a Kehoe (1990, 201), esta distribución de espacio en el texto escolar es
una afirmación contundente: el territorio no existió antes de la colonización Europea. Por
lo tanto, el estudio de los procesos que se desarrollaron con anterioridad a la presencia
Europea en estas tierras parece no tener relevancia alguna en la narrativa histórica de la
nación.


En la construcción de la historia nacional de Uruguay en la STE-I, el indígena desem-
peña un papel marginal. Las ilustraciones y los textos exhiben a los pueblos indígenas de
Uruguay ambiguamente. Por un lado, los pueblos indígenas son descriptos como salva-
jes, belicosos, atrasados y un obstáculo para el progreso. Por otro lado, aparecen como
encarnando una serie de valores, entre ellos, coraje, amor por la tierra y valentía, conside-
rados relevantes de ser adoptados por la comunidad nacional.


A pesar de la presencia de estos puntos de vista contradictorios, el indio no fue
erradicado completamente del imaginario nacional. Por el contrario, los autores de los
textos escolares eligieron selectivamente aquellos aspectos que consideraron significati-
vos, es decir, una serie de valores y cualidades, algunos de los cuales fueron celebrados
en eventos públicos.


El fútbol constituye un ámbito que permitió a la comunidad nacional articular el pasado
indígena, facilitando la construcción del mito de la “Garra Charrúa”. Esta expresión, que
fue acuñada durante los años 20 y 30 cuando Uruguay triunfa en los campeonatos mun-
diales de fútbol, hacía referencia a la “garra futbolera”. En este sentido, Vidart (1997,
47[1993]) discute que este término fue empleado para referirse a la habilidad de los ciuda-
danos uruguayos para sacar fuerzas de situaciones negativas, poder masculino, deseos
de éxito, coraje y la capacidad de luchar en condiciones adversas, sin rendirse. López
(1986, 234), por otro lado, emplea la metáfora: “nuestros ancestros, los Galos” para re-
flexionar acerca de la identidad nacional de Uruguay. Sugiere que los Uruguayos descen-
dientes de inmigrantes Europeos desean sentirse identificados con “nuestros ancestros,
los Charrúas” como un medio de establecer alguna conexión con las raíces indígenas de
América Latina. De la misma manera, Porzecanski (1992) sostiene que este tipo de discur-
sos sobre el pasado puede ser empleado como un mecanismo para reestablecer una iden-
tidad mestiza para Uruguay, legitimando así las raíces latinoamericanas de Uruguay.


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La visión particular de la Identidad Nacional de Uruguay que emerge de estos textos
estaba en concordancia con el proyecto nacionalista del Estado, iniciado en las postrimerías
del Siglo XX hasta mediados de la década del 50 (véase Caetano y Rilla 1994 y Nahum 1997
para profundizar en este aspecto). Este proyecto fortaleció la imagen Eurocéntrica de que
Uruguay era una nación homogénea e hiperintegrada (Caetano y Rilla 1994) que a diferencia
de otros países latinoamericanos había solucionado el problema indio erradicando a los
indígenas de su territorio. Sumado a esto, las frases populares “Nada se compara con
Uruguay”, “ El Uruguay feliz” y “La Suiza de América”, que eran muy difundidas durante la
primera mitad del siglo XX, reafirmaron la noción de que la identidad Uruguaya era única y
mayoritariamente Europea. Se consideraba que esta “Identidad” había progresado lineal-
mente desde un comienzo atrasado hasta lograr alcanzar una sociedad altamente exitosa, a
diferencia del resto de sus pares Latinoamericanos (Caetano y Rilla 1994; Rial 1986 citado en
Caetano y Rilla 1994:172). Los habitantes indígenas del Uruguay, exterminados en su mayo-
ría en el siglo XIX, aparecen como ajenos a este esquema. Parafraseando a Lowenthal (1985),
“El Indio era un país extranjero”. En otras palabras, el Indio no encajaba en el esquema de la
sociedad homogénea e hiperintegrada de Uruguay.


Serie de Libros Escolares II (’70- ’80)
La Serie de Textos Escolares II (STE-II) incluye los textos escolares oficiales de histo-


ria del período comprendido entre la década del 70 hasta la década del 80 inclusive. Duran-
te este período, la enseñanza de la historia, como se presenta en los textos escolares,
estaba principalmente dirigida a sobresaltar los hechos y personajes más destacados
responsables de la emancipación de esta joven nación.


Así como en la STE-I, se omiten 11.000 años de ocupación humana en el territorio; de
la misma manera, el espacio asignado a los habitantes indígenas de nuestro país y de las
Américas se desarrolla en una extensión de entre 2 y 29 páginas de un total de 412 páginas.
Esta cobertura temática es una afirmación contundente: La historia que merece ser estu-
diada se inicia con el arribo de los Europeos, los procesos socio-culturales anteriores a
este período tienen escasa relevancia en la historia nacional oficial.


La narrativa nacional transmite un concepto unilineal del progreso. Es decir, los diferen-
tes eventos y pueblos son ubicados en una línea del tiempo que transcurre en sentido de
una perspectiva evolucionista unidireccional del desarrollo. De acuerdo con Schurmann
Pacheco y Cooligan Sanguinetti (1980, 28, 37), los pueblos indígenas de Uruguay son clasi-
ficados bajo la rúbrica de “pueblos no civilizados”, pertenecientes a un estadio cultural
inferior y, por consiguiente, ajenos al desarrollo de la nación. Estos grupos eran descriptos
como existiendo al borde de la inanición y soportando las hostilidades del clima. En este
esquema evolutivo, los pueblos indígenas de Uruguay ocupan la base de esta jerarquía
socio-económica y política congelados en un presente etnográfico. Son presentados como
culturas estáticas cuya existencia había estado circunscripta a una vida de cazadores reco-
lectores móviles, caracterizados por una cultura material no elaborada.


En el otro extremo de este esquema evolucionista, los autores ubican a los “pueblos
civilizados” o “Altas Culturas”, es decir, las culturas Mayas, Incas y Aztecas; civilizacio-
nes que construyeron ciudades y practicaron la agricultura a gran escala.


Estas perspectivas estereotipadas del pasado enfatizaron la admiración por las “Altas
Civilizaciones” y un sentimiento de resignación por las expresiones culturales de Uruguay,
debido a la ausencia en éste, de una cultura material tan elaborada como las anteriores.


En síntesis la historia nacional que se desarrolla durante el proceso de formación del


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estado-nación, en las postrimerías del S XIX, excluye al Indígena del discurso nacional y
del territorio. El indígena fue completamente eliminado del drama histórico de esta nueva
nación emergente, a pesar de contar con evidencia histórica que atestigua la importante
contribución que tuvieron, por ejemplo, los grupos de Indígenas Guaraníes en la forma-
ción de esta (véase por ejemplo, Rodríguez y González 1982).


Históricamente, estos textos escolares constituyen los textos oficiales durante la época
de la dictadura militar que se estableció con un golpe de Estado en el año 1973. Durante este
período, el paradigma tradicional de la identidad nacional de Uruguay se fundaba en una
serie de afirmaciones de largo arraigo, incluyendo la idea de una sociedad homogénea,
débilmente estratificada, pacífica, democrática y con un alto nivel educativo, que distinguía
a Uruguay del resto de sus vecinos latinoamericanos, comenzó a derrumbarse (López 1986).


Durante este período (1973-1884) se promovió una fuerte agenda nacionalista, impul-
sada por los gobiernos militares en el poder, dirigidos a fortalecer los lazos de la comuni-
dad nacional a través de la ejecución de una serie de estrategias como por ejemplo, la
celebración del Año de la Orientalidad en 1975. En esta fecha se conmemoraban ciento
cincuenta años de la independencia del territorio de los poderes coloniales y fue rico en
eventos alusivos, los que se circunscribieron a los últimos siglos de la historia del país.
Dicho año se fomentó con ahínco con el propósito de instaurar sentimientos de patriotis-
mo y unidad, así como de propagar concepciones acerca del renacimiento de la Patria
entre los ciudadanos (Caetano y Rilla 1994:265).


Para alcanzar este objetivo, el gobierno dictatorial recurrió a una gran variedad de
estrategias, principalmente la construcción de monumentos a personalidades de relevan-
cia histórica (por ejemplo Dámaso Antonio Larrañaga, Juan Zorrilla de San Martín y Juan
Antonio Lavalleja) y la declaración de varios edificios como elementos fundacionales de
nuestro patrimonio nacional (Ibíd.). Esta estrategia, sin embargo, no fue exclusiva de
Uruguay. Como señala Gillis (1994:9), es en tiempos de fragilidad nacional y conflicto que
las naciones tienden a apoyarse con más firmeza en el poder de la conmemoración. En sus
propias palabras, “ Si los conflictos del presente aparecen como ingobernables, el pasado
ofreció una pantalla sobre la que proyectar deseos de unidad y continuidad, es decir,
identidad” (Ibíd.) (traducción mía).


Uruguay selecciona diferentes elementos del pasado para consolidar su unidad en el
presente. La historia le proporciona los elementos necesarios para inyectar sentimientos
de amor a la Patria y unidad con el fin de unir a la colectividad nacional en el presente. El
pasado indígena, sin embargo, como se presenta en los textos escolares, aparentemente
no ofreció los ingredientes que el Estado necesitaba para invocar nacionalismo y ratificar
su legitimidad con el objetivo de promover nuevas alianzas en el presente. El pasado
indígena continuó siendo un “país extranjero” (en el sentido de Lowenthal 1985).


Serie de Textos Escolares III (1995- al presente)
Desde 1985 Uruguay disfruta de un sistema político democrático que ha propiciado,


entre otros cambios, el desarrollo de vínculos económicos y sociales más firmes con
Latinoamérica, particularmente con los países del Cono Sur, en el contexto de diferentes
alianzas de integración a escala regional.


Desde una perspectiva educativa, una de las transformaciones más importantes la
constituye la implementación de una nueva Reforma Educativa en el año 1995. Los cam-
bios que esta reforma impulsa son varios4 . Es particularmente interesante destacar la
producción de un grupo de textos escolares cuyo enfoque fomenta la enseñanza integra-


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da de las ciencias, tanto sociales como naturales. En este contexto tiene lugar, la enseñan-
za de la historia.


Diferentes especialistas de la educación y de las ciencias sociales y naturales, inclu-
yendo historiadores, biólogos y sociólogos estuvieron a cargo de la redacción de los
textos. Sin embargo, llama poderosamente la atención que ningún antropólogo o arqueó-
logo haya participado en la producción de materiales para dichos textos, si bien presentan
contenidos que merecen el aporte de estos especialistas.


Más grave aún es la casi total ausencia de información proveniente de la antropología
y arqueología para explicar procesos socio-culturales que tuvieron lugar en las Américas,
lo que conlleva a una serie de apreciaciones incorrectas y estereotipos acerca del pasado
prehispánico.


El análisis de seis textos escolares de ciencias integradas oficiales pertenecientes a la
STE –III (1995-presente) y el Programa de Educación Primaria para Escuelas Urbanas de
1986 revela escasas diferencias respecto a la representación del pasado indígena de Uru-
guay y su articulación con la narrativa de la nación. Si bien el Programa señala la necesi-
dad de instruir a los jóvenes acerca de los diferentes grupos humanos que incidieron en la
historia de Uruguay, este objetivo no se logra satisfactoriamente ya que los diferentes
grupos humanos que conforman la nación reciben un tratamiento desigual. Los textos
continúan transmitiendo concepciones erróneas sobre el pasado prehispánico.


En este sentido, el pasado prehispánico de Uruguay y de las Américas se sigue repre-
sentando en un esquema evolucionista unidireccional donde se distinguen “Altas Cultu-
ras” y “Bajas Culturas”(Caetano et al. 1997,17). Se privilegian los contenidos que hacen
referencia al origen de la agricultura y las ciudades y se desestiman los procesos que
antecedieron a estas transformaciones.


Este enfoque sugiere la imagen de que las culturas surgen “como hongos”, espontá-
neamente, en vez de comunicar el concepto de que son el resultado de procesos socio-
culturales e históricos extensos y complejos. De la misma manera, algunos textos conti-
núan diseminando el estereotipo de los pueblos prehispánicos aislados, arguyendo que
la vasta extensión del continente americano, así como la existencia de múltiples lenguas y
tradiciones, constituyeron un impedimento para el conocimiento mutuo entre estos pue-
blos (Caetano et al. 1997, 16-17). Como indica Hill (1996, 9-10), “este tipo de conceptualiza-
ciones refleja más una perspectiva histórica Europocéntrica de las Américas, en vez de las
amplias redes multilinguales y multiculturales que se desarrollaron antes del arribo de los
Europeos a las Américas”.


En consecuencia, el pasado indígena y su rol en la formación de la comunidad nacional
continúan prácticamente desconocidos.


En el siglo XXI, la existencia de este tipo de discursos fragmentarios sobre el pasado
es una situación insostenible. Si bien la sociedad uruguaya cuenta con evidencia valiosa
sobre el pasado prehistórico de Uruguay (véase por ejemplo, Consens et al. 1994; Durán
y Bracco 2000; PROBIDES 1995) así como también con información importante sobre su
composición demográfica, que contradice y cuestiona el viejo esquema de la sociedad
homogénea (véase por ejemplo, Sans et al. 1991; Sans 1992; Bonilla 1998), esta evidencia
continúa siendo ignorada. La exclusión de este tipo de información de los contenidos de
los textos escolares contribuye a cimentar concepciones erróneas, que enmascaran y
desdibujan la verdadera composición de la sociedad Uruguaya y por consiguiente de la
identidad nacional.


Este tipo de omisiones contribuye inexorablemente a fijar una versión particular de la
historia que fortalece una imagen monolítica de la identidad nacional y que no puede


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reconciliarse con la realidad de que Uruguay no es, ni nunca fue, una verdadera “sociedad
homogénea e hiperintegrada”.


Otros temas, sin embargo, han sido revisados críticamente y, en este sentido, la pers-
pectiva aislacionista que separaba a Uruguay de Latinoamérica, prevaleciente en la STE I
y II, ha sido reemplazada por una perspectiva más integracionista, que aspira a reubicar a
Uruguay dentro del contexto Latinoamericano (Caetano et al. 1997; Caetano et al. 1997).
Repensar a Uruguay dentro de este ámbito, ciertamente, tendrá un impacto en la manera
en que los jóvenes percibirán y proyectarán a su nación. Posicionado firmemente dentro
de esta región más amplia y diversa, será un cambio bienvenido que impondrá nuevos
desafíos que nos obligarán a reevaluar y reexaminar nuestro pasado compartido y al
mismo tiempo singular.


Importancia del Estudio


La investigación de la presentación del pasado indígena y su articulación con la histo-
ria de la nación en los textos escolares oficiales, durante un período de 60 años, no es una
tarea simple. La investigación de este tema estimula la discusión de importantes aspectos
que trascienden el texto escolar únicamente, interconectando problemáticas teóricas y
prácticas.


Desde una perspectiva teórica, un estudio sobre la identidad nacional en los textos
escolares requiere de la articulación de un enfoque disciplinario conjunto, es decir, un
abordaje que permita el diálogo de diferentes disciplinas tales como antropología, arqueo-
logía, educación, historia, sociología, estudios literarios y otras ciencias sociales, que
permita arrojar luz sobre la multiplicidad de factores que están involucrados.


En un nivel práctico, este tipo de investigaciones tiene el potencial de informar y
cambiar la práctica en la educación formal5 y no formal, así como de impactar el desarrollo
de políticas sobre el tema de la enseñanza de la historia y el rol de las instituciones en la
formulación de la identidad nacional.


La investigación de la construcción de la identidad nacional en los textos escolares,
durante un período de tiempo amplio, ofrece varias ventajas. En este sentido, este estudio
revela que en las dos primeras series de textos escolares, es decir la STE-I (‘40-‘80) y STE-
II (‘70-‘80) y sus respectivos programas de educación, Programa de Enseñanza Primaria
para las Escuelas Urbanas 1957 y el Programa para Escuelas Urbanas 1979, las autoridades
educativas del Estado continuaron promoviendo una imagen monolítica de la identidad
nacional de Uruguay.


Esta visión se apoyaba en la síntesis de ciertos contenidos históricos y culturales, que
eran un reflejo de la primera mitad del siglo XX, más que de los tiempos cuando estos
textos escolares fueron utilizados en el sistema educativo. En este sentido, los textos
escolares y los programas no lograron explorar algunas de las omisiones y tensiones
inherentes en este esquema rígido del pasado.


Por el contrario, los textos escolares contribuyeron a promover una interpretación
empobrecida del pasado, que se concibió con la casi única inclusión del período histórico
en vez de incorporar todo el pasado humano. Esta descripción del pasado genera una
representación fragmentaria y problemática sobre la identidad nacional de Uruguay, con-
tribuyendo a consolidar una serie de perspectivas esencialistas sobre el pasado, distor-
sionando la formación de la identidad nacional.


No obstante, se pueden percibir algunas señales de cambio en la serie de textos esco-
lares más recientes, es decir, la STE-III, donde los autores comienzan a dirigir su atención


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a algunas de estas preocupaciones. Más notablemente, estos autores resaltan que Uru-
guay no debe ser separado del contexto Latinoamericano (Caetano et al. 1997). Esta estra-
tegia refleja, en parte, algunas de las políticas acerca de las relaciones políticas, económi-
cas, sociales y culturales de Uruguay con sus países vecinos.


Este estudio también revela que aquellos interesados en la producción e interpretación
académica del pasado (Ej. historiadores, antropólogos, arqueólogos) deben promover la
construcción de una historia más en armonía con la sugerencia de Shapiro (1997). En este
sentido, la autora discute que la historia debe reflejar las multiplicidades y las frecuentes
discontinuidades de la narrativa del pasado así como los roles cambiantes de sus diferentes
actores a través del tiempo (Ibíd.:129). Al hacerlo, proporcionará el espacio para la produc-
ción de una perspectiva más rica y dinámica de la construcción de la identidad nacional,
alejada de visiones esencialistas. Tal vez, si logramos reconstruir un pasado que pueda
albergar espacio para ambas, las continuidades y las discontinuidades inherentes en el
relato histórico de la nación, los ciudadanos estarán en una mejor posición para hacer frente
a las complejidades del presente y proyectar a la comunidad nacional hacia el futuro, tanto
en el ámbito nacional como en el contexto de nuevos esquemas supranacionales.


* Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en la 64th Annual Meeting of the
Society for American Archaeology, Abril 5-9, 2000, Philadelphia, Pensylvannia, EE.UU.


CECILIA MAÑOSA


Notas
1 Los trabajos de J. Bralich, Los Textos Escolares como Instrumento Ideológico (Montevideo:Universidad de


la República, 1990) y L. Cabrera, “El pasado que negamos...,” Anales del VI Encuentro Nacional y IV Regional de
Historia (Montevideo, 1989) : 115-117, constituyen uno de los primeros aportes sobre esta temática.


2 Véase C. Mañosa, “Reclaiming the Indigenous Past: History Education and the Construction of National
Identity in Uruguay” (Tesis de Maestría sin publicar, Universidad de Kentucky, 2000), para profundizar en los
aspectos que se discuten en este artículo.


3 La evidencia arqueológica más temprana sobre la ocupación humana del territorio uruguayo se obtiene a partir
de los trabajos de rescate arqueológicos con motivo de la construcción de la Represa de Salto Grande en la década del
70. Véase UNESCO, Misión de Rescate Arqueológico de Salto Grande, Tomo I (Banco de la República Oriental del
Uruguay, 1987) y UNESCO, Misión de Rescate Arqueológico de Salto Grande, Tomo II (Banco de la República
Oriental del Uruguay, 1989).


4 Véase Administración Nacional de Educación Pública, Consejo Directivo Central, Proyecto de Presupuesto,
Sueldos, Gastos e Inversiones, Tomo I (Montevideo, 1995): 20, para profundizar en los cambios introducidos bajo la
Reforma Educativa implementada en 1995.


5 Actualmente, la autora y un equipo de antropólogos y educadores de Uruguay y el estado de Kentucky,
EE.UU. están desarrollando el Proyecto de Patrimonio Cultural e Intercambio Educativo entre Uruguay y el Estado
de Kentucky cuyo principal objetivo es brindar a las escuelas primarias de ambos países los contenidos y actividades
de cómo integrar el pasado prehispánico en los programas de educación.




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Apéndice I
Lista de Textos Escolares Oficiales Analizados


Serie de Textos Escolares-I (‘40s-‘80)


Zarrilli, Humberto, y Roberto Abadie Soriano. Libro Segundo de Lectura.Montevideo: Barreiro y
Ramos, 1981.


Zarrilli, Humberto y Roberto Abadie Soriano. Libro Tercero de Lectura. Montevideo: Barreiro
y Ramos, 1981.


Zarrilli, Humberto y Roberto Abadie Soriano. Libro Cuarto de Lectura.1era edición. Montevideo:
Talleres Gráficos del Sur S.A., 1946.


Zarrilli, Humberto y Roberto Abadie Soriano. Patria. 1era edición. Montevideo, 1942. (Empleado
como texto escolar de historia para 5to. y 6to. grados)


Serie de Textos Escolares-II (‘70-‘80)


Schurmann Pacheco, M., y M.L. Coolighan Sanguinetti. Historia del Uruguay para Uso


Escolar: Desde la Epoca Indígena Hasta Nuestros Días. 9ena edición. Vol. 1 y 2. Montevideo: A.
Monteverde & Cia. S.A., 1973. (Empleado para enseñar historia para 5to.y 6to. grados)


Serie de Textos Escolares-III (1995-presente)


Martínez, Diana, y María A. Pérez Dopazo. Canela; Primer Año. Montevideo: Ediciones de la
Plaza, 1998.


De León, Verónica. Gracias a la Vida: Ciencias Sociales y Naturales; Segundo Año. Montevideo:
Ediciones de Impresora Polo, 1998.


Alba, Lilian, y Mariana Blanco. Complicidades: Ciencias Integradas; Tercer Año. 2da. edición.
Montevideo: Imprenta Rosgal S.A., 1996.


Gaglialdi, María José, y Gabriela Armand Ugón. Es mi país; Ciencias Integradas 4o. Montevideo:
Barreiro y Ramos, 1996.


Caetano, Gerardo, José Rilla, Germán Wettstein, Milita Alfaro, Carmen Apprato, Roger Geymonat,
Alicia Melgar, Juan Ruibal, María V. Fernádez, Antonio Pérez, y Fernando Majas. Tiempo,
Espacio, Naturaleza; Ciencias Integradas 5o. Montevideo: Ediciones Santillana, 1997.


Caetano, Gerardo, José Rilla, Milita Alfaro, Luciano Álvarez, José de Torres Wilson, Fernando
Errandonea, Roger Geymonat, Alicia Melgar, Juan Ruibal, Leopoldo Sosa, y Germán Wetts-
tein. Desde aquí y ahora; Ciencias Sociales 6to. Montevideo: Ediciones Santillana S.A., 1997.




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Apéndice II
Lista de Programas de Educación Oficiales Consultados en este Estudio


Para la Serie de Textos Escolares I


Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal. Programa de Enseñanza Primaria para las
Escuelas Urbanas. Montevideo: Imprenta Nacional, 1957. Nota: Este programa fue aproba-
do por primera vez por el Consejo de Educación Primaria el 27 de Octubre de 1949.


Para la Serie de Textos Escolares II


Ministerio de Educación y Cultura, Consejo Nacional de Educación, y Consejo de Educación
Primaria. Programa para Escuelas Urbanas. Montevideo: Talleres Gráfico de Imprenta
García, 1979.


Para la Serie de Textos Escolares III


Administración Nacional de Educación Pública y Consejo de Educación Primaria. Programa de
Educación Primaria para las Escuelas Primarias. 1986, edición revisada. Montevideo: Ta-
lleres Gráficos de “El País S.A.”, 1995. Nota: Este programa fue aprobado por primera vez
por el Consejo de Educación Primaria el 27 de Octubre de 1949.


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RECLAMANDO EL PASADO INDÍGENA




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CECILIA MAÑOSA




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Dialéctica de la Globalización:
la Mediación (también) es el Mensaje*


Doctor en Literatura Hispánica y Estudios Comparados de Sociedades y
Discursos, Universidad de Minnesota, Minneapolis y Associate Professor
Departamento de Lenguas Modernas y Literatura y Programa de Estudios de
América Latina y el Caribe de Trinity College, Hartford, Connecticut. Docente
Escuela de Comunicación Universidad ORT Uruguay y Programa de Master en
Literatura Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad
de la República. Autor de Murga: El teatro de los tablados (Trilce, 1996)
(Primer premio del Ministerio de Educación y Cultura [1997] categoría
Ensayo sobre arte), y de la primera edición en castellano de La modernidad
desbordada. Dimensiones culturales de la globalización, de Arjun Appadurai
(Fondo de Cultura Económica/Trilce, 2001).


Al contrario de lo que propondría un materialismo estático —y sin con esto pretender
retroceder hacia una postura idealista— todas las esferas del acontecer humano (la activi-
dad económica, la política, las relaciones sociales, las diversas actividades de la vida
diaria, tanto pública como íntima) se apoyan o se entrelazan con la actividad cultural: un
edificio simbólico y valórico. Ello no significa que no existan fuerzas y determinaciones
materiales, básicas, fundamentales, insoslayables. No. Sólo significa que esos factores
son inertes —no significan nada, ni por sí solos resultan en nada— sin el contrapunto de
la actividad simbólica, significante, dadora de sentido: la actividad discursiva, ideológi-
ca, cultural.1 Del mismo modo, tanto la materia como las ideas son inertes fuera de las
prácticas humanas concretas2 que las conjugan y las ponen en movimiento. Aun a pesar
de las determinaciones más tiránicas, y de la fuerza de los hábitos, los seres humanos no
hacemos nada fuera de un discurso simbólico (un relato) que lo encuadre, que lo guíe, que
lo legisle. Ni siquiera las cosas más elementales —nacer, comer, copular, matar, morir. Por
lo pronto, es gracias a los discursos que pasamos la vida oponiéndonos a tales determina-
ciones, al dato inmediato, al sentido común; razón por la cual hacemos las cosas más
terribles y estúpidas, pero también las más hermosas y esperanzadoras.


Por lo demás, la propia actividad cultural, como toda actividad humana, también se
apoya en una materialidad3 insoslayable: cuerpos, procesos síquicos, libidinales, obje-
tos, instrumentos, máquinas, industrias enteras, usinas eléctricas, satélites, ejércitos, par-
lamentos. Como todo edificio, el edificio ideológico también es una construcción humana,
histórica, social, resultado del campo de producción cultural4 .


Una parte del campo de producción cultural la constituyen las instituciones y relacio-
nes sociales (la casa, el trabajo, el cuartel, el sindicato, el partido de fútbol), todas las
actividades, hábitos humanos y tecnologías del cuerpo5 , desde las más complejas hasta
las más elementales. Otra parte la constituyen las instituciones culturales clásicas, tanto
públicas como privadas: las instituciones educativas, las iglesias, los periódicos, las edi-


GUSTAVO REMEDI


* Ponencia presentada en el XXIII International Congress, Latin American Studies Association, (Washington D. C., U.
S., 4-8 Set. 2001), con el título de “Papel de los intermediarios y los productores locales en la globalización cultural”.




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toriales, las bibliotecas, los espectáculos en vivo, los espacios públicos, las formas arqui-
tectónicas. Una tercera parte, no obstante, la constituyen todo otro conjunto de prácticas
culturales históricamente asociadas a flujos transnacionales: el cine, la televisión, la radio,
los contenidos disponibles por medio de las computadoras, el teléfono, la corresponden-
cia, el correo electrónico, y por supuesto, los viajes: esa forma particular de cultivo, de
conocimiento y de comunicación, privilegiada desde la antigüedad clásica. Por esto,
como en el cuento “La continuidad de los parques” de Cortázar, es muy difícil saber dónde
empieza y dónde termina la esfera pública6 : la red de instancias y lugares donde se
conforma la opinión y la sensibilidad pública, donde se construyen identidades colecti-
vas, sentidos de la historia, visiones de mundo; conceptos, valores, sueños, proyectos;
cosas como la confianza, el miedo, la esperanza o la fe.


Algo menos difícil, en cambio, es aceptar que tanto la construcción y administración
de estas esferas públicas como nuestra participación en ellas —y en especial, las esferas
públicas transnacionales— son procesos complejos y sobre todo, altamente mediados.
Por consiguiente, tanto la esfera pública como el campo de producción cultural siempre
serán espacios de intervención, de contestación, de disputa7 , y estarán necesariamente
atravesados (o encuadrados, si se prefiere) por la serie de competencias, contiendas y
asimetrías que provienen del campo político, económico o social.


Es, precisamente, sobre este espacio social de mediación, usualmente transparente —es
decir, invisible— desde la perspectiva de la vida cotidiana, que se quiere llamar la atención.


El fetichismo de la globalización
Con la expansión de la retórica de la globalización no faltan quienes consideran que,


en el actual modelo de sociedad, la actividad cultural —y prácticamente todo— ha pasado
a ser gobernado “desde fuera”: por los grandes mercados y por las corporaciones trans-
nacionales. El espacio cultural nacional —agregan— no puede ni debe hacerle frente al
avance de la cultura global (léase, la cultura norteamericana, y en un segundo plano, la
cultura regional): en el mundo actual ya no hay espacio ni razón de existir para las culturas
nacionales. La globalización sería un proceso tan inevitable como automático (es decir,
que funcionaría por cuenta propia), ante lo cual ni hay que buscar responsables ni hay
mucho que hacer. Por lo demás, este sería un proceso particularmente fuera de control
porque ocurre en un plano espiritual, inmaterial y virtual. ¿Cómo pretender administrar los
gustos, los deseos, los sentimientos, los fantasmas? ¿A quién se le puede ocurrir querer
encauzar flujos y movidas culturales que vienen “por el aire”, provenientes de todos
lados y de ningún lado, puestos a circular por todos y por nadie?


Una segunda consecuencia de la retórica de la globalización es la creencia en el carác-
ter homogéneo de la cultura global. Debido a las razones ya mencionadas, la cultura local
sería más o menos idéntica a una supuesta cultura global, absolutamente permeable a
todos los fenómenos y flujos culturales provenientes del exterior, y en definitiva, algo así
como un eco y extensión inmediata del mundo, todo esto ofrecido como argumento de
nuestra pertenencia e inclusión en la modernidad, o en la postmodernidad. (Felicitaciones
y aplausos. Sentimiento de satisfacción y conformidad). La referencia a artefactos, pro-
ductos y prácticas sociales y culturales asociadas a dicha modernidad (computadoras,
películas extranjeras, proveedores de tevé, programas de televisión, noticieros, discos,
modas, marcas, etc.) serían lo suficientemente elocuentes —reza el argumento— para
demostrar y dar por concluida la discusión acerca de nuestra situación de pertenencia y
contemporaneidad.


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No caben dudas de que ambos razonamientos contienen una buena cuota de razón. Es
decir, efectivamente, un puñado de grandes corporaciones transnacionales (principal-
mente norteamericanas, más alguna que otra europea o japonesa: Disney, News Corp.-
Fox, AOL-Time- Warner, Microsoft, TCI, Hughes, DreamWorks, Viacom, EMI, Bertels-
mann, Vivendi, ATT-Sony) han adquirido un poder de comando de nuestra cultura nacio-
nal (y de otras culturas) difícil de igualar y contrarrestar8 . Asimismo, tampoco se puede
negar el modo en que la computadora se ha integrado al desempeño laboral, las relaciones
interpersonales y la vida familiar. Ni la disponibilidad local, adquisición y uso de un
conjunto de artefactos, productos, “movidas” y “modelos” que, producidos por la indus-
tria cultural norteamericana, inundan la cultura global —y también, nuestra cultura nacio-
nal. Tal el caso de los shoppings y los McDonalds, las nuevas formaciones suburbanas y
sus respectivas autopistas (como en la Ciudad de la Costa), el “mail”, la world wide web
como fuente de conocimiento e información, los juegos de computadoras y CD-ROMS, la
oferta discográfica, cinematográfica (películas, videos) y televisiva (noticieros, películas,
seriales, sit-coms, etcétera), ya sea por tevé abierta como por cable o transmisión satelital.


Sin embargo, y pese a todo lo anterior, basta desplazarse por el mundo —de manera real
o virtual— para comprobar, primero, las enormes diferencias culturales (y de toda índole)
existentes entre distintas sociedades y regiones del globo, y hasta entre ciudades relativa-
mente vecinas (por ejemplo Montevideo, Santiago de Chile, La Paz, Porto Alegre o Asun-
ción del Paraguay), pero también para descubrir las diferencias, precisamente en aquellos
territorios y prácticas usualmente tomadas como símbolos, indicios y “pruebas” de perte-
nencia, identidad con el mundo o “la modernidad”, como en los casos particulares del campo
de la televisión local, del cine, la música, la telefonía o la computación —lo mismo que del
crédito, el tránsito, la vestimenta o la alimentación. Basta que uno dirija una mirada más
detallista, más a fondo, más empírica o fenomenológica precisamente a dichos campos y
prácticas culturales concretas para redescubrirlas (afectados y alterados por nuestra socie-
dad, nuestra cultura, nuestro clima, nuestra pequeñez o condición periférica) paradójica-
mente, como símbolos de nuestra no pertenencia, de nuestra diferencia y originalidad.


En efecto, un acercamiento algo más detenido al campo de la producción cultural local
(como contrapartida y complemento, por ejemplo, de los estudios del consumo y la recep-
ción) ofrece otra perspectiva de lo que está sucediendo en la cultura nacional, poniendo
en evidencia tanto la materialidad e historicidad específica de cada uno de nuestros
campos de producción cultural, como la inevitable presencia y labor de un conjunto de
actores sociales que intervienen y que a diario reinventan y ponen a andar la máquina
cultural —los equipos y constelaciones de nuevos letrados9 y nuevos transculturado-
res10 sin cuya labor no existiría ni cultura nacional ni cultura global.


La mediación como espacio para la participación
Si, por ejemplo, aceptamos que hoy la representación11 e imaginación del mundo12


está fuertemente ligada a relatos de diverso tipo que nos llegan de muchas maneras
(computadora, tevé, cine, discos, prensa, radios, etcétera), reflexionar acerca del complejo
cultural local que registra, selecciona, importa, pone en circulación, almacena y adminis-
tra estas imágenes y relatos resulta ser un paso elemental para la comprensión de nuestra
cultura nacional.


Enfocar en la estructura del modo de producción cultural así como en el proceso de
mediación entre lo global y lo local (más que en sus contenidos) no sólo permite poder
visualizar el espacio social y material donde tiene lugar la producción cultural sino que, al


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restaurar la agencia, la historicidad, también hace posible redescubrir nuestra participa-
ción así como nuestros márgenes de actuación e intervención en la construcción real y
simbólica del mundo —más acá de la globalización y más allá de nuestra mera labor de
receptores o consumidores.


Dicho esto, también es preciso matizar diciendo que está claro que en tanto consumi-
dores y receptores las personas también somos, de alguna manera, “co-productores”
culturales, y que de esa forma, ejercemos “ciertos poderes”, que algunos han equiparado
al ejercicio de la ciudadanía en la posmodernidad13 . Enfrentados a determinadas opciones,
optamos. Cada vez que se nos pone delante una determinada imagen o relato, en tanto
receptores activos, críticos, en un aquí y un ahora concretos, miramos selectivamente,
inyectamos historias personales y contextos, asignamos significados y producimos sen-
tidos; en suma, cerramos la obra abierta y redondeamos el círculo hermenéutico14 . Más
aún, no sólo completamos la obra sino que la transformamos en otras cosas —y hasta
podemos llegarla a alterar, radical y completamente. Sin embargo, todas estas intervencio-
nes culturales no dejan de ser fundamentalmente reactivas, subalternas15 , dependientes
de un determinado insumo cultural, que será más o menos amplio, más o menos rico, más
o menos sesgado, pero siempre encuadrado, pre-digitado, obra de otros actores. Consti-
tuirse en actores culturales plenos, en cambio, implica poder embarcarse en formas de
actividad cultural más complejas y diversas, que permitan ir más allá de la reacción y la
respuesta (aunque sea crítica) a determinadas ofertas y flujos culturales, que no tengan
por límite los actuales insumos, y que incluyan la posibilidad de poder expresarse y crear
cosas propias pero también de intervenir en la producción de opciones de disponibilidad
cultural: mayores opciones, para más gente.


En suma, pese a que la actividad cultural suele asociarse al terreno de las ideas, las
emociones, los sentimientos, los afectos —y que podría explicar el carácter etéreo, ingrávido
y espiritual que a menudo evoca el arte— es preciso atender a su correspondiente materia-
lidad: el mundo constituido por locales, máquinas, cables, fábricas, contenedores, cuentas
bancarias, usinas, antenas, satélites, zonas francas, así como por una multitud de personas
(artistas, fabricantes, técnicos, gerentes, operadores, importadores, vendedores, consumi-
dores, vigilantes, etc.) que resultan ser el soporte social y material de la industria cultural
nacional. Esto, a su vez, nos obliga a repensar qué entendemos por “cultura nacional”.


La cultura nacional como reelaboración local de lo global
Si en el pasado se tendió a pensar la cultura nacional como el conjunto de caracterís-


ticas, costumbres y obras producidas por la población nacional, quizás hoy, cuando ha-
blamos de la cultura nacional —en un contexto global— haya que pensar tanto en el
resultado de la producción local así como de la particular intermediación y administración
a escala nacional-local del flujo cultural global, y que resulta en otro tipo de producción
local en tanto aclimatación y “nacionalización” de lo global.


En efecto, “la cultura global” no sólo no circula de manera automática ni de manera
homogénea, sino que en realidad se parece a una suerte de colcha de retazos. A su vez, cada
uno de esos retazos es un producto más o menos “original” y diferente (nacional, local)
resultado de la labor de agencias y actores culturales locales, tanto privados como estatales.


Tales actores culturales (ya sea en calidad de representantes, socios, intermediarios,
empresarios, directivos, empleados, técnicos o legisladores) conservan y hacen uso de
un conjunto de opciones, poderes y decisiones culturales que afectan y de esa manera
moldean “la cultura nacional”.


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Así, hablar de la música nacional, por ejemplo, implica identificar y visualizar cada uno
de los múltiples segmentos que conforman —y en los que se puede descomponer, a
efectos del análisis— el campo de la producción musical: los artistas, los sellos, las corpo-
raciones, las distintas asociaciones, los espacios de regulación, los mecanismos de recau-
dación, los estudios de grabación, las fábricas donde se hacen y duplican los discos, las
imprentas, las compañías de distribución, las bocas de salida (disquerías, radios, bailes,
conciertos), las agencias publicitarias, la maquinaria de promoción, así como los medios y
publicaciones en torno a las cuales se articulan elaboraciones discursivas a propósito de
la producción musical, vinculadas, a su vez, a otros dos procesos culturales como son el
consumo y el papel de la música en tanto práctica social, capital cultural y estrategia de
construcción de diferencias e identidades.


De la misma manera, hablar del cine, el video o de los canales y programas de televisión
que circulan y que efectivamente se ven a nivel nacional, implicará enfocar la atención en
los actores sociales, las instituciones y diveras prácticas y racionalidades (sociales polí-
ticas, económicas, etc.) que intervienen, median y producen nuestra cultura televisiva,
radial o cinematográfica.16


Aterrizar la discusión relativa a la globalización cultural en términos de los agentes y
las instituciones que operan en el campo de la producción cultural nacional y local, revela
historias, procesos y problemas a resolver invisibles e impensables desde otras perspec-
tivas y concepciones. Una vez que un determinado programa de televisión, una melodía
que escuchamos por la radio, un video que aparece en la estantería del almacén del barrio,
o un estreno cinematográfico dejan de ser fetiches17 caídos del cielo, fuera del tiempo,
hechos y llegados por arte de magia, y podemos visualizarlas, en cambio, como resultados
espirituales y materiales de una actividad humana concreta, realizada por personas de
carne y hueso, que hacen las cosas sobre la base de un conjunto de intereses, condicio-
namientos y motivaciones específicas, y que tiene lugar en contextos sociales, culturales
y políticos concretos, allí comienza la Historia.


Localizar e historizar, a su vez, implica dar un primer paso tanto en la dirección de
producir conocimiento acerca del complejo cultural nacional y sus problemas específicos
(a partir de los cuales poder teorizar), de recobrar la capacidad de participar e intervenir en
la esfera pública nacional (regional, global) así como de poder generar y regenerar esferas
de producción de conocimiento e información, de circulación y disponibilidad cultural y
de encuentro y de diálogo que hagan posibles una sociedad efectivamente más globaliza-
da (es decir, no sólo norteamericanizada) y más democrática, es decir, donde la mediación
cultural no esté tan en manos de una reducida formación oligopólica local más o menos
articulada a un igualmente estrecho oligopolio global.


No se trata, valga aclarar, de perseguir una política cultural nacionalista ni aislacionis-
ta; ni de un afán por afirmar una diferencia esencial o el folklore nacional. Se trata de
mejorar los mecanismos por los cuales accedemos e intervenimos en la cultura global, en
lo que está pasando en el mundo y que, por cierto, es bastante más y bastante mejor de lo
que se suele importar y distribuir via CNN, los dos o tres proveedores locales de TV, las
cuatro o cinco multinacionales del disco que operan en Uruguay, Hoyts General Cinema o
CD Warehouse. Se trata de democratizar la cultura (no de bloquear el acceso), de abrir
horizontes (no de reforzar actitudes provincianas, vulgares estereotipos de uno y otro).
De caer en la cuenta acerca del papel fundamental que juega la cultura como apoyatura del
modelo neoliberal, de la necesidad de construir otra cultura que sirva de apoyatura a otro
modelo de sociedad, y de la importancia de la agencia cultural, de la intermediación y de
nuestra condición de local.


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Notas
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2 Michel de Certeau, The Practice of Everyday Life (Berkeley, Cal.: University of California Press, 1984).
3 Raymond Williams, Culture (London: Fontana Paperbacks, 1981).
4 Pierre Bourdieu, “The intellectual field: a world apart”, In Other Words: Essays Towards a Reflexive


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5 Marcel Mauss, “Techniques of the body”, Economy and Society 2 (1973).
6 Jürgen Harbermas, The Structural Transformation of the Public Sphere: An Inquiry into a Category of


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Ideologies and Literature, 1992); Gustavo Remedi, “La ciudad latinoamericana S. A. (o el asalto al espacio
público)”, Escenario 2, Vol. 1, Nº 1 (Montevideo 2000).


7 Terry Eagleton, La idea de cultura: Una mirada sobre los conflictos culturales, trad. de Ramón José del
Castillo (Barcelona: Paidós, 2001).


8 Herbert Schiller, Culture Inc.: The Corporate Takeover of Public Expression (New York: Oxford University
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Nation (Noviembre 1999).


9 Angel Rama, La ciudad letrada (Hanover: New Hampshire: Ediciones del Norte, 1984); Gustavo
Remedi, “Ciudad letrada: Angel Rama y la espacialización del análisis cultural”, Angel Rama: Estudios
críticos, Mabel Moraña, ed. (Pittsburgh: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana., Biblioteca de
América, 1997).


10 Angel Rama, Transculturación narrativa en América Latina (México: Siglo XXI, 1982).
11 Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural: Entre práctica y representación, trad. de


Claudia Ferrari (Barcelona: Gedisa, 1999).
12 Arjun Appadurai, La modernidad desbordada: Dimensiones culturales de la globalización, trad. de


Gustavo Remedi (Buenos Aires/Montevideo: Fondo de Cultura Económica-Trilce, 2001).
13 Néstor García Canclini, Ciudadanos y consumidores: Conflictos multiculturales de la globalización


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14 Paul Ricoeur, “Mundo del texto y mundo del lector”, Temps et récit, Vol. III (París: Éditions du Seuil,


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15 Daniel Mato, “Not “Studying the Subaltern, but Studying with “Subaltern” Social Groups, or at Least,
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16 Laura Pallares y Luis Stolovich, Medios masivos de comunicación en el Uruguay: Serie Los poderosos
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17 Georg Lukacs, “Society and the individual”, Conversations with Lukacs, Hans Heinsz Holz et al., eds.
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LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, LA Claudio Paolillo
LIBERTAD DE PRENSA Y LA CULTURA




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La libertad de expresión,
la libertad de prensa y la cultura


Catedrático Asociado de Periodismo y Profesor de Periodismo Escuela
de Comunicación, Universidad ORT Uruguay y Editor General del
semanario uruguayo “Búsqueda”. Panelista del programa “La Tertulia”
de Radio El Espectador.


Casi siempre, cuando se piensa en los derechos humanos, se recuerda aquellos dere-
chos cuya violación resulta más repugnante. Inmediatamente, vienen a la memoria en este
orden –y si no es en este orden, es en un orden muy parecido– las torturas cometidas
durante las guerras o fuera de ellas contra personas indefensas. Provoca indignación y a
veces impotencia imaginar cómo alguien puede descargar sobre un ser amarrado a un
poste o a un catre 220 voltios de electricidad y observarlo impávido o, incluso, con ojos de
gozo mientras la víctima gime y grita pidiendo un auxilio que, ya sabe, nunca llegará. Si eso
pasa cuando algún sádico hace eso o cosas peores con un perro o con un gato, ¿cómo no
va a pasar si se lo hacen a un ser humano?


Todos se horrorizan cuando ven imágenes con pelotones de fusilamiento y cuerpos
que caen inertes tras el estampido de las balas.


No se sale del asombro al ver un día sí y otro también las imágenes de las víctimas
inocentes de atentados terroristas donde el estallido de la bomba mata o hiere indiscrimi-
nadamente, en nombre de “causas” que jamás han de justificar los medios que se emplean.


Cuando se advierte que regímenes dictatoriales retienen en sus cárceles durante años
y años a personas cuyo único delito es no estar de acuerdo con el gobierno de turno, a los
ciudadanos que creen en la democracia y en la libertad se revuelven las tripas.


Toda la Humanidad guarda en su memoria colectiva el horror indescriptible del Holo-
causto judío, como también registra los millones de muertos que cayeron bajo la insanía
macabra del nazismo, del fascismo, del comunismo, del nacionalismo fanático, del funda-
mentalismo y de todos los “ismos” bajo cuyas banderas dictadores y patanes de todos
los signos han encendido la mecha del odio y de la muerte, siempre en nombre de causas
de “redención de la Humanidad” que han acabado sistemáticamente siendo sinónimo de
genocidio, de esclavitud, de corrupción y de pobreza.


Hoy en América Latina, y particularmente ahora en Uruguay, se piensa en las personas
desaparecidas como otro ejemplo de violación de derechos humanos.


¡Y vaya si hay que pensar, recordar y estar atentos a todas esos derechos humanos,
que tan importantes son y cuya violación, por momentos, nos puede hacer sentir vergüen-
za de pertenecer a la especie humana!


Pero, cuando se habla de derechos humanos, si la tortura, las vejaciones, los
asesinatos en masa, la privación ilegítima de la libertad, son entre otros los que vienen casi
instintivamente a la memoria, es difícil que se equipare en una circunstancia así a la
libertad de expresión como un derecho humano igual a todos los otros o, incluso, más
importante que todos los otros.


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No sólo muchas veces no sale del alma advertir que la libertad de expresión es, junto
con el derecho a la vida, el primero de los derechos, sino que a veces –generalmente sin
darse cuenta– ni siquiera se considera que la libertad de expresión es, ella misma, un
derecho humano.


Los que sí se dan cuenta, y bien que lo hacen, son los dictadores no bien toman el
poder. El primer derecho que suprimen es, precisamente, el derecho a que las personas se
expresen libremente, sin cortapisas. La abolición de ese derecho es siempre la primera
medida que adoptan los que suben al poder con el propósito deliberado de liquidar la
democracia y la libertad. Luego, comienzan a violar los demás derechos: matan, torturan,
roban y encarcelan gente sin ninguna causa justa. Pero lo primero que hacen es suprimir
la libertad de decir. Porque saben que esa libertad es la que más capacidad tiene de
minarles el poder ilegítimo que detentan. No son tontos los dictadores. Son malos, pero no
son tontos.


Y sin embargo, los que creen en la libertad y en el gobierno del pueblo, muchas veces
no son tan celosos como los perversos en la consideración de la importancia de este
derecho. Los que están a favor de la libertad de expresión, muchas veces relativizan su
importancia e incluso promueven restricciones a su ejercicio por razones que parecen
nobles y justas. Pero se trata de acciones y conductas que se podrían comparar con el
lanzamiento de un boomerang que, tarde o temprano, golpeará en sus propias cabezas.


La libertad de expresión supone, por cierto, la libertad de decir lo que se quiera, pero
también está comprendido dentro de la libertad de expresión el derecho a reír o llorar
cuando se quiera, el derecho a pintar cuadros o a esculpir las obras que plazca, comprende
la libertad de gesticular como se les antoje, el derecho a amar o a odiar a quien se les
ocurra, el derecho a vestir como se quiera (o, incluso, a no vestir) y, por supuesto, la
libertad de criticar en voz alta y de escribir lo que se quiera.


La libertad de expresión es, entonces, un derecho humano anterior a cualquier ley, a
cualquier constitución y a cualquier Estado. Nace con cada uno.


Así lo reconoce, por ejemplo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, apro-
bada por las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial. Su artículo 19, dice:


“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expre-
sión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus
opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el
de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de
expresión”.


También la Convención Americana de Derechos Humanos, aprobada por la Organiza-
ción de Estados Americanos en 1969, establece algo parecido. En su artículo 13, dice:


“Todos tienen el derecho a la libertad de pensamiento y expresión. Este
derecho incluye libertad de buscar, recibir e impartir información e ideas
de toda clase, sin límites, tanto oral, por escrito, impreso, en forma de
arte o a través de cualquier otro medio elegido por la persona”.


La Constitución de la República Oriental del Uruguay, dice desde hace muchas déca-
das en su artículo 29 que:


“Es enteramente libre en toda materia la comunicación de pensa-
mientos por palabras, escritos privados o publicados en la prensa, o


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por cualquier otra forma de divulgación, sin necesidad de previa
censura; quedando responsable el autor y, en su caso, el impresor o
emisor, con arreglo a la ley por los abusos que cometieren”.


El primer enunciado del artículo 29 de la Constitución uruguaya es muy similar a los
convenios internacionales y, especialmente, respeta la idea original, aquella que señala
que la libertad de expresión es un derecho humano que nace con la persona. El problema
puede aparecer en el segundo enunciado cuando comienza a hablarse de que la ley deter-
minará la responsabilidad de quien ejerza la libertad de expresión ante abusos en que
pueda incurrir. Y no se trata exclusivamente de un problema uruguayo sino que es un
problema que afecta a la mayoría de los países latinoamericanos y a muchas naciones
democráticas del mundo, donde los gobiernos y los estados proclaman su apego a la
libertad de expresión como un derecho humano y, al mismo tiempo, promueven la restric-
ción de ese derecho humano invocando la protección de otros derechos en conductas
que generalmente son excusas ilegítimas para hacer oblicuamente lo que no se debe hacer.
(Las naciones democráticas porque, naturalmente, donde hay dictaduras o semidictadu-
ras como en China, Cuba, Venezuela, la mayoría de los países árabes y muchas naciones
africanas, entre otros, ahí ya no hay discusión posible. Sencillamente, no hay libertad de
expresión y punto).


La libertad de prensa


¿Qué debe entenderse, pues, por libertad de prensa? La libertad de prensa no es más
que un subproducto de la libertad de expresión. Es el derecho a comunicar libremente las
expresiones, los pensamientos y los decires a un público masivo cuya integración, ade-
más, se ignora. Se puede estar ejerciendo en una reunión de amigos o conocidos la libertad
de expresión gracias a que esas personas tienen la amabilidad o el interés de escucharlo.
Pero a todos les está viendo las caras y presume que probablemente lo que ahí pueda
decir, ahí va a quedar. Esto es, quienes lo escuchan podrán comentarlo eventualmente con
familiares o amigos, pero ninguno de ellos va a salir corriendo a publicar lo que dijo.


Cuando en cambio esa misma persona decide ejercer la libertad de prensa para decir lo
mismo a que aludía en esa hipotética reunión, eso quiere decir que para hacerlo tiene una
imprenta o un mimeógrafo, o una radio, o un canal de televisión, y ahora mucho más que
antes, puede no tener una radio, ni un diario, ni un canal de televisión y lanzar sus infor-
maciones, sus ideas o sus pensamientos sin que nadie pueda limitarlo a través de Internet.
Y lo hace sin saber quién puede llegar a leer o escuchar lo que dice, pero sabiendo que,
potencialmente, lo que ha dicho o escrito puede ser conocido por todas las personas que
habitan en la Tierra. Y, por cierto, cuando alguien decide exponer sus ideas en ejercicio de
la libertad de prensa, su intención es que sean muchas las personas que se enteren de lo
que opina o de lo que informa.


Se le llama así, “libertad de prensa”, porque al principio las informaciones u opiniones
que alguien quería hacer trascender más allá de su círculo íntimo, sólo podían ser difundi-
das imprimiéndolas gracias a una prensa. Luego vinieron los medios audiovisuales e
Internet y, técnicamente, estaría mal hablar sólo de libertad de prensa. Pero es una costum-
bre aceptada en todo el mundo hablar de “libertad de prensa” para aludir a la libertad de
difundir noticias y opiniones que tienen (o deberían tener) todos los medios de comunica-
ción, cualesquiera ellos sean.


La gran norma que indica cuál debería ser la forma de proceder de todos en el mundo


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es el ya mencionado artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Este documento dice en ese artículo 19 que “todo individuo tiene derecho a la libertad de
opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus
opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin
limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.


Esta es la norma “madre”, que está luego recogida en la Convención Americana de
Derechos Humanos de 1969 y en muchos otros documentos públicos y privados referidos
al tema. Esto, además, tiene fuerza de ley, por ejemplo en Uruguay.


Adviértase lo que dice la Declaración: que la libertad de pensamiento y expresión
comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda clase.


Esto supone, literalmente, que quienes están bajo el amparo de esta declaración –y de
las convenciones internacionales suscritas por los gobiernos que, luego, dicen exacta-
mente lo mismo– tienen no sólo el derecho y la libertad de expresar su propio pensamien-
to, sino también el derecho y la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas
de toda índole.


Por lo tanto, cuando se restringe ilegalmente la libertad de expresión de un individuo,
no sólo es el derecho de ese individuo el que está siendo violado, sino también el derecho
de todos a “recibir” informaciones e ideas.


Hay, pues, dos dimensiones en la libertad de expresión: por un lado, que nadie sea
arbitrariamente impedido de manifestar su propio pensamiento. Este es un derecho de cada
una de las personas; por otro lado, existe un derecho colectivo a recibir cualquier informa-
ción y a conocer la expresión del pensamiento ajeno. Es decir, para el ciudadano común tiene
tanta importancia el conocimiento de la opinión ajena o de la información de que disponen
otras personas, como el derecho a difundir la propia opinión o la propia información.


Y la libertad de prensa está absolutamente unida a esta idea de la libertad de expresión.
En su dimensión individual, la libertad de expresión no se agota en el reconocimiento


teórico del derecho a hablar o escribir. Comprende, además, inseparablemente, el derecho
a utilizar cualquier medio apropiado para difundir el pensamiento y hacerlo llegar, si uno
quiere, al mayor número de destinatarios.


Cuando la Declaración Universal de Derechos Humanos dice que la libertad de expre-
sión comprende el derecho a difundir informaciones e ideas “por cualquier medio de
expresión”, está diciendo que la expresión y la difusión del pensamiento y de la informa-
ción son indivisibles. Y, por tanto, una restricción a las posibilidades de divulgación
representa, directamente, un límite al derecho de expresarse libremente.


¿Cómo lograrlo?
Los medios de comunicación son los que sirven para materializar el ejercicio de la


libertad de expresión. Por eso, sus condiciones de funcionamiento deberían adecuarse a
los requerimientos de esa libertad. O sea: se trata de que sean verdaderos instrumentos de
esa libertad y no vehículos para restringirla.


¿Cómo se hace para asegurar eso? Tiene que haber pluralidad de medios, tiene que prohi-
birse todo monopolio respecto de ellos (cualquiera sea la forma que pretenda adoptar) y tienen
que existir garantías para la protección de la libertad e independencia de los periodistas.


No se trata, naturalmente, de un objetivo fácilmente alcanzable.Y, probablemente, nun-
ca sea totalmente alcanzable.


El 6 de mayo pasado, el Comité Mundial para la Libertad de Prensa, la mayor organiza-
ción de la Tierra dedicada a este tema, a la que adhieren al día de hoy 44 organizaciones de


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defensa y promoción de la libertad de prensa en seis continentes, publicó una impresio-
nante investigación sobre la historia de esta libertad, escrita por Leonard Sussman, un
profesor que fue durante 21 años director ejecutivo de Freedom House, una muy presti-
giosa organización de derechos humanos con sede en Estados Unidos.


Al presentar su libro en Namibia, Sussman dijo que la acción de buscar y difundir
información es un instinto humano fundamental, cuyo progreso a lo largo de la historia
varía solo por la naturaleza y la sofisticación de la tecnología disponible para ponerlo en
práctica.


“A través de toda la historia registrada y no registrada -dijo Sussman- los seres huma-
nos han estado luchando por la libertad. Cuando la tecnología se transformó en algo
accesible -desde las señales de humo, los tambores, el papiro, la piedra y las escrituras,
hasta la linotipo, la prensa, el telégrafo, la radio, la televisión, los satélites, la Internet y,
siempre, la palabra hablada (el boca a boca)- con cada nuevo formato los seres humanos
han batallado para romper las cadenas del silencio y de la censura”.


James Ottaway, que es el presidente actual del Comité Mundial para la Libertad de
Prensa y es, además, vicepresidente senior de la compañía Dow Jones, que edita “The
Wall Street Journal”, advirtió en esa ocasión que aunque las libertades de expresión y de
prensa son reconocidas como derechos humanos universales y fundamentales, “ninguna
sociedad los tiene garantizados automáticamente, aun cuando estén previstos en las
propias constituciones de los estados”.


“La necesidad humana de libertad de expresarse y libertad de difundir lo que se quiere
expresar debe ser algo por lo cual se pelea en toda sociedad y por cada generación. Porque
nos resta un largo camino para lograr que estas libertades se transformen en una realidad
en cada país del mundo. La pugna entre la libertad de expresión y la censura nunca
acabará”, dijo Ottaway.


En el mismo sentido, el profesor Sussman, el autor de la investigación, ha dicho que “el
contenido y la calidad de la información actual, y la libertad en el marco de la cual esa
información es procesada y difundida, está determinada tanto por impulsos humanos para
buscar y divulgar noticias, como por actos de censura que eviten o distorsionen esas
noticias. Esa es la historia de la libertad de prensa. Esa historia —toda ella— está en nues-
tros genes. Si queremos, podemos ignorarla. Pero lo haremos bajo nuestro propio riesgo”.


Por eso, el objetivo a que se aludía antes para que los medios sean verdaderos instru-
mentos de la libertad y no vehículos para restringirla, quizá nunca sea totalmente alcanza-
ble. Siempre habrá que estar peleando para lograrlo.


La discusión de fondo
Los uruguayos tienen un problema con la libertad de expresión. Ya ha sido dicho que


no sólo los uruguayos lo tienen; la mayoría de los países latinoamericanos, por ejemplo, lo
padece. Pero los uruguayos también.


Históricamente, la mayoría de estos y de sus antepasados ha concebido a la libertad
de expresión como un derecho que les pertenece. Pero al mismo tiempo ha creído, o ha
aceptado sin mayor reflexión crítica, que tiene ese derecho o esa libertad gracias a que
alguien superior a ellos, o que cree puede decidir en lugar de ellos, les ha “concedido” ese
derecho o esa libertad.


Ese “alguien” fue en el pasado, en el caso uruguayo, la monarquía española en la
época de la colonia. Los reyes autorizaban a sus súbditos o sometidos —según fuera el
caso— a ejercer cierta libertad a la hora de expresar sus opiniones o difundir informacio-


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nes. Y todos aceptaban pasivamente que así fueran las cosas y, además, agradecían a sus
majestades por la “bondad” y “generosidad” que demostraban al permitirles pensar libre-
mente e incluso comunicar esos pensamientos con alguna libertad.


Luego, ese “alguien” fue cambiando de rostro, pero no de esencia. Virreyes, revolucio-
narios, comendadores, libertadores, héroes de la patria, caudillos, dictadores, presidentes
constitucionales, parlamentos electos por el pueblo y, últimamente, jueces, han sido quienes
pasaron a decir, siempre “generosamente”, qué es lo que podemos decir y qué no, qué es lo
que se puede ver y qué no, y qué es lo que se puede leer y qué no. Y la mayoría continúa
aceptando pasivamente, incluso hasta el día de hoy, que alguien por fuera se arrogue la
potestad de “dar permiso” para decir lo que se piensa, para informar algo se desea que los
demás conozcan y para recibir las opiniones y noticias que se quieran.


Y, por supuesto: si a alguien se le da, por acción o por omisión, la autoridad como para
que diga qué se puede escribir o decir y qué se puede leer, escuchar o mirar, simultánea-
mente se le está dando la autoridad como para que también pueda decir qué cosas no se
pueden escribir o decir y qué cosas no podemos leer, escuchar ni mirar.


En Uruguay y América Latina, son tributarios de una herencia hispana o ibérica que
los ha hecho concebir mayoritariamente a las libertades de expresión y de prensa como
una “concesión” del poder.


En otros países, como los que tienen una herencia anglosajona, las libertades de
expresión y de prensa son mayoritariamente consideradas por los gobiernos, por los
jueces y por los ciudadanos, como derechos inalienables de las personas, que nadie está
habilitado a restringir.


El ejemplo más resonante en esta materia es el de la Constitución de los Estados
Unidos, cuya Primera Enmienda, aprobada en el siglo 18 y plenamente vigente al día de
hoy, prohíbe al Congreso aprobar cualquier ley que suponga coartar la libertad de expre-
sión o la libertad de prensa.


La Constitución de los Estados Unidos, en su famosa Primera Enmienda, dice desde
el año 1791:


“El Congreso no creará ninguna ley respecto a la religión, no prohibirá su
libre ejercicio, ni coartará la libertad de expresión ni la de la prensa…”


Esto ha marcado no sólo una disposición legal, sino una filosofía y una cultura entre
los norteamericanos para relacionarse con el tema de la libertad de expresión.


Pero en Uruguay en particular y en América Latina en general, siempre se ha concebi-
do -gobernantes y gobernados- a la libertad de expresión como un derecho “concedido”
por el poder, al cual se le debe agradecer cuando lo concede, y no como un derecho
humano fundamental y básico, inherente a todas las personas desde que nacen y, por
tanto, anterior a cualquier gobierno, a cualquier Estado, a cualquier constitución, a cual-
quier parlamento, a cualquier ley y a cualquier juez y a cualquier ley.


El camino a seguir es, a mi modo de ver, el de considerar a la libertad de expresión como
un derecho humano inalienable para todos los ciudadanos. Para todos: no sólo para los
periodistas. Es el camino que proclama que la mejor ley de prensa es la que no existe.


Muchos pueden preguntarse, con legitimidad, si esta forma de ver las cosas no allana
el camino para que la indecencia, la inescrupulosidad, la venalidad y, en definitiva, el
periodismo ejercido con fines espúreos tenga a su frente un panorama despejado para
desplegar bajezas y artimañas de toda especie. Y es posible que tengan razón.


Hace unos años, un periodista preocupado por estos temas puso este dilema en estos
términos, en un libro publicado por el Freedom Forum:


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“Exiliar algunas ideas, aprisionar algunas imágenes o prohibir algunas palabras es un
insulto para el individuo pensante y para la sociedad preocupada. Hay, ciertamente, algu-
nas palabras, imágenes e ideas que son malas y aún perversas, pero ninguna tan mala y
tan perversa como la idea de que el gobierno, una mayoría o una astuta élite política
puedan imponer su lista de restricciones sobre el resto de nosotros”.


Decididamente, el mal periodismo es el precio que hay que pagar para no acabar
cercenando la libertad de todos.


LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, LA LIBERTAD DE PRENSA Y LA CULTURA


Bibliografía


Declaración Universal de Derechos Humanos, artículo 19. Aprobada por la Asamblea General de la
Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, 1945.


Convención Americana de Derechos Humanos, artículo 13. Aprobada durante la Conferencia Interame-
ricana especializada en Derechos Humanos, en San José de Costa Rica, 22 de noviembre de 1969.


Constitución de la República Oriental del Uruguay, artículo 29.


Véase a este respecto, Corte Interamericana de Derechos Humanos. La Colegiación Obligatoria de
Periodistas (artículos 13 y 19 Convención Americana de Derechos Humanos), Opinión
Consultiva OC-5/85 del 13 de noviembre de 1985. Serie A Nº 5, párrafos 30 a 34. Anexo A.


El Comité Mundial para la Libertad de Prensa es un grupo coordinador de asociaciones de periodis-
tas y medios de comunicación nacionales e internacionales. Incluye como afiliados a 44
organizaciones periodísticas de seis continentes y se dedica a tres objetivos básicos: velar
“para que los medios periodísticos estén libres de interferencias de los gobiernos”, promover
“un completo y libre flujo de noticias” y brindar “asistencia práctica a los medios que la
necesiten”. Tiene su sede en Reston, Virginia (Estados Unidos).


Leonard R. Sussman, Press freedom in our genes: A human need, (Reston: World Press Freedom
Committee, 2001).


James H. Ottaway, Jr. es Presidente del Comité Mundial para la Libertad de Prensa y Vicepresiden-
te Senior de la Compañía Dow Jones. Discurso pronunciado en Namibia, el 6 de mayo de
2001, al presentar el libro Press freedom in our genes: A human need.


Leonard R. Sussman, Press freedom in our genes: A human need, (Reston: World Press Freedom
Committee, 2001).


Véanse a este respecto la “Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión”, aprobada en el
año 2000 por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos durante su 108º período
ordinario de sesiones, y la “Declaración de Chapultepec”, adoptada por la Conferencia
Hemisférica sobre Libertad de Expresión en México D.F., el 11 de marzo de 1994.


Constitución de los Estados Unidos de América, Primera Enmienda, ratificada en diciembre de 1791.


Paul McMasters, Ombudsman del Freedom Forum sobre la Primera Enmienda.




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PASIONES Y DEMENCIAS Armando Sartorotti




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Pasiones ydemencias
Una mujer vestida
de blanco se mete
en el agua color
herrumbre de la
playa Ramírez. Se
revuelca en el
sucio e inusual-
mente frío líquido
con la misma cara
de satisfacción del
legionario que
llega al oasis. Es el
2 de febrero y
según dicen los
que la acompañan,
«incorpora» a
Iemanjá, pierde
aparentemente el
sentido y ya no es
ella. O sí.
Un hombre sale
cargando su
bicicleta de una
iglesia en lo
profundo de un
valle en Ambato,
Ecuador, a la que,
según cuenta, va
todas las mañanas;
«es un esfuerzo
pero mi Santa lo
vale», nos dice.
El cartel nos pide
arrepentimiento y
nos anuncia la
llegada de Jesús a
la Tierra ante la
monumental
indiferencia de la
Trum Tower de


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ARMANDO SARTOROTTI


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Docente de Fotografía de la Facultad de Comunicación y Diseño y de la Facultad
de Arquitectura de Universidad ORT Uruguay, fotógrafo de formación
autodidacta, participó en 12 exposiciones colectivas entre las que se destacan
«Nahe dem wilden herzen» Stuttgart, 1992, sobre fotografía latinoamericana,
exposición en la que los organizadores Eligieron dos fotógrafos uruguayos
para representar el país; «Retratos» Museo Torres García, Montevideo 1998,
participando como uno de los cinco fotógrafos seleccionados por La fundación




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ARMANDO SARTOROTTI


Manhattan, la cara
de su portador es
dramática y me
mira del mismo
modo que segura-
mente Moisés
contempló a su
pueblo al bajar del
monte con las
tablas de la ley.
Un empleado de ho-
tel sostiene durante
más de tres horas la
pala dorada que le
servirá al reverendo
Moon para dar inicio
formal a la construc-
ción de un «5 estre-
llas». La espera se-
guramente lo dejará
con las piernas aca-
lambradas pero la
recompensa será
unos diez segundos
de protagonismo te-
levisivo y fotográfico.
El «hombre araña»
en cambio es un
exhibicionista nato,
se sabe pasible de
ser fotografiado
tanto que su
pretexto es vender
fotos de los niños
posando a su lado.
Sin saberlo han
unido negocio con
placer. El ser
fotografiado le da
un deseado
protagonismo y al
mismo tiempo lo
alimenta.
¿Qué une a todos
los personajes? Mi
ojo, que es en
definitiva el ojo de
otro. La mirada
colectiva.


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PASIONES Y DEMENCIAS


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SINTITUL-6
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